Mi vida ha cambiado, hace unos meses nos ha nacido un nuevo nietecito. Sus padres le han puesto el nombre de PAU (el niño es catalán; el nombre puede ser traducido al castellano por Pablo o por Paz, pero "su nombre es "PAU". Los nombres han de ser intraducibles). Lógicamente en la experiencia de mi vida en el tiempo ha aparecido un hecho nuevo y fundamental, y así he tratado de relatarlo en el poema sobre mi vida. Dicho poema lo colgué en este blog hace un tiempo, lo he retirado para colocarlo corregido y "aumentado".
La presencia de mi esposa, mi hijo y mis nietos en mi existencia son el centro afectivo de mi vida en el que encuentro la concreción del Espíritu, la presencia de la Verdad, la Bondad y la Belleza, el centro hacia el que se focaliza mi Amor.
El poema de mi vida queda así, tras el nacimiento de mi amorcito PAU
Mi vida, mis años
Es mi existencia una vida,
perfilada por el tiempo,
y una pregunta constante
que me inunda por entero.
Pregunta que ya no es.
Quizá en tiempos fue de un fuego
que comiéndose las pieles
destapó hasta los huesos,
en los que habita el Espíritu,
el que impulsa con su aliento
mi camino en esta tierra
y lo convierte en mi cielo.
Y a mis años, transcurridos
en los afanes terrenos,
los transforma poco a poco
en la raíz de lo eterno.
Quizás, ya no es pregunta,
sino tan sólo sendero.
Comenzaba yo mis años
con andares chiclaneros,
hijo de madre hacendosa,
hijo de un buen zapatero.
Hermano de tres mujeres,
tres espigas a los vientos.
Mis primeras enseñanzas,
las que aprendí en el colegio,
fueron sencillas, simplonas,
carentes de carne y nervios.
Sin darme cuenta del todo,
casi sin poder saberlo,
cuando tenía diez años,
las monjitas decidieron
que mi futuro sería:
hacerme letrado clérigo.
Oprimido por los muros,
dirigido por maestros
educados en lo atávico,
cerrados a lo moderno,
ya de niño y aún imberbe,
me instalé contra el progreso
y me hice adulto infantil.
A los veinte años, viejo.
Parapetado en doctrinas,
en dogmas, en premodernos
mitos carentes de todo
razonable fundamento,
cumplidos los diecinueve,
emprendí, alegre, un vuelo:
a Salamanca marché,
la sede del pensamiento
religioso medieval
en la España del “imperio”.
Mas los aires novedosos,
que bañaban por entero
este mundo de los hombres,
despertándolos del sueño
que minando su razón
los relegó al desacierto,
se colaban por las aulas,
deshaciendo los entuertos.
Yo, buscador de verdades,
que en mi mente ya era viejo,
experimenté en mí mismo
los barruntos del Misterio,
que no comprenden las mentes
y que supera los tiempos,
barruntos que en mí labraron
las premisas de algo nuevo.
Abierto. Con nuevas formas
en mi corazón sincero
volví a tierras de Cádiz,
predicando el Sacramento
de ese Padre que nos ama
y de Jesús Nazareno.
Al cabo de pocos años,
marché buscando un Secreto
que en mi mente no cabía
y en mi alma era incierto.
Cursé diversos estudios,
viví en pueblos diversos.
Y el contacto con la vida
tocó mi espíritu inquieto,
haciéndome descubrir
un mundo de amor y miedos,
que me llevaron sin prisas
y con pasos algo lentos
a plantearme vivir
sin antiguos privilegios,
siendo uno más en verdad
entre la gente del pueblo.
Sin la máscara de cura,
sin sus vetustos derechos
pasé los años siguientes
a tientas y sin consuelo.
Y, decidido por fin
a dar un salto de riesgo,
me marché a Cataluña
a enseñar en un colegio.
Y en Cataluña encontré
el sentido y el sosiego,
porque pronto descubrí
ese profundo Secreto
que mi alma cobijaba
desde siglos y milenios.
El Secreto se guardaba
dentro de un hermoso cuerpo,
con interior luminoso
que al amor estaba abierto.
Era luz, hecha mujer,
por nombre, PAQUI Vallejo.
Y la búsqueda, empezada
con temblores y silencios,
se hizo sendero y camino
en el amor descubierto
entre PAQUI y quien buscaba.
Amor de lazos eternos
que insuflaba en mis sentidos
a PAQUI, sabor y aliento.
Un corazón jubiloso
nació de nuestros encuentros.
Le llamamos ISMAEL,
Ismael, el agareno,
hijo de madre amorosa,
también hijo del desierto,
hijo de profeta santo,
padre de pueblos honestos .
En este otoño florido
de mis años, ya espesos,
casi sin yo esperarlo,
ha cuajado un fruto nuevo
que LAIA tiene por nombre
y es la luz de sus abuelos,
luz que va iluminando
estos mis pasos terrenos
con su presencia y su vida
con sus lindos balbuceos.
Ya saturados mis días,
ha nacido un brote nuevo
de la vida de mi hijo,
que es mi carne, sangre y huesos.
La Paz en su nombre siembra
porque “PAU” lo llamaremos,
y porque es para mi vida
del Misterio nuevo centro.
Con él se ahonda en mí mismo
la plenitud de un Silencio
que perforando mi alma
me conecta con los Cielos.
Porque en mi espíritu vive
ese Amor a mis dos NIETOS:
hermosa Meta en mi vida,
que es Camino y Sacramento
Pasaron mis años breves,
mi madurez llegó presto.
Y en mi corazón ya arde
la Compasión y el Sosiego,
el Amor que es lo que soy,
la Ternura y el Consuelo.
Ternura que en piel de plata,
“la luz de PAQUI” en que bebo,
con temblores y esperanzas
mis labios van recogiendo.
El Consuelo de mi HIJO
que me invade por completo,
cuando al contemplar quién es
los sentidos yo trasciendo.
El Amor que nos abraza
a los cinco en mi Silencio,
lleva aires de Alegría,
cuando en mis NIETOS lo expreso,
y descubro en sus caritas
aquel Dios a quien contemplo,
porque sus rostros me hablan,
esclareciendo mi tiempo,
y me dicen que me expanda,
que me abra al Universo,
porque abrazando a los míos,
abrazo a todo mi pueblo,
a este pueblo de los hombres,
que continúa disperso.
Y en mi vida así avanzo,
y hago presente el Misterio,
encontrando en mi PAQUI,
en el HIJO que tenemos,
y en los NIETOS de mi amor,
que nos traen aires nuevos,
aquel Arcano fecundo,
aquel profundo Misterio
que mi corazón ansiaba
desde allá, desde lo eterno.
José Antonio, el nombre por el que soy conocido
en esta historia.
Comenzado en abril de 2005, acabado en marzo de 2010.
miércoles, 17 de marzo de 2010
miércoles, 3 de marzo de 2010
Silencio y Palabra
El Silencio primordial y la Palabra
Escribía yo para celebrar la Navidad en mí mismo, en todos y en todo, un poema inspirado en el Misterio que los cristianos celebramos en dichas fechas. Es cierto, entiendo, que el Misterio es la Realidad y que por lo tanto transciende nuestra razón, mas pese a ello, ésta (nuestra razón) puede balbucear a su manera apuntando hacia Él, que es Todo y es Nada: no-cosa (no Vacío, sino Plenitud de Sentido). Estos balbuceos expresados por mi mente, tremendamente limitada en el tiempo, en el espacio y en la individualidad, fueron los que el Espíritu garabateó por medio de mi mano y de mi lenguaje en aquel poema, que mucho tiene que ver con lo que en este escrito intento exponer. El poema en cuestión dice así
NAVIDAD 2009
El Silencio originario se propaga,
en el Kosmos se hace Historia de la sangre
y en los mares, caminos de la carne siempre viva,
nos muestra su Palabra hecha Fuego.
El Silencio originario se hace Hombre,
renace cada día en lo Humano
y lo marca cada instante con su Luz
alumbrando con Conciencia sus andares.
El Silencio originario es Misterio,
entregado con abandono de siglos
en los brazos de este Mundo incipiente,
que balbucea atónito los sonidos de su Mente.
El Silencio originario es Amor,
fraguado en las entrañas del no tiempo
y donado en gratuidad en los rostros de los niños,
gozosos portadores de la Vida.
El Silencio originario es la Paz,
anhelada en la Historia que la ignora,
volcada, siempre amante, hacia todo
en la gracia de la Fuerza que es Servicio.
El Silencio originario siempre habla
y se expresa en los ojos de los hombres, en las mentes, en las piedras, en las flores,...
Y su Palabra transforma en Sentido
la Noche tan temida que nos hiela.
José Antonio
El poema es una clara referencia a Jesús, nacido entre los hombres y elevado por el Padre a ser el Cristo tras su muerte en la cruz, y a todos los hombres y al Kosmos entero en tanto en cuanto todos somos partícipes de esa misma cristificación, pues todos formamos el Cuerpo, llamado, Místico (en los primeros siglos se llamaba Físico).
El Silencio Originario es el Padre y su Palabra es el Cristo, a quien Juan llama Logos, Verbo: todo el Kosmos con Jesús al frente, en la visión cristiana (con la que yo en mi corazón comulgo sin rechazar en modo alguno, es más asumiendo en mi interior, como ya he dicho alguna vez, todas las demás visiones -formas de cultura- del mismo y único Misterio. Un ejemplo que quizás pueda iluminar esto: hay muchas lenguas en el mundo, pero un sólo lenguaje, que cada uno expresa en su propia lengua. Lo cual no es óbice para que se puedan hablar más de una, nunca todas, y siempre queda la lengua materna).
La invitación al silencio es una constante en todos los ejercicios de interiorización, el lugar óptimo para la meditación es el recogimiento y el silencio, y lo mismo para la oración del corazón, para la reflexión, para el conocimiento propio,... para saborear la experiencia total de la Vida. Realmente en los momentos importantes, incluso para saborear (no para el entusiasmo -enthousiasmos: asumido por los dioses: fuera de sí- de masas de los conciertos juveniles) la música es necesario un silencio exterior y una interiorización que pide una mente aquietada, silenciosa. He de notar que en modo alguno pretendo afirmar, más bien todo lo contrario, que el entusiasmo sea en sí algo negativo, sólo que no es el modo más adecuado para interiorizar, para ir al centro.
Según la tradición budista en nuestra vida práctica existen tres tipos de silencio: el del cuerpo, el de la voz y el del pensamiento. Por descontado que los tres son necesarios para una vida de ascesis y de reflexión, pero de manera muy especial el silencio del pensamiento, sin una mente aquietada (estando ya mi casa sosegada), sin un silencio interior la contemplación es imposible. “Un hombre que intenta meditar sin alcanzar primero el control de su mente, es como el que intenta hacer pan con arena”.
Mas esta distinción de los tres tipos de silencio está dirigida a aclarar qué es la meditación. El Silencio al que me refiero en este texto es el originario, el primordial, el Silencio de Ser, tomando la palabra Ser en el más puro sentido heideggeriano: como lo que da sentido y es el sentido de lo ente. Por tanto, se trata de un Silencio que no es ausencia de palabras, no es ausencia de pensamientos, sino que es Ser Originario -sin artículo que lo sustantive- (Silencio) , se trata del Principio del que habla el evangelio de Juan en su primer versículo: “Al principio existía la Palabra (Logos, Verbum)” El Logos existía al principio, pero por ello mismo no podía ser el Principio. El Principio y el Logos no son uno, son no-dos y este Principio es Silencio absoluto, primordial, originario, no es Logos, no es Palabra, no es cosa, sino fons et origo de todo, es el Silencio de Ser que es Ser mismo, vuelvo a repetir en sentido heideggeriano (Ser = sentido de lo ente). Se puede, pues, afirmar que el Padre de la Trinidad cristiana es el Silencio originario sin hacer ningún principio dogmático, ni una verdad incondicional de ello, una simple afirmación.
Unos ocho siglos antes de que se escribiera el cuarto evangelio en la Sabiduría Brahmana ya se dice: “Al principio, existía la palabra...” (citado por Panikkar). No es, pues, exclusivo de la tradición cristiana el relacionar la Palabra con el Principio, que es Silencio, ausencia de cosas, ausencia de lo ente. Por descontado que al hablar de principio no me estoy refiriendo a un sentido cronológico, temporal, el tiempo comienza con las cosas, este Principio es Eternidad, es no-tiempo y por ello mismo es Silencio que, como se ha dicho, en modo alguno es ausencia de Sentido.
En el evangelio de Mateo (12,36...) se dice que hemos de dar cuenta de toda palabra inútil. Otros traducen palabra falsa, por lo que identificamos el dicho de Mateo en nuestro código moral con la mentira. Mas la palabra griega que se utiliza en los códices es la de anergon, cuyo claro significado es sin energía, sin fuerza, por lo tanto no se trata de la mentira solamente sino de mucho más, se trata de toda palabra que nazca sin fuerza, sin vida, sin haber sido concebida antes en el Silencio, en el silencio interior, se puede afirmar que Mateo nos dice que hemos de dar cuenta (el contexto en el que habla es el del juicio ante Yaveh, algo muy enraizado en la cultura religiosa de la época) de toda charlatanería. La charlatanería no es más que sonido, que en todo caso sirve de señal, nunca de símbolo, no comunica al hablante con el oyente, pese a la opinión de masas extendida en nuestra cultura, simplemente distorsiona la realidad, es superficial, vana, en todo caso deformante. Creo que fue Pitágoras, otros afirman que se trata de un proverbio árabe, quien dijo: “si lo que vas decir no es mejor que el silencio, no lo digas” Pero nuestra sociedad está muy lejos de actuar según este principio, pues la inflación de palabras y ruidos es “atronadora”, se ha olvidado por completo el silencio, por ello la inmensa mayoría de palabras están vacías.
Es de advertir que al hablar de palabras no me estoy refiriendo a los términos científicos, que son signos que sirven para clasificar, me refiero a la palabra en tanto que símbolo, en tanto que comunica al oyente mucho más de lo que la misma palabra puede expresar como mero signo. Comunica, une al oyente con el hablante, con su propia vida que siempre va dando la energía que la palabra en sí misma concibió en el Silencio. A esta palabra es a la que me estoy refiriendo, que podemos llamar con Juan: Logos, Verbum y que no podemos identificar en exclusiva con Jesús el Nazareno, porque de su plenitud todos recibimos, todos tenemos el germen, el silencio, la gracia y el amor que son el útero en el que ha de germinar la palabra.
El Oráculo de Delfos dice al mundo: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás el Universo y a los dioses”. Este principio del “gnose seipsum” ha sido utilizado con muy diversos sentidos a lo largo de toda la historia de la ascética humana. Pero, sencillamente se trata de una simple afirmación: conócete a ti mismo. Afirmación que con el avance de los conocimientos tanto biológicos, como psicológicos y cosmológicos percibimos cada vez con mayor claridad. El hombre no es un sujeto enfrentado a una multitud de objetos, sino que es un nudo más de la red de la Realidad, es una manifestación individual de una conciencia que en él aparece como autoconsciente y que es Todo, el ser humano es una ola del océano de la Realidad, pero es ola porque es agua, su realidad es agua, su forma temporal es ola... Por ello conociéndose a sí mismo está conociendo la Realidad, está conociendo la conciencia, está conociendo el agua que es el océano. Y en esto precisamente consiste la sabiduría: en conocer la profundidad de nuestro Yo. No se trata de quedarnos en nuestro yo superficial o ego que hemos ido fabricando a lo largo de nuestra vida, y con el que constantemente nos identificamos, tampoco se trata de quedarnos en nuestro yo individual, que es la manifestación externa y espacio-temporal de la conciencia, sino de abrirnos al Silencio profundo de la Vida en nosotros mismos, de la Vida que se manifiesta a través de nosotros, pero que en modo alguno se identifica con nuestros yoes individuales. Y ese Yo profundo es el Silencio en el que se engendra la Palabra. Ya dicen los místicos cristianos: cada día nace Cristo en nosotros.
La Vida es el Silencio en el que se engendra la palabra. La palabra que no se engendra en la Vida, en nuestra vida densa no es palabra, en todo caso término o charlatanería.
Estamos, al menos la mayoría, tan acostumbrados a medir nuestra vida terrenal por el tiempo que no sabemos verla de otra manera, incluso como ya he dicho en otras ocasiones identificamos nuestra vida con el tiempo que pasamos sobre esta tierra. Es tal la obsesión que hay en nuestra sociedad por alargar la vida que el mero hecho de apuntar que la vida se podría considerar desde otros aspectos que no sean la medida en el tiempo resulta cosa de locos. Por lo que a mí respecta en este tema, vivo en una verdadera contradicción, por una parte no quiero que se acaben mis días (algo que espontáneamente brota de la mera biología) y a la vez siento una verdadera incomodidad cada vez que se anuncia que los investigadores han descubierto algo que ayuda a aumentar la longevidad humana. Tenemos, como digo, una verdadera obsesión por dar más tiempo a la vida, cuando quizás lo importante sería, o es, dar más vida a los años. No medir mi vida por el reloj, sino por su densidad. Lo que eligió la madre de Aquiles para su hijo. Recordemos un hecho: Pico della Mirandola, verdadero homo universalis, vivió desde el 14/2/1463 al 17/11/1494, 31 años y 9 meses. ¿Perdió su vida por vivir tampoco tiempo? ¿o fue una vida plena?
En esta Vida plena, que es el Silencio de (no del) Ser, es donde tiene su germen la palabra que no está vacía.
Creo que el poema con el que he intentado balbucear el Misterio de la Navidad cristiana, que es no es sino Misterio en el que confluyen los muy diversos caminos honestos que sigue el Hombre para hablar con el Hombre que siempre va consigo, pretende decir esto mismo, aunque con un lenguaje muy distinto, pero siempre con palabras nacidas de un profundo silencio. Quizás sea esta cualidad de haber nacido del silencio la que da entidad y vida a la poesía.
José Antonio Carmona
Escribía yo para celebrar la Navidad en mí mismo, en todos y en todo, un poema inspirado en el Misterio que los cristianos celebramos en dichas fechas. Es cierto, entiendo, que el Misterio es la Realidad y que por lo tanto transciende nuestra razón, mas pese a ello, ésta (nuestra razón) puede balbucear a su manera apuntando hacia Él, que es Todo y es Nada: no-cosa (no Vacío, sino Plenitud de Sentido). Estos balbuceos expresados por mi mente, tremendamente limitada en el tiempo, en el espacio y en la individualidad, fueron los que el Espíritu garabateó por medio de mi mano y de mi lenguaje en aquel poema, que mucho tiene que ver con lo que en este escrito intento exponer. El poema en cuestión dice así
NAVIDAD 2009
El Silencio originario se propaga,
en el Kosmos se hace Historia de la sangre
y en los mares, caminos de la carne siempre viva,
nos muestra su Palabra hecha Fuego.
El Silencio originario se hace Hombre,
renace cada día en lo Humano
y lo marca cada instante con su Luz
alumbrando con Conciencia sus andares.
El Silencio originario es Misterio,
entregado con abandono de siglos
en los brazos de este Mundo incipiente,
que balbucea atónito los sonidos de su Mente.
El Silencio originario es Amor,
fraguado en las entrañas del no tiempo
y donado en gratuidad en los rostros de los niños,
gozosos portadores de la Vida.
El Silencio originario es la Paz,
anhelada en la Historia que la ignora,
volcada, siempre amante, hacia todo
en la gracia de la Fuerza que es Servicio.
El Silencio originario siempre habla
y se expresa en los ojos de los hombres, en las mentes, en las piedras, en las flores,...
Y su Palabra transforma en Sentido
la Noche tan temida que nos hiela.
José Antonio
El poema es una clara referencia a Jesús, nacido entre los hombres y elevado por el Padre a ser el Cristo tras su muerte en la cruz, y a todos los hombres y al Kosmos entero en tanto en cuanto todos somos partícipes de esa misma cristificación, pues todos formamos el Cuerpo, llamado, Místico (en los primeros siglos se llamaba Físico).
El Silencio Originario es el Padre y su Palabra es el Cristo, a quien Juan llama Logos, Verbo: todo el Kosmos con Jesús al frente, en la visión cristiana (con la que yo en mi corazón comulgo sin rechazar en modo alguno, es más asumiendo en mi interior, como ya he dicho alguna vez, todas las demás visiones -formas de cultura- del mismo y único Misterio. Un ejemplo que quizás pueda iluminar esto: hay muchas lenguas en el mundo, pero un sólo lenguaje, que cada uno expresa en su propia lengua. Lo cual no es óbice para que se puedan hablar más de una, nunca todas, y siempre queda la lengua materna).
La invitación al silencio es una constante en todos los ejercicios de interiorización, el lugar óptimo para la meditación es el recogimiento y el silencio, y lo mismo para la oración del corazón, para la reflexión, para el conocimiento propio,... para saborear la experiencia total de la Vida. Realmente en los momentos importantes, incluso para saborear (no para el entusiasmo -enthousiasmos: asumido por los dioses: fuera de sí- de masas de los conciertos juveniles) la música es necesario un silencio exterior y una interiorización que pide una mente aquietada, silenciosa. He de notar que en modo alguno pretendo afirmar, más bien todo lo contrario, que el entusiasmo sea en sí algo negativo, sólo que no es el modo más adecuado para interiorizar, para ir al centro.
Según la tradición budista en nuestra vida práctica existen tres tipos de silencio: el del cuerpo, el de la voz y el del pensamiento. Por descontado que los tres son necesarios para una vida de ascesis y de reflexión, pero de manera muy especial el silencio del pensamiento, sin una mente aquietada (estando ya mi casa sosegada), sin un silencio interior la contemplación es imposible. “Un hombre que intenta meditar sin alcanzar primero el control de su mente, es como el que intenta hacer pan con arena”.
Mas esta distinción de los tres tipos de silencio está dirigida a aclarar qué es la meditación. El Silencio al que me refiero en este texto es el originario, el primordial, el Silencio de Ser, tomando la palabra Ser en el más puro sentido heideggeriano: como lo que da sentido y es el sentido de lo ente. Por tanto, se trata de un Silencio que no es ausencia de palabras, no es ausencia de pensamientos, sino que es Ser Originario -sin artículo que lo sustantive- (Silencio) , se trata del Principio del que habla el evangelio de Juan en su primer versículo: “Al principio existía la Palabra (Logos, Verbum)” El Logos existía al principio, pero por ello mismo no podía ser el Principio. El Principio y el Logos no son uno, son no-dos y este Principio es Silencio absoluto, primordial, originario, no es Logos, no es Palabra, no es cosa, sino fons et origo de todo, es el Silencio de Ser que es Ser mismo, vuelvo a repetir en sentido heideggeriano (Ser = sentido de lo ente). Se puede, pues, afirmar que el Padre de la Trinidad cristiana es el Silencio originario sin hacer ningún principio dogmático, ni una verdad incondicional de ello, una simple afirmación.
Unos ocho siglos antes de que se escribiera el cuarto evangelio en la Sabiduría Brahmana ya se dice: “Al principio, existía la palabra...” (citado por Panikkar). No es, pues, exclusivo de la tradición cristiana el relacionar la Palabra con el Principio, que es Silencio, ausencia de cosas, ausencia de lo ente. Por descontado que al hablar de principio no me estoy refiriendo a un sentido cronológico, temporal, el tiempo comienza con las cosas, este Principio es Eternidad, es no-tiempo y por ello mismo es Silencio que, como se ha dicho, en modo alguno es ausencia de Sentido.
En el evangelio de Mateo (12,36...) se dice que hemos de dar cuenta de toda palabra inútil. Otros traducen palabra falsa, por lo que identificamos el dicho de Mateo en nuestro código moral con la mentira. Mas la palabra griega que se utiliza en los códices es la de anergon, cuyo claro significado es sin energía, sin fuerza, por lo tanto no se trata de la mentira solamente sino de mucho más, se trata de toda palabra que nazca sin fuerza, sin vida, sin haber sido concebida antes en el Silencio, en el silencio interior, se puede afirmar que Mateo nos dice que hemos de dar cuenta (el contexto en el que habla es el del juicio ante Yaveh, algo muy enraizado en la cultura religiosa de la época) de toda charlatanería. La charlatanería no es más que sonido, que en todo caso sirve de señal, nunca de símbolo, no comunica al hablante con el oyente, pese a la opinión de masas extendida en nuestra cultura, simplemente distorsiona la realidad, es superficial, vana, en todo caso deformante. Creo que fue Pitágoras, otros afirman que se trata de un proverbio árabe, quien dijo: “si lo que vas decir no es mejor que el silencio, no lo digas” Pero nuestra sociedad está muy lejos de actuar según este principio, pues la inflación de palabras y ruidos es “atronadora”, se ha olvidado por completo el silencio, por ello la inmensa mayoría de palabras están vacías.
Es de advertir que al hablar de palabras no me estoy refiriendo a los términos científicos, que son signos que sirven para clasificar, me refiero a la palabra en tanto que símbolo, en tanto que comunica al oyente mucho más de lo que la misma palabra puede expresar como mero signo. Comunica, une al oyente con el hablante, con su propia vida que siempre va dando la energía que la palabra en sí misma concibió en el Silencio. A esta palabra es a la que me estoy refiriendo, que podemos llamar con Juan: Logos, Verbum y que no podemos identificar en exclusiva con Jesús el Nazareno, porque de su plenitud todos recibimos, todos tenemos el germen, el silencio, la gracia y el amor que son el útero en el que ha de germinar la palabra.
El Oráculo de Delfos dice al mundo: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás el Universo y a los dioses”. Este principio del “gnose seipsum” ha sido utilizado con muy diversos sentidos a lo largo de toda la historia de la ascética humana. Pero, sencillamente se trata de una simple afirmación: conócete a ti mismo. Afirmación que con el avance de los conocimientos tanto biológicos, como psicológicos y cosmológicos percibimos cada vez con mayor claridad. El hombre no es un sujeto enfrentado a una multitud de objetos, sino que es un nudo más de la red de la Realidad, es una manifestación individual de una conciencia que en él aparece como autoconsciente y que es Todo, el ser humano es una ola del océano de la Realidad, pero es ola porque es agua, su realidad es agua, su forma temporal es ola... Por ello conociéndose a sí mismo está conociendo la Realidad, está conociendo la conciencia, está conociendo el agua que es el océano. Y en esto precisamente consiste la sabiduría: en conocer la profundidad de nuestro Yo. No se trata de quedarnos en nuestro yo superficial o ego que hemos ido fabricando a lo largo de nuestra vida, y con el que constantemente nos identificamos, tampoco se trata de quedarnos en nuestro yo individual, que es la manifestación externa y espacio-temporal de la conciencia, sino de abrirnos al Silencio profundo de la Vida en nosotros mismos, de la Vida que se manifiesta a través de nosotros, pero que en modo alguno se identifica con nuestros yoes individuales. Y ese Yo profundo es el Silencio en el que se engendra la Palabra. Ya dicen los místicos cristianos: cada día nace Cristo en nosotros.
La Vida es el Silencio en el que se engendra la palabra. La palabra que no se engendra en la Vida, en nuestra vida densa no es palabra, en todo caso término o charlatanería.
Estamos, al menos la mayoría, tan acostumbrados a medir nuestra vida terrenal por el tiempo que no sabemos verla de otra manera, incluso como ya he dicho en otras ocasiones identificamos nuestra vida con el tiempo que pasamos sobre esta tierra. Es tal la obsesión que hay en nuestra sociedad por alargar la vida que el mero hecho de apuntar que la vida se podría considerar desde otros aspectos que no sean la medida en el tiempo resulta cosa de locos. Por lo que a mí respecta en este tema, vivo en una verdadera contradicción, por una parte no quiero que se acaben mis días (algo que espontáneamente brota de la mera biología) y a la vez siento una verdadera incomodidad cada vez que se anuncia que los investigadores han descubierto algo que ayuda a aumentar la longevidad humana. Tenemos, como digo, una verdadera obsesión por dar más tiempo a la vida, cuando quizás lo importante sería, o es, dar más vida a los años. No medir mi vida por el reloj, sino por su densidad. Lo que eligió la madre de Aquiles para su hijo. Recordemos un hecho: Pico della Mirandola, verdadero homo universalis, vivió desde el 14/2/1463 al 17/11/1494, 31 años y 9 meses. ¿Perdió su vida por vivir tampoco tiempo? ¿o fue una vida plena?
En esta Vida plena, que es el Silencio de (no del) Ser, es donde tiene su germen la palabra que no está vacía.
Creo que el poema con el que he intentado balbucear el Misterio de la Navidad cristiana, que es no es sino Misterio en el que confluyen los muy diversos caminos honestos que sigue el Hombre para hablar con el Hombre que siempre va consigo, pretende decir esto mismo, aunque con un lenguaje muy distinto, pero siempre con palabras nacidas de un profundo silencio. Quizás sea esta cualidad de haber nacido del silencio la que da entidad y vida a la poesía.
José Antonio Carmona
martes, 16 de febrero de 2010
El Espíritu contemplativo
El espíritu contemplativo
Nota introductoria: Hace muchos años, leí un artículo muy hermoso de Raimon Panikkar sobre el espíritu contemplativo. Lo expresado en el mismo por el que es mi maestro y amigo me ha acompañado a lo largo de todos estos años, y se me ha hecho especialmente presente en muchos momentos de este tramo de mi vida. Hoy recojo en este escrito muchas de sus reflexiones, a las que yo no he añadido nada más que lo que las experiencias de quietud, sosiego y contemplación han podido ir añadiendo en mi interior a las ideas y reflexiones de Raimon, aparte de la traducción, muy fácil por la calidad del texto, del catalán excelente en que está escrito el original, al español. Así, pues, las ideas fundamentales son de él, o brotaron a través de él, el resto quizás pueda haber sido abonado a través de mi yo individual.
Artículo
De hecho la palabra “contemplación” tiene varios significados, es una palabra ambivalente (contemplación sensible, mental, mística...). Pero en todos ellos se da un denominador común: siempre significa algo definitivo, algo relacionado con el fin mismo de la vida, de la Vida por la vida, algo que no es medio para otra cosa posterior, en una palabra: algo que no es instrumentalmente útil. El acto contemplativo se hace por él mismo, se basa en sí mismo. No es una etapa hacia otra cosa. No tiene una intencionalidad, no es un instrumento. Quien, cuando ¿contempla? crea que contempla para conseguir ¿la perfección? no está contemplando, está destrozando la contemplación misma.
La persona contemplativa sencillamente “es”, “ve”, “vive”. Contemplar es ver el ritmo mismo de la vida. Es caer en la cuenta de lo que ya y siempre es, y hacerlo “toda ciencia transcendiendo”, yendo más allá del mero conocimiento tal como lo entiende la actual cultura occidental, yendo a la misma experiencia directa de la vida.
Existen multitud de ejemplos en los que podemos ver a los místicos viviendo con intensidad cada momento, el siempre ahora de sus vidas. Yo, en concreto, recuerdo lo que nos decían (creo que con mucho acierto) en el seminario en los primeros años cincuenta: “S. Luis Gonzaga a un superior que, mientras él jugaba en el recreo, se le acercó para preguntarle: si supieras que esta misma noche ibas a morir, ¿qué harías ahora?, le respondió -seguir jugando-” Luis sin duda contemplaba, vivía, entregando cada momento a la Vida, a Dios.
Esta actitud de sencillamente ser, vivir, parece totalmente contraria a la tendencia de la sociedad de consum(ism)o en la que estamos inmersos, en la que lo que se propugna es hacer, producir, competir, consumir, tener... y pese a ello, surge en muchos corazones la necesidad de pararse, de sentir la vida... sin saber bien bien de qué se pueda tratar. La Bolsa es el paradigma del utilitarismo, la ciencia (al menos durante mucho tiempo) ha sido el sagrado refugio del empirismo más craso y en aquella época, grande por otros aspectos, la contemplación fue arrojada por la borda de la sociedad, que ahora, semiahogada en sus autocreadas frustraciones, busca afanosa el sosiego.
Nuestra civilización-cultura (religiosa y no religiosa) ofrece grandes incentivos a los afanes humanos, con los que pretende llenar el vacío existencial que ha provocado en la humanidad, entre ellos cabe destacar algunos sobre los que podemos hacer una pequeña reflexión.
1. El cielo en las alturas para el creyente.
2. La historia por hacer para el progresista.
3. El trabajo que se ha de realizar para el práctico.
4. El afán de triunfar para todos.
Estos incentivos están totalmente cargados de un sentido lineal del tiempo: la ¿esperanza? de otra vida después de ésta (tempus fluens), algo que se vive constantemente en la liturgia católica de los difuntos, que pretendiendo ser un pilar absoluto de la esperanza, se encuentra a sí misma apoyada en una visión válida para el consuelo de mucha gente, pero carente de toda profundidad: la historia por hacer, igualmente se trata de un después (tempus fluens igualmente): el trabajo que se ha de realizar, algo que está apuntando al resultado, a la eficacia, a la utilidad instrumental a la consecución de dinero y otros bienes, y todo ello requiere tiempo: por último, el triunfo que nunca es ahora, que siempre está más allá, en el futuro, el triunfo que nunca acaba de llenar el corazón del hombre.
La contemplación contesta con su actitud sencilla de Ser a todas estas ansias humanas, a todos estos incentivos. La contemplación da toda la importancia al ahora y al aquí, al acto, al centro interior, a la coherencia personal.
La contemplación no pospone los valores de la vida para otra vida, sino que los vive ya en esta, en la vida que tenemos. No tratamos aquí sobre la existencia, o no, de otra vida, no entramos en este tema. Ya en otro artículo de este blog, sobre el miedo a la muerte y la resurrección, se ha dado, o apuntado una respuesta a este tema. Simplemente afirmamos la contemplación, el ahora permanente, la eternidad, el puro Ser, la Vida sin límites de tiempo o espacio y esto frente a tremendo poder del contexto cultural (tanto religioso, como no religioso) que nos aboca a ¿valores? (muchos los ven como tales) muy distintos, valores que olvidan el sentido de relatividad esencial que tiene todo este mundo del tiempo.
La contemplación no traslada para el futuro temporal la realidad que está ya entre nosotros. No acepta el trabajo para ganar dinero. No se preocupa de grandes conquistas, propias de un mundo tecnológico, sino de la interioridad. Se aboca a una antropología que no está basada en el triunfo personal, en el triunfo de un hombre sobre el otro, de modo que las víctimas sean necesarias para el triunfo de algunos pocos.
1.El Cielo en las Alturas. El Aquí y Ahora, frente al Más allá y el Después.
Actuar por un cielo que nos tienes prometido, no es en absoluto un acto contemplativo, sino un acto interesado. Lo cual no quiere decir que sea inapropiado hacerlo. Simplemente afirmamos que no es una acto contemplativo hacerlo así.
El acto de contemplación es un acto de amor al acto en sí mismo. En el acto contemplativo no hay un por qué. No vive la vida futura, sino que vive la Vida, que ya es. El acto contemplativo es sin un por qué. Tan acostumbrados como estamos a hacer las cosas por algo externo a ellas mismas, el hacerlo por ellas mismas ha de parecer algo tremendamente inútil, y ciertamente lo es. Se podría decir que nada hay más inútil que contemplar. El Diccionario de la lengua española dice que “útil” es lo que produce un resultado provechoso, y así lo entendemos en el uso cotidiano. Lo útil sale de sí mismo para conseguir algo que es exterior, esto es, entendemos como útil lo que posee una utilidad instrumental. Pero, aquello que no sirve para conseguir algo distinto a sí mismo, aquello que es en sí y no es medio para nada más no es útil en el sentido instrumental, en la sociedad lo llamamos inútil, mas lo que pasa es que tiene una utilidad superior: es un valor en sí. En este sentido, pues, la contemplación es verdaderamente inútil, porque es vivir por vivir, no por algo exterior a la vida. Mónica Cavallé llama a lo instrumentalmente útil “utilitario”, y “útil” a lo que es valor por sí mismo. Ya en otros artículos de este blog se ha abundado en este sentido.
Quien contempla no puede entender qué se quiere decir con “otra vida”, con “vida futura” ¿acaso lo que estamos viviendo no es vida, Vida?
Según las tradiciones religiosas el que contempla experimenta la Realidad. Vive a Dios ya desde ahora. Resucita ya en este mundo. La contemplación en sí misma es ya la Vida, la vida última, el cielo,la resurrección.
Felipe quien me ve a mi, ve al Padre, dice Jesús en el evangelio . No hace falta nada más. No olvidemos que Felipe veía a Jesús en carne humana. En el mismo sentido se pueden aducir textos provenientes de todas las manifestaciones místicas. Dicen los místicos musulmanes: “... y si he de ir al infierno, ¿qué más da?...el cielo eres tú, está aquí...”
Desear cualquier cosa, incluso desear no desear, es una clara muestra de que no se tiene el espíritu contemplativo. La santa indiferencia subrayada por San Ignacio, San Juan de la Cruz,... consiste en trascender, en ir mas allá de todas las diferencias, porque en cualquier estado o lugar se puede vivir la experiencia de Dios, del Ser, de la Vida, del Amor, se puede vivir el acto contemplativo.
La contemplación, por decirlo de algún modo, se sitúa “más allá del bien y del mal”, se sitúa en la no-dualidad que trasciende y engloba toda dualidad, también la del bien y del mal. Esta transcendencia no es indiferencia, pasividad, todo lo contrario, se sitúa en la línea del Ser que supera todo lo ente, que nos diría Heidegger. Simplemente en la línea que va más allá de la dualidad bien-mal estos conceptos ya no sirven para explicar nada. No se trata de que se haga algo mal y no importe, porque si haces algo malo (o bueno) es que no estás más allá del bien y del mal. Dios, aceptamos sin dudar los cristianos, no puede pecar, Jesús no podía hacer el mal, lo difícil es que podamos aceptar que todo acto contemplativo esté en esa trascendencia, pues hemos sido educados en una conciencia fortísima de culpabilidad, comenzando por todas las aberraciones (y no aberraciones) que se han dicho sobre el pecado original y sus consecuencias...
Para el contemplativo todo es sagrado. Jesús dice a la samaritana: “...ni en este templo, ni en Jerusalén..., los verdaderos adoradores adorarán a mi Padre en espíritu y en verdad...”. La eucaristía es la comunión total con lo sagrado y de lo sagrado, o sea con la Realidad. Es un comerse (comunión total, no ya física solamente) a Cristo, no forjarse un ídolo a propósito de Cristo, un Cristo que se manifiesta, creemos, en Jesús, pero que a su vez lo trasciende, porque Jesús como hombre tiene su tiempo, su espacio, su limitación. Cristo no. Jesús es el Cristo, pero el Cristo no se identifica con Jesús.
El contemplativo no discute sobre doctrinas. Las doctrinas son muletas para el caminar del cojo, pero el que camina bien, no las necesitas, al contrario le estorban. El contemplativo camina por la experiencia de la Verdad, que es el Cristo, el Buda, el Tao, Brahman, Alá...
Recordemos a Eckhart, Juan de la Cruz y tantos... perseguidos por la inquisición, por la doctrina ortodoxa. La Verdad no puede ser percibida más que por ella misma, por su propia evidencia, no por exposiciones brillantes, ni por dogmas establecidos (a veces ayudan, otras estorban, como las muletas). Sólo la evidencia abre las puertas del corazón y de la inteligencia. Esto nos dicen todos los “sabios” desde Nicolás de Cusa hasta Ramana Maharsi. Nuestras doctrinas son muletas para acercarnos a ella, a la Verdad, pero hemos acabado por acostumbrarnos a apenas caminar, porque tenemos miedo a caernos y no queremos soltar las muletas, preferimos seguir arrastrándonos por el suelo, seguir siendo bebés (infantiles, que no es lo mismo que ser como niños: sin poder) a aprender a caminar, porque tenemos miedo a caernos, es mejor que los otros nos digan lo que hemos de hacer, así no podremos equivocarnos, nunca nos caeremos, pero tampoco caminaremos, nos quedaremos sin vivir. No es fácil contemplar ...
¿Es la contemplación un quietismo? Cosas buenas tenía el quietismo, pero no se trata de cruzarnos de brazos para contemplar, sino de vivir contemplando, y vivir desde la contemplación. Quien piense que ha de parar para contemplar, nunca contemplará. Recordemos a Luis Gonzaga, o a nuestros contemporáneos Vicent Ferrer, Nisargadatta. R. Maharsi, “juguemos”.
2. El Futuro como gran Utopía. (Ahora frente a Después)
Construyamos el futuro, estamos construyendo el futuro, es más, hemos adelantado el futuro, son frases con las que nos bombardean constantemente desde los medios y desde la publicidad. Y esto cala cada vez más profundamente en las mentes. Nuestra cultura, que tiene muchas cosas muy buenas, cayó hace siglos en una fosa, cuando trató de limpiar las conciencias de todo el barro que se les había ido adhiriendo a lo largo de la historia y con el agua sucia del lavado arrojó también a aquel (llámese Dios, Valores, Cristo, Espíritu...) a quien lavaba, fosa de la que no ha salido, al menos en lo que concierne a la cultura media de la población. Entre los valores que arrojó está el de la Vida, confundiéndola con el Tiempo. La identidad entre tiempo y vida es lo que perciben nuestros sentidos y nuestra mente racional. Algo que afecta a toda expresión cultural media, también a la religiosa dominante. ¡Sólo se reconoce como real al tiempo, a la temporalidad!
Todo, como acabamos de decir, en nuestra sociedad está construido sobre el futuro, para el futuro y esto es bueno, pero sólo relativamente, pero le futuro para nosotros se nos presenta como absoluto. No se está propugnando en este escrito un tipo de vida que abandone la previsión, sino un tipo de vida que no se instale en el prever, sino en el ahora, un ahora eterno que abarca todo pasado y todo futuro, y por tanto no los abandona. El crecimiento, los estudios, los hijos, los ahorros, los seguros, los negocios, todo se hace cara a las posibilidades de un futuro, que siempre es incierto, aunque no lo pensemos, incluso aunque nos esforcemos por pensar lo contrario (es muy curioso que las empresas de seguros florecen por doquier, porque nada es seguro si no , no tendrían sentido, y sin embargo, se empecinan en su publicidad en mostrarnos que todo está atado, que todo es seguro). Se hacen estrategias, se prepara el futuro, se planifica,...La temporalidad es la obsesión de la modernidad. Y como consecuencia, la aceleración, la velocidad, el estrés, la insatisfacción...
El contemplativo no vive en la temporalidad, sino que vive la temporalidad, que es tempiternidad, es una duración cargada de Ser. La tempiternidad (palabra creada por R. Panikkar) la podemos representar por el punto de unión de dos líneas, el eje de abscisas y el de ordenadas (x, y) en las que la horizontal (abscisas) representa el tiempo y la vertical (ordenada), la eternidad. En la confluencia de ambas, que es la tempiternidad (tiempo+eternidad), vive el místico conscientemente, también vivimos todos los demás pero sin darnos cuenta, sin tener conciencia de ello.
El contemplativo para, tranquiliza la temporalidad. Profundiza en ella y descubre que en su núcleo está la Realidad que es tempiterna, esto es tiempo y eternidad sin separación. La contemplación se interesa por el ahora, dedica su atención al ahora, al presente stans (permanente), no tiene un camino a seguir, es camino y meta en sí mima. No es que el contemplativo se desentienda del pasado y del futuro, sino que vive todo el tiempo en el ahora eterno, ahora en el que se realiza en plenitud todo tiempo, tanto el pasado como el futuro. Como el mismo presente transitorio.
El sentido de la vida no depende sólo de lo que se haga al final de ella, sino de lo que se está haciendo ahora, sobre todo del ahora. Cada momento es decisivo. Cada día es una vida. La vida es una sinfonía, pero en cada momento, en cada nota, se está jugando su perfección. El contemplativo no espera una eternidad después, sino que la vive ahora, atravesando el tiempo, sin quedarse en él, pero, no negando su existencia.
Y necesariamente todo acto contemplativo es creativo, el contemplativo nunca tiene prisa, no hay camino que andar: “Caminante son tus huellas el camino, y nada más; caminante no hay camino, se hace camino al andar.” En cualquier momento, cuando vas a hacer algo urgente, puedes encontrarte alguien que necesite de tu ayuda, con algo que exija tu atención y ¿tú que ibas a algo muy importante y urgente?... el contemplativo está constantemente atendiendo a la Realidad, no es un despreocupado sino un ocupado en la Realidad. Cada momento contiene todo el Universo.
Los que vivimos en la sociedad actual, esclavos del reloj, siempre tenemos prisa por acabar lo que estamos haciendo y pasar a lo siguiente, siempre vivimos en proyección hacia el futuro (que no es). El contemplativo siempre vive en el ahora que es, en un ahora que cala sus raíces hasta la eternidad ya.
La esperanza de un cielo en las alturas después de la muerte, que invade el catolicismo, o la esperanza de una nueva historia, la de los proletarios, conseguida tras la lucha de clases, son dos esperanzas primas hermanas, que alienan totalmente al hombre sacándolo de su verdadera identidad y profundidad: Ser plenos hoy y ahora. La esperanza no es de un futuro (celestial o terrenal), es de la profundidad del Ser.
La vida del contemplativo está cargada de riesgos, por eso los contemplativos han sido muy perseguidos por los celosos de la seguridad que prefieren no andar, por los guardianes de la ortodoxia, del pensamiento políticamente correcto o único. Es difícil ser místico, ser cristiano, budista, hinduista... Pero no es indiferencia lo que experimenta el contemplativo ante la historia, sino profundidad. Tenemos modelos cercanos en todos ellos, para nosotros el máximo ejemplo está en Jesús, el Maestro de Nazaret.
La sociedad, por supuesto, se puede aprovechar del contemplativo, y lo puede hacer con enorme facilidad, pues éste nunca actúa con intencionalidad torcida. Por eso Jesús, el Maestro, aconseja ser prudentes, como serpientes, a la vez que sencillos como palomas.
El contemplativo está integrado en nuestra sociedad, pero sin idolatrar sus reglas, sabiendo que cada momento es un regalo único y completo en sí mismo. No se necesita acumular nada, instalarse en nada, sencillamente ¡se Vive!
No quiero decir que el contemplativo haya de huir del tiempo, que no le importe el futuro, sino que ha de abrir el tiempo´
horizontal a la verticalidad de la eternidad, y sólo así realizará en plenitud el sentido de la duración carnal, que ya es eternidad. La plenitud no es el futuro. La plenitud es siempre y en cualquier momento.
3. El Deber del Trabajo. El Acto frente al Resultado
Parece ser que en esta sociedad la vida no tiene valor alguno por sí misma y has de justificarla trabajando, no realizándote. Has de justificar tu vida haciéndola útil, utilitaria. Lo que se espera de ti es que produzcas algo que se pueda objetivar y pueda ser cambiado por dinero. Si no haces esto, como pueda ser sencillamente contemplar, escribir poemas, comunicar sosiego... tendrás muy difícil tu supervivencia en esta sociedad mercantilizada. Has de ganar lo que consumes... o serás despreciado y considerado un parásito social. Por descontado que en los momentos en los que estamos viviendo, con más de cuatro millones de parados oficialmente en el país, el hecho de no “tener trabajo” adquiere unas dimensiones específicas: Estas personas no pueden satisfacer las necesidades más primarias como el alimento, el vestido, la vivienda... Y esto es una tragedia enorme, que viene en buena medida provocada por la misma estructura del sistema que está en gran medida construido sobre la ambición humana. No es éste el tema que se trata en estos momentos, aunque el hecho de que la sociedad viva el trabajo no como realización, sino como medio de producción está sin duda en la misma raíz de esta crisis que se padece en estos tiempos. Nos falta un verdadero espíritu contemplativo. Se trata, pese a lo que pueda parecer en contra, del “primum vivere” porque la contemplación es vivir en plenitud, no filosofar en el sentido dado a la palabra desde Aristóteles (sí es filosofar en el sentido de la sabiduría perenne).
Falta cultura del ocio, falta una auténtica valoración de lo contemplativo. La moneda es lo que sirve a esta sociedad que dejó, mucho tiempo ha, de ser comunidad para cuantificarlo todo. Es el dinero el que decidirá en último término si lo que tú haces , si tu trabajo tiene valor (es útil-utilitario, si se le puede sacar provecho). Si lo que haces se escapa a la posibilidad de ser mensurado en dinero, eres un vago. Se espera que seas productivo, competitivo, has ganar lo que consumes, tu reputación, tus privilegios, ...no puedes ser un parásito social. Tildar de vaga a una persona es uno de los mayores insultos que se pueda hacer en esta sociedad.
Todo tiene un precio. Y el precio se verifica por el dinero. La moneda lo cuantifica todo, incluso las obras de arte, incluso los valores humanos (pensemos en la política internacional).
La bienaventuranzas nos dicen. "Bienaventurados (makarioi=felices) los pobres"(Lc 6,20) Jesús no encaja con la visión de valores sociales no sólo actuales, sino con la mantenida a lo largo de la historia. Hoy, cuando toda la sociedad corre impulsada por el dinero, el contemplativo no se mueve por él, tampoco lo menosprecia, sencillamente sabe que no le hace falta. Enfocar la vida a partir del dinero es un enfoque anticontemplativo. Jesús siempre buscó el Reino de Dios y su Justicia (dikayousinen Zeou, una justicia muy distinta de la humana que es relativa, una justicia que es Vida, Paz. Plenitud), todo lo demás se le dio por añadidura. Y lo mismo se puede decir de todos los grandes “sabios y místicos”, los grandes “contemplativos” de la humanidad.
Por supuesto que se ha de trabajar, se ha de colaborar al bien social, incluso se ha de trabajar por los otros, y para los otros. Se ha de servir, dice Tagore: “Dormía y soñaba que la vida era gozo. / Me desperté y vi que la ida era servicio. / Serví y vi que el servicio era gozo”. Pero lo que afirmamos es que en nuestra sociedad de alguna manera se está dando una ética muy dudosa con respecto al fenómeno del trabajo, no se trata ya de que encajes en un modelo más o menos dinámico, como ha sucedido en muchas sociedades a lo largo de la historia. Sino de que seas productivo, que hagas algo que se pueda transformar en dinero. En la ética social del trabajo se ha olvidado que la mejor manera de limitarse a la mediocridad es hacer únicamente el trabajo por el cual se es pagado (palabras de Og Mandino en su best seller: El vendedor más grande del mundo).
Lo trágico de este nuevo modelo ético que la sociedad tiene del trabajo es que incluso hay un tipo de otium=ocio (ludus) que ha convertido en negotium=negocio, al convertir el juego en espectáculo y hacer de éste simple negocio (fútbol, tenis, ciclismo...televisión...), el ocio ha sido defenestrado: El negotium es considerado como algo virtuoso y el otium como vicio (negotium como producción, otium como realización a través del trabajo, del labor latino, no del tripalium -instrumento medieval de tortura- de donde posiblemente pueda proceder la palabra trabajo). El ocio está considerado y realizado como huida del ser humano hacia escapes que no lo realizan. Pese a que se va recuperando la cultura del ocio, quedan aún muchas personas de nuestro entorno que entienden el ocio como no hacer nada y el trabajar como esfuerzo meramente físico y muscular. Es horrible ver cómo en las mentes de las masas se ha introducido esta concepción del trabajo (casi exclusivamente físico) para producir como lo único que justifica la vida humana, a la vez que se eliminan de la misma concepción de trabajo todo lo que no sea esfuerzo muscular remunerado. Se ignora como verdadero esfuerzo el de las amas de casa, el de los estudiantes, el de los niños que van al colegio, el de los que aprenden bellas artes...y por supuesto la realización de la contemplación. Esta sociedad se ha puesto un filtro mental tan espeso que ha reducido el trabajo al trabajo “alienante” remunerado. Al trabajo como producción y no como realización, creatividad, contemplación... Esta visión es labor del mundo tecnológico.
El contemplativo tiene una actitud completamente diferente: lo importante no es el fruto del trabajo, sino el trabajo en sí mismo. El acto en sí. Si el acto tiene sentido lo hará, si no, no lo hará. El contemplativo busca una relación constante con la naturaleza, respeta (mira a) cada ser, y se mira a sí mismo como integrante de Todo y del Todo, y en su contemplación realiza un perfeccionamiento de la misma totalidad. Su actitud es constantemente creativa. Para él cuenta el sentido de cada cosa.
La intención del contemplativo es siempre una prolongación armoniosa con la misma naturaleza del acto, integrado en la totalidad de la naturaleza. En cuanto al fruto del trabajo ha de estar en consonancia con este mismo acto de comunión con la naturaleza, pero en modo alguno es su meta al contemplar, al laborar, al trabajar. Cultiva, por supuesto, también para comer, aunque no sólo para ello, el comer es una prolongación de la comunión y de la transformación de la naturaleza. Cultiva una planta o cría unas gallinas también para comérselas. Comer es comunión dinámica, es integración vital con toda la creación, no es un acto egoísta. Es un acto transformador de vida. Pero sobre todo para el contemplativo el acto ha de estar lleno de sentido en sí mismo, o no se hará.
El trabajo es artesanía, creatividad personal. La obsesión del trabajo de hoy día es el enfoque hacia la productividad, aunque muchas veces se le llame creatividad (lo es en ocasiones, aunque de una superficialidad ingente, lo que no obsta para que haya también mucha belleza), este trabajo es incapaz de hacer de cada uno de nosotros un artesano, un creador, lo que hace es convertirnos en números que producen, pues lo que produces ni es tu vida, ni tu felicidad, ni la de los demás. Tú estás simplemente encadenado, atado a la cadena de producción, atado al tripalium(¿posible etimología de la palabra?)=trabajo. El trabajo hoy en día no es creatividad, sino productividad. No busca la felicidad de los hombres, sino la funcionalidad, la utilidad=utilitarismo.
El contemplativo no va por este sendero, por eso no es productivo, por eso es socialmente indeseable.
4. El deseo del triunfar. El éxito
El deseo de triunfar es ambición, la ambición está muy enraizada en nuestra cultura, queremos más. Ambición es una palabra ambigua, puede significar algo bueno, o malo. El afán de superación es en sí mismo bueno, el querer destacar y ser más que los otros ya no parece que sea tan bueno moralmente, pues ser más que los otros supone una jeraquización patológica. Y la palabra ambición puede significar ambas cosas.
Hoy en día el afán de prevalecer sobre los demás es algo que está en la raíz de los valores sociales. Basta con ver las campañas políticas. Poder y reputación están unidos. Es necesario triunfar en esta sociedad. Y no hay triunfo de uno sin que todos los demás pierdan. El triunfo se asienta sobre la eliminación del todos los otros.
Se necesita triunfar. ¿Por qué? Porque en nuestra sociedad tecnológica el éxito se ha de poder cuantificar, objetivar, tanto por el dinero que se genera, como por las personas que se dejan quemadas en el camino. Las personas son objetos cuantificables, son votos, y lo demás no cuenta.
Nuestras religiones han tomado este mismo modelo. Han objetivado a las personas. ¿qué son si no, estas canonizaciones masivas? El triunfo de los héroes. el resto, condenado al anonimato, cuando no al infierno (¡Durante cuántos siglos!) por razones que se había de analizar por lo menos. Porque han puesto sus ilusiones exclusivamente en la temporalidad, porque no han sabido transcenderla.
¿Cuántos de nosotros no haríamos, y estamos haciendo, lo que fuera posible por contentar a nuestro dios personal, (sus mandamientos, ¿que son tales?) olvidándonos de la imagen de ese dios que es el hombre? Recordemos la parábola de Jesús del Buen samaritano. Y las palabras de la llamada carta de Juan (sea quien sea el autor) que dice: “El que diga -yo amo a Dios- mientras odia a su hermano, es un embustero; porque quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.”
Pero, hay muchas personas que se proponen el éxito, incluso de forma inconsciente, en la sociedad, o caso de fracasar socialmente, en una religión oficial (me retiro a un convento), a la vez que se olvidan totalmente de que en estas actitudes el amor no existe. El contemplativo nunca busca el éxito de su acto.
En el acto contemplativo el amor es el mismo acto, pero el amor nunca es un motivo, puesto que no existe motivo. El contemplar es amar, es realizar la unidad entre Dios, el hombre y el cosmos, hacer, vivir lo Total, el Kosmos. No hay un motivo extraño al mismo hecho de contemplar, pero la misma contemplación no es sino la realización plena del amor en gratuidad. Que es algo que nuestra sociedad no puede entender.
Y cuando todo se ama, todo es sagrado. El contemplar, el realizar la unidad, el vivir el compromiso con los marginados desde las perspectiva de las bienaventuranzas es el resultado espontáneo de la actitud de amor, de la verdadera actitud cristiana, como nos dice la Carta de Juan, y tantas veces el mismo Maestro en los evangelios, como han vivido todos, todos los sabios a lo largo de los miles de años de nuestra presencia en la tierra . No hace falta otro motivo, no hay otro motivo, porque se trata sencillamente de Ser. El acto contemplativo es una actitud, es una manera especial de enfocar las cosas, quizás el auténtico acercamiento a la Realidad, la verdadera apropiación (de ad.propius: lo más cerca) de la misma. Cuando todo está cerca, cuando somos todo y todo es Yo-nosotros, Todo es tu Vida, Todo es tu Amor.
Quiero terminar añadiendo a este escrito un poema, que como otros, ha brotado a través de mí, pero sé que José Antonio Carmona no es su verdadero autor, entre otras razones porque como dicen los contemplativos José Antonio es nadie, y como yo en mi individualidad he experimentado, mi propio yo estaba siendo manejado para que escribiera algo que a él mismo transcendía totalmente.
Contemplación
Apoyado sin fin
en la cadencia sonora
de esas formas múltiples
que llamamos olas,
y que los mares nos brindan,
alegres,
al devenir sensación de eternidad
en la duración de los días,
leía yo en el libro
escrito con la sangre de mis años
e ilustrado con los momentos de gozo,
que mi vida sazonaron.
Y al leer, contemplaba,
Me inundaba una sensación
Que viniendo del pasado
Era, rompiendo el tiempo,
puro presente, absoluta
presencia de unos toques,
apenas percibidos, y
colocados allende el pensamiento.
Aquella sensación era yo.
Sencillamente ES.
Y mientras las olas rompían la arena,
yo fui,
rompí los límites,
mi yo saltó cual espejo fracturado.
Y las gotas del agua
eran
las múltiples formas deshechas
de mi yo perecedero.
Mas en el océano uno
se condensó mi figura,
liberada de sus formas,
desatada de mi yo,
y se hizo luz esparcida,
hecha multitud en colores,
que, navegando las aguas, se hacían uno.
Pura Luz.
Pura Vida.
Puro Amor.
José Antonio. 16/6/05
José Antonio Carmona
Nota introductoria: Hace muchos años, leí un artículo muy hermoso de Raimon Panikkar sobre el espíritu contemplativo. Lo expresado en el mismo por el que es mi maestro y amigo me ha acompañado a lo largo de todos estos años, y se me ha hecho especialmente presente en muchos momentos de este tramo de mi vida. Hoy recojo en este escrito muchas de sus reflexiones, a las que yo no he añadido nada más que lo que las experiencias de quietud, sosiego y contemplación han podido ir añadiendo en mi interior a las ideas y reflexiones de Raimon, aparte de la traducción, muy fácil por la calidad del texto, del catalán excelente en que está escrito el original, al español. Así, pues, las ideas fundamentales son de él, o brotaron a través de él, el resto quizás pueda haber sido abonado a través de mi yo individual.
Artículo
De hecho la palabra “contemplación” tiene varios significados, es una palabra ambivalente (contemplación sensible, mental, mística...). Pero en todos ellos se da un denominador común: siempre significa algo definitivo, algo relacionado con el fin mismo de la vida, de la Vida por la vida, algo que no es medio para otra cosa posterior, en una palabra: algo que no es instrumentalmente útil. El acto contemplativo se hace por él mismo, se basa en sí mismo. No es una etapa hacia otra cosa. No tiene una intencionalidad, no es un instrumento. Quien, cuando ¿contempla? crea que contempla para conseguir ¿la perfección? no está contemplando, está destrozando la contemplación misma.
La persona contemplativa sencillamente “es”, “ve”, “vive”. Contemplar es ver el ritmo mismo de la vida. Es caer en la cuenta de lo que ya y siempre es, y hacerlo “toda ciencia transcendiendo”, yendo más allá del mero conocimiento tal como lo entiende la actual cultura occidental, yendo a la misma experiencia directa de la vida.
Existen multitud de ejemplos en los que podemos ver a los místicos viviendo con intensidad cada momento, el siempre ahora de sus vidas. Yo, en concreto, recuerdo lo que nos decían (creo que con mucho acierto) en el seminario en los primeros años cincuenta: “S. Luis Gonzaga a un superior que, mientras él jugaba en el recreo, se le acercó para preguntarle: si supieras que esta misma noche ibas a morir, ¿qué harías ahora?, le respondió -seguir jugando-” Luis sin duda contemplaba, vivía, entregando cada momento a la Vida, a Dios.
Esta actitud de sencillamente ser, vivir, parece totalmente contraria a la tendencia de la sociedad de consum(ism)o en la que estamos inmersos, en la que lo que se propugna es hacer, producir, competir, consumir, tener... y pese a ello, surge en muchos corazones la necesidad de pararse, de sentir la vida... sin saber bien bien de qué se pueda tratar. La Bolsa es el paradigma del utilitarismo, la ciencia (al menos durante mucho tiempo) ha sido el sagrado refugio del empirismo más craso y en aquella época, grande por otros aspectos, la contemplación fue arrojada por la borda de la sociedad, que ahora, semiahogada en sus autocreadas frustraciones, busca afanosa el sosiego.
Nuestra civilización-cultura (religiosa y no religiosa) ofrece grandes incentivos a los afanes humanos, con los que pretende llenar el vacío existencial que ha provocado en la humanidad, entre ellos cabe destacar algunos sobre los que podemos hacer una pequeña reflexión.
1. El cielo en las alturas para el creyente.
2. La historia por hacer para el progresista.
3. El trabajo que se ha de realizar para el práctico.
4. El afán de triunfar para todos.
Estos incentivos están totalmente cargados de un sentido lineal del tiempo: la ¿esperanza? de otra vida después de ésta (tempus fluens), algo que se vive constantemente en la liturgia católica de los difuntos, que pretendiendo ser un pilar absoluto de la esperanza, se encuentra a sí misma apoyada en una visión válida para el consuelo de mucha gente, pero carente de toda profundidad: la historia por hacer, igualmente se trata de un después (tempus fluens igualmente): el trabajo que se ha de realizar, algo que está apuntando al resultado, a la eficacia, a la utilidad instrumental a la consecución de dinero y otros bienes, y todo ello requiere tiempo: por último, el triunfo que nunca es ahora, que siempre está más allá, en el futuro, el triunfo que nunca acaba de llenar el corazón del hombre.
La contemplación contesta con su actitud sencilla de Ser a todas estas ansias humanas, a todos estos incentivos. La contemplación da toda la importancia al ahora y al aquí, al acto, al centro interior, a la coherencia personal.
La contemplación no pospone los valores de la vida para otra vida, sino que los vive ya en esta, en la vida que tenemos. No tratamos aquí sobre la existencia, o no, de otra vida, no entramos en este tema. Ya en otro artículo de este blog, sobre el miedo a la muerte y la resurrección, se ha dado, o apuntado una respuesta a este tema. Simplemente afirmamos la contemplación, el ahora permanente, la eternidad, el puro Ser, la Vida sin límites de tiempo o espacio y esto frente a tremendo poder del contexto cultural (tanto religioso, como no religioso) que nos aboca a ¿valores? (muchos los ven como tales) muy distintos, valores que olvidan el sentido de relatividad esencial que tiene todo este mundo del tiempo.
La contemplación no traslada para el futuro temporal la realidad que está ya entre nosotros. No acepta el trabajo para ganar dinero. No se preocupa de grandes conquistas, propias de un mundo tecnológico, sino de la interioridad. Se aboca a una antropología que no está basada en el triunfo personal, en el triunfo de un hombre sobre el otro, de modo que las víctimas sean necesarias para el triunfo de algunos pocos.
1.El Cielo en las Alturas. El Aquí y Ahora, frente al Más allá y el Después.
Actuar por un cielo que nos tienes prometido, no es en absoluto un acto contemplativo, sino un acto interesado. Lo cual no quiere decir que sea inapropiado hacerlo. Simplemente afirmamos que no es una acto contemplativo hacerlo así.
El acto de contemplación es un acto de amor al acto en sí mismo. En el acto contemplativo no hay un por qué. No vive la vida futura, sino que vive la Vida, que ya es. El acto contemplativo es sin un por qué. Tan acostumbrados como estamos a hacer las cosas por algo externo a ellas mismas, el hacerlo por ellas mismas ha de parecer algo tremendamente inútil, y ciertamente lo es. Se podría decir que nada hay más inútil que contemplar. El Diccionario de la lengua española dice que “útil” es lo que produce un resultado provechoso, y así lo entendemos en el uso cotidiano. Lo útil sale de sí mismo para conseguir algo que es exterior, esto es, entendemos como útil lo que posee una utilidad instrumental. Pero, aquello que no sirve para conseguir algo distinto a sí mismo, aquello que es en sí y no es medio para nada más no es útil en el sentido instrumental, en la sociedad lo llamamos inútil, mas lo que pasa es que tiene una utilidad superior: es un valor en sí. En este sentido, pues, la contemplación es verdaderamente inútil, porque es vivir por vivir, no por algo exterior a la vida. Mónica Cavallé llama a lo instrumentalmente útil “utilitario”, y “útil” a lo que es valor por sí mismo. Ya en otros artículos de este blog se ha abundado en este sentido.
Quien contempla no puede entender qué se quiere decir con “otra vida”, con “vida futura” ¿acaso lo que estamos viviendo no es vida, Vida?
Según las tradiciones religiosas el que contempla experimenta la Realidad. Vive a Dios ya desde ahora. Resucita ya en este mundo. La contemplación en sí misma es ya la Vida, la vida última, el cielo,la resurrección.
Felipe quien me ve a mi, ve al Padre, dice Jesús en el evangelio . No hace falta nada más. No olvidemos que Felipe veía a Jesús en carne humana. En el mismo sentido se pueden aducir textos provenientes de todas las manifestaciones místicas. Dicen los místicos musulmanes: “... y si he de ir al infierno, ¿qué más da?...el cielo eres tú, está aquí...”
Desear cualquier cosa, incluso desear no desear, es una clara muestra de que no se tiene el espíritu contemplativo. La santa indiferencia subrayada por San Ignacio, San Juan de la Cruz,... consiste en trascender, en ir mas allá de todas las diferencias, porque en cualquier estado o lugar se puede vivir la experiencia de Dios, del Ser, de la Vida, del Amor, se puede vivir el acto contemplativo.
La contemplación, por decirlo de algún modo, se sitúa “más allá del bien y del mal”, se sitúa en la no-dualidad que trasciende y engloba toda dualidad, también la del bien y del mal. Esta transcendencia no es indiferencia, pasividad, todo lo contrario, se sitúa en la línea del Ser que supera todo lo ente, que nos diría Heidegger. Simplemente en la línea que va más allá de la dualidad bien-mal estos conceptos ya no sirven para explicar nada. No se trata de que se haga algo mal y no importe, porque si haces algo malo (o bueno) es que no estás más allá del bien y del mal. Dios, aceptamos sin dudar los cristianos, no puede pecar, Jesús no podía hacer el mal, lo difícil es que podamos aceptar que todo acto contemplativo esté en esa trascendencia, pues hemos sido educados en una conciencia fortísima de culpabilidad, comenzando por todas las aberraciones (y no aberraciones) que se han dicho sobre el pecado original y sus consecuencias...
Para el contemplativo todo es sagrado. Jesús dice a la samaritana: “...ni en este templo, ni en Jerusalén..., los verdaderos adoradores adorarán a mi Padre en espíritu y en verdad...”. La eucaristía es la comunión total con lo sagrado y de lo sagrado, o sea con la Realidad. Es un comerse (comunión total, no ya física solamente) a Cristo, no forjarse un ídolo a propósito de Cristo, un Cristo que se manifiesta, creemos, en Jesús, pero que a su vez lo trasciende, porque Jesús como hombre tiene su tiempo, su espacio, su limitación. Cristo no. Jesús es el Cristo, pero el Cristo no se identifica con Jesús.
El contemplativo no discute sobre doctrinas. Las doctrinas son muletas para el caminar del cojo, pero el que camina bien, no las necesitas, al contrario le estorban. El contemplativo camina por la experiencia de la Verdad, que es el Cristo, el Buda, el Tao, Brahman, Alá...
Recordemos a Eckhart, Juan de la Cruz y tantos... perseguidos por la inquisición, por la doctrina ortodoxa. La Verdad no puede ser percibida más que por ella misma, por su propia evidencia, no por exposiciones brillantes, ni por dogmas establecidos (a veces ayudan, otras estorban, como las muletas). Sólo la evidencia abre las puertas del corazón y de la inteligencia. Esto nos dicen todos los “sabios” desde Nicolás de Cusa hasta Ramana Maharsi. Nuestras doctrinas son muletas para acercarnos a ella, a la Verdad, pero hemos acabado por acostumbrarnos a apenas caminar, porque tenemos miedo a caernos y no queremos soltar las muletas, preferimos seguir arrastrándonos por el suelo, seguir siendo bebés (infantiles, que no es lo mismo que ser como niños: sin poder) a aprender a caminar, porque tenemos miedo a caernos, es mejor que los otros nos digan lo que hemos de hacer, así no podremos equivocarnos, nunca nos caeremos, pero tampoco caminaremos, nos quedaremos sin vivir. No es fácil contemplar ...
¿Es la contemplación un quietismo? Cosas buenas tenía el quietismo, pero no se trata de cruzarnos de brazos para contemplar, sino de vivir contemplando, y vivir desde la contemplación. Quien piense que ha de parar para contemplar, nunca contemplará. Recordemos a Luis Gonzaga, o a nuestros contemporáneos Vicent Ferrer, Nisargadatta. R. Maharsi, “juguemos”.
2. El Futuro como gran Utopía. (Ahora frente a Después)
Construyamos el futuro, estamos construyendo el futuro, es más, hemos adelantado el futuro, son frases con las que nos bombardean constantemente desde los medios y desde la publicidad. Y esto cala cada vez más profundamente en las mentes. Nuestra cultura, que tiene muchas cosas muy buenas, cayó hace siglos en una fosa, cuando trató de limpiar las conciencias de todo el barro que se les había ido adhiriendo a lo largo de la historia y con el agua sucia del lavado arrojó también a aquel (llámese Dios, Valores, Cristo, Espíritu...) a quien lavaba, fosa de la que no ha salido, al menos en lo que concierne a la cultura media de la población. Entre los valores que arrojó está el de la Vida, confundiéndola con el Tiempo. La identidad entre tiempo y vida es lo que perciben nuestros sentidos y nuestra mente racional. Algo que afecta a toda expresión cultural media, también a la religiosa dominante. ¡Sólo se reconoce como real al tiempo, a la temporalidad!
Todo, como acabamos de decir, en nuestra sociedad está construido sobre el futuro, para el futuro y esto es bueno, pero sólo relativamente, pero le futuro para nosotros se nos presenta como absoluto. No se está propugnando en este escrito un tipo de vida que abandone la previsión, sino un tipo de vida que no se instale en el prever, sino en el ahora, un ahora eterno que abarca todo pasado y todo futuro, y por tanto no los abandona. El crecimiento, los estudios, los hijos, los ahorros, los seguros, los negocios, todo se hace cara a las posibilidades de un futuro, que siempre es incierto, aunque no lo pensemos, incluso aunque nos esforcemos por pensar lo contrario (es muy curioso que las empresas de seguros florecen por doquier, porque nada es seguro si no , no tendrían sentido, y sin embargo, se empecinan en su publicidad en mostrarnos que todo está atado, que todo es seguro). Se hacen estrategias, se prepara el futuro, se planifica,...La temporalidad es la obsesión de la modernidad. Y como consecuencia, la aceleración, la velocidad, el estrés, la insatisfacción...
El contemplativo no vive en la temporalidad, sino que vive la temporalidad, que es tempiternidad, es una duración cargada de Ser. La tempiternidad (palabra creada por R. Panikkar) la podemos representar por el punto de unión de dos líneas, el eje de abscisas y el de ordenadas (x, y) en las que la horizontal (abscisas) representa el tiempo y la vertical (ordenada), la eternidad. En la confluencia de ambas, que es la tempiternidad (tiempo+eternidad), vive el místico conscientemente, también vivimos todos los demás pero sin darnos cuenta, sin tener conciencia de ello.
El contemplativo para, tranquiliza la temporalidad. Profundiza en ella y descubre que en su núcleo está la Realidad que es tempiterna, esto es tiempo y eternidad sin separación. La contemplación se interesa por el ahora, dedica su atención al ahora, al presente stans (permanente), no tiene un camino a seguir, es camino y meta en sí mima. No es que el contemplativo se desentienda del pasado y del futuro, sino que vive todo el tiempo en el ahora eterno, ahora en el que se realiza en plenitud todo tiempo, tanto el pasado como el futuro. Como el mismo presente transitorio.
El sentido de la vida no depende sólo de lo que se haga al final de ella, sino de lo que se está haciendo ahora, sobre todo del ahora. Cada momento es decisivo. Cada día es una vida. La vida es una sinfonía, pero en cada momento, en cada nota, se está jugando su perfección. El contemplativo no espera una eternidad después, sino que la vive ahora, atravesando el tiempo, sin quedarse en él, pero, no negando su existencia.
Y necesariamente todo acto contemplativo es creativo, el contemplativo nunca tiene prisa, no hay camino que andar: “Caminante son tus huellas el camino, y nada más; caminante no hay camino, se hace camino al andar.” En cualquier momento, cuando vas a hacer algo urgente, puedes encontrarte alguien que necesite de tu ayuda, con algo que exija tu atención y ¿tú que ibas a algo muy importante y urgente?... el contemplativo está constantemente atendiendo a la Realidad, no es un despreocupado sino un ocupado en la Realidad. Cada momento contiene todo el Universo.
Los que vivimos en la sociedad actual, esclavos del reloj, siempre tenemos prisa por acabar lo que estamos haciendo y pasar a lo siguiente, siempre vivimos en proyección hacia el futuro (que no es). El contemplativo siempre vive en el ahora que es, en un ahora que cala sus raíces hasta la eternidad ya.
La esperanza de un cielo en las alturas después de la muerte, que invade el catolicismo, o la esperanza de una nueva historia, la de los proletarios, conseguida tras la lucha de clases, son dos esperanzas primas hermanas, que alienan totalmente al hombre sacándolo de su verdadera identidad y profundidad: Ser plenos hoy y ahora. La esperanza no es de un futuro (celestial o terrenal), es de la profundidad del Ser.
La vida del contemplativo está cargada de riesgos, por eso los contemplativos han sido muy perseguidos por los celosos de la seguridad que prefieren no andar, por los guardianes de la ortodoxia, del pensamiento políticamente correcto o único. Es difícil ser místico, ser cristiano, budista, hinduista... Pero no es indiferencia lo que experimenta el contemplativo ante la historia, sino profundidad. Tenemos modelos cercanos en todos ellos, para nosotros el máximo ejemplo está en Jesús, el Maestro de Nazaret.
La sociedad, por supuesto, se puede aprovechar del contemplativo, y lo puede hacer con enorme facilidad, pues éste nunca actúa con intencionalidad torcida. Por eso Jesús, el Maestro, aconseja ser prudentes, como serpientes, a la vez que sencillos como palomas.
El contemplativo está integrado en nuestra sociedad, pero sin idolatrar sus reglas, sabiendo que cada momento es un regalo único y completo en sí mismo. No se necesita acumular nada, instalarse en nada, sencillamente ¡se Vive!
No quiero decir que el contemplativo haya de huir del tiempo, que no le importe el futuro, sino que ha de abrir el tiempo´
horizontal a la verticalidad de la eternidad, y sólo así realizará en plenitud el sentido de la duración carnal, que ya es eternidad. La plenitud no es el futuro. La plenitud es siempre y en cualquier momento.
3. El Deber del Trabajo. El Acto frente al Resultado
Parece ser que en esta sociedad la vida no tiene valor alguno por sí misma y has de justificarla trabajando, no realizándote. Has de justificar tu vida haciéndola útil, utilitaria. Lo que se espera de ti es que produzcas algo que se pueda objetivar y pueda ser cambiado por dinero. Si no haces esto, como pueda ser sencillamente contemplar, escribir poemas, comunicar sosiego... tendrás muy difícil tu supervivencia en esta sociedad mercantilizada. Has de ganar lo que consumes... o serás despreciado y considerado un parásito social. Por descontado que en los momentos en los que estamos viviendo, con más de cuatro millones de parados oficialmente en el país, el hecho de no “tener trabajo” adquiere unas dimensiones específicas: Estas personas no pueden satisfacer las necesidades más primarias como el alimento, el vestido, la vivienda... Y esto es una tragedia enorme, que viene en buena medida provocada por la misma estructura del sistema que está en gran medida construido sobre la ambición humana. No es éste el tema que se trata en estos momentos, aunque el hecho de que la sociedad viva el trabajo no como realización, sino como medio de producción está sin duda en la misma raíz de esta crisis que se padece en estos tiempos. Nos falta un verdadero espíritu contemplativo. Se trata, pese a lo que pueda parecer en contra, del “primum vivere” porque la contemplación es vivir en plenitud, no filosofar en el sentido dado a la palabra desde Aristóteles (sí es filosofar en el sentido de la sabiduría perenne).
Falta cultura del ocio, falta una auténtica valoración de lo contemplativo. La moneda es lo que sirve a esta sociedad que dejó, mucho tiempo ha, de ser comunidad para cuantificarlo todo. Es el dinero el que decidirá en último término si lo que tú haces , si tu trabajo tiene valor (es útil-utilitario, si se le puede sacar provecho). Si lo que haces se escapa a la posibilidad de ser mensurado en dinero, eres un vago. Se espera que seas productivo, competitivo, has ganar lo que consumes, tu reputación, tus privilegios, ...no puedes ser un parásito social. Tildar de vaga a una persona es uno de los mayores insultos que se pueda hacer en esta sociedad.
Todo tiene un precio. Y el precio se verifica por el dinero. La moneda lo cuantifica todo, incluso las obras de arte, incluso los valores humanos (pensemos en la política internacional).
La bienaventuranzas nos dicen. "Bienaventurados (makarioi=felices) los pobres"(Lc 6,20) Jesús no encaja con la visión de valores sociales no sólo actuales, sino con la mantenida a lo largo de la historia. Hoy, cuando toda la sociedad corre impulsada por el dinero, el contemplativo no se mueve por él, tampoco lo menosprecia, sencillamente sabe que no le hace falta. Enfocar la vida a partir del dinero es un enfoque anticontemplativo. Jesús siempre buscó el Reino de Dios y su Justicia (dikayousinen Zeou, una justicia muy distinta de la humana que es relativa, una justicia que es Vida, Paz. Plenitud), todo lo demás se le dio por añadidura. Y lo mismo se puede decir de todos los grandes “sabios y místicos”, los grandes “contemplativos” de la humanidad.
Por supuesto que se ha de trabajar, se ha de colaborar al bien social, incluso se ha de trabajar por los otros, y para los otros. Se ha de servir, dice Tagore: “Dormía y soñaba que la vida era gozo. / Me desperté y vi que la ida era servicio. / Serví y vi que el servicio era gozo”. Pero lo que afirmamos es que en nuestra sociedad de alguna manera se está dando una ética muy dudosa con respecto al fenómeno del trabajo, no se trata ya de que encajes en un modelo más o menos dinámico, como ha sucedido en muchas sociedades a lo largo de la historia. Sino de que seas productivo, que hagas algo que se pueda transformar en dinero. En la ética social del trabajo se ha olvidado que la mejor manera de limitarse a la mediocridad es hacer únicamente el trabajo por el cual se es pagado (palabras de Og Mandino en su best seller: El vendedor más grande del mundo).
Lo trágico de este nuevo modelo ético que la sociedad tiene del trabajo es que incluso hay un tipo de otium=ocio (ludus) que ha convertido en negotium=negocio, al convertir el juego en espectáculo y hacer de éste simple negocio (fútbol, tenis, ciclismo...televisión...), el ocio ha sido defenestrado: El negotium es considerado como algo virtuoso y el otium como vicio (negotium como producción, otium como realización a través del trabajo, del labor latino, no del tripalium -instrumento medieval de tortura- de donde posiblemente pueda proceder la palabra trabajo). El ocio está considerado y realizado como huida del ser humano hacia escapes que no lo realizan. Pese a que se va recuperando la cultura del ocio, quedan aún muchas personas de nuestro entorno que entienden el ocio como no hacer nada y el trabajar como esfuerzo meramente físico y muscular. Es horrible ver cómo en las mentes de las masas se ha introducido esta concepción del trabajo (casi exclusivamente físico) para producir como lo único que justifica la vida humana, a la vez que se eliminan de la misma concepción de trabajo todo lo que no sea esfuerzo muscular remunerado. Se ignora como verdadero esfuerzo el de las amas de casa, el de los estudiantes, el de los niños que van al colegio, el de los que aprenden bellas artes...y por supuesto la realización de la contemplación. Esta sociedad se ha puesto un filtro mental tan espeso que ha reducido el trabajo al trabajo “alienante” remunerado. Al trabajo como producción y no como realización, creatividad, contemplación... Esta visión es labor del mundo tecnológico.
El contemplativo tiene una actitud completamente diferente: lo importante no es el fruto del trabajo, sino el trabajo en sí mismo. El acto en sí. Si el acto tiene sentido lo hará, si no, no lo hará. El contemplativo busca una relación constante con la naturaleza, respeta (mira a) cada ser, y se mira a sí mismo como integrante de Todo y del Todo, y en su contemplación realiza un perfeccionamiento de la misma totalidad. Su actitud es constantemente creativa. Para él cuenta el sentido de cada cosa.
La intención del contemplativo es siempre una prolongación armoniosa con la misma naturaleza del acto, integrado en la totalidad de la naturaleza. En cuanto al fruto del trabajo ha de estar en consonancia con este mismo acto de comunión con la naturaleza, pero en modo alguno es su meta al contemplar, al laborar, al trabajar. Cultiva, por supuesto, también para comer, aunque no sólo para ello, el comer es una prolongación de la comunión y de la transformación de la naturaleza. Cultiva una planta o cría unas gallinas también para comérselas. Comer es comunión dinámica, es integración vital con toda la creación, no es un acto egoísta. Es un acto transformador de vida. Pero sobre todo para el contemplativo el acto ha de estar lleno de sentido en sí mismo, o no se hará.
El trabajo es artesanía, creatividad personal. La obsesión del trabajo de hoy día es el enfoque hacia la productividad, aunque muchas veces se le llame creatividad (lo es en ocasiones, aunque de una superficialidad ingente, lo que no obsta para que haya también mucha belleza), este trabajo es incapaz de hacer de cada uno de nosotros un artesano, un creador, lo que hace es convertirnos en números que producen, pues lo que produces ni es tu vida, ni tu felicidad, ni la de los demás. Tú estás simplemente encadenado, atado a la cadena de producción, atado al tripalium(¿posible etimología de la palabra?)=trabajo. El trabajo hoy en día no es creatividad, sino productividad. No busca la felicidad de los hombres, sino la funcionalidad, la utilidad=utilitarismo.
El contemplativo no va por este sendero, por eso no es productivo, por eso es socialmente indeseable.
4. El deseo del triunfar. El éxito
El deseo de triunfar es ambición, la ambición está muy enraizada en nuestra cultura, queremos más. Ambición es una palabra ambigua, puede significar algo bueno, o malo. El afán de superación es en sí mismo bueno, el querer destacar y ser más que los otros ya no parece que sea tan bueno moralmente, pues ser más que los otros supone una jeraquización patológica. Y la palabra ambición puede significar ambas cosas.
Hoy en día el afán de prevalecer sobre los demás es algo que está en la raíz de los valores sociales. Basta con ver las campañas políticas. Poder y reputación están unidos. Es necesario triunfar en esta sociedad. Y no hay triunfo de uno sin que todos los demás pierdan. El triunfo se asienta sobre la eliminación del todos los otros.
Se necesita triunfar. ¿Por qué? Porque en nuestra sociedad tecnológica el éxito se ha de poder cuantificar, objetivar, tanto por el dinero que se genera, como por las personas que se dejan quemadas en el camino. Las personas son objetos cuantificables, son votos, y lo demás no cuenta.
Nuestras religiones han tomado este mismo modelo. Han objetivado a las personas. ¿qué son si no, estas canonizaciones masivas? El triunfo de los héroes. el resto, condenado al anonimato, cuando no al infierno (¡Durante cuántos siglos!) por razones que se había de analizar por lo menos. Porque han puesto sus ilusiones exclusivamente en la temporalidad, porque no han sabido transcenderla.
¿Cuántos de nosotros no haríamos, y estamos haciendo, lo que fuera posible por contentar a nuestro dios personal, (sus mandamientos, ¿que son tales?) olvidándonos de la imagen de ese dios que es el hombre? Recordemos la parábola de Jesús del Buen samaritano. Y las palabras de la llamada carta de Juan (sea quien sea el autor) que dice: “El que diga -yo amo a Dios- mientras odia a su hermano, es un embustero; porque quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.”
Pero, hay muchas personas que se proponen el éxito, incluso de forma inconsciente, en la sociedad, o caso de fracasar socialmente, en una religión oficial (me retiro a un convento), a la vez que se olvidan totalmente de que en estas actitudes el amor no existe. El contemplativo nunca busca el éxito de su acto.
En el acto contemplativo el amor es el mismo acto, pero el amor nunca es un motivo, puesto que no existe motivo. El contemplar es amar, es realizar la unidad entre Dios, el hombre y el cosmos, hacer, vivir lo Total, el Kosmos. No hay un motivo extraño al mismo hecho de contemplar, pero la misma contemplación no es sino la realización plena del amor en gratuidad. Que es algo que nuestra sociedad no puede entender.
Y cuando todo se ama, todo es sagrado. El contemplar, el realizar la unidad, el vivir el compromiso con los marginados desde las perspectiva de las bienaventuranzas es el resultado espontáneo de la actitud de amor, de la verdadera actitud cristiana, como nos dice la Carta de Juan, y tantas veces el mismo Maestro en los evangelios, como han vivido todos, todos los sabios a lo largo de los miles de años de nuestra presencia en la tierra . No hace falta otro motivo, no hay otro motivo, porque se trata sencillamente de Ser. El acto contemplativo es una actitud, es una manera especial de enfocar las cosas, quizás el auténtico acercamiento a la Realidad, la verdadera apropiación (de ad.propius: lo más cerca) de la misma. Cuando todo está cerca, cuando somos todo y todo es Yo-nosotros, Todo es tu Vida, Todo es tu Amor.
Quiero terminar añadiendo a este escrito un poema, que como otros, ha brotado a través de mí, pero sé que José Antonio Carmona no es su verdadero autor, entre otras razones porque como dicen los contemplativos José Antonio es nadie, y como yo en mi individualidad he experimentado, mi propio yo estaba siendo manejado para que escribiera algo que a él mismo transcendía totalmente.
Contemplación
Apoyado sin fin
en la cadencia sonora
de esas formas múltiples
que llamamos olas,
y que los mares nos brindan,
alegres,
al devenir sensación de eternidad
en la duración de los días,
leía yo en el libro
escrito con la sangre de mis años
e ilustrado con los momentos de gozo,
que mi vida sazonaron.
Y al leer, contemplaba,
Me inundaba una sensación
Que viniendo del pasado
Era, rompiendo el tiempo,
puro presente, absoluta
presencia de unos toques,
apenas percibidos, y
colocados allende el pensamiento.
Aquella sensación era yo.
Sencillamente ES.
Y mientras las olas rompían la arena,
yo fui,
rompí los límites,
mi yo saltó cual espejo fracturado.
Y las gotas del agua
eran
las múltiples formas deshechas
de mi yo perecedero.
Mas en el océano uno
se condensó mi figura,
liberada de sus formas,
desatada de mi yo,
y se hizo luz esparcida,
hecha multitud en colores,
que, navegando las aguas, se hacían uno.
Pura Luz.
Pura Vida.
Puro Amor.
José Antonio. 16/6/05
José Antonio Carmona
viernes, 5 de febrero de 2010
El sentido y nuestros años
¿Tiene sentido nuestra vida en la vejez?
Una afirmación de Freud es que la principal preocupación del hombre es la búsqueda del placer. Esto en buena medida es verdadero, aunque choque a nuestra mentalidad represora que identifica el placer con el pecado.
¿Que es el placer? No quiero dar una definición, sino una descripción que nos ayude a caminar, (es tremendo el apetito de nuestra cultura de querer analizar siempre el qué y olvidar el cómo o la globalidad, la relación) . Del latín placere: agradar. Placer es lo que agrada en cualquier dimensión humana. Pero el hombre no sólo busca el placer, también busca el poder y busca por encima de todo el sentido, que las cosas tengan un significado, que estén sustentadas por algo válido (al menos para nosotros). Buscar el sentido es consecuencia de la altura espiritual (no necesariamente en sentido religioso) de nuestra naturaleza. Es profundamente humano desear que las cosas cotidianas signifiquen algo. Es el deseo de significado. Algo que no excluye ni el deseo de placer, ni el de poder. El sentido no es utilidad, tiene razón de ser en sí mismo.
El deseo de significado en nuestra sociedad mundial cada vez encuentra menos respuestas válidas, cada vez hay más gente con un tremendo vacío existencial. Estamos dando y nos están ofreciendo constantemente sentidos-significados que no son tales, que no satisfacen la altura de la vida humana. Hay cosas, aficiones, actividades que pueden servir por un tiempo porque son sustitutorias del sentido último, pero a la larga y en el silencio de la propia vida madura vemos que no nos llenan totalmente, lo que depende de la altura de conciencia interior que se haya alcanzado. Hay personas que pueden llenar sus vidas con aficiones superficiales, con dedicación a unas causas poco o nada altruistas o totalmente altruistas y quienes descubran que necesitan de un sentido último que vaya más allá de todos estos.
Los tres niveles del YO
El YO profundo o universal. Quiero llamar la atención ante un hecho que sucede en todas las lenguas, al menos en las que conozco: Todos decimos yo para referirnos a nosotros mismos, todos utilizamos la misma palabra ¿por qué utilizamos la misma palabra, si nuestros nombres son distintos? Ciertamente esto no es más que un indicio (para quien lo quiera ver) de que sólo existe una conciencia común a todo cuanto es. Es el Ser anterior a lo ente en que basa su visión de la Realidad Heideeger. El Ser o Conciencia de la que nosotros somos una imagen, una manifestación, y que a su vez es el sustrato básico, verdaderamente esencial de lo que llamamos nuestro yo individual . Es el Yo en sentido originario.
El yo individual, que tiene nombre propio y una estructura psicosomática, que vive en el tiempo, y por tanto tiene un pasado y un futuro, que tiene unos criterios, unas vivencias, unas actitudes ante la vida, que tiene o no fe... pero que se sabe uno con el Yo universal. Es el yo en sentido derivado en tanto que manifestación del Yo profundo.
El yo superficial o ego. Es el que se forma cuando nos identificamos de forma exclusiva con nuestro cuerpo y nuestra psique, con los recuerdos y expectativas... y nos desconectamos del Yo universal.
El ejemplo de la ola y el océano es ya clásico. El océano es el Yo profundo o universal y la ola el individual. Ola y océano son la misma agua (por descontado que no estamos hablando de cantidad, sino de esencia), tienen la misma humedad, la ola sin el océano no existiría y, cuando acaba se existencia en la arena, sigue siendo lo que era: agua nunca separada del resto. Sólo era ola por la apariencia. Lo grave es da cuando dicha ola se identifica a sí misma sólo con su apariencia, con lo que corta toda comunicación con el océano y se autodestruye.
Lo mismo podríamos decir de un rayo de sol, de una corriente de aire...
Es es yo individual el que necesita sentido a significado, o sea, permanecer unido de alguna manera a su verdadera Raíz, el Ser, que es el Yo universal y cuyos ecos puede ir percibiendo en lo interior, en la esencia de sí mismo y de todo cuanto le rodea. Prescindo del significado religioso (en sentido institucional), y llamo sentido a lo que una situación concreta significa para una persona en concreto. Cada persona es totalmente libre para decidir lo que significa o pueda significar para ella una situación y para asumir o rechazar si la vida tiene un sentido. Negar la libertad a la persona sería destruirla. Pero, ante la afirmación tan cotidiana entre de que nadie ha venido a decirnos si la vida tiene sentido o no y ante los tremendos palos que nos dan los desastres de todo tipo, tanto naturales, como bélicos que causan ese sufrimiento tan ingente en la humanidad, quiero traer a colación una serie de nombres de personas de la historia que encontraron un sentido pleno de sus vidas, lo asumieron y así nos lo transmitieron: Jesús de Nazaret, Buda, Zoroastro (Zaratustra), Lao-Tse, Confucio, Pitágoras, Sócrates, Platón, Pablo de Tarso, Plotino, Agustín de Hipona, todos los sabios axiales (siglos -V a I), Mahoma (gran desconocido entre nosotros y entre muchísimos islamitas...), Nagaryuna, Shamkara, Eckhart, Francisco de Asís, Rumi, Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Catalina de Siena, Nisargadatta, Ramana Maharsi, Krisnamurti, Teresa de Calcuta. Desmon Tutu, Mahatma Ghandi, Luther King, Nelson Mandela, Pere Casaldáliga…
y quiero citar a tres premios nobel de física: Einstein, Schrodinger, Heisenberg, quienes en sus escritos apelan a la dimensión del sentido más allá de la mera razón y de la ciencia.
Todos estos autores y muchos otros centenares de miles de místicos de la historia de la humanidad han vivido el sentido último de la vida hasta su último aliento.
También un gran número de psiquiatras citados por Viktor Frankl afirman, basados en datos empíricos, que la gente puede hallar un sentido a sus vidas al margen de si se trata de personas religiosas o no, mayores o no...
El sentido de la vida puede hallarse bajo cualquier condición. Y sin embargo, hay una sensación generalizada en nuestra cultura de que la vida está falta de sentido. Ciertamente estamos en una época de transformación, de cambio de valores, y es normal que la sociedad pierda el norte, la Edad Media nos propuso como únicos valores los religiosos del cristianismo y la Edad Moderna se encontró con este disparate, quiso arreglarlo y se dispuso con muy buena voluntad a limpiar todas las adherencias, para ello tuvo que cambiar el agua de la bañera que se había utilizado: La visión teocrática, pero, lo malo fue que al tirar el agua tiraron también al niño que se estaba bañando, los valores del la sabiduría perenne, el sentido último.
Tres caminos son, según Viktor Frankl, los que nos llevan a dar sentido a la vida:
1.Cumplir un deber o tener una actividad que nos satisfaga.
2.Amar incondicionalmente.
3.Es el más importante. Elevarnos por encima de nosotros mismos, transcendiéndonos, transformándonos, cuando nos enfrentamos a un destino que no podemos cambiar. O sea, atravesar el sufrimiento inevitable, no el innecesario, y convertirlo en un éxito humano, asumir nuestra culpa o responsabilidad en lo que hacemos mal para cambiar para mejor, asumir la transitoriedad de la vida y ver en ella un motivo para ser responsable.
No olvidemos que porque ha habido y hay mucha gente que ha encontrado el sentido a su vida, el mundo y la historia siguen progresando.
A nuestra edad podemos contemplar nuestras vidas con una perspectiva de globalidad, verla como un todo. Y no puede negarse que podemos percibir un sentido de toda ella, de los procesos que en ella se han seguido, significado en sentido amplio, significado que nos hace ver con nuevas perspectivas los distintos acontecimientos por los que cada uno de nosotros ha ido pasando. Como una película de cine: fotograma a fotograma tiene su sentido, pero, la película entera es la que da el significado último a toda la película y a cada fotograma. Cuanto más profundidad demos al sentido de cada acontecer mayor será el significado final del total de la vida.
Estoy hablando de una especie de sensación, que ciertamente puede ser experimentada, pero nunca por la mente o los sentidos, ni en modo alguno verificada por ellos. El sentido último es incomprensible (en el sentido mental), pero eso no quiere decir que no exista, que no lo haya. Para una persona del siglo II era un incomprensible que la tierra fuera redonda, o que el hombre pudiera volar, o que hubiera una forma de crear luz que no fuera por las llamas. Aparte de esto hay realidades que van más allá de la mente, la persona humana no es el último escalón de la evolución, ¿por qué ha de serlo? La razón no es el último eslabón en la serie evolutiva, afirmarlo así (algo no raro) es un ombligismo tan absurdo hoy, como practicar en la actualidad de los ritos mágicos prehistóricos para conseguir la caza. Por descontado que una mente (la superior, según los esotéricos y muchos otros) en contacto con el Yo Profundo alcanza niveles de conocimiento-sabiduría inasequibles para la mera razón, como la intuición, la comprehensión, la compasión... Recordemos el comienzo de un hermoso poema de Juan de la Cruz:
Entréme dónde no supe / y quedéme no sabiendo / toda sciencia transcendiendo.
El científico lo que puede afirmar es que en el mundo que describe la ciencia no aparece el sentido último, pero esto no significa en modo alguno que no lo haya, sólo que el científico no puede saberlo. En definitiva el científico lo que estudia es una sección muy limitada de la realidad, pero la realidad es muchísimo más amplia, a esas secciones que no alcanza la ciencia se puede llegar por métodos que no sean mentales, ni prementales, sino transmentales. Y es aquí donde comienza la Fe. No me refiero a ninguna expresión de una confesión religiosa determinada, sino a la fe que existe en todo hombre, aunque muchas veces se niegue que se tiene. Me fío de...la vida, de mi organismo, de mis fuerzas, de mi experiencia, de mi amigo, de mi cónyuge, … esta fe es una decisión existencial. Es una experiencia de vida.
Racionalmente en la cuestión del significado de nuestras vidas no podemos tomar partido ni por el sí, ni por el no, a nuestra razón se le escapa esta cuestión, como otras muchas. En este caso hemos de sopesar existencialmente el dilema, ¿qué da más peso a mi vida, el sí o el no? Aquí interviene la fe que añade un peso a la realidad que se cuestiona, creer no es restar algo a la realidad, o sea, pecar de bobo, sino añadir el peso de una decisión existencial, la fe suma, no resta y de hecho la inmensa mayoría lo hacemos de una forma u otra en la vida: tomamos decisiones por un peso existencial en muchas ocasiones, aunque no por ello dejemos de sopesar la racionalidad o lógica de la opción.
El ejemplo que se suele aducir es el del escenario y la luz de los focos que deslumbran al artista cuando sale: el artista no ve apenas el patio de butacas, pero sabe, confía en que tras su ceguera hay un público.
Sencillamente no se puede colocar el sentido último (que en otros términos es el Ser) al nivel de las demás cosas, en el mismo plano.
Y por supuesto, se ha de aceptar que
1.Muchas personas encuentran sentido a sus vidas sin necesidad, al menos consciente, de una actitud religiosa, o mejor espiritual (No hablamos de pertenecer a una forma de de religión, a una institución).
2.La religión o espiritualidad se revela como la realización del deseo de llegar a un significado último.
Por supuesto no he ido en este breve escrito por los caminos de las diversas escuelas de psicología, en los que se habla de la vejez de forma más o menos positiva. Mi intención ha sido intentar destacar brevemente la dimensión de sentido de toda la vida terrena, sin hablar de las limitaciones temporales.
José A. Carmona
Una afirmación de Freud es que la principal preocupación del hombre es la búsqueda del placer. Esto en buena medida es verdadero, aunque choque a nuestra mentalidad represora que identifica el placer con el pecado.
¿Que es el placer? No quiero dar una definición, sino una descripción que nos ayude a caminar, (es tremendo el apetito de nuestra cultura de querer analizar siempre el qué y olvidar el cómo o la globalidad, la relación) . Del latín placere: agradar. Placer es lo que agrada en cualquier dimensión humana. Pero el hombre no sólo busca el placer, también busca el poder y busca por encima de todo el sentido, que las cosas tengan un significado, que estén sustentadas por algo válido (al menos para nosotros). Buscar el sentido es consecuencia de la altura espiritual (no necesariamente en sentido religioso) de nuestra naturaleza. Es profundamente humano desear que las cosas cotidianas signifiquen algo. Es el deseo de significado. Algo que no excluye ni el deseo de placer, ni el de poder. El sentido no es utilidad, tiene razón de ser en sí mismo.
El deseo de significado en nuestra sociedad mundial cada vez encuentra menos respuestas válidas, cada vez hay más gente con un tremendo vacío existencial. Estamos dando y nos están ofreciendo constantemente sentidos-significados que no son tales, que no satisfacen la altura de la vida humana. Hay cosas, aficiones, actividades que pueden servir por un tiempo porque son sustitutorias del sentido último, pero a la larga y en el silencio de la propia vida madura vemos que no nos llenan totalmente, lo que depende de la altura de conciencia interior que se haya alcanzado. Hay personas que pueden llenar sus vidas con aficiones superficiales, con dedicación a unas causas poco o nada altruistas o totalmente altruistas y quienes descubran que necesitan de un sentido último que vaya más allá de todos estos.
Los tres niveles del YO
El YO profundo o universal. Quiero llamar la atención ante un hecho que sucede en todas las lenguas, al menos en las que conozco: Todos decimos yo para referirnos a nosotros mismos, todos utilizamos la misma palabra ¿por qué utilizamos la misma palabra, si nuestros nombres son distintos? Ciertamente esto no es más que un indicio (para quien lo quiera ver) de que sólo existe una conciencia común a todo cuanto es. Es el Ser anterior a lo ente en que basa su visión de la Realidad Heideeger. El Ser o Conciencia de la que nosotros somos una imagen, una manifestación, y que a su vez es el sustrato básico, verdaderamente esencial de lo que llamamos nuestro yo individual . Es el Yo en sentido originario.
El yo individual, que tiene nombre propio y una estructura psicosomática, que vive en el tiempo, y por tanto tiene un pasado y un futuro, que tiene unos criterios, unas vivencias, unas actitudes ante la vida, que tiene o no fe... pero que se sabe uno con el Yo universal. Es el yo en sentido derivado en tanto que manifestación del Yo profundo.
El yo superficial o ego. Es el que se forma cuando nos identificamos de forma exclusiva con nuestro cuerpo y nuestra psique, con los recuerdos y expectativas... y nos desconectamos del Yo universal.
El ejemplo de la ola y el océano es ya clásico. El océano es el Yo profundo o universal y la ola el individual. Ola y océano son la misma agua (por descontado que no estamos hablando de cantidad, sino de esencia), tienen la misma humedad, la ola sin el océano no existiría y, cuando acaba se existencia en la arena, sigue siendo lo que era: agua nunca separada del resto. Sólo era ola por la apariencia. Lo grave es da cuando dicha ola se identifica a sí misma sólo con su apariencia, con lo que corta toda comunicación con el océano y se autodestruye.
Lo mismo podríamos decir de un rayo de sol, de una corriente de aire...
Es es yo individual el que necesita sentido a significado, o sea, permanecer unido de alguna manera a su verdadera Raíz, el Ser, que es el Yo universal y cuyos ecos puede ir percibiendo en lo interior, en la esencia de sí mismo y de todo cuanto le rodea. Prescindo del significado religioso (en sentido institucional), y llamo sentido a lo que una situación concreta significa para una persona en concreto. Cada persona es totalmente libre para decidir lo que significa o pueda significar para ella una situación y para asumir o rechazar si la vida tiene un sentido. Negar la libertad a la persona sería destruirla. Pero, ante la afirmación tan cotidiana entre de que nadie ha venido a decirnos si la vida tiene sentido o no y ante los tremendos palos que nos dan los desastres de todo tipo, tanto naturales, como bélicos que causan ese sufrimiento tan ingente en la humanidad, quiero traer a colación una serie de nombres de personas de la historia que encontraron un sentido pleno de sus vidas, lo asumieron y así nos lo transmitieron: Jesús de Nazaret, Buda, Zoroastro (Zaratustra), Lao-Tse, Confucio, Pitágoras, Sócrates, Platón, Pablo de Tarso, Plotino, Agustín de Hipona, todos los sabios axiales (siglos -V a I), Mahoma (gran desconocido entre nosotros y entre muchísimos islamitas...), Nagaryuna, Shamkara, Eckhart, Francisco de Asís, Rumi, Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Catalina de Siena, Nisargadatta, Ramana Maharsi, Krisnamurti, Teresa de Calcuta. Desmon Tutu, Mahatma Ghandi, Luther King, Nelson Mandela, Pere Casaldáliga…
y quiero citar a tres premios nobel de física: Einstein, Schrodinger, Heisenberg, quienes en sus escritos apelan a la dimensión del sentido más allá de la mera razón y de la ciencia.
Todos estos autores y muchos otros centenares de miles de místicos de la historia de la humanidad han vivido el sentido último de la vida hasta su último aliento.
También un gran número de psiquiatras citados por Viktor Frankl afirman, basados en datos empíricos, que la gente puede hallar un sentido a sus vidas al margen de si se trata de personas religiosas o no, mayores o no...
El sentido de la vida puede hallarse bajo cualquier condición. Y sin embargo, hay una sensación generalizada en nuestra cultura de que la vida está falta de sentido. Ciertamente estamos en una época de transformación, de cambio de valores, y es normal que la sociedad pierda el norte, la Edad Media nos propuso como únicos valores los religiosos del cristianismo y la Edad Moderna se encontró con este disparate, quiso arreglarlo y se dispuso con muy buena voluntad a limpiar todas las adherencias, para ello tuvo que cambiar el agua de la bañera que se había utilizado: La visión teocrática, pero, lo malo fue que al tirar el agua tiraron también al niño que se estaba bañando, los valores del la sabiduría perenne, el sentido último.
Tres caminos son, según Viktor Frankl, los que nos llevan a dar sentido a la vida:
1.Cumplir un deber o tener una actividad que nos satisfaga.
2.Amar incondicionalmente.
3.Es el más importante. Elevarnos por encima de nosotros mismos, transcendiéndonos, transformándonos, cuando nos enfrentamos a un destino que no podemos cambiar. O sea, atravesar el sufrimiento inevitable, no el innecesario, y convertirlo en un éxito humano, asumir nuestra culpa o responsabilidad en lo que hacemos mal para cambiar para mejor, asumir la transitoriedad de la vida y ver en ella un motivo para ser responsable.
No olvidemos que porque ha habido y hay mucha gente que ha encontrado el sentido a su vida, el mundo y la historia siguen progresando.
A nuestra edad podemos contemplar nuestras vidas con una perspectiva de globalidad, verla como un todo. Y no puede negarse que podemos percibir un sentido de toda ella, de los procesos que en ella se han seguido, significado en sentido amplio, significado que nos hace ver con nuevas perspectivas los distintos acontecimientos por los que cada uno de nosotros ha ido pasando. Como una película de cine: fotograma a fotograma tiene su sentido, pero, la película entera es la que da el significado último a toda la película y a cada fotograma. Cuanto más profundidad demos al sentido de cada acontecer mayor será el significado final del total de la vida.
Estoy hablando de una especie de sensación, que ciertamente puede ser experimentada, pero nunca por la mente o los sentidos, ni en modo alguno verificada por ellos. El sentido último es incomprensible (en el sentido mental), pero eso no quiere decir que no exista, que no lo haya. Para una persona del siglo II era un incomprensible que la tierra fuera redonda, o que el hombre pudiera volar, o que hubiera una forma de crear luz que no fuera por las llamas. Aparte de esto hay realidades que van más allá de la mente, la persona humana no es el último escalón de la evolución, ¿por qué ha de serlo? La razón no es el último eslabón en la serie evolutiva, afirmarlo así (algo no raro) es un ombligismo tan absurdo hoy, como practicar en la actualidad de los ritos mágicos prehistóricos para conseguir la caza. Por descontado que una mente (la superior, según los esotéricos y muchos otros) en contacto con el Yo Profundo alcanza niveles de conocimiento-sabiduría inasequibles para la mera razón, como la intuición, la comprehensión, la compasión... Recordemos el comienzo de un hermoso poema de Juan de la Cruz:
Entréme dónde no supe / y quedéme no sabiendo / toda sciencia transcendiendo.
El científico lo que puede afirmar es que en el mundo que describe la ciencia no aparece el sentido último, pero esto no significa en modo alguno que no lo haya, sólo que el científico no puede saberlo. En definitiva el científico lo que estudia es una sección muy limitada de la realidad, pero la realidad es muchísimo más amplia, a esas secciones que no alcanza la ciencia se puede llegar por métodos que no sean mentales, ni prementales, sino transmentales. Y es aquí donde comienza la Fe. No me refiero a ninguna expresión de una confesión religiosa determinada, sino a la fe que existe en todo hombre, aunque muchas veces se niegue que se tiene. Me fío de...la vida, de mi organismo, de mis fuerzas, de mi experiencia, de mi amigo, de mi cónyuge, … esta fe es una decisión existencial. Es una experiencia de vida.
Racionalmente en la cuestión del significado de nuestras vidas no podemos tomar partido ni por el sí, ni por el no, a nuestra razón se le escapa esta cuestión, como otras muchas. En este caso hemos de sopesar existencialmente el dilema, ¿qué da más peso a mi vida, el sí o el no? Aquí interviene la fe que añade un peso a la realidad que se cuestiona, creer no es restar algo a la realidad, o sea, pecar de bobo, sino añadir el peso de una decisión existencial, la fe suma, no resta y de hecho la inmensa mayoría lo hacemos de una forma u otra en la vida: tomamos decisiones por un peso existencial en muchas ocasiones, aunque no por ello dejemos de sopesar la racionalidad o lógica de la opción.
El ejemplo que se suele aducir es el del escenario y la luz de los focos que deslumbran al artista cuando sale: el artista no ve apenas el patio de butacas, pero sabe, confía en que tras su ceguera hay un público.
Sencillamente no se puede colocar el sentido último (que en otros términos es el Ser) al nivel de las demás cosas, en el mismo plano.
Y por supuesto, se ha de aceptar que
1.Muchas personas encuentran sentido a sus vidas sin necesidad, al menos consciente, de una actitud religiosa, o mejor espiritual (No hablamos de pertenecer a una forma de de religión, a una institución).
2.La religión o espiritualidad se revela como la realización del deseo de llegar a un significado último.
Por supuesto no he ido en este breve escrito por los caminos de las diversas escuelas de psicología, en los que se habla de la vejez de forma más o menos positiva. Mi intención ha sido intentar destacar brevemente la dimensión de sentido de toda la vida terrena, sin hablar de las limitaciones temporales.
José A. Carmona
miércoles, 13 de enero de 2010
Reflexiones acerca de la eternidad y el tiempo
Reflexiones acerca de la
eternidad y el tiempo
Los que hemos recibido una “formación” católica, sobre todo quienes hemos estudiado teología en algún centro católico tenemos muy dentro de nuestros recuerdos la doctrina de los “novísimos” (las postrimerías, lo último). Ya en nuestra infancia, la de los veteranos que rondamos los 70 años, el catecismo nos los enseñaba afirmando que eran cuatro: muerte, juicio (subdividido en particular y universal o final), infierno y gloria. Se nos presentaba a “Dios” como un juez, eso sí, al que se le decía misericordioso, que al final de nuestro tiempo en la tierra nos esperaba para valorar nuestra conducta con el fin de salvarnos o condenarnos para siempre, menos mal que se nos enseñaba que bastaba un acto de sincera contrición en el último momento para que nuestros pecados fueran perdonados. Así podríamos librarnos del fuego eterno del infierno, aunque tuviéramos que pasar mucho ¿tiempo? (si con la muerte el tiempo se había acabado. ¿cómo continuaba?) en el purgatorio. Hoy se ha aceptado oficialmente en la institución católica la no existencia del infierno.
Esta doctrina ha causado muchísimo sufrimiento a todas aquellas personas de buena fe que la aceptaban sin más. Lo patético es que dicha doctrina es verdaderamente infantil, en el sentido de prerracional, infantilismo que no se ha de confundir con la ingenuidad, que etimológicamente significa la actitud del que no separa, del que no divide, del que no enfrenta... lo que posiblemente nos podría llevar a la visión mística de la no-dualidad. Es frecuente en nuestra cultura identificar al ingenuo con una persona que todo se lo cree, que es infantil y peor aún, identificar a quien todo se lo cree como buena persona. Por desgracia es muy frecuente en muchas mentes “¿religiosas?” confundir lo transracional (que va más allá de la mente) con lo prerracional (que no llega a lo racional), porque ambas cosas son no-racionales.
El tema que quiero tratar en el presente escrito ya lo he abordado desde distintas perspectivas en algunos artículos que he ido publicando en este blog, pero, ahora lo que quiero es abordarlo directamente sin ninguna otra connotación que la reflexión sobre la experiencia, sobre todo la de los místicos de toda época y cultura.
El Pseudo Dionisio, que firmó sus escritos con el pseudónimo de Dionisio Areopagita, que alumbró firmemente los caminos del apofatismo místico y creó la teología negativa, afirma: “Paréceme que es necesario entender el sentido en que la Escritura habla del tiempo y de la eternidad.” Necesidad que no se ha de olvidar, y que en cambio, lo ha sido. Y el maestro Eckhart, un místico nada sospechoso de infantilismo e inspirador de otros muchos místicos como Juan de la Cruz (éste santo para la institución católica, aunque encarcelado por sus hermanos de la orden carmelitana, aquél condenado por hereje también por la institución católica), afirma: “No hay mayor obstáculo para Dios que el tiempo. El tiempo es lo que impide que la Luz llegue a nosotros.” (Del hombre noble) Y en el mismo sentido se pronuncian Ángel Silesio, Ramana Maharsi, Nisargadatta... y sin embargo, buena parte de nuestra cultura religiosa está aferrada al tiempo como es el caso de la doctrina de los “novísimos” o postrimerías como los llamaba el catecismo de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado (el XX).
Ya en un artículo anterior me he referido a la aportación de Kant en su estética, o doctrina sobre la percepción de los sentidos, sobre el tiempo y el espacio, dicha aportación fue la de calificarlos como dos intuiciones no (ideas) de la mente sino de los sentidos, y la de demostrar que son intuiciones de los sentidos a priori, no a posteriori, no adquiridos por la experiencia, ni por elaboración conceptual. Y por ello mismo el filósofo alemán entiende el tiempo como condición de posibilidad para cualquier concepto. Kant es de forma absoluta, como somos la inmensa mayoría de los seres humanos, totalmente dualista. En cambio la visión del tiempo y de la eternidad que ofrecemos en este escrito parte de las experiencias místicas que en sentido absoluto son no-duales, aunque sean duales en sentido relativo, de cara a la visión exterior en el mundo manifiesto. Algo que siempre hay que tener muy en cuenta.
Mónica Cavallé en su magnífico estudio sobre la sabiduría de la no-dualidad afirma que la eternidad es el fondo sobre el que vemos el tiempo. Toda visión, tanto mental como sensitiva, se percibe con relación a un fondo, pues somos duales. Nuestra percepción siempre es sucesiva, nunca simultánea y por eso lo que es fondo puede pasar a ser figura, o a la inversa, pero no podemos percibir fondo y figura a la vez. Se nos escapa, metidos como estamos en el mundo relativo, la simultaneidad, la no-dualidad de los dos polos de cada cosa, vemos lo bueno por contraste con lo malo, lo blanco por contraste con el negro, lo positivo frente a lo negativo, el frío frente al calor... Si todo fuera monocromo, si no hubiera tiempo, nuestros sentidos no podrían percibir nada, nuestra mente tampoco, pues precisamente lo que se necesita para que las cosas se contemplen sucesivamente es tiempo, duración. Una cosa tras otra. Pero nunca hemos de soslayar que el fondo está siempre presente en la figura, ambas cosas a la vez, la eternidad está siempre de fondo para conocer el tiempo. Ángel Silesio, ese gran místico en buen grado desconocido entre nosotros, llega a afirmar en su poemario Peregrino Querubínico que somos nosotros quienes “hacemos el tiempo con nuestra inquietud”. Nuestra identificación con nuestra falsa (en cuanto que relativa y limitada y la asumimos como absoluta) identidad separada es la que nos hace crear este tiempo psicológico que nos impide acceder a la eternidad, al ahora permanente, fondo sobre el cual conocemos el tiempo.
El tiempo, en tanto que duración, en tanto que es nacimiento-desarrollo-muerte no es más que la manifestación relativa de lo único absoluto: la eternidad. Y el Yo absoluto, que somos, es, no nace-se desarrolla-muere. Nosotros no sabemos ver la eternidad sino desde la perspectiva de la duración, o lo que es peor bajo la visión de nuestro tiempo psicológico que creamos cuando interpretamos que hay (también en nosotros) un pasado y un futuro, por eso nos vivimos, nos experimentamos en el tiempo.
Tan es así esto, tan cierto es que en nuestra cultura al menos, -creo que en todas-, la eternidad siempre la hemos pensado como un tiempo muy extendido, más aún, como un tiempo sin fin. Así en la liturgia de la institución católica, sobre todo en la de los difuntos, se da por supuesto esta concepción de lo eterno, como ya he señalado en artículos anteriores en los que me he referido a la resurrección y a la muerte. No tenemos más que echar un vistazo al final de todas las oraciones incluidas en el rito católico que siempre acaba con las palabras: “in saecula saeculorum” (por los siglos de los siglos); se afirma en ellas que el Hijo-Jesús vive y reina con el Padre y el Espíritu por los siglos de los siglos: una duración sin límite. Mas duración sin límite es una afirmación contradictoria, pues lo que dura nace y muere, lo que dura está instalado en el tiempo, o sea, es sucesión, y la sucesión está por propia naturaleza limitada por delante (nacimiento, comienzo) y por el final (muerte, extinción). Por ello pensar en un alma creada y a la vez inmortal es pensar una contradicción, pues lo que ha sido creado ha tenido un comienzo, está en el tiempo y por eso mismo tiene necesariamente un final.
Es aún más difícil para nosotros los occidentales liberarnos de esta concepción del tiempo, pues estamos inmersos en el gran mito (como fondo de inteligibilidad) de la historia. Para nosotros la mayor garantía para aceptar que algo sea verdadero es que haya sucedido, que sea algo histórico, cuando las grandes cosas (incluso las de este mundo relativo) ni son cosas, ni son históricas sino en todo caso transhistóricas, pensemos en el amor-Amor, los grandes Misterios (no lo ignorado) que nos superan y en los que estamos inmersos, las grandes pasiones que se manifiestan en el tiempo, pero no son del tiempo, sino atemporales... Sin duda que este condicionamiento de lo Real a lo histórico dificulta la comprensión de los mitos auténticos que son metáforas, analogías, imágenes especiales que no dicen lo que es (el Misterio) sino a qué se parece y los interpretamos como fábulas o superstición infantil, como no historia y por lo mismo como puras imaginaciones infantiles. En definitiva: no histórico=no real. Asumimos siempre la palabra mito en su significación peyorativa, pero la palabra significa tanto lo que transciende la historia, como es el Misterio y nuestra participación en Él, y la imaginación infantiloide (hoy tan de moda mientras se niega el significado pleno del mito).
Hay grandes pensadores, como R. Panikkar, que afirman que nuestra realidad relativa no es temporal, sino tempiterna, esto es, que el tiempo no es sino la cáscara que contiene en su núcleo la almendra, la eternidad y hay que penetrar la cáscara para llegar a la semilla. En definitiva, es una nueva aportación a la concepción de que la eternidad es el contraste sobre el que vemos el tiempo.
Con respecto al tiempo psicológico escribía yo lo siguiente al hablar en este blog de los sustitutos de inmortalidad que se ha ido fabricando el hombre a lo largo de su evolución (de la de su conciencia):
“El segundo sustituto es la creación de un nuevo tiempo, lineal: histórico, interminable (no nos planteamos su final aunque lo tenga), con una finalidad, con una intencionalidad, no estacional o cíclico como en la época mítica, aquel tiempo sumido en el mito del eterno retorno, un tiempo que no se dirigía hacia ningún lugar (Campbell). Aún no había aparecido la historia, pues su conciencia quedaba satisfecha con un mundo circular.
En cambio hacia el 1300 a.C. aparecen crónicas históricas, y Herodoto, padre de la historia, vive en el siglo V a.C. La reflexión sobre lo acontecido es el paradigma del pensamiento reflexivo general. Y la reflexión sobre lo acontecido y la misma reflexión en general es algo muy bueno. Pero el tener un tiempo sin límites (concretos) impulsa el apetito desatado de poder y de acumula, porque tendemos a actuar como si el tiempo no fuera a acabar. En el mundo circular no cabía el acumular, pues todo había de empezar de nuevo, pero en el tiempo lineal, el tiempo sin límites incita las actitudes de avaricia, de ambición sin que éstas puedan ser nunca satisfechas.
El ego heroico se figura que puede llegar a dominar el futuro. Egoísmo en el que seguimos atrapados hoy y que inunda la mente promedio de este siglo XXI. El hombre actual se esconde detrás de este nuevo tiempo histórico, para no darse cuenta de que la Conciencia es nuestro auténtico destino, que todo se dirige solamente hacia un lugar: hacia la Totalidad, no hacia otros fines. El cientifismo y la mentalidad empírica sensitiva ha siglos que determinaron que no existía ninguna otra Realidad fuera de lo que era su objetivo, así que preguntar por esa Realidad no sensitiva era un infantilismo, un resto arcaico de una menta mágica o mítica (infantil).”
Quizás si analizásemos con más detenimiento lo que es el tiempo, lo entenderíamos todo mucho mejor y veríamos cómo es una creación de la mente humana dual. No podemos olvidar que para los místicos la eternidad no es una opinión filosófica, ni un dogma religioso, ni algo inalcanzable, sino al contrario, algo tan obvio, tan directo que no hace falta más que abrir los ojos y mirar. Algo que “está ahí, frente a ti” (Huang Po, maestro zen).
Analicemos para luego sintetizar con más corrección.
El tiempo es sucesión, pasado-presente-futuro, un presente (llamado por los escolásticos medievales “nunc fluens”: ahora pasajero) por cierto, totalmente efímero, sólo lo es por un brevísimo instante, si llega a serlo, y sirve de conexión entre el pasado y el futuro. De hecho el tiempo está constituido en nuestra mente por pasado y futuro (los recuerdos y las expectativas). La eternidad es el no-tiempo, el llamado por los místicos cristianos medievales “nunc stans” que podríamos traducir por “momento sin límite”, como hace Ken Wilber, un ahora que no tiene pasado ni futuro, y nunca una duración ilimitada, un tiempo sin fin (como pretende la liturgia católica en sus expresiones).
La existencia para los seres múltiples en este mundo manifiesto, la vida para los seres vivos y para los humanos la consciencia de entidad separada (yo separado) es lo contenido entre el nacimiento y la muerte. Pero, esto no es más que una ilusión manifiesta, o sea, es sólo relativamente real, pura manifestación del Absoluto en lo relativo, de la Eternidad en la dualidad, en lo más auténtico y profundo de nuestra conciencia el tiempo y la multiplicidad son sólo apariencias, que nosotros tomamos como una realidad absoluta. Tanto la multiplicidad como el tiempo están compre(he)ndidos, abrazados en lo Absoluto, en lo Eterno. Sin Eternidad no tendríamos duración, no tendríamos tiempo, sin el presente pleno no puede haber sensación de temporalidad. Para el Misterio que está más allá del Absoluto, que es todo cuanto es y no-es, no existe el tiempo. El tiempo sólo existe para la conciencia (errónea) de separación, nunca para la conciencia de unidad a la que accedieron los grandes místicos, en particular para los cristianos Jesús de Nazaret, para los budistas Buda, para los taoístas Lao Tze... y muchísimos otros de toda religión (o no religión), cultura, y época.
El tiempo es el fluir del pasado al futuro, pero ¿existe realmente esto? O no existe más que el ahora. Vayamos a nuestra experiencia directa tanto de los sentidos como de nuestra mente.
Los sentidos. ¿Tenemos la sensación directa de un pasado? ¿podemos acaso oír los ruidos que había en la calle anteayer? Es claro que no, y si oímos un CD o un DVD de música lo oímos ahora, lo podremos repetir cuanto queramos, pero siempre será una audición ahora, nunca ayer. De la misma manera no podemos ver la puesta de sol de ayer tarde (si la vemos en un vídeo, la vemos ahora, nunca ayer). Tampoco podemos oler el perfume que usamos el año pasado, podemos oler el mismo perfume pero ahora, ni tocar la suavidad de una piel que tocamos en el pasado, podemos volver a tocar si la piel (el cuerpo) está presente en el momento, pero siempre será un tacto nuevo, no aquel...Lo mismo podemos decir del gusto y los sabores. En una palabra, en la experiencia directa de los sentidos no hay pasado, ni futuro, pues tampoco podemos oír, ver, oler, tocar, saborear lo que sucederá mañana, sólo hay un ahora intemporal, sin pasado ni futuro.
La mente. La impresión de que podemos percibir el tiempo con la mente es verdaderamente abrumadora, ¿Acaso no hay un pasado sobre nosotros que en gran medida determina que seamos quienes somos? Mas en realidad lo que “tenemos” ahora es memoria, sólo memoria que nos permite recordar el pasado, y además “tenemos” expectativas para el futuro con lo que de alguna manera lo anticipamos, así que “tenemos” tiempo. Esta impresión es el sentimiento que domina nuestra mente, y lo hace hasta tal punto que la Historia, como he dicho anteriormente, se ha convertido para nosotros en verdadero mito, en criterio de verdad. ¿Podemos acaso negar mi historia personal, todas las cosas que han sido en la tierra y en el mundo? No podemos negar lo que ha sucedido hace unos segundos, días, años, siglos... el tiempo no es una invención y nos lo recuerda constantemente el recuerdo, la memoria.
Mas, como dicen los místicos, ni la memoria, ni las expectativas nos dan un conocimiento ni del verdadero pasado, ni del futuro y sobre todo no lo hacen presente. Alan Wats al hablar de este tema dice:
“¿Acaso al recordar no puedo saber también lo que es pasado?... Recordemos algo. Recuerda el incidente en el que ves a un amigo acercándose por la calle... No ves realmente al amigo que viene caminando... No puedes ir a su encuentro para estrecharle la mano, ni pedirle que te responda a algo que se te olvidó preguntarle en el pasado y que ahora recuerdas... De los recuerdos deduces que ha habido sucesos pasados... Conoces el pasado sólo en el presente.”
Conoces un rastro del pasado, pero en modo alguno lo reproduces. Y ese rastro del pasado sólo existe como una experiencia presente, nunca la mente percibe algo que no sea presente, puede percibir la memoria pero no la percibe en el pasado, sino sobre el pasado, que por otra parte no puede reconstruir como he dicho. Tampoco puede hacerlo con el futuro, en todo caso puede prepararse ahora para lo venidero, y cuando esté construyendo lo venidero, éste ya no será futuro, sino presente. O sea, nuestra mente nunca ha llegado a percibir un verdadero pasado, ni un auténtico futuro, sino rastros y expectativas, que se dan en el momento presente.
Vemos, por consiguiente, que tanto el pasado como el futuro son hechos presentes. El tiempo está todo él en el presente, en ese nunc stans, en ese momento sin límites. Y la eternidad es eso, un ahora sin límites, sin nacimiento ni muerte, sin pasado ni futuro.
Es importante no confundir ese ahora intemporal, ese presente que comprende todo el tiempo con el presente pasajero, que se ha puesto de moda en nuestros días: “Vive el momento”, el “Carpe Diem” de Horacio. Este presente pasajero es tiempo y, como he dicho, efímero, totalmente limitado por el pasado y el futuro, presente que apenas dura un segundo, quizás menos, aunque nosotros lo intentemos alargar (“toda la noche por delante para divertirse”, “todo un mes de vacaciones” no digo que esta actitud sea mala, es reducionista) y nada tiene que ver con el ahora intemporal, con la Eternidad. Ésta no se desentiende del tiempo, sino que lo abraza en su totalidad. Y el místico que vive en el nunc stans nunca se verá impulsado por el pasado, ni condicionado por el futuro, pero nunca se despreocupará de ellos, pues su perfecto presente los incluye a ambos. Podemos afirmar aquí aquello de que “el místico no está en el tiempo, pero todo el tiempo está en él.”
Quiero añadir aquí una nota final sobre la visión de la identidad de “nuestro pequeño yo” que se interpreta a sí mismo en el tiempo, visión que tienen de una forma u otra todos los místicos no-duales, aunque quizás haya que destacar en esta línea a los del Vedanta Advaita hindú. Creo que puede iluminar más estas pequeñas reflexiones.
Señala Krishnamurti que nuestro “pequeño yo”, nuestro “hombrecillo interior” se compone sólo de recuerdos. Ese yo con el que nos identificamos y que ponemos como sujeto referente de toda experiencia sensible y mental, como observador de todo lo que nos sucede, nos gusta, nos desagrada, como portador de las ideas y principios “propios”, aquel al que nos referimos constantemente diciendo: yo pienso, yo hago, yo escribo, yo soy el autor, yo tengo mis derechos..., se compone solamente de recuerdos. Si alguien nos pregunta: ¿Tú quien eres? Acudimos sin más a los recuerdos del pasado (soy padre, abuelo, doctor, carnicero, profesor, barrendero, buscador...). Por descontado que recordar el pasado no tiene nada de malo, a veces nos es muy gratificante, otras todo lo contrario, pero lo problemático es que nos identificamos con estos recuerdos como si existieran con entidad propia fuera del ahora. Creemos que el recuerdo (y su contenido) está fuera de la experiencia presente, y peor aún, pensamos que el nosotros que recordamos como sujeto de dichas experiencias, también lo está. Así hemos construido el tiempo y nos pensamos a nosotros como una entidad que tiene experiencias presentes, sean o no recuerdos, pero si nos fijamos en el pasado no hay ningún observador de esas experiencias, sólo hay experiencias, el pasado es sólo recuerdo, memoria, no sujeto. Cuando yo recuerdo al José Antonio que estuvo en el seminario de Cádiz, en el ahora no hay más que recuerdo de experiencias en el seminario, en el ahora no hay un sujeto de aquellas experiencias, ni aquellas experiencias se reproducen, hay sólo memoria, no hay un José Antonio que esté dando los paseos por el patio de columnas, lo único que hay ahora es la memoria de aquellos paseos, memoria que siempre es experiencia presente, pura experiencia en el ahora, no hay en el ahora un sujeto que esté dando los paseos, ni experiencia de aquellos paseos, hay un recuerdo presente y nada más.
Este ahora no tiene límites, no está atrapado entre el pasado y el futuro. Todo es puro presente sin demarcaciones, sin un sujeto separado (puro fraude llama a este sujeto separado Alan Wats) que experimente ni el pasado ni el futuro. Y si pasado y futuro están fundidos en el presente, tampoco en el ahora puede haber sujeto separado que experimente. Solamente un Sujeto Absoluto, que lo es Todo, que juega a experimentar y que sencillamente ES (sin duración).
José A. Carmona
eternidad y el tiempo
Los que hemos recibido una “formación” católica, sobre todo quienes hemos estudiado teología en algún centro católico tenemos muy dentro de nuestros recuerdos la doctrina de los “novísimos” (las postrimerías, lo último). Ya en nuestra infancia, la de los veteranos que rondamos los 70 años, el catecismo nos los enseñaba afirmando que eran cuatro: muerte, juicio (subdividido en particular y universal o final), infierno y gloria. Se nos presentaba a “Dios” como un juez, eso sí, al que se le decía misericordioso, que al final de nuestro tiempo en la tierra nos esperaba para valorar nuestra conducta con el fin de salvarnos o condenarnos para siempre, menos mal que se nos enseñaba que bastaba un acto de sincera contrición en el último momento para que nuestros pecados fueran perdonados. Así podríamos librarnos del fuego eterno del infierno, aunque tuviéramos que pasar mucho ¿tiempo? (si con la muerte el tiempo se había acabado. ¿cómo continuaba?) en el purgatorio. Hoy se ha aceptado oficialmente en la institución católica la no existencia del infierno.
Esta doctrina ha causado muchísimo sufrimiento a todas aquellas personas de buena fe que la aceptaban sin más. Lo patético es que dicha doctrina es verdaderamente infantil, en el sentido de prerracional, infantilismo que no se ha de confundir con la ingenuidad, que etimológicamente significa la actitud del que no separa, del que no divide, del que no enfrenta... lo que posiblemente nos podría llevar a la visión mística de la no-dualidad. Es frecuente en nuestra cultura identificar al ingenuo con una persona que todo se lo cree, que es infantil y peor aún, identificar a quien todo se lo cree como buena persona. Por desgracia es muy frecuente en muchas mentes “¿religiosas?” confundir lo transracional (que va más allá de la mente) con lo prerracional (que no llega a lo racional), porque ambas cosas son no-racionales.
El tema que quiero tratar en el presente escrito ya lo he abordado desde distintas perspectivas en algunos artículos que he ido publicando en este blog, pero, ahora lo que quiero es abordarlo directamente sin ninguna otra connotación que la reflexión sobre la experiencia, sobre todo la de los místicos de toda época y cultura.
El Pseudo Dionisio, que firmó sus escritos con el pseudónimo de Dionisio Areopagita, que alumbró firmemente los caminos del apofatismo místico y creó la teología negativa, afirma: “Paréceme que es necesario entender el sentido en que la Escritura habla del tiempo y de la eternidad.” Necesidad que no se ha de olvidar, y que en cambio, lo ha sido. Y el maestro Eckhart, un místico nada sospechoso de infantilismo e inspirador de otros muchos místicos como Juan de la Cruz (éste santo para la institución católica, aunque encarcelado por sus hermanos de la orden carmelitana, aquél condenado por hereje también por la institución católica), afirma: “No hay mayor obstáculo para Dios que el tiempo. El tiempo es lo que impide que la Luz llegue a nosotros.” (Del hombre noble) Y en el mismo sentido se pronuncian Ángel Silesio, Ramana Maharsi, Nisargadatta... y sin embargo, buena parte de nuestra cultura religiosa está aferrada al tiempo como es el caso de la doctrina de los “novísimos” o postrimerías como los llamaba el catecismo de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado (el XX).
Ya en un artículo anterior me he referido a la aportación de Kant en su estética, o doctrina sobre la percepción de los sentidos, sobre el tiempo y el espacio, dicha aportación fue la de calificarlos como dos intuiciones no (ideas) de la mente sino de los sentidos, y la de demostrar que son intuiciones de los sentidos a priori, no a posteriori, no adquiridos por la experiencia, ni por elaboración conceptual. Y por ello mismo el filósofo alemán entiende el tiempo como condición de posibilidad para cualquier concepto. Kant es de forma absoluta, como somos la inmensa mayoría de los seres humanos, totalmente dualista. En cambio la visión del tiempo y de la eternidad que ofrecemos en este escrito parte de las experiencias místicas que en sentido absoluto son no-duales, aunque sean duales en sentido relativo, de cara a la visión exterior en el mundo manifiesto. Algo que siempre hay que tener muy en cuenta.
Mónica Cavallé en su magnífico estudio sobre la sabiduría de la no-dualidad afirma que la eternidad es el fondo sobre el que vemos el tiempo. Toda visión, tanto mental como sensitiva, se percibe con relación a un fondo, pues somos duales. Nuestra percepción siempre es sucesiva, nunca simultánea y por eso lo que es fondo puede pasar a ser figura, o a la inversa, pero no podemos percibir fondo y figura a la vez. Se nos escapa, metidos como estamos en el mundo relativo, la simultaneidad, la no-dualidad de los dos polos de cada cosa, vemos lo bueno por contraste con lo malo, lo blanco por contraste con el negro, lo positivo frente a lo negativo, el frío frente al calor... Si todo fuera monocromo, si no hubiera tiempo, nuestros sentidos no podrían percibir nada, nuestra mente tampoco, pues precisamente lo que se necesita para que las cosas se contemplen sucesivamente es tiempo, duración. Una cosa tras otra. Pero nunca hemos de soslayar que el fondo está siempre presente en la figura, ambas cosas a la vez, la eternidad está siempre de fondo para conocer el tiempo. Ángel Silesio, ese gran místico en buen grado desconocido entre nosotros, llega a afirmar en su poemario Peregrino Querubínico que somos nosotros quienes “hacemos el tiempo con nuestra inquietud”. Nuestra identificación con nuestra falsa (en cuanto que relativa y limitada y la asumimos como absoluta) identidad separada es la que nos hace crear este tiempo psicológico que nos impide acceder a la eternidad, al ahora permanente, fondo sobre el cual conocemos el tiempo.
El tiempo, en tanto que duración, en tanto que es nacimiento-desarrollo-muerte no es más que la manifestación relativa de lo único absoluto: la eternidad. Y el Yo absoluto, que somos, es, no nace-se desarrolla-muere. Nosotros no sabemos ver la eternidad sino desde la perspectiva de la duración, o lo que es peor bajo la visión de nuestro tiempo psicológico que creamos cuando interpretamos que hay (también en nosotros) un pasado y un futuro, por eso nos vivimos, nos experimentamos en el tiempo.
Tan es así esto, tan cierto es que en nuestra cultura al menos, -creo que en todas-, la eternidad siempre la hemos pensado como un tiempo muy extendido, más aún, como un tiempo sin fin. Así en la liturgia de la institución católica, sobre todo en la de los difuntos, se da por supuesto esta concepción de lo eterno, como ya he señalado en artículos anteriores en los que me he referido a la resurrección y a la muerte. No tenemos más que echar un vistazo al final de todas las oraciones incluidas en el rito católico que siempre acaba con las palabras: “in saecula saeculorum” (por los siglos de los siglos); se afirma en ellas que el Hijo-Jesús vive y reina con el Padre y el Espíritu por los siglos de los siglos: una duración sin límite. Mas duración sin límite es una afirmación contradictoria, pues lo que dura nace y muere, lo que dura está instalado en el tiempo, o sea, es sucesión, y la sucesión está por propia naturaleza limitada por delante (nacimiento, comienzo) y por el final (muerte, extinción). Por ello pensar en un alma creada y a la vez inmortal es pensar una contradicción, pues lo que ha sido creado ha tenido un comienzo, está en el tiempo y por eso mismo tiene necesariamente un final.
Es aún más difícil para nosotros los occidentales liberarnos de esta concepción del tiempo, pues estamos inmersos en el gran mito (como fondo de inteligibilidad) de la historia. Para nosotros la mayor garantía para aceptar que algo sea verdadero es que haya sucedido, que sea algo histórico, cuando las grandes cosas (incluso las de este mundo relativo) ni son cosas, ni son históricas sino en todo caso transhistóricas, pensemos en el amor-Amor, los grandes Misterios (no lo ignorado) que nos superan y en los que estamos inmersos, las grandes pasiones que se manifiestan en el tiempo, pero no son del tiempo, sino atemporales... Sin duda que este condicionamiento de lo Real a lo histórico dificulta la comprensión de los mitos auténticos que son metáforas, analogías, imágenes especiales que no dicen lo que es (el Misterio) sino a qué se parece y los interpretamos como fábulas o superstición infantil, como no historia y por lo mismo como puras imaginaciones infantiles. En definitiva: no histórico=no real. Asumimos siempre la palabra mito en su significación peyorativa, pero la palabra significa tanto lo que transciende la historia, como es el Misterio y nuestra participación en Él, y la imaginación infantiloide (hoy tan de moda mientras se niega el significado pleno del mito).
Hay grandes pensadores, como R. Panikkar, que afirman que nuestra realidad relativa no es temporal, sino tempiterna, esto es, que el tiempo no es sino la cáscara que contiene en su núcleo la almendra, la eternidad y hay que penetrar la cáscara para llegar a la semilla. En definitiva, es una nueva aportación a la concepción de que la eternidad es el contraste sobre el que vemos el tiempo.
Con respecto al tiempo psicológico escribía yo lo siguiente al hablar en este blog de los sustitutos de inmortalidad que se ha ido fabricando el hombre a lo largo de su evolución (de la de su conciencia):
“El segundo sustituto es la creación de un nuevo tiempo, lineal: histórico, interminable (no nos planteamos su final aunque lo tenga), con una finalidad, con una intencionalidad, no estacional o cíclico como en la época mítica, aquel tiempo sumido en el mito del eterno retorno, un tiempo que no se dirigía hacia ningún lugar (Campbell). Aún no había aparecido la historia, pues su conciencia quedaba satisfecha con un mundo circular.
En cambio hacia el 1300 a.C. aparecen crónicas históricas, y Herodoto, padre de la historia, vive en el siglo V a.C. La reflexión sobre lo acontecido es el paradigma del pensamiento reflexivo general. Y la reflexión sobre lo acontecido y la misma reflexión en general es algo muy bueno. Pero el tener un tiempo sin límites (concretos) impulsa el apetito desatado de poder y de acumula, porque tendemos a actuar como si el tiempo no fuera a acabar. En el mundo circular no cabía el acumular, pues todo había de empezar de nuevo, pero en el tiempo lineal, el tiempo sin límites incita las actitudes de avaricia, de ambición sin que éstas puedan ser nunca satisfechas.
El ego heroico se figura que puede llegar a dominar el futuro. Egoísmo en el que seguimos atrapados hoy y que inunda la mente promedio de este siglo XXI. El hombre actual se esconde detrás de este nuevo tiempo histórico, para no darse cuenta de que la Conciencia es nuestro auténtico destino, que todo se dirige solamente hacia un lugar: hacia la Totalidad, no hacia otros fines. El cientifismo y la mentalidad empírica sensitiva ha siglos que determinaron que no existía ninguna otra Realidad fuera de lo que era su objetivo, así que preguntar por esa Realidad no sensitiva era un infantilismo, un resto arcaico de una menta mágica o mítica (infantil).”
Quizás si analizásemos con más detenimiento lo que es el tiempo, lo entenderíamos todo mucho mejor y veríamos cómo es una creación de la mente humana dual. No podemos olvidar que para los místicos la eternidad no es una opinión filosófica, ni un dogma religioso, ni algo inalcanzable, sino al contrario, algo tan obvio, tan directo que no hace falta más que abrir los ojos y mirar. Algo que “está ahí, frente a ti” (Huang Po, maestro zen).
Analicemos para luego sintetizar con más corrección.
El tiempo es sucesión, pasado-presente-futuro, un presente (llamado por los escolásticos medievales “nunc fluens”: ahora pasajero) por cierto, totalmente efímero, sólo lo es por un brevísimo instante, si llega a serlo, y sirve de conexión entre el pasado y el futuro. De hecho el tiempo está constituido en nuestra mente por pasado y futuro (los recuerdos y las expectativas). La eternidad es el no-tiempo, el llamado por los místicos cristianos medievales “nunc stans” que podríamos traducir por “momento sin límite”, como hace Ken Wilber, un ahora que no tiene pasado ni futuro, y nunca una duración ilimitada, un tiempo sin fin (como pretende la liturgia católica en sus expresiones).
La existencia para los seres múltiples en este mundo manifiesto, la vida para los seres vivos y para los humanos la consciencia de entidad separada (yo separado) es lo contenido entre el nacimiento y la muerte. Pero, esto no es más que una ilusión manifiesta, o sea, es sólo relativamente real, pura manifestación del Absoluto en lo relativo, de la Eternidad en la dualidad, en lo más auténtico y profundo de nuestra conciencia el tiempo y la multiplicidad son sólo apariencias, que nosotros tomamos como una realidad absoluta. Tanto la multiplicidad como el tiempo están compre(he)ndidos, abrazados en lo Absoluto, en lo Eterno. Sin Eternidad no tendríamos duración, no tendríamos tiempo, sin el presente pleno no puede haber sensación de temporalidad. Para el Misterio que está más allá del Absoluto, que es todo cuanto es y no-es, no existe el tiempo. El tiempo sólo existe para la conciencia (errónea) de separación, nunca para la conciencia de unidad a la que accedieron los grandes místicos, en particular para los cristianos Jesús de Nazaret, para los budistas Buda, para los taoístas Lao Tze... y muchísimos otros de toda religión (o no religión), cultura, y época.
El tiempo es el fluir del pasado al futuro, pero ¿existe realmente esto? O no existe más que el ahora. Vayamos a nuestra experiencia directa tanto de los sentidos como de nuestra mente.
Los sentidos. ¿Tenemos la sensación directa de un pasado? ¿podemos acaso oír los ruidos que había en la calle anteayer? Es claro que no, y si oímos un CD o un DVD de música lo oímos ahora, lo podremos repetir cuanto queramos, pero siempre será una audición ahora, nunca ayer. De la misma manera no podemos ver la puesta de sol de ayer tarde (si la vemos en un vídeo, la vemos ahora, nunca ayer). Tampoco podemos oler el perfume que usamos el año pasado, podemos oler el mismo perfume pero ahora, ni tocar la suavidad de una piel que tocamos en el pasado, podemos volver a tocar si la piel (el cuerpo) está presente en el momento, pero siempre será un tacto nuevo, no aquel...Lo mismo podemos decir del gusto y los sabores. En una palabra, en la experiencia directa de los sentidos no hay pasado, ni futuro, pues tampoco podemos oír, ver, oler, tocar, saborear lo que sucederá mañana, sólo hay un ahora intemporal, sin pasado ni futuro.
La mente. La impresión de que podemos percibir el tiempo con la mente es verdaderamente abrumadora, ¿Acaso no hay un pasado sobre nosotros que en gran medida determina que seamos quienes somos? Mas en realidad lo que “tenemos” ahora es memoria, sólo memoria que nos permite recordar el pasado, y además “tenemos” expectativas para el futuro con lo que de alguna manera lo anticipamos, así que “tenemos” tiempo. Esta impresión es el sentimiento que domina nuestra mente, y lo hace hasta tal punto que la Historia, como he dicho anteriormente, se ha convertido para nosotros en verdadero mito, en criterio de verdad. ¿Podemos acaso negar mi historia personal, todas las cosas que han sido en la tierra y en el mundo? No podemos negar lo que ha sucedido hace unos segundos, días, años, siglos... el tiempo no es una invención y nos lo recuerda constantemente el recuerdo, la memoria.
Mas, como dicen los místicos, ni la memoria, ni las expectativas nos dan un conocimiento ni del verdadero pasado, ni del futuro y sobre todo no lo hacen presente. Alan Wats al hablar de este tema dice:
“¿Acaso al recordar no puedo saber también lo que es pasado?... Recordemos algo. Recuerda el incidente en el que ves a un amigo acercándose por la calle... No ves realmente al amigo que viene caminando... No puedes ir a su encuentro para estrecharle la mano, ni pedirle que te responda a algo que se te olvidó preguntarle en el pasado y que ahora recuerdas... De los recuerdos deduces que ha habido sucesos pasados... Conoces el pasado sólo en el presente.”
Conoces un rastro del pasado, pero en modo alguno lo reproduces. Y ese rastro del pasado sólo existe como una experiencia presente, nunca la mente percibe algo que no sea presente, puede percibir la memoria pero no la percibe en el pasado, sino sobre el pasado, que por otra parte no puede reconstruir como he dicho. Tampoco puede hacerlo con el futuro, en todo caso puede prepararse ahora para lo venidero, y cuando esté construyendo lo venidero, éste ya no será futuro, sino presente. O sea, nuestra mente nunca ha llegado a percibir un verdadero pasado, ni un auténtico futuro, sino rastros y expectativas, que se dan en el momento presente.
Vemos, por consiguiente, que tanto el pasado como el futuro son hechos presentes. El tiempo está todo él en el presente, en ese nunc stans, en ese momento sin límites. Y la eternidad es eso, un ahora sin límites, sin nacimiento ni muerte, sin pasado ni futuro.
Es importante no confundir ese ahora intemporal, ese presente que comprende todo el tiempo con el presente pasajero, que se ha puesto de moda en nuestros días: “Vive el momento”, el “Carpe Diem” de Horacio. Este presente pasajero es tiempo y, como he dicho, efímero, totalmente limitado por el pasado y el futuro, presente que apenas dura un segundo, quizás menos, aunque nosotros lo intentemos alargar (“toda la noche por delante para divertirse”, “todo un mes de vacaciones” no digo que esta actitud sea mala, es reducionista) y nada tiene que ver con el ahora intemporal, con la Eternidad. Ésta no se desentiende del tiempo, sino que lo abraza en su totalidad. Y el místico que vive en el nunc stans nunca se verá impulsado por el pasado, ni condicionado por el futuro, pero nunca se despreocupará de ellos, pues su perfecto presente los incluye a ambos. Podemos afirmar aquí aquello de que “el místico no está en el tiempo, pero todo el tiempo está en él.”
Quiero añadir aquí una nota final sobre la visión de la identidad de “nuestro pequeño yo” que se interpreta a sí mismo en el tiempo, visión que tienen de una forma u otra todos los místicos no-duales, aunque quizás haya que destacar en esta línea a los del Vedanta Advaita hindú. Creo que puede iluminar más estas pequeñas reflexiones.
Señala Krishnamurti que nuestro “pequeño yo”, nuestro “hombrecillo interior” se compone sólo de recuerdos. Ese yo con el que nos identificamos y que ponemos como sujeto referente de toda experiencia sensible y mental, como observador de todo lo que nos sucede, nos gusta, nos desagrada, como portador de las ideas y principios “propios”, aquel al que nos referimos constantemente diciendo: yo pienso, yo hago, yo escribo, yo soy el autor, yo tengo mis derechos..., se compone solamente de recuerdos. Si alguien nos pregunta: ¿Tú quien eres? Acudimos sin más a los recuerdos del pasado (soy padre, abuelo, doctor, carnicero, profesor, barrendero, buscador...). Por descontado que recordar el pasado no tiene nada de malo, a veces nos es muy gratificante, otras todo lo contrario, pero lo problemático es que nos identificamos con estos recuerdos como si existieran con entidad propia fuera del ahora. Creemos que el recuerdo (y su contenido) está fuera de la experiencia presente, y peor aún, pensamos que el nosotros que recordamos como sujeto de dichas experiencias, también lo está. Así hemos construido el tiempo y nos pensamos a nosotros como una entidad que tiene experiencias presentes, sean o no recuerdos, pero si nos fijamos en el pasado no hay ningún observador de esas experiencias, sólo hay experiencias, el pasado es sólo recuerdo, memoria, no sujeto. Cuando yo recuerdo al José Antonio que estuvo en el seminario de Cádiz, en el ahora no hay más que recuerdo de experiencias en el seminario, en el ahora no hay un sujeto de aquellas experiencias, ni aquellas experiencias se reproducen, hay sólo memoria, no hay un José Antonio que esté dando los paseos por el patio de columnas, lo único que hay ahora es la memoria de aquellos paseos, memoria que siempre es experiencia presente, pura experiencia en el ahora, no hay en el ahora un sujeto que esté dando los paseos, ni experiencia de aquellos paseos, hay un recuerdo presente y nada más.
Este ahora no tiene límites, no está atrapado entre el pasado y el futuro. Todo es puro presente sin demarcaciones, sin un sujeto separado (puro fraude llama a este sujeto separado Alan Wats) que experimente ni el pasado ni el futuro. Y si pasado y futuro están fundidos en el presente, tampoco en el ahora puede haber sujeto separado que experimente. Solamente un Sujeto Absoluto, que lo es Todo, que juega a experimentar y que sencillamente ES (sin duración).
José A. Carmona
viernes, 18 de diciembre de 2009
LA VIDA y el tiempo
Un apunte para meditar a mis 69 años.
La Vida, cuando se manifiesta a través de mi pequeño yo (José Antonio), es vida que mora en el tiempo y discurre en él desde el nacimiento hasta la muerte. Mas la Vida, aquella que se manifiesta en mí como en todo el Kosmos, no es mi vida, la que yo poseo, sino la Vida que me posee. Yo como José Antonio sucedo en ella como una nube que cruza el cielo, pero, de igual modo que la nube pasa y el cielo permanece, así la vida que yo (José Antonio) poseo pasa, y la Vida permanece. El tiempo no es la Vida, el tiempo acaba, la Vida permanece, o mejor dicho, es. Las palabras son incapaces de expresar lo que la mente no ve, y la mente sólo ve el tiempo.
Yo estoy identificado con José Antonio, con este cuerpo, con esta pequeña historia, con este pasado y este presente, con estos sentimientos y estas ideas... pero, Yo soy más que todo eso, mejor dicho, mi verdadera identidad es otra. Antes que ola soy agua del océano. Y el Agua, la Vida, la Conciencia no es el tiempo, ni está sometida al mismo, sólo se manifiesta en él.
La Vida, cuando se manifiesta a través de mi pequeño yo (José Antonio), es vida que mora en el tiempo y discurre en él desde el nacimiento hasta la muerte. Mas la Vida, aquella que se manifiesta en mí como en todo el Kosmos, no es mi vida, la que yo poseo, sino la Vida que me posee. Yo como José Antonio sucedo en ella como una nube que cruza el cielo, pero, de igual modo que la nube pasa y el cielo permanece, así la vida que yo (José Antonio) poseo pasa, y la Vida permanece. El tiempo no es la Vida, el tiempo acaba, la Vida permanece, o mejor dicho, es. Las palabras son incapaces de expresar lo que la mente no ve, y la mente sólo ve el tiempo.
Yo estoy identificado con José Antonio, con este cuerpo, con esta pequeña historia, con este pasado y este presente, con estos sentimientos y estas ideas... pero, Yo soy más que todo eso, mejor dicho, mi verdadera identidad es otra. Antes que ola soy agua del océano. Y el Agua, la Vida, la Conciencia no es el tiempo, ni está sometida al mismo, sólo se manifiesta en él.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Una idea para hacerla experiencia vital en nosostros, si queremos
El místico no es alguien que ve a Dios como un objeto, sea un becerro de oro, una imagen visible, un icono, un concepto abstracto, una visión de un padre hecho a nuestra medida..., sino alguien que se haya inmerso en Él.
Brotamos como nubes pasajeras en la Conciencia una, en el Absoluto, en Dios, somos rayos desprendidos de la Trinidad... (el rayo no es nada sin el foco del que recibe la LUZ, pero a su vez, es la misma LUZ del Foco).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)