martes 7 de febrero de 2012

CRISTIANDAD, CRISTIANISMO, CRISTIANÍA

Cristiandad, cristianismo, cristianía

Quizás, pensarán muchos, dentro de esta sociedad en la que buena parte de la humanidad ha hecho avances muy serios en la evolución de la conciencia pero en la que la mayoría está perdiendo el norte, algunos pudieran estar interesados en lo cristiano. Personalmente pienso que no solamente algunos sino que muchos lo están. Hay quienes aún pretenden volver a una cristiandad reformada, una cantidad ingente de bautizados buscan un cristianismo un tanto liberado del peso de la doctrina de siglos pasados pero cristianismo doctrinario, dogmático y otros muchos buscan honradamente una actitud espiritual y cristiana liberada del peso histórico-político de la cristiandad y de los espasmos doctrinales y dogmáticos caducos del cristianismo. Al referirme a lo cristiano no estoy hablando de lo institucional católico, sino de las raíces evangélicas de lo cristiano, del Misterio Crístico, aquello que subyace a todas las formas en las que se ha expresado y sigue expresando el seguimiento de Cristo: “Venid y lo veréis” (Jn 1,39).

Los términos cristiandad y cristianismo son de uso común en nuestra lengua, no así la palabra cristianía que es un vocablo introducido por algunos filósofos de amplia cultura religiosa, y por lo mismo también cristiana, para significar algo nuevo, una visión nueva. Mejor una actitud nueva de muchos y, por supuesto, de los místicos cristianos.

Es necesario precisar, antes de entrar en el desarrollo del tema, que lo expresado por las palabras y los conceptos- “persona” e “individuo” no es lo mismo, sino que difiere y de manera substancial. Individuo es el ser aislado, totalmente contable, mensurable, y es cualquier objeto o cosa: una manzana, una piedra, una ola… Persona es el ser en relación y por lo mismo nunca aislado, sino abierto al tú. La persona es esencialmente comunidad, pueblo, sociedad. Organismo, no estructura. El individuo en tanto es persona en cuanto está abierto al universo, a los demás, y se sostiene en su interioridad. Hemos de tener en cuenta que toda relación supone un organismo, no una estructura, en esta se yuxtaponen las partes, nunca se abren desde dentro, en el organismo las partes no se yuxtaponen simplemente sino se intercomunican, abren su interior. Son vivos. Un montón de manzanas nunca podrá ser una comunidad sino eso: un montón. Es muy curioso ver cómo en nuestra vida cotidiana identificamos individuo y persona con enorme facilidad. Hay muchos individuos, pero personas…no tantas.

En la Edad Media era impensable en nuestra Europa no ser cristiano, o lo que era lo mismo, no pertenecer a la cristiandad. Ser cristiano era ser miembro –súbdito de un reino cristiano- de la cristiandad. Esta manera de pensar no es del todo extraña entre personas de nuestros días, como ejemplo: hacer de nuevo de Europa una cristiandad: sueño del Juan Pablo II. Al margen de esta forma de entender la espiritualidad cristiana, pese a su débil explicación histórica, se ha de decir que también todas las estructuras formales mantenidas por el Vaticano pertenecen a, o tienen su origen en, el régimen de cristiandad: nuncios, poder del papa y los obispos, monarquía absoluta e infalible, la estructura del derecho canónico, los dicasterios con el Santo (¡¡!!) Oficio a la cabeza…
¿Qué se significa bajo el nombre de cristiandad? Entiendo que fue, y entre algunos sigue siendo, una forma de entender la espiritualidad cristiana que inundó Europa en toda la Edad Media y que aún permanece entre muchos (la evolución de la conciencia comporta esta estratificación de las formas, siempre superada por la nueva estratificación). En esta visión se identifica el Reino de los Cielos del que habla el evangelio con las naciones de la tierra. Se interpreta la expresión del evangelio de Lucas: el Reino está entre –inter no intra- vosotros –Lc 17,21- y por lo mismo exige unas actitudes políticas, colectivas. Todo reino en la tierra es expresión del Reino de Dios y por ello tiene una cabeza: el rey absoluto y unas obligaciones para todos los súbditos. Y todo sometido a Dios (nadie se podía plantear que el Dios pensado pudiera ser un ídolo mental) y a su vicario, el papa. Todo el que negara, por ejemplo, que la iglesia tenía potestad para juzgar a los “herejes” era excomulgado (¡cuántas justificaciones falsas o erróneas de la inquisición dichas y mantenidas!), lo mismo el que negara que la existencia de los estados pontificios fueran de derecho divino… y aún hasta los años setenta del siglo XX teníamos en España monedas con la esfinge de Franco en las que se leía: Caudillo de España por la gracia de Dios. En nuestra España, de charanga y pandereta, hay muchos católicos que pertenecen a la cristiandad. (Da mucha seguridad, pero quizás se pueda decir lo de “ciegos que limpiáis la copa sólo por fuera” (Mt 23,25....). Los “reinos cristianos” eran la reserva espiritual de la tierra. En ellos se concretaba la cristiandad. Así fueron posibles “las Cruzadas”. La cristiandad es la visión y concreción política de la teocracia medieval. ¿Una etapa en el proceso evolutivo de la conciencia cristiana? En todo caso es anacrónico mantenerla hoy.

Con la palabra cristianismo significamos una religión a la que el cristiano pertenece, una religión que mantiene, de alguna manera, aún en nuestros días la pretensión de ser la única verdadera, lo cual supone una actitud de desprecio para con todas las demás y con toda actitud no enmarcada en una forma oficial de religión. El cristianismo interpreta el “inter” de nuestra cita anterior (Lc 17,21) como “en medio de vosotros”, esto es, el Reino está en vosotros culturalmente, en el mundo de las ideas, el pensamiento, la comunicación… Ser cristiano en este sentido es pertenecer a esta religión, algo que no es lo mismo que ser miembro de la cristiandad. El cristianismo mantiene una ideología, una dogmática, una moral propias. Si alguno no creyere en tal o cual dogma, no practicare tal o cual precepto… sea excluido de la comunión eclesiástica –anathema sit-. Su conexión con la cristiandad es clara, pero se diferencia de ella: "sea excluido", "no ejecutado". El cristianismo es eclesiástico, no eclesial. Aparecen instituciones nuevas en esta línea, algunas muy cercanas geográficamente. No tiene en cuenta el principio crístico: el Misterio que todo lo abarca, el Cristo:Dios va más allá de cualquier ideología, de cualquier dogma, de cualquier pensamiento…

Hace ya mucho tiempo que comenzó a gestarse una nueva actitud que conlleva una nueva visión, una visión que se podría llamar eclesial y personal –no individual-, una actitud que han tenido todos los místicos cristianos, pese a que en su tiempo se mantuvieran siempre dentro de la “cristiandad” y del “cristianismo”, en su más íntima experiencia. Ellos no rompieron las estructuras legales posiblemente, pero no se dejaron hacer prisioneros por ellas. Pensemos en Juan de la Cruz, cuyas obras permanecieron siglos olvidadas, muerto en prisión, los miedos de Teresa de Ávila a rozar los límites impuestos por la inquisición, la prisión de Luis de León, la condena de Eckhart como hereje, las de Savonarola, Giordano Bruno, Lutero… y sobre todo la crucifixión del gran místico: Jesús de Nazaret, “quien siendo hombre pretendía ser hijo de Dios”(Jn 19,7). Jesucristo es muy crítico con el “orden religioso establecido”, incluso lo desobedece en muchos casos (Las espigas recogidas en sábado, las curación en el mismo día, su cercanía a los marginados y a los pecadores oficiales, a las mujeres…), pero nunca lo traiciona, nunca deserta del judaísmo. Es excluido por el poder religioso, pero él nunca se autoexcluye.

Esta actitud es llamada “cristianía”. En el texto de Lucas citado (17,21) la preposición latina inter es interpretada, siguiendo el significado originario griego (hentós), como “dentro de”. El Reino está en vuestro interior. Ya en el siglo XIX comenzó un movimiento pietista e individual que pretendía una superación tanto de las formas de la cristiandad como de las del cristianismo, sin llegar a la superación definitiva. No se salía de lo individual y privado y por lo mismo las formas colectivas anteriores pudieron asumirlo fácilmente. Ya a mediados del siglo pasado (el XX) fue perdiendo ese carácter individualista y pasando a ser una actitud personal, una relación con los demás cargada de un sentido crístico de la acción. La fe es vivida como experiencia transformadora de la persona, no como la pertenencia a un reino, ni como la aceptación de una doctrina dogmática.

Estoy hablando de un hecho, de un hecho que afecta a muchas personas, a millones. Unos ejemplos que explican lo dicho, o al menos lo iluminan: hay una serie de puntos de la doctrina oficial de la iglesia católica que son discutidos por gente muy cristiana, incluso católica, y no por ello dejan de ser cristianos, ni católicos, no por ello son menos cristianos: Es el caso del celibato impuesto al clero que más de cien mil sacerdotes no lo han (hemos) “cumplido” al formar pareja con nuestras esposas, y de ellos gran cantidad continúan en el ejercicio de su sacerdocio. Allá por los años sesenta era incuestionada la prohibición de la píldora anticonceptiva, hoy muchísimos cristianos no se cuestionan nada y la toman, y a la vez viven su fe de forma seria y serena. Abundan las cuestiones totalmente discutibles que para la institución no lo son: el aborto, la eutanasia, la familia, el capitalismo, el comunismo… Esto hubiera sido totalmente impensable dentro de unas estructuras de cristiandad, o de una doctrina brotada del cristianismo. Se está apuntando hacia una nueva actitud que es llamada “cristianía”

Son, sin dudas, tres formas de acercar a Cristo (la espiritualidad cristiana) a los hombres de cada época. No es que de igual una que otra, como no es igual escribir con un punzón de hueso sobre una “tabula rasa” de cera que escribir con el sistema Word en un ordenador de última generación. La Fe -con mayúsculas-, no hablo de la simple creencia, necesita la corporalidad para manifestarse, le sucede lo mismo que al lenguaje que no puede ser utilizado como tal lenguaje sino es en una lengua concreta, yo no puedo hablar el lenguaje, sino el español, el inglés, el latín y en ellas realizo el lenguaje. Toda realidad tiene corporalidad, materialidad. El espiritualismo sin materia es tan absurdo como el materialismo sin espíritu. Hemos respirado desde la más tierna infancia que Dios es espíritu puro, sin contaminación alguna de materia, mas esta visión de Dios no se sostiene ante un simple cuestionamiento: si en Dios no hay materialidad (también), él no lo abarca todo, hay algo que no es él, no es la Totalidad, luego no es Dios. La materia, la corporalidad no es más que una forma del Ser, un polo del que no se puede privar al Ser, como a una moneda no se la puede privar de la cruz, no sería moneda, no sería nada. Otra cosa es que esa materialidad, esa corporalidad tenga que ser percibida por los sentidos humanos, tenga que poder ser mensurada por lo medios humanos. No seamos antropomórficos. El Misterio, el Cristo, lo Divino se escapa de la mente y a la vez lo es todo.

El acercamiento a la espiritualidad cristiana por medio del sistema “cristiandad” se dio en niveles muy burdos, en los que abundaba los abusos de poder… pero la conciencia-media de la masa estaba evolucionada solamente hasta ese nivel. No podían dar más de sí, por eso cuajó ese sistema. Con el Renacimiento comenzó a elevarse la conciencia-media un poco, así se transcedió el régimen de cristiandad y se fue imponiendo el “cristianismo” doctrinal y moral que se desliga del régimen de “cristiandad”. Apareció Trento y se incrementó el anathema sit y las persecuciones de “herejes”. A partir de mediados del XIX se ha ido elevando más aún, por suerte, el nivel de conciencia-media y han ido apareciendo manifestaciones de una espiritualidad cristiana que comenzaba a alejarse de la forma del “cristianismo”, espiritualidad individual al principio, más tarde personal, y de grupos pequeños y no tan pequeños (comunidades de base, institutos seculares –no todos claramente-) que buscan (y buscamos) una identidad cristiana desligada de las cargas del pasado, las histórico-políticas de la cristiandad y las doctrinales –dogmáticas y morales- del cristianismo. La “cristianía” no defiende la privatización de la identidad cristiana, aunque a veces pueden que no haya más remedio que hacerlo, sino que pretende volcar hacia afuera la riqueza de la propia experiencia interior. Intenta vivir el cambio tan substancial que está viviendo la humanidad, y con ella el mundo, desde lo más profundo de sus raíces cristiano-humanas. No busca imitar a Jesucristo, como afirma el cristianismo, sino vivir sus mismas experiencias, su experiencia de Amor que es única en todos, su perichoresis trinitaria en la que todos somos parte. Experiencia que es compartida, aunque con ropajes distintos por muchos millones hoy.

En la “cristiandad” la fe era y es (de facto) pertenecer a un reino católico. En el “cristianismo”: un asentimiento intelectual. En la “cristianía”: una experiencia del Cristo, del Misterio, personal, o sea, volcada hacia afuera, experiencia que es vivida por muchos, por aquellos cuya conciencia sigue caminando hacia adelante y asumen el riesgo que ello comporta. La experiencia de aquellos que se soltaron primero de la espada y luego de la mano protectoras (¿?) para caminar como adultos en la Fe.

La separación en la historia entre estas tres modalidades de entender lo cristiano es totalmente difusa, se entremezclan las tres aún en nuestros días. Hay muchos cristianos que viven hoy en la época mítica de sus conciencias, en el Neolítico. Cada modalidad con sus pros y contras ha ido prestando un servicio a la humanidad como medio para su acercamiento relativo al Misterio -relativo porque no hemos salido en verdad de la casa del Padre-, al Cristo, a su propia identificación con él. Identificación que ya es, pero no hemos caído aún en la cuenta de que ya es porque vivimos inmersos en el tiempo y en la dualidad. Jesús y los místicos sí cayeron en la cuenta, fueron muy conscientes.

Y todo sigue siendo una evolución, un desarrollo, un seguir dando pasos hacia adelante. La “cristianía” no es el final, como tampoco lo es la razón, ni la persona… Quedarnos anclados en las formas del ayer, o en las de hoy, es similar a quedarse ciego a causa de unas simples cataratas por negarse a utilizar los avances clínicos y quirúrgicos.

José A. Carmona

viernes 20 de enero de 2012

PREPARAR UN HOGAR A LA SABIDURÍA

PREPARAR UN HOGAR A LA SABIDURÍA

Mi gran amigo y maestro, Raimon Panikkar y Alemany, que abandonó el tiempo el 26 de agosto del pasado año, nos dejó un legado impresionante en sus escritos, y nos enriqueció a los cercanos a él con su palabra y sus liturgias en las que participé muy activamente en muchas ocasiones.

Entre los libros con que nos regaló hay uno pequeño en tamaño, pero muy grande en profundidad. El texto original lo publicó en español, pero a la vez se hicieron ediciones en catalán, francés, alemán e inglés, creo que también en italiano. Lo recuerdo porque fue pequeño partícipe de estas tareas. Yo, como él y un buen grupo de amigos estábamos interesados en una propuesta, sencilla y profunda a la vez, sobre el tema de la Sabiduría ¡tan confundida en nuestra cultura! Y Raimon escribió un importante librito: Invitación a la Sabiduría.

Me propongo escribir una sencilla reflexión sobre la primera parte de lo dicho en el libro, siguiéndolo casi literalmente. Mis palabras, mis reflexiones serían muy pobres...

La intención con que fue escrito no fue la de definir o precisar lo que es Sabiduría, sino hacer una invitación a la misma. Lo primero hubiera servido de muy poco, en todo caso hubiera sido erudición, o quizás filosofía entendida como pura reflexión, la invitación a la Sabiduría, en cambio, es ya Sabiduría y solamente un sabio que la experimenta puede invitar a otra persona. De ahí el título del libro: Invitación a la Sabiduría. Invitación, esto es, hacer deseable aquello a lo que se invita.

La invitación a la Sabiduría es hoy tan urgente, como importante lo es la Sabiduría. Acudamos a la fiesta de la Sabiduría sin caretas, tal como somos, como estamos en nuestra casa, sin apuntarnos a unas doctrinas. La fe no es una doctrina, sino la asunción del riesgo de la vida.


EXTRACTO REFLEXIONADO SOBRE EL TEXTO

“Sapientia aedificavit sibi domum” Pr.9,1

Sabiduría


La Sabiduría es la experiencia máxima de la vida, aquella donde no se han separado el conocimiento y el amor, el alma y el cuerpo, lo divino y lo humano, el tiempo y le eternidad..., es la armonía vivida de todas las polaridades de la existencia. No es esto una definición, tenemos por educación de la filosofía griega la tendencia a definir, que no es sino delimitar, cortar, separar, sino una descripción del todo necesaria para que nos podamos entender. De lo contrario cada uno podría entender por Sabiduría una cosa distinta (conocimiento científico, reflexión, erudición... o el refranero). Si tenemos analizamos el significado de la palabra (sophía, sapiencia, veda-videre-visión, ...), podremos comprobar que lo dicho es lo mantenido a través de toda la filosofía perenne. S. Buenaventura hace derivar la palabra de sapor (sabor) y de sapere (saber), saber saboreando.


Gaudens gaubebo in Vita, quia in corde hominis iucundam sibi Sapientia mansionem paravit. (Intensamente me alegraré en la Vida -viviendo-, porque la Sabiduría se ha preparado en el corazón del hombre una mansión llena de alegría). Esta frase resume significativamente lo que dicen los libros sapienciales de la tradición judía: Proverbios, Sabiduría, Eclesiastés -Qohelet-, Eclesiástico -Ben Sirá-..., contenidos en la Biblia cristiana. Lo que dicen las Upanishad, el Tao, el Vedanta...

La Sabiduría es el arte de la vida, es experiencia vital. La modernidad y más aún nuestra vida moderna (que tiene muchas cosas buenas), seducida por el imperio de lo científico en sentido estricto, o sea, seducida por lo exclusivamente sensible, ha encerrado a la Sabiduría en un asilo. O peor, la destruye en la cultura de masas llamándola conocer, llamándola ciencia. Los “especialistas”, teólogos, sacerdotes, brahmanes, filósofos, doctores... han pretendido a lo largo de la historia apropiársela, arrebatarla a la gente del pueblo y han pretendido de ella hacer un conocimiento para “iniciados”, pese a que Sócrates, Buddha, Lao-tze, Jesús de Nazaret... y tantos místicos excepcionales habidos en la historia la han puesto a disposición de todos los hombres. (Me opongo con todas mis fuerzas, como he reiterado constantemente, al dualismo que supone decir hombre-mujer, en el “ser humano” no hay dualismo, sólo hay polaridad, y la palabra hombre – derivada de “humus”lo nacido de la tierra- lo significa todo sin caer en tal dualismo y afirmando a su vez la polaridad. Hombre no es sinónimo de varón). El sabio no es un iniciado, su autoridad tiene una fuente distinta: su experiencia de la vida. Nunca unos ritos iniciáticos.

La Sabiduría se presenta en aquella tríada misteriosa que constituye la plenitud de la vida humana de la que nos habla el budismo: la actitud fundamental, la verdadera visión y la acción correcta.

La Sabiduría nos hace felices, nos da la alegría, es la sede de la libertad. Hay sufrimiento en el mundo y nos afecta, nos duele, pero no estamos abrumados por el sufrimiento, por eso el bodhisattva no permanece en el Nirvana alcanzado, sino que vuelve a la tierra para ayudar a que todo y todos lo alcancen. No se puede explicar racionalmente de qué manera pueden convivir alegría y sufrimiento, pero en el verdadero sabio conviven. El Misterio, más allá de la razón (no más acá como es la esquizofrenia).

El mundo de la Sabiduría tiene su lugar en la mística, trasciende los sentidos y la razón, supera la inteligibilidad, por eso es la riqueza del pueblo sencillo, está en el transfondo de muchos refranes que son oximorónicos, en las entrañas de muchos relatos populares, de las parábolas... Muchos de los doctores y sabios de la Ley no entrarán en el Reino de los Cielos, pero sí lo harán las prostitutas, los pecadores, los incircuncisos, los samaritanos... (Mt 11, 25 y passim).

Está más en la palabra hablada que en la escrita. Nos hemos acostumbrados a leer u oír palabras, nos hemos desacostumbrado bastante a comer palabras y hemos olvidado del todo que las palabras se hagan carne de nuestra carne. La palabra es vida más que otra cosa.

Parece que el ideal de la Sabiduría es una constante humana, todos los hombres de todas las épocas han aspirado a ella. Quizás lo que sucede hoy con el olvido intencionado de la misma, con ese desprecio que la cultura dominante siente hacia ella, sea algo ocasional en la historia. Esta Sabiduría se encuentra desplazada de su centro. En nuestros días impera la tecnocracia y la cosmovisión científica. El estilo de vida actual nos complica la existencia. Nuestra gran preocupación es casi exclusivamente económica, en buena medida efecto de una modernidad mal entendida, muy castrada.

La Sabiduría exige la intuición, la habilidad, la inteligencia, pero las supera y llega a otro nivel de la realidad. La Sabiduría es a la vez technê y epistêmê, gusto y saber, afectiva, sensitiva y cognitiva, científica. Es hacer y saber, teoría y práctica... esto es: la relación mística -no prerracional, sino transracional-, filial, de comunión de Vida, con la fuente de todo ser. Heráclito dijo que sôphronein, pensar juiciosamente, era la virtud más grande y que sophía es decir la verdad y actuar en comunión con la naturaleza. Sólo es sabia la intuición de reconocer que todo guía a través de todo, algo que ya dice el Tao y el budismo.

La Sabiduría se identifica con una determinada experiencia de totalidad, que configura nuestra vida. No es el homo universalis del Renacimiento. Es el Testigo que sabe lo "que es".

Explicando un poco lo contrario de Sabiduría, la “no-Sabiduría”, quizás se pueda ilustrar mejor qué sea Sabiduría. Lo contrario no es la ignorancia, ni la torpeza, ni la nesciencia, sino la polymathia, el saber de todo. La verdadera Sabiduría no se puede encontrar allá donde el conocimiento necesita dividirse y repartirse a fin de saber algo sobre el mundo. Va contra la atomización del saber. (No pretendo atacar el conocimiento analítico, es una gran logro de la razón y su obra muy útil, pero no es la Sabiduría, que por su parte no es nada útil, no tiene finalidad alguna fuera de sí misma).

¡Y un método así se nos ha convertido en una necesidad tan seria que consideramos este camino analítico como natural para adquirir sabiduría (con minúscula)! Decimos investigación, pero, si nos quedamos solamente en eso, queremos decir ataque a la naturaleza. Se ha perdido la actitud integradora, porque la persona ha quedado reducida a la razón, la razón a entendimiento, y éste a la capacidad de clasificar y formular leyes sobre el comportamiento de las cosas. Y olvidamos la totalidad, la identidad, el atman, el Espíritu que en el hombre se manifiesta y es en todo. La Naturaleza es un Todo y la conciencia de esta Realidad una no nos ha de abandonar nunca.

La sencillez de la Sabiduría no es reduccionismo (simplificación artificial), sino el descubrimiento de que toco toda la realidad, sin olvidarme de mí mismo. La Sabiduría nos acerca a nosotros mismos, es armonía personal con la realidad -Tao-.

La Sabiduría es una actitud que surge de la experiencia y por lo mismo presupone tanto la intuición como la acción. La “Docta ignorancia”, el apofatismo dionisiano (unitur ei -Deo- sicut omnino ignoto), es una gran línea de Sabiduría a la que en momentos se adhiere el mismo Aquinate: Illud est ultimum cognitionis humanae de Deo quod sciat se Deum nescire in quantum cognoscit illud quod Deus est. Es una realización que se parece al no conocer=saber, pues sólo es conocido=sabido lo que se ama. La Sabiduría y la verdad van unidas, la verdad conduce a la Sabiduría, pero no lo hace ni ella sola ni automáticamente. Es el Amor, no el mero sentimiento, quien engendra la Sabiduría a partir de la Verdad.

Existe un anhelo humano de Sabiduría, una aspiración a la iluminación, la resurrección, la salvación, el satori... es una constante humana. No lo podemos ignorar, ni tirar por la borda, como se pretende en nuestros días a veces. Mas para llegar a ella hay que transcender el intelecto. “Tan sólo son sabios aquellos que son tan no sabedores que ni siquiera saben que no saben”, dice Raimon. La Sabiduría no es elitista, es el anhelo de todo ser: la Plenitud. Por todo lo dicho, hemos de caer en la cuenta de que la Sabiduría nos deja sin nada a que agarrarnos. Es pura gracia. Don. Gratuidad. No podemos merecerla, podemos recibirla en nuestra casa preparada en alegría.

Un hogar

Hogar. Ôikos no significa lo que casa hoy día. No se trata de construir una casa, una propiedad privada en la que cobijarme. El hombre hoy se encuentra desarraigado, porque la imagen científica del mundo ha perdido la dimensión humana. En este mundo científico el hombre no se encuentra en casa. Por ello no se entiende que la casa sea el espacio vital de “todos” los hombres, por ello hay tantos sin hogar. La codicia, la división, las fronteras...

La primera dimensión de hogar la tiene la tierra, un hogar para todos, incluso para los sin-techo. La Sabiduría es multiforme, nunca dogmática, monocolor... puede entrar en cualquier hogar que es un campamento con muchos espacios abiertos bajo el cielo. El hombre es el habitante de un mundo habitado y habitable. Es imposible vivir en el mundo como un hogar si los hombres son sólo átomos aislados en un universo cuantitativo. El hombre está ligado a las estrellas, a la Tierra, a los hombres. El primer hogar de la Sabiduría es la Madre Tierra.

La exigencia, casi inconsciente de nuestra cultura de abandonar la tierra (viajes espaciales...) no es propiamente una fuga mundi, sino una huida del hombre de sí mismo. ¿No estaremos haciendo una tierra inhabitable por el rechazo de la Sabiduría?

Hay que construir una casa y habitarla, para que sea hogar (el habitar es un politeuma, un convivir). Una casa abierta y accesible. La Sabiduría no es elitista, es para todos. No es esotérica, iniciática, sino Misterio auténtico para quienes quieran ver y oír (qui habeat aures audiendi, audiat). No es un castillo, ni una cueva, sino una casa donde podamos ser nosotros mismos, y tener una relación humana con las cosas. No hemos de ocultar ni defender esta Sabiduría. Ella se ofrece, es oferta.

La Sabiduría nos dicen a veces los textos tiene un doble hogar.

Por una parte, el corazón como símbolo de la totalidad de la persona humana.
El corazón es al mismo tiempo intelectual, espiritual y corporal, sigue el ritmo de la naturaleza y está en simbiosis con otros corazones.

Por otra, la tierra entera.

Las tradiciones china, india y cristiana hablan de una relación entre el corazón del mundo y el humano. En la tradición semítica el corazón (leb) guarda relación con el alma (ruaj). El sabio es estable, recto, neutral. La Sabiduría no es ninguna especialización. La Sabiduría sin hogar -sin el corazón: el hombre- no es nada, una mera abstracción. Habitar es su manera de ser. Es el huésped. Hay que acoger a la Sabiduría como una madre concibe al niño. Cada concepción necesita unas entrañas. Preparar un lugar para la Sabiduría equivale a enraizarse en el corazón de la realidad.

Preparar

Un hogar no se encuentra hecho, es cosa de la cultura. Un hogar vacío no es un hogar, es necesario habitarlo. Una Sabiduría puramente teórica, no es Sabiduría. Y no entra en un hogar deshabitado.

Preparar el hogar para la Sabiduría es algo muy parecido a un parto. No se puede buscar la Sabiduría, sólo prepararle un hogar. Toda búsqueda de la Sabiduría la mancharía. La búsqueda de la Sabiduría limitaría su libertad soberana.

O bien quiero ser señor de la Sabiduría y hacerla servir de sirvienta, o bien me dejo penetrar por ella, que me ilumine y habite. De ella es la iniciativa. La Sabiduría no es un objeto de la inteligencia, ni de la voluntad. Solamente puedo prepararle un hogar.

Preparar es esperar. Y esperar no es proyectarse hacia el futuro, sino abrirse al Misterio, a la dimensión invisible y de profundidad de la Realidad.

Preparar es estar a punto. Es la Sabiduría quien se prepara el hogar, no nosotros. Nuestra misión es fiarnos de la realidad, de la Sabiduría, tener un corazón puro. Para los iluminados los ríos vuelven a ser ríos, las montañas, montañas, las estrellas, estrellas, la comida, comida, el dormir, dormir, el contemplar, contemplar...

La Sabiduría es un don. Dejemos que ella sea. La tranquilidad quiere decir sencillamente ser, no estorbar al ser con violencia, pensamientos, actividades... se trata del temor reverente ante el ser, ante el ritmo del ser.

Preparar es esperar. Es estar disponible. La Sabiduría necesita libertad, no imposición. Su nombre es gracia, es don. La gracia no se puede repartir, pero se puede concebir gracias al amor.

Pero esto parece un círculo vicioso: si quiero construir un hogar para la Sabiduría, lo destruyo porque actúo, si no lo quiero construir, no surgirá... Se trata de transformar este círculo vicioso en círculo vital, o sea, experiencia. “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1,38) Preguntaron los futuros discípulos. “Venid a verlo” (Jn 1,39) , respondió Jesús. Experiencia y praxis. Así se rompe el círculo y la Sabiduría habita en el hombre.

Mas si no sabemos qué aspecto tiene la Sabiduría ¿cómo la podemos acoger? La hospitalidad sólo es tal cuando no diferencia. El huésped sea quien sea, es el mismo Cristo -el Misterio de Amor que es-. La hospitalidad auténtica es el espacio en el que la revelación es posible, dicen todas las tradiciones. Ciertamente hay un riesgo, de entrada no sabemos a quien acogemos. La Fe, la Vida son riesgo.

Preparar un hogar para la Sabiduría significa acoger en nuestro interior al extraño, al desconocido, al amenazador y hacerlo nacer, transformarlo. Hay que luchar, hay que realizar una acción teándrica, como Jacob. Luchar con el ángel, con el Tú y darlo a luz. El yo y el tú, una polaridad genuina en la que toda realidad se hace, no dos caracteres opuestos e independientes. Al abrazar al tú yo concibo, y me siento lleno de esa Sabiduría que he de parir. Así con la experiencia de la hospitalidad transformadora creo el círculo vital y rompo el círculo vicioso. Ahora bien no se puede dar a luz sólo por la fuerza de la voluntad, es necesario el amor.

La aspiración a la Sabiduría, que es espontánea: surge del ser, no así el deseo, siempre es humilde y está abierta. Siempre hay riesgo. Pero por la experiencia interna se nos da a conocer la verdadera Sabiduría y su nombre es: paz, libertad, alegría. “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16.20) “El sabio utiliza su ojo interior, su oído interior, para penetrar las cosas y no necesita el intelecto”

Preparar un hogar para la Sabiduría: Se trata de una actitud fundamental, que hoy es más necesaria que nunca. En sentido negativo quiere decir que no hemos de perder el tiempo con todas las cosas posibles, aunque sea importantes y agradables, cosas que no son Sabiduría, ni son portadoras de ninguna salvación, ni nos traen ninguna verdadera alegría. En sentido positivo se trata de la experiencia alegre de la vida en el Amor y en el Silencio.

Preparar un hogar a la Sabiduría.


José A. Carmona

lunes 19 de diciembre de 2011

DE MIS ENCUENTROS LOS LUNES

Ya he comentado, en otra ocasión al menos, que los lunes por la mañana nos reunimos un grupo de amigas y amigos (más mujeres que varones) en el que yo desempeño la función de profesor de lengua española. Intentamos hablar mucho de la vida que vivimos y analizar un poco lo que decimos y cómo lo decimos. Estas fiestas de Navidad, las hemos celebrado lógicamente con un poco de anticipación porque en estos días no nos reuniremos. Hemos celebrado una comida todos juntos, en la que ha participado mi esposa y que ha sido muy agradable, unos regalos divertidos... y unos versos elaborados y escritos por una de las señoras del grupo: Pepi López, una mujer naturalmente dotada para rimar y poner en palabras las emociones. A todos nos ha gustado su poema por su calidez, su ternura y por todo lo que demuestra de quien lo escribe.

Dice así:

Silvia es sabiduría y Daniela la bondad,
Nati es la alegría y Ana fidelidad,
Rafael es cosa seria, ¡de gracia tan locuaz!
Isidoro: la obediencia aprendiendo sin parar,
Lucía tan generosa, siempre dispuesta a dar más,
Antonia es discreción, ejemplo de saber estar.
Ana sabe dar cariño a raudales, por igual.
Gemma es todo amor
con su esfuerzo y su tesón.
Y José Antonio ¿qué es? Todo eso y mucho más,
José Antonio es el PILAR
para apoyarnos todos y querernos mucho más.
¿De mí qué queréis que diga? De mí yo no digo ná,
prefiero que me queráis cada día un poquito más.

Os quiero, Pepi

FELIZ NAVIDAD

viernes 16 de diciembre de 2011

ALGO SOBRE LA COMPASIÓN Y LA SABIDURÍA

REFLEXIONES SOBRE LA COMPASIÓN REAL O AUTÉNTICA Y SOBRE LA SABIDURÍA QUE SIENDO EL AMOR LO ENGENDRA

(Jesús de Nazaret y el Vedanta Advaita)


El movimiento del 15-M, señal fecunda de la vida que hay en la sociedad, pese a las limitaciones y fallos del mismo, cosa propia de todo lo humano, ha vuelto a poner en primera línea de la conciencia colectiva algo que en Occidente ha olvidado, o casi, la mayoría: cada día hay mucho sufrimiento injusto (¿Hay algún sufrimiento justo? Se ha de pensar en ello) que padecen miles de millones de personas. ¿Qué hacer al respecto?

Me importa mucho la situación del mundo, la situación de la humanidad, los tremendos problemas económicos de la zona capitalista -la tan cacareada crisis producto de la avaricia humana y de la falta de amor-. Me importa muchísimo más la hambruna que padece una gran parte de los pueblos de la tierra a causa de esa misma avaricia de los hombres y del odio entre ellos, las guerras incalificables, la fabricación sistemática de armas, la explosión demográfica incontrolada -el sexo en el ser humano no es mero instrumento de reproducción, es mucho más-, el terrible deterioro medioambiental producto de la ambición del hombre “civilizado”, el poder destructivo que está en manos de unos pocos -y algunos de ellos nada sensatos-, la violencia de todo tipo, la corrupción que campa a sus anchas y nos corroe, la hipocresía y la mentira que hacen gala de carta de ciudadanía, o peor, sobre las que estamos edificando la sociedad, las instituciones religiosas, políticas, deportivas... Una visión realmente aterradora, catastrófica, apocalíptica, mas por desgracia objetiva, ésta del mundo actual y, pese a ello, sigo confiando en el Espíritu, en el Hombre, en el Cristo que somos todos -hasta el dogma católico habla del Cuerpo Místico-, aunque lo ignoremos o lo neguemos. Ante todo esto no puedo permanecer indiferente y busco tomar una actitud fundada en la Sabiduría.

Mis dos principales fuentes de inspiración (in-spiritu: meter dentro al Espíritu, dejarse inundar por él) son una: La Sabiduría, que encuentro fundamentalmente en los Evangelios que me regalan a “el Cristo” en los años que pasó como Jesús en la tierra, y en el Vedanta Advaita- el final de los Vedas-, sabiduría -no mera doctrina- milenaria de la no-dualidad.

El Cristo: Misterio de Amor que se nos manifestó de forma especial, no única, durante unos años en aquel individuo histórico llamado Jesús. La visión que tenía Jesús en el tiempo, el Cristo fuera del mismo, ha llegado a nosotros muy lastrada y deformada. Se ha hecho uso y abuso de su nombre para justificarlo todo, incluidos los crímenes más nefandos. Dice Nolan que “a Jesús se le ha honrado y se le ha dado culto más frecuentemente por lo que no significaba que por lo que realmente significaba” (¿Quién es ese hombre? Introducción). Y las instituciones que se autodenominan cristianas apelan a su nombre para justificar aquellas cosas a las que él más se opuso, por ejemplo: la iglesia como institución de poder, el sacerdocio institucional, que trata de fundamentar la institución en 1 Cor -haced esto en memoria mía- y en la Carta a los Hebreos, una moral legalista que cuenta poco con el hombre y basada en una antropología simplona, una colección de dogmas que son muestra de la falta de verdadera Fe, un afán de poder -que es lo único que importa a la iglesia en palabras del mismo Congar- en clara oposición a aquel que murió crucificado...

El cristianismo, no sólo el catolicismo, no puede arrogarse la posesión exclusiva de Jesús, el Cristo. El Misterio es de toda la humanidad, y no ha de ser visto necesariamente como Jesús. No debemos seguir hablando sobre él, pues diremos necesariamente lo que nosotros pensamos que es él. Oigamos lo que él dice. “Pensemos” al Jesús que fue (es) antes de que lo pensaran los cristianos: sus seguidores. ¿Cómo era ese Jesús, a quien conocieron los apóstoles, antes de que lo interpretaran? ¿Qué es lo que Jesús esperaba conseguir para la gente con la que vivió? ¿Y qué gente era aquella?

Para ello, situémoslo en su ambiente socio-político-cultural y en su tiempo. Por cierto un tiempo social muy similar al que vivimos hoy. Un momento de una crisis existencial muy profunda. Como la de nuestros días en la que la humanidad no sabe a dónde va, ni siquiera a dónde dirigir sus pasos.

Cuando nació Jesús hacía unas docenas de años que los romanos habían colonizado Palestina. Al frente pusieron gobernantes nativos -Herodes, Arquelao, Antipas...-, al final tuvieron que deponer a Arquelao y pusieron un romano de procurador. Es ésta la época en que vivió Jesús -en la fe religiosa cristiana: la plenitud de los tiempos-. La opresión romana dio pie a una rebelión de los judíos escarmentada con sangre, pero no anulada. Los rebeldes fueron llamados Zelotes. La sociedad estaba compuesta, como casi todas las sociedades en la historia, por grupos organizados, movimientos, clases sociales y masa.

Los grupos organizados

Los Zelotes: éstos se apoyaban en su interpretación literal de las Escrituras: no acataban más rey que Yahveh, Israel era la nación escogida como pueblo de Yahveh y a él sólo pertenecían. Aceptar el dominio de los romanos habría sido una traición herética. Los zelotes eran fieles judíos, celosos -zelotai: los llenos de celo- de la ley y convencidos de que la tenían que defender con la violencia. Ya sabemos que muchos pensaron que Jesús sería un buen cabecilla para ellos. “El celo de tu casa me devora” Salmo puesto en el corazón de Jesús por el IV evangelio (Jn 2,17).

Los Fariseos: tampoco éstos aceptaban la autoridad de Roma, al menos no prestaron fidelidad al César, pero no eran partidarios del uso de las armas contra los romanos -por puro sentido práctico, constituían una ínfima minoría contra ellos-. Dirigieron su atención a la reforma del mismo pueblo de Israel. Yahveh los había abandonado en manos de los romanos porque habían sido infieles con respecto a la ley y las costumbres del pueblo. Formaron verdaderos guetos, comunidades totalmente cerradas con una moral legalista, burguesa y basada en la recompensa y el castigo (¿nos suena?), Yahveh amaba a los cumplidores de la ley y los premiaba, a los que no lo eran los castigaba. La palabra Fariseo -perushim- significa: “Separados”. Ellos eran los santos, el verdadero resto de Israel del que habla Isaías. Sus interpretaciones de las Escrituras se impusieron entre los judíos. Creían que un futuro Mesías que les iba a librar de los romanos, en la resurrección...

Los Esenios: el significado del nombre es discutido, puede ser que sea “santos”, eran los perfectos, ascetas y eremitas del desierto, célibes, separados de la sociedad. Su moral era aún más externa que la de los fariseos. Meticulosamente obsesionados con los ritos de purificación legales. Rechazaban a todo el que no fuera esenio, que no fuera hijo de la luz como se consideraban ellos. Sólo ellos formaban el resto de Israel. Convencidos como estaban de la proximidad del fin del mundo practicaban una disciplina muy rigurosa. Eran totalmente apocalípticos. Muy parecidos a los zelotes en su amor por la violencia para defender sus valores, pero “aún no había llegado la hora” para ellos. Aguardaban el día del Señor. Eran fariseos extremistas y proclives a la violencia armada. Su existencia como secta comenzó en el siglo II a. C. después de los Macabeos, y acabaron muertos casi todos junto con los Zelotes en Masada.

Muchos románticos y postrománticos religiosos, así como miembros de la Nueva Era tratan de mostrarnos a Jesús como un Esenio, hijo de la luz. Es cierto que muchas de las ideas de estos aparecen en las predicaciones del Nazareno en los evangelios, pero otras muchas están en oposición frontal a lo que esenios dicen: Jesús estuvo al lado de los marginados -contaminados para los esenios-, se opuso a todo tipo de violencia, consideró a la mujer en igualdad con el varón, no se sometía porque sí a las purificaciones legales (las espigas arrancadas en sábado, el hombre del brazo atrofiado, corazón quiero y no sacrificios...). Y claramente afirmó que la ley es para el hombre y no a la inversa, su moral no tiene nada de externa ni de legalista,...

Los Saduceos: conservadores a ultranza. Rechazaban cualquier novedad en las creencias y los ritos -¿No recuerda el “Nihil innovetur nisi quod traditum est”?-. Nada de otra vida, nada de resurrección, eso eran esnobismos, todo se daba en esta vida. Por descontado que colaboraban con los romanos, "había que mantener la situación del statu quo". Enemigos acérrimos de Zelotes y Esenios. Formaban la aristocracia acaudalada. Entre ellos estaban los sumos sacerdotes y los ancianos, mas éstos no pertenecían a la casta de los sacerdotes. Era la clase alta dirigente.

Y junto a estos grupos religiosos que nutrían los pilares de la sociedad judía estaba la masa de los desheredados, los contaminados legalmente, las mujeres sometidas a los varones y a la ley, el pueblo que se había de someter a todos los preceptos de la ley, hasta los más mínimos. Ley llena de formulismos, de gran olvido del hombre, cargada de externalidad, de prescripciones absurdas y alienantes... Aunque de vez en cuando se había alzado en el pasado la voz de un profeta, cuando nació Jesús hacía ya siglos que no se había alzado ninguna voz profética. Y los judíos se dormían en la letra de las Escrituras

En esta época de Jesús abundó la literatura, derivada de los asideos -hasidim- quienes mantenían la fidelidad a las Escrituras frente a las ideas helenistas, llamada “apocalíptica”. De ella participaron los Esenios y textos de los sinópticos. Preconizaba sobre el final de los tiempos con la pretensión de que Dios les había revelado a ellos los acontecimientos por venir. El estar sometido a los romanos fue un detonante para esta literatura ya contenida en germen entre los hasidim. Israel, un pueblo muy soberbio, buscaba una interpretación al hecho de la dominación de Roma y esperaba el final de la misma que vendría de manos del Mesías. Algunas de sus visiones hicieron mella entre los judíos sin excepción, incluidos Juan el Bautista y Jesús. Dice Schillebeeckx en su magna obra Jesús, historia de un viviente: “no se puede negar históricamente que tanto la comunidad Q como Mateo y Lucas interpretaron la actividad de Juan Bautista y de Jesús -y de la propia comunidad cristiana- a la luz de los movimientos asideos (los hasidim o piadosos) de metánoia, penitencia y conversión ya existentes en el judaísmo”. Estos movimientos eran marcadamente escatológicos.

Junto a estos grupos que podríamos llamar especializados, con un cierto nivel cultural, con unos objetivos o poder, convivía la masa popular compuesta por los "pobres y los oprimidos", como anteriormente se ha dicho. Éstos formaban el verdadero pueblo de Israel, ellos hacían -no escribían- la historia del pueblo. Los libros de historia apenas dicen nada de los verdaderos protagonistas de la misma, ni del sufrimiento que la constituye.

Dentro de esta masa popular estaba
El conjunto de “los pobres de la casa de Israel” formado por los económicamente pobres y por los oprimidos. Pobres eran los mendigos que tenían que recurrir a lo que los otros les dieran para poder subsistir, pues por sí mismo no podían encontrar un trabajo a causa de su estrato social: los legalmente contaminados, los enfermos, los nacidos con un defecto físico -ciegos, cojos, mancos, mudos...-. Hay que tener en cuenta que no existían hospitales, seguridad social, beneficencia. También estaban entre los pobres las viudas y niños y cuantos no tenían quien se ocupara de ellos. Además habría que contabilizar igualmente entre los pobres a los campesinos que apenas trabajaban por falta de faena, a los esclavos...

A la falta de medios de subsistencia que padecían hay que añadir la vergüenza que sufrían. “Y mendigar me da vergüenza” (Lc 16,3). Entre nosotros el oprobio es importante pero en el mundo de Israel lo era más aún: El pobre estaba en el nivel más bajo de la sociedad, y esto en una teocracia supone una marginación muy importante, tanto que es una marginación total.

Otra clase social perfectamente delimitada era la de “los pecadores” (que tantas veces fueron antepuestos por Jesús en su vida y en sus palabras a los fariseos). Los primeros eran los que tenían una profesión impura: prostitutas y publicanos (recaudadores de impuestos). Excluidos totalmente de la sociedad, estigmatizados. También los que no pagaban a los sacerdotes el diezmo, los que descuidaban la pureza ritual... los carentes de formación que no podían conocer la Escrituras (conocerlas era estar formado) por lo que no podían ser morales sino impuros. Había una plebe que no entendía la ley (Jn 7,49), que estaba maldita. Por otra parte ser pecador era cuestión de nacimiento o de ¡voluntad de Dios!, pues para el pecador no había salida salvo la purificación ritual y la expiación, pero estas costaban dinero y el dinero conseguido con el pecado no podía servir para pagar la purificación... No había solución para el pecador.

En este mundo de marginación ocupaban un lugar prominente, de mayor marginación si cabe, los enfermos y “los poseídos por espíritus inmundos”. Eran la personificación del mal. Si alguien sufría, decían, es porque había pecado, había faltado a la ley, él o sus antepasados. En cuanto a los casos considerados de posesión diabólica estaban en el nivel ínfimo. Lo que en nuestra mentalidad sabemos que son problemas de tipo psíquico, los judíos con su visión teocrática y pobrísima los veían como casos de posesión. En función de cómo actuara una persona se consideraba si estaba, o no, poseída por un espíritu: si su actuación era normal, no había posesión, si era anormal buena, estaba poseída por un espíritu bueno, si mala, por un espíritu malo o demonio. Cientos de males físicos – sordera, ceguera, cojera...- y psicosomáticos -parálisis, epilepsia...- eran considerados como obra de malos espíritus. Todo un mundo de ignorancia, superstición, legalismo, esclavitud, pobreza...y opresión.

También había una “clase media” formada por profesionales, artesanos (faber), pescadores, mercaderes... y de ésta procedía Jesús.

En medio de esta sociedad convulsa, cerrada sobre sí misma y sobre su pasado, que no daba respuesta al hombre. Falta de amor y cargada de legalidad. Una sociedad que no encontraba sentido a su propia existencia, aparecieron varones -la mujer no contaba para nada- que no se alinearon con nadie, con ningún grupo y proclamaron con sus vidas y sus palabras un sentido, un camino, una metánoia: un cambio de dirección. Apareció Juan Bautista, el profeta, un profeta apocalíptico, que anunciaba la destrucción (Mt 3, 7-12 y par), no la predecía -la profecía no es una predicción, sino una advertencia-. Simplemente advertía que el final de aquel camino por el que se deslizaba Israel sería la destrucción del mismo Israel y que por lo tanto había que “enderezar las veredas” (Lc 3, 4). Que Yahveh estaba indignado con su pueblo y pensaba castigarlo, pues ya “tenía el bieldo en la mano para aventar la paja” (Mt 3, 12 y par). Como solución predicaba el arrepentimiento de los pecados y el cambio de conducta, simbolizados en el bautismo. En qué consistía este cambio de conducta queda bien reflejado en Lucas 3, 7-20: Una moral social ya predicada en los profetas. Su palabra de amenaza y de perdón iba dirigida a todo israelita sin excepción, a todo el pueblo, no a los iniciados o elegidos en exclusiva como hacían los esenios, algo que lo hacía distinto a cuanto le rodeaba y mucho más a la visión oficial.

Jesús no se alió con ninguno de los movimientos que pululaban por Israel, pero sí que se sintió impresionado por Juan Bautista. Sencillamente se acercó al Jordán para ser bautizado por Juan (Mt 3, 13). Si examinamos con tranquilidad los textos de los evangelios, podremos comprender fácilmente que Jesús si situó en la línea de lo predicado por Juan. Jesús sufría por la situación de su pueblo (Lc 19, 41), le preocupaba la dominación romana sobre Israel, le preocupaba muchísimo las injusticias que sufrían los marginados, los pobres y pecadores. Él también habló en varias ocasiones influido por su visión apocalíptica, -no predijo el futuro, no hay escriturista hoy que lo admita, sino que advirtió con vaguedades e incluso errores (Mt 24, 34). Ya los cristianos de las primeras generaciones estaban preocupados por lo que tardaba en llegar la parusía (2Pe, es el tema de la carta). No se cumplía lo que los evangelistas escribieron que había dicho Jesús. - diciendo que los romanos destruirían Jerusalén, y lo hizo con muchos más detalles que Juan (Lc 19, 43-44. 21 20-23 y par), pero en sus palabras siempre estuvo la advertencia de que todo esto sucedería “si no os enmendáis” (Lc 13, 3) o “porque no reconociste la oportunidad que Yahveh te daba” (Lc 19,44). Ya sabemos que en varias ocasiones los evangelios nos dicen que Jesús lloró sobre Jerusalén (Lc 19,41 y par) y veía tan inminente la destrucción de la ciudad santa que aconsejaba a la gente que huyera a la sierra, que se marchara de la ciudad "¡Ay de las que estén embarazadas y amamantando en aquellos días!..." (Lc 21, 21...).

Jesús sintió Compasión, que es Amor, por su pueblo y para librarlo de la injusticia que padecía lo llamó a una Fe que es Metánoia. Y sencillamente, pasó haciendo el bien. No organizó ningún partido político, ninguna estructura ni jerarquía de poder (dominio) entre los hombres, ninguna iglesia (otra cosa es lo que hicieron algunas comunidades cristianas posteriores, no todas), sino que vivió el Reino y lo predicó.

Hoy existen muchas personas que viven y siguen predicando el Reino desde situaciones y posturas muy plurales, no tengo más que levantar la vista de este escrito y mirar a mis antiguos y mis actuales compañeros que están realizando una verdadera compasión -en el sentido que explicaré- entre nuestros hermanos, por eso sigo teniendo mucha esperanza en el Hombre, esperanza no tanto en lo que pueda suceder en el mañana, sino en lo que se está viviendo y haciendo hoy, aunque no salte a la vista. ¿Acaso sólo el mal es motivo de noticia en los medios de comunicación? Ya lo sabemos.

Jesús tuvo compasión de sus hermanos, los amó (se vivió uno con ellos) y por eso los llamó a la conversión (cum-versus = la interiorización), a la metánoia, a la Fe. Veo en esta actitud del Nazareno la misma línea de espiritualidad de la que hablan los Vedas y el Vedanta – y todas las corrientes de Sabiduría del mundo: desde el Tao hasta Vicente Ferrer-. Los evangelios nos hablan de esta actitud de compasión de Jesús (Mt 9,36. 14,14. Mc 6,34. Lc 7,13). Y lo mismo de la exigencia de la FE: el conocimiento que lleva a la conversión, al cambio de sentido en la vida (Mt 9,8. Lc 7,48...y passim).

Nuestra visión de lo que es tanto la compasión como la fe es totalmente deudora de la doctrina cristiano-católica sobre las mismas. Y la doctrina cristiano-católica les ha dado un barniz de superficialidad tan fuerte que han perdido todo significado de profundidad. Profundidad que claramente tiene la actitud de Jesús con los pobres de la casa de Israel. Lo malo de la doctrina es que no hace sino interpretar la vida intelectualizándola, haciendo que deje de ser vida y se convierta en objeto conceptual, en escayola que impide el movimiento. Jesús no nos enseña ningún dogma, ninguna doctrina -la doctrina mata la verdad, dice Krishnamurti- sino que viene a recordarnos: “Misericordia quiero” y a afirmar a los que se curan “es tu fe la que te salva”. Misericordia: Compasión: Amor. Fe: Sabiduría: Conocimiento que salva. Nunca nos pidió a sus hermanos: “Creed que Dios es Uno y Trino”, “Creed que yo soy Dios como lo es Yahveh” sino que nos encomendó: “Amaos unos a otros”.

La espiritualidad oriental (Los Vedas, el Vedanta advaita, el Zen...) es experiencia espiritual, no es ninguna doctrina, aunque tiene alguna -una doctrina mínima es necesaria, algo similar, por ejemplo, (no idéntico) a lo que sucede con los billetes y monedas, son necesarios para comprar comida pero no son comida, y al comprarla nos desprendemos de ellos. ¿Nos alimentaríamos de billetes? La doctrina no es la Verdad- y por eso a las fuentes de esa espiritualidad me voy a referir para poder ver con algo de claridad qué es la Compasión y qué es la Fe.

El camino descendente y el camino ascendente.
La enseñanza de la teología católica ortodoxa nos habla de un Dios, Padre, creador omnipotente que se acerca a la tierra y a la humanidad en la plenitud de los tiempos en la “naturaleza humana” -no la persona- de Jesús de Nazaret, quien fue crucificado para redimirnos de los pecados, y, resucitado subió a la diestra del Padre. Una vez allá envió al Espíritu.

Esta base dogmática del cristianismo hace exclamar a Agustín de Hipona: “Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios”. Algo parecido y muy distinto a la vez es lo que propone la visión del Vedanta Advaita, visión que no es más que un intento de poner al alcance de todos la profunda experiencia (el conocimiento inmediato y por lo mismo evidente, no el conocimiento demostrado, ni el explicado) espiritual vivida a lo largo de siglos. Y la expone, claro está, en forma de mito. Este mito es solamente la forma de ilustrar lo que es: cómo parece que el Universo juegue al escondite. Si nos quedamos en la letra no podremos entender nada, exactamente lo mismo que con todos los mitos que han servido y sirven como medios de trasmisión de lo que no puede ser trasmitido por la palabras.
Lo que nos transmite esta visión es que el Insondable, el Absoluto se multiplicó permaneciendo Uno para que los múltiples desandaran el camino de la multiplicidad y tomasen conciencia de que en verdad no son múltiples, sino Uno (Uno no en cuanto opuesto a muchos). La multiplicidad es apariencia. La realidad es el Uno-sin segundo.

Esta visión que nos puede sonar a infantilismo o simplemente sonar a nada, responde, sin embargo, a una visión mantenida a lo largo de toda la historia del pensamiento y más aún de la mística. Esta dimensión espiritual conlleva una visión holoárquica.“El hecho es, nos dice Wilber, que el sustrato cultural de la mayor parte de la historia de la humanidad contiene algún tipo de Holoarquía”. Es cierto que esta visión holoárquica murió en Occidente cuando la Modernidad se empeñó, y lo consiguió, en que no se aceptara más conocimiento que el empírico estrecho y monológuico. El conocimiento de las ciencias estrictas. Hoy impera en nuestra universidades esta concepción, no digamos en las pocas difusiones que de lo científico hacen los medios televisivos. Con ello hemos conseguido, en general, un mundo sin profundidad, sin calidad, sin esperanza, apegado al dinero, dependiente de los mercados bursátiles, indiferente al sufrimiento de los demás... sin interioridad. Pero hay muchos grandes pensadores que vuelven hacia la profundidad, hacia lo holoarquía, hacia el valor de lo interior...Y el hombre sigue preguntándose a sí mismo.

Esta Holoarquía que ya se planteó en el Tao, en las Upanishads, en Platón, en los Evangelios (el amor y el hombre por encima de la ley), la presentó de forma estructurada ya Plotino, uno de los místicos menos conocidos en el cristianismo hoy y de enorme influencia en Agustín, el neoplatónico más ilustre de la teología cristiana, en las Enéadas (que sabemos escribió su alumno Porfirio), una Holoarquía que va desde la Materia y las funciones vegetativas hasta el Uno Absoluto, pasando por las sensaciones, percepciones, emociones, conceptos... alma, nous, Uno Absoluto. Toda Holoarquía, o lo que es lo mismo, organización de la realidad que conlleva una arjé (la aceptemos como sagrada o no), supone necesariamente dos direcciones en la misma: de la Materia hasta el Absoluto y del Absoluto hasta la Materia, lo que diríamos en terminología católica: de la creación hasta Dios pasando por el hombre, y a la inversa. El camino de la Materia al Absoluto es el camino ascendente, y el del Absoluto hasta la Materia es el descendente, en otras palabras: transcendencia e inmanencia. La transcendencia es Sabiduría y la inmanencia Compasión.

La historia de la humanidad está llena de movimientos que se han alineados a un lado u otro de estas dos direcciones. Los ha habido intramundanos, negando cualquier otro aspecto de la existencia: tenemos ejemplos a raudales al alcance de nuestras manos, Freud, Marx, cientifismo, partidos políticos... sociedad del consumo. Hay instituciones religiosas que realmente carecen de un sentido de la transcendencia por mucho que en sus palabras (vacías las más de la veces: “por sus obras los conoceréis”) se la nombre, solamente parece importarles de hecho el poder como dominio. Y movimientos totalmente ultramundanos, evasivos de esta realidad relativa en la que estamos y que somos en nuestra propia dimensión como personas individuales, como egos, evasivos de esta sociedad que igualmente somos, aunque no sea permanente, ni tampoco sea el sustrato del Ser. Es un reduccionismo muy sutil en el que es muy fácil caer.

El camino descendente nos lleva al Amor del que nos habla Jesús, del amor que fue él, o lo que es lo mismo, a la Compasión en la que insiste el Vedanta (de hecho en esta visión es la Compasión la que impulsa al Bodhisattva permanecer en reencarnaciones continuas hasta que todo llegue a la iluminación). Compasión que nosotros hemos descafeinado y la hemos llamado compromiso intentando despojarla hasta de su piel. Compasión, del griego sym-pathô significa literalmente tener la misma experiencia (la misma, no similar), tener una experiencia común -una sola experiencia-, o sea la misma vida, pues la vida la vemos como el conjunto de todas las experiencias. Y esas experiencias no podrán nunca ser las mismas, si no se da una sola vida en todos, lo que es obra del Amor: “es Cristo quien vive en mí”. El Amor, la Compasión no es simplemente ponerse en el lugar del otro, sino ser un nosotros, mejor, ser YO. Llamar compromiso (prometer, dar la palabra... ¿y dónde están todos los compromisos que se hacen en nuestra sociedad?) a la Compasión es externalizarla, no haber entendido lo que es. La visión Vedanta no es una fruslería, es muy profunda, muy seria: la visión que tenemos heredada de nuestra cultura ¿cristiana? es superficial.

Y Jesús se compadeció de aquella gente, sintió compasión, fue Compasión, vivió su situación-la de ellos- no como si fuera la suya, como si fuera propia, sino sencillamente la vivió porque era propia. Su compasión era auténtica, no esa lástima que sentimos a veces y a la que llamamos compasión. Lástima que a nosotros nos sitúa un grado por encima del miserable por el que la sentimos. A ésta la llaman los budista zen “compasión idiota”. La auténtica está enraizada en el Ser, en la Vida, no es una simple respuesta sentimental a una situación de vida, respuesta que sin ser mala puede responder a uno de los muchos disfraces que utiliza el ego..

El camino ascendente, la vuelta hacia el Misterio. Y predicó el Reino: los valores de las Bienaventuranzas, predicó la Fe que es Sabiduría y la exigió para que las Bienaventuranzas se hicieran salvación, o sea, Vida. El camino de vuelta: “vamos a la casa del Señor” que canta el salmo. Es la Fe que salva la predicada, lo vemos constantemente en los, llamados, milagros narrados en los evangelios (Mt 21,22; 9,22, 28..; Mc 5,14. Lc 17,19 y par). Estamos muy acostumbrados a llamar fe a la creencia, o a un sistema de creencias, así hacemos algo parecido a lo que estamos haciendo con la sustitución de la Compasión por el compromiso, la externalizamos. Estamos en una cultura de lisas superficialidades, incluso la filosofía ha dejado de ser en una gran parte Sabiduría. Utilizamos la palabra saber en vez de la palabra conocer, y lo que es peor, las identificamos. Y la Fe no es creencia, ya se ha dicho, la Fe es comprensión de la Realidad que transforma. Tomás de Aquino ya proponía la fe para poder comprender: “Crede ut intelligas”. La creencia, propugnada como Fe por el Vaticano I, que seguía las corrientes neoescolásticas del siglo XIX es una verdadera destrucción de la Verdad cristiana, de la verdadera Sabiduría, es el disfraz que se ponen muchos autodenominados creyentes para asegurarse en su infantilismo mental: "Si creo lo que dice la iglesia me salvo seguro, no me equivoco". Pero la Fe es apertura a lo Real, no cerrazón en una fórmula dogmática, y la apertura conlleva el riesgo, la Fe es Vida y nuestra vida está expuesta a las enfermedades y a la muerte, la Fe es Sabiduría, esto es, conocimiento que transforma la situación de vida y la hace cambiar de sentido, la Fe genera la metánoia.

La Sabiduría, la Fe que cura, tampoco es un conocimiento cualquiera, pese a que en el uso de cada día hayamos perdido el norte, pese a que entre nosotros llamemos sabios a ¡personas de mucha erudición! La Sabiduría es un plato que se guisa aparte, es, se ha dicho, lo han dicho y siguen diciendo todos los sabios, el conocimiento que tiene la fuerza de transformar la vida. Y esto es la Fe que pide Jesús para que se puedan transformar los ciegos en videntes, los cojos en andarines, los muertos en vivos... Participar de la Vida única de lo existente. Este conocimiento que transforma podría ser ilustrado con una comparación. El niño en sus primeros años tiene una fe ciega en sus padres, deposita toda su confianza en ellos y los mitifica, confía ciegamente en ellos, al llegar al uso de razón comienza a descubrir grietas (de poder, de conocimientos, de entereza...) en la conducta de ellos. Este conocimiento hace que la visión mítica que tenía cambie, no por ello deja de amarlos, pero ha conocido algo que ha transformado su vida, sus padres no deja de ser su punto de apoyo, pero han dejado de ser un mito y se han hecho humanos. Esta Sabiduría nace de la experiencia, mejor, es la experiencia, es sólo experiencia, por eso es conocimiento del sí-mismo, no simplemente del ego. Es vivirse Uno en lo múltiple.

La Fe auténtica, la Sabiduría, nos libera totalmente de esta plaga que inunda hoy nuestra sociedad occidental: el individualismo. Cierto que hay muchísimos movimientos solidarios que tratan de paliar dicho individualismo mortal que padecemos, posiblemente nunca haya habido tanto sentido de solidaridad en la historia de la humanidad, pero no es menos cierto que el individualismo=egoísmo campa a sus anchas en una sociedad que ha dejado de banda las interioridades. Domina una cultura de lo individual, hasta en lo más recóndito de la vida se está introduciendo la moda de “personalizar”, de distinguirnos de los demás, de ser únicos con lo cual el ego adquiere dimensiones de Divinidad a la que hay que adorar sin límites. "Tengo que luchar mucho para ser yo" leo en una revista sobre Psicología, ese yo es el "ego" engrandecido y elevado a la categoría de absoluto. Otra cosa es que sea necesaria una personalidad madura para transcender el ego: la humanidad vive en el gran tabú del yo separado como dice el Vedanta Advaita: “ésta es mi verdad” -en lugar de ésta es mi opinión- frase en boga en la que se llega a sustituir la palabra “opinión” por la palabra “verdad”. ¡El colmo! Darle la fuerza de Verdad, algo permanente e imperecedero a la mera opinión, algo mudable y transitorio. O a la inversa hacer de la Verdad una mera opinión. La Sabiduría de la Fe recala hondo y apoya la certeza en la experiencia inmediata, directa y contrastada de lo “que es” más allá de los sentidos y de la mente.

El camino de descenso y el camino de ascenso se hacen uno, se hacen una pericoresis en la que, en términos cristianos, diríamos: la Trinidad, el hombre y la creación toda juegan el juego eterno, -no duradero-, de recrearse continuamente en el encuentro del Amor. Ese Amor verdadero que nace del Conocimiento del Ser: Sabiduría: percepción directa e inmediata de lo que es, conocimiento que transforma. Compasión y Fe.

José A. Carmona

Nota: utilizo algunas mayúsculas para dar énfasis a las palabras Compasión=Amor y Sabiduría=Fe

miércoles 7 de diciembre de 2011

Mi personal felicitación en esta Navidad

La celebración de la Navidad tiene para mí connotaciones entrañables y no quiero que falte en estos días una felicitación salida de mi pluma, felicitación abierta al mundo: PAZ, SHALOM a todos.

NAVIDAD 2011

Balbuceos


Pulsión.

Quietud.

Don.

Gratuidad de la existencia.

Abrazo que se abre paso entre mis egos.

Fecundidad que germina...
allá en lo hondo, descubriendo mi Yo.
Entre tinieblas.

Mar en que me baño y...
¡soy agua!

Origen sin tiempo.

Vida sin duración.

Luz que niego y...
manifiesto.

Libertad que recreándome
me recrea.

Mi Ser.

Yo, no yo.

Silencio.

Nada...

Vacío de Plenitud.




José A. Carmona

jueves 1 de diciembre de 2011

Percepción

REFLEXIÓN

El compromiso exclusivo e irrevocable con una institución religiosa, sea la que sea (catolicismo, islamismo, ateísmo, bramanismo, laicismo, religión civil, agnosticismo, marxismo, estructuralismo...) -y por lo mismo con su doctrina-dogmas, moral, con sus principios... -, lo veo como una manifiesta prueba de una falta de Fe.

Porque:

1- Cierra al hombre a toda otra visión del mundo. A cualquier nuevo enfoque.

2- Cierra al hombre a la confianza en lo desconocido, y la Fe es precisamente apertura a lo que no se conoce, ni puede conocer nuestra mente.

3- La Fe es el riesgo de la Vida, riesgo que trata de ocultar toda religión institucionalizada, aunque verbalmente pueda decir lo contrario. La Vida es riesgo. La fe excluyente: el asidero, el disfraz. La Fe no excluyente: confianza en la Vida-Misterio-Dios-Nada-el Cristo-Alá-La mente de Buda-YO (¡no José Antonio!)...


José A. Carmona Brea

miércoles 23 de noviembre de 2011

¿El hombre sólo es un animal racional, o el ser abierto al Misterio?

 ¿El hombre es el ser abierto al Misterio?


Desde que Aristóteles, a quien admiro mucho, definiera al hombre como "animal racional" y esta visión pasara a toda la filosofía posterior a través de la escolástica, el nous (la impronta de lo divino) del que nos habla Platón sufrió un parón, pienso yo. Es cierto que en los siglos anteriores a la escolástica, abundó el neoplatonismo en Occidente -con mayúscula-, pero a partir de Ibn Sina y sobre todo de Tomás de Aquino dejó de tener una influencia apreciable en el pensamiento occidental. Por ello toda la filosofía que conocemos y que recordamos de nuestra juventud nos habla de la racionalidad del hombre, sin olvidar nunca su animalidad. Ayer oí decir a Punset, el divulgador científico de moda en la actualidad en los mass media, que el hombre es un animal evolucionado. En definitiva: un animal. Por supuesto que no pienso negar esta afirmación tan común, sólo apuntar a que si consideramos al roble como una bellota evolucionada -en definitiva: una bellota- estamos empobreciendo mucho nuestra visión mental del mismo. ¡Y en este caso estamos hablando de un árbol! Mientras consideremos al humano a partir del comienzo -animal- y no como proyección hacia el final evolutivo -abierto al Absoluto- estaremos impidiendo, o al menos entorpeciendo, su propio desarrollo.

Todas las definiciones pecan por castrar aquello que es definido. Definir es construir límites, de-limitar, de-finir (finis). Y ello es bueno y necesario sobre todo para la mente científico-empírica-sensitiva, pero no lo es quedarse en ello, una vez hecha la definición hay que recuperar la globalidad. Si queremos analizar algo, lo delimitamos, pero esto conlleva perder la visión de universalidad: nos centramos en el síntoma, perdemos de vista al hombre, al ser humano. Definir es determinar la diferencia específica de algo que es común a muchos, o sea, decir: hasta aquí llega. La definición en nuestra cultura es excluyente, no mira hacia el ser, hacia lo universal, mira hacia dentro, hacia lo individual.

Así, para nosotros el hombre ha devenido un animal más desarrollado que otros simios, un animal dotado de razón: capaz de razonar. ¡Si todos los hombres fuéramos capaces de razonar! ¿Dónde quedarían la ambición, el interés económico, la homofobia, las guerras, las hambrunas...? Pero, ni eso. Y lo que entiendo más lamentable aún, muchos científicos se han dedicado a la exaltación de la animalidad solamente: el hombre es un simio con suerte. En nuestra cultura hemos cortado las alas al ser humano ¡y no puede volar! Pero, claro, volar es una mera ilusión infantil.

Mas el hombre es algo más que un animal que puede razonar. Es una vida abierta al Infinito, al Misterio, al Absoluto, una vida que va más allá de la mera persona ¡El hombre vuela! Miremos a los que han volado y podremos ver que no es una ilusión infantil: Jesús de Nazaret, Lao-Tse(i), Shankara, Buda, Mahoma, Eckhart, Teresa, Francisco, Rumi, Teresa de Calcuta, Mandela, Ghandi, Vicente Ferrer, decenas, centenas de miles, actuales todos aunque muchos hayan muerto. Volar alto, como dice Juan de la Cruz, es la esencia del hombre.

El hombre es ante todo “capax Dei” decían los neoplatónicos. Nuestro quehacer personal, y por lo mismo social, es en esencia ahondar en esta capacidad, en este Abandono, en este dejar que se abra la puerta para caer en la cuenta de que tras la apariencia es el Misterio, no meramente está. Para caer en la cuenta de que nuestra esencia es transcender lo sensible, lo razonable, lo inteligible... y palpar que somos Agua del Océano, no solamente olas, y mojarnos en Ella pues su manifestación, como olas, somos. Caer en la cuenta de que la apariencia ya es el Misterio. No existen límites, sino un Vacío de Libertad inmensa. Lo solemos llamar Dios.


José A. Carmona