La oración de petición
En este tema, como en todos, lo que tengo es una gran pregunta y alguna que otra hipótesis que quiero ir exponiendo en este escrito. Se trata de un asunto que me viene “preocupando”, y de algún modo ocupando, desde hace décadas. La liturgia católica está llena de oraciones de petición. Las eucaristías están plagadas de peticiones: primera oración -de petición- con la que se introduce la liturgia de la palabra, las plegarias de los fieles, la oración del ofertorio, la de la postcomunión, sin excluir todas las peticiones que se hacen al Padre a lo largo de la anáfora eucarística. La veneración de María como ¡intercesora entre su Hijo y los hombres! Además: las misas de difuntos, las letanías, “la Salve”, incluso el Padre Nuestro puede ser interpretado, y de hecho lo es, como una oración de petición más. Poco a poco esta inflación de peticiones a Dios está bajando en la institución, pero aún hay muchas recomendaciones: “ruegue usted por mí”... Esto lógicamente no se da en el budismo al no considerar un Dios personal, ni un Dios otro. ¡Ojo que tampoco los budistas son panteístas, ni ateos! (palabra muy desafortunada, porque todos tenemos un referente).
Ya en mi época de estudiante de teología en Salamanca sentía en mi interior repulsión ante todo esto de la oración de petición. Si Dios es omnisciente, sabe lo que necesitamos y si es todopoderoso y padre amante ¿cómo no nos va a dar lo que necesitamos? ¿qué sentido puede tener pedirle? Y si Él sabe que lo que le pedimos no nos conviene para ¿qué se lo pedimos? O es una blasfemia o una soberana tontería.
No niego en modo alguno el bien inmenso que la oración -la comunión de los santos- ha hecho y hace entre los hombres y en el cosmos, es una forma de caer en la cuenta de que el cosmos es Kosmos, es Espíritu sustrato de toda la realidad múltiple y variada que es. Ni pongo en tela de juicio la maravilla que la liturgia romana ha ido creando a lo largo de la historia. Pero critico que la liturgia se haya convertido en rubricismo, se haya anquilosado en un conservadurismo a ultranza en contra de todo progreso de la conciencia humana, hasta el punto de que la liturgia se manifieste hoy como un obstáculo para el encuentro con lo numinoso, cuando su función es ser símbolo. La reforma llevada a cabo, haciendo versión de los textos a lenguas vernáculas, ampliando las anáforas y lecturas bíblicas diversas... es un simple lavado de cara, no un cambio de conciencia por el que la liturgia se haga mediadora -no intermediaria- hoy entre lo transcendente y lo inmanente, por el que sea lo que realmente es: simbólica. Las eucaristías cada vez están más vacías, y la humanidad sigue sedienta. El hombre es un ser simbólico (Cassirer). Sería bueno y oportuno, y lo es, que las eucaristías sean en verdad “comidas de Amor”, “compartir lo que se es”, “diálogo entre los hombres”, “búsquedas del tú-yo en el Misterio”, “rastros de sangre y de vida”, “esperanza y apoyo”, “aperturas comunales de conciencia” “oración colectiva, no de individuos juntos”, "comunión con lo numinoso", "oración"... Pero, aún se mantienen en su ejercicio conceptos -no Misterios- medievales como transubstanciación, consagración, peticiones a Dios, comunión que no une nada ni a nada...
Vayamos a la oración de petición. No hablo de la oración en sí misma, sino de la llamada de petición. Esta oración es una constante en el Antiguo Testamento y abunda en el Nuevo. Baste recordar: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama le abren” (Mt 7, 7.) Lo mismo dice Lucas hablando del amigo inoportuno e insistente (Lc 11, 5-13), la oración del Padre nuestro que también recogen Mateo y Lucas (Mt 6, 9-15. Lc 11,1-4), aunque el sentido de las peticiones del mismo es el perdón de las ofensas. Por todo el Nuevo Testamento encontramos expresiones y hechos que respaldan, al menos lo parecen, las peticiones a Dios. Recuerdo que ante estos textos yo me planteaba un dilema: o Dios no es lo que me han pintado, o estos textos no pueden tener sentido. Nunca me planteé en aquellos tiempos que la Biblia pudiera no ser “Palabra de Dios” y Palabra infalible tal como se interpretaban estos conceptos: palabra y dios. Se pueden aducir, como en muchas ocasiones, textos del mismo Nuevo Testamento que contradicen lo anteriormente expuesto, como Lc 12,25 "¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, puede añadir un solo codo a su estatura?", o aquel del mismo capitulo: “No estéis con el alma en vilo buscando qué comer... ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de eso” Y si lo sabe ¿a qué viene la petición? O el de Mateo, un poco después del que aconseja la petición (Mt 6,33): “Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” Si se nos dará ¿por qué pedirlo? O acaso la petición tenga otro significado o función... Sería bueno no olvidar que la mayoría de estos consejos sobre la oración de petición están incluidos en el Sermón del Monte de Mateo, de la Llanura de Lucas, y que en el mismo se dan consejos como: “Si tu ojo derecho te pone en peligro, sacátelo y tíralo...”(Mt 5,29...). Todo entra en el mismo paquete. Todo exponiendo la mentalidad cristiana de la comunidad de Judíos-cristianos en Jerusalén, parece ser.
Yo no soy ningún experto en escrituras bíblicas, sólo sé algo de latín y griego clásico, no bíblico, y el hebreo se me ha olvidado por completo. Aunque el hecho de que pudiera conocer estas lenguas perfectamente poco cambiaría, todo ha sido estudiado hasta la saciedad, aunque no hasta el final. Basta, pues, con conocer lo estudiado, como en todo conocimiento académico. Lo que es verdaderamente necesario, más que conocer personalmente las lenguas bíblicas, es la evolución de la conciencia para abrirse a nuevos mundos también en materia bíblica. Hablaré de ello más adelante. Insinúo, empero: las palabras de la Biblia han de ser un punto de partida, nunca un final que no se puede traspasar. ¿“Roma locuta, causa finita”?.
Radolf W. Emerson, filósofo, místico y poeta de EE. UU. dice en su libro Self-reliance:
La oración que pide un bien determinado -todo lo que no sea el bien completo- está viciada. La oración es la contemplación de los hechos de la vida... Es el soliloquio de una alma contemplativa y jubilosa... Pero la oración como medio para lograr un fin privado es bajura y robo. No supone unidad en la naturaleza y en la conciencia, sino dualidad. En el momento en que el hombre se hace uno con Dios, deja de pedir. Entonces ve la oración en toda acción... (275) (La negrita es mía).
A Raimon Panikkar, teólogo y filósofo insigne, le preguntaron en cierta ocasión qué entendía él por oración, y respondió:
El acto de escuchar al Espíritu. Obedecer (ob audire =oír) la sinfonía de Dios, del Hombre y del Cosmos... No quedarse en una petición, sino estar en actitud de contribuir positivamente al funcionamiento del universo.
Para él, y yo lo veo como él, el consejo evangélico de estar permanentemente en oración - vigilad porque no sabéis el día ni la hora...- no es más que la expresión de una invariante humana tanto antropológica como ontológica y además una constante psicológica. Las almas contemplativas de todas las épocas han vivido en esa oración constante. Pero esta oración nunca ha sido petición sino una liberación real, un realizarse el ser en sí mismo. La oración es en palabras suyas la participación de la vida trinitaria en nosotros.
Y en esta misma línea -la oración de petición no es oración auténtica- podríamos traer a colación infinitud de textos de teólogos, sabios y místicos. Baste con los anteriores.
Si hoy se piensa esto, ¿dónde queda el sentido de la intercesión? ¿dónde queda esa costumbre inveterada de pedir a Dios, a la Virgen y a los Santos? ¿dónde la oración de petición tan difundida en el cristianismo? “Ora pro nobis”.
Deseo apuntar que en esta dualidad, relativamente real en la que sosmos, y en la que necesariamente se inserta la oración de petición el que pide recibe siempre algo, quizás no según su deseo, pero recibe alguna cosa, hoy lo sabemos, la recibe de su subconsciente del que su petición no es más que una proyección. Por ello el que reza por algo siente gratificación , no claridad ni comprensión, al hacerlo. Lo cual no quiere decir que en modo alguno Dios, el Misterio o lo que sea, haya “oído” y “atendido a” la petición. Es obvio -dice Krishnamurti- que lo inconmensurable no puede puede responder a lo mensurable. Dicho esto, paso a una reflexión sobre la relación nivel de conciencia-oración de petición.
El desarrollo psicológico procede nivel a nivel, etapa a etapa. Dicho desarrollo no es más que un elemento más en la globalidad en la evolución general, la cual procede igualmente nivel a nivel, por eso lo que sucede en el desarrollo en el nivel ontogénico (estudio del desarrollo del individuo) también parece que sucede del mismo modo en el filogénico (estudio de la evolución de la especie). “Estos niveles o fenómenos estratificados -dice Bateson- la psicología moderna los ha descubierto en el mundo de la mente”. Cada estrato o nivel superior engloba y abraza, o sea, transforma y transciende el nivel inferior. Por ejemplo, la biología del árbol está transcendida en la biología animal y ésta en la humana. Todos los grandes psicólogos del siglo XX -Maslow, Kolhberg, Gilligan, Gebser, Piaget...- han aportado mucho a este estudio de los niveles “de conciencia” “de realización del Sí-mismo”. Son muchas las etapas de este desarrollo, pero, como ya he referido en otros artículos las podemos resumir en tres: la etapa prerracional o prepersonal (comprende muchas etapas a su vez) a la que Gilligan llama egoísta, la racional o personal (comprende muchas otras etapas también) a la que Gilligan llama del nosotros o social, y la transracional (que comprende niveles como el psíquico, sutil, causal, no-dual) o mundicéntrica. Globalmente considerada atendiendo al nivel medio -en sentido muy lato- de las conciencias, la etapa prerracional abarca en Occidente desde los comienzos de la aparición del hombre hasta el Renacimiento en el que la razón comienza a reinar, la racional desde el Renacimiento y la Modernidad hasta los siglos XIX y XX, posteriormente ha comenzado a apuntar en algunos o muchos casos (según se mire) la etapa transracional. Sin embargo, establecer límites temporales a las etapas de la evolución de la conciencia es un poco absurdo porque coexisten siempre algunas en el mismo tiempo, y, además, todos los místicos transcendieron con creces la etapa de conciencia media de sus contemporáneos. Evidentemente Jesús de Nazaret alcanzó el nivel más alto de la evolución de la conciencia. Según algunas estadísticas recogidas por Kohlberg, Wilber, Carol Gilligan y otros, un 70% de la humanidad actual se halla aún en el nivel mítico, o peor en el nivel mágico, del desarrollo de la conciencia, que son las primeras etapas de la prerracionalidad, o sea, la mayor parte de la humanidad no ha salido de la etapa egoísta. Las subetapas posteriores prepersonales son las de pertenencia (a un grupo, un clan, una tribu, una iglesia, un equipo deportivo, una nación..., en el que deposito todo mi ser) y la agraria o neolítica, hermanada con la de pertenencia. En estas “subetapas” de lo prepersonal permanece la institución católica, y ellas son el fundamento psicológico de la oración de petición, tal como yo lo entiendo. Jesús llegó -no nació siendo el Cristo, no hay teólogo no-institucional que no lo afirme- al nivel de Identidad con el Misterio en su exaltación por Dios (el Padre) a la que llamamos resurrección. Pero, Jesús fue deudor de una cultura -en todo semejante a nosotros menos en el pecado que dice Pablo- dentro de la que comunicó su mensaje, y en esa cultura hay conceptos e interpretaciones como el sheol-hades, el fuego del infierno, los sacrificios expiatorios de animales, las plegarias y peticiones, las limosnas al templo, los milagros...¡la esclavitud! asumidos igualmente por Jesús que era judío del siglo 0.
A cada nivel de conciencia corresponde un paradigma. En nuestro caso concreto, tratamos de la oración de petición, se trata de un paradigma espiritual (o religioso) que es un aspecto del paradigma propio de esta conciencia: el prepersonal. Paradigma no racional, infantil (como dice y muestra la ontogenia), incapaz de soportar el más mínimo análisis crítico desde la racionalidad, no digamos desde la transracionalidad. Un paradigma teocrático y heterónomo.Sin duda que empezó siendo mágico y fue evolucionando, pero sin transcender los límites agrarios, teocráticos y heterónomos y siempre teñido de magia y de mitos exotéricos. Es en el que se refugia la inmensa mayoría de los que se autodenominan (con una mala utilización de las palabras) creyentes o no creyentes: ateos, (personalmente la actitud agnóstica me merece mucho respeto, aunque no la comparta. El Misterio va más allá de la razón, no es que se quede antes ni que ella lo pueda descubrir, lo pueda ni afirmar ni negar).Es el paradigma de la inmensa mayoría de los que se llaman católicos.
La llegada al nivel personal o racional (claramente ambiguo esto de lo racional como aceptan los filósofos actuales) exige per se un nuevo paradigma, un paradigma autónomo: un nuevo referente de comprensión del Kosmos, un nuevo lenguaje porque hay una nueva Visión. Nunca una negación del Espíritu (error craso de la modernidad): No puedo aceptar el Dios medieval, lo que no quiere decir que Dios no sea, sólo que de ser no puede ser lo que dice el Medievo. Comporta una nueva Visión, que no es mera interpretación sino co-creación -dicho en términos abrahámicos-, del mundo, del hombre, de Dios... de la Realidad. ¿Podríamos llamarla visión cosmoteándrica o habría que reservar este nombre para la transpersonal?.
En la etapa transpersonal o transracional, la Visión se transforma en Identidad, mejor dicho, la persona cae en la cuenta de que la Visión es Identidad. Cae en la cuenta de la Totalidad no-dual. El conocimiento deja de ser definitivamente conceptual para ser Identidad: Sabiduría. ¿Paradigma de Conciencia de unidad o identidad? ¿Paradigma de la Visión cosmoteándrica?
Y el paradigma sobre el que se construye toda la “teología” cristiana-católica, el paradigma que “es” la mente de los que escribieron las Escrituras fundantes -en las que se fundan las religiones institucionales del libro-, tanto cristianas como musulmanas, de Occidente -no tengo conocimientos para decir nada de las orientales- es el de la prerracionalidad, del infantilismo, de la incapacidad para someterse a una crítica seria de la razón (por muy ambigua que esta palabra sea), el teocrático (sea un dios, una diosa un líder, un emperador, un rey, el jefe de la tribu...o el cantante de moda, o el mejor futbolista de mi club... el theos). Quizás de ahí su dogmatismo a ultranza. Mas la Vida no es doctrina, es Sabiduría: los que no hemos caído aún en la cuenta de que somos Vida necesitamos en muchos momentos doctrina (doctrina que describe: ciencias, doctrina que explica: filosofía), pero no dogmas, el dogma es para los infantes que necesitan apoyarse incondicionalmente en sus papás. Los elementos del paradigma prepersonal se están cayendo a raudales desde hace unos siglos: Una diosa primitiva, un dios otro, todopoderoso, creador; los conceptos teológicos de la escolástica: persona, substancia, naturaleza, creación, gracia, redención, sacrificio de la cruz, satisfacción por los pecados, siete sacramentos (yo los enseñé en la facultad), postrimerías... y oración de petición.
¿Quiere esto decir que todo lo enseñado y alcanzado, todo lo realizado en la etapa prepersonal no era verdadero?
Hemos de distinguir entre verdadero y auténtico, pero antes quizás, hemos de sustituir en muchísimas ocasiones la palabra “verdadero” (que usamos con tanta frecuencia en el lenguaje coloquial) por la palabra “válido”. Verdadero ha de ser todo en cuanto que es Ser: Verdad. Válido es lo que ayuda a, tiene carácter de utilidad, pero siempre dentro del mismo nivel de conciencia. No me cabe duda de que todo lo elaborado bajo el paradigma perpersonal de pertenencia tuvo validez para quienes vivieron con esa Visión, les sirvió, aunque nunca les ayudó a superar su propia Visión. Quedaron clausurados en ella. Podemos utilizar un ejemplo para entender algo de esto. El viejo paradigma es semejante al hecho de alumbrarse con la lámpara de sebo animal que alumbraba las noches en el pasado remoto y no tan remoto (se cambia el sebo por aceite, petróleo...). El paradigma personal sería similar al hecho de alumbrarse con la luz eléctrica. No sustituir la lámpara por la luz eléctrica sería una aberración: luz eléctrica que ha llevado consigo la creación de un mundo nuevo de luces, colores, sensaciones, vida... valores, actividades, diversiones... mundo que no existía en los tiempos anteriores. Pero también luz que conlleva nuevos problemas y que por otra parte tampoco es la última palabra pues el desarrollo sigue. Los paradigmas seguirán cambiando en función del nivel de conciencia.
Auténtico es lo que empuja, siendo válido para el momento y circunstancia, a superar el nivel de conciencia, a transcender la etapa de evolución. Por ejemplo, la insatisfacción al sentirse asentado en una Visión determinada -asentado en la lámpara de aceite, en la luz eléctrica, asentado en una interpretación religiosa cargada de infantilismo al que se le llama fe...-. Según esto lo prepersonal fue (y puede seguir siendo para quien no se plantee nada más que seguir al grupo) válido, pero no cuestionárselo no tiene nada de auténtico. La oración de petición tuvo su significado, su validez -dio conformidad a mucha gente-. Pero instalarse en la oración de petición, instalarse en un paradigma superado no es auténtico, como tampoco lo puede ser instalarse en el paradigma personal. Instalarse hoy en la oración de petición no es ser auténtico en la Fe que es experiencia de aquello que siendo Yo me transciende. Nos advierte el evangelio del peligro de la instalación: “Mansionem manentem hic non habemus” predica el texto de la Vulgata.
Quiere esto decir, supongo que muchas personas no han podido soportar lo que acabo de escribir, yo tampoco lo hubiera podido hace quince años, (¿estoy diciendo disparates?) pero si aún tienen un poco de coraje me atrevo a pedirle que sigan leyendo, ¿Quiere esto decir, repito, que todo lo referente a Dios, a la religión es una chorrada para mí? En modo alguno. ¡Todo lo contrario! El Misterio es algo tan maravilloso que no lo podemos encasillar en un paradigma humano, ni en el prepersonal, ni en el personal ni en ningún otro. ¡Yo estoy prendido de Jesús, el Cristo! Pero lo quiero ver, lo quiero experimentar a través del prisma que mi conciencia, que evoluciona, tiene en estos momentos, lo quiero interpretar desde un paradigma válido para el nivel en que me encuentro, como muchos _al menos casi 2.000.000.000- en la humanidad hoy. Pensar que estoy negando que exista el horizonte es estúpido, lo que niego es que desde la orilla del mar se tenga el mismo horizonte que desde la montaña que está junto a él. Los horizontes se amplían y la Visión se engrandece. Visión que no es solamente percibir sino también co-crear. “Creatio in fieri”. El conocimiento conceptual presupone un mundo creado. La sabiduría supone transformación constante. Y sabios siempre los hubo, pero han sido y son pocos. En nuestra cultura hemos vaciado de contenido muchas cosas, entre ellas la palabra “sabio”. Sabio no es el que conoce mucho, sino el que se conoce transformándose”. Saber no es conocer, conocer es tener tener erudición, lo he repetido hasta la saciedad.
La oración de petición presupone una Visión de la Realidad basada, como digo, en un paradigma de pertenencia y neolítico en el que el Misterio aparece como un Sujeto (¿similar? a nosotros), capaz de oír las peticiones de los que tienen ¿fe? en él, de desoír las de los que tienen ¿fe? en otro, o simplemente no la tienen, capaz de cambiar las ¿leyes naturales? Aparece como un señor o ¿padre? que exige que sus hijos le pidan para darles, pese a que él lo sabe todo, que se satisface con la sangre de su Unigénito, que necesita mediadores como María y los santos... y que normalmente hace caso omiso de las peticiones que recibe. Y ¿qué te aconsejan los dirigentes espirituales cristianos si tus peticiones no son escuchadas? Tener más fe -confianza en ese ser que hemos creado por oposición a lo que somos-, o sea, más infantilismo. ¡La fe es una cosa muy seria para maltratarla de esta manera! Y al final aceptar la que llaman “voluntad de dios” ¿Qué estamos proyectando en la oración de petición? Nuestra finitud y contingencia a la vez que soñamos un Ser que no es más que un ídolo mental.
Y a la hora de acercarnos a la Biblia se nos dice por la institución católica que es la Palabra de Dios, y como la Palabra de Dios no nos puede mentir, lo dice taxativamente el concilio Vaticano I, la conclusión es clara en la Biblia solamente se dice la verdad -la doctrina del grupo-. Mas resulta que cuando los hombres nos hemos puesto a leer y estudiar la Biblia ¡Cuántas contradicciones, inexactitudes, errores, incluso aberraciones... hemos encontrado! Quizás este libro, la Biblia, no sea más que un libro de testimonios de gente que creía en Yahveh y de las comunidades que seguían lo que les habían predicado sobre el Cristo, en modo alguno un libro de oráculos en los que “ese Dios: Yahveh” proclama la verdad. Como dice Lenaers.
Después de la modernidad con la separación de la Verdad, la Bondad y lo Bello y más aún del estructuralismo y de la postmodernidad con su apertura mental hacia los contextos no podemos permanecer en paradigmas infantiles, al menos no es serio- lo serio no es lo triste y cariacontecido-. Estos nos aparecerán muy seguros, -claro: yo tengo a mi papá (¿papa?) que no se equivoca-, pero nos llevan a una idolatría sin sentido, a una ineficacia comprobada, y a una gran ignorancia del Misterio, ignorancia que estorba para percibirlo, salvo en casos de personalidad muy fuerte. Nos alejan del Cristo, de la Vida, del Amor que nace del Ser. Nos cierran en el pobre círculo de una idolatría cuando menos estéril, si no nociva.
¿La Biblia es la recopilación de la Palabra de Dios pronunciada a lo largo de la Hitoria? ¿La Biblia es un libro de testimonios? ¿Cómo entender la Biblia?
Está claro que en el paradigma prepersonal o infantil de pertenencia a la tribu (comunidad, iglesia...) el significado de Palabra de Dios no puede ser otro que conjunto de expresiones verbales y narración de acciones con las que Dios, el Todopoderoso, ha ido dirigiendo el curso de la Historia de los hombres. En este campo caben todos los sentidos dados a la Biblia a lo largo de los siglos desde el literal -propio de la ignorancia radical del medievo- hasta el simbólico -con una significación puramente conceptual de lo simbólico como lo no-real-. En todos aparece el Todopoderoso dirigiendo La Historia. Por lo tanto, hay una alteridad-dualidad: Dios-hombre. Algo que supone la fe en un Dios otro y con capacidad para corregir su propia obra: la creación.
Hay, pues, una idea de Dios, idea idolátrica como ya he expuesto en otro artículo, un concepto de un Dios hecho a capricho de los deseos humanos. Traigo a colación un pequeño párrafo de aquel artículo:
Si acudimos al Símbolo Niceno, así como a los catecismos de toda época, incluido el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por Juan Pablo II en 1997, nos encontramos con la misma concepción de “Dios”, concepción que corresponde a la polaridad opuesta a lo que el hombre “concibe como su propio sí mismo”. El hombre se siente condicionado, luego Dios es lo Incondicional, el hombre se siente contingente, luego Dios es el Absoluto, el hombre se siente temporal, luego Dios es lo Eterno... En una palabra, dice Mónica Cavallé que se trata de: “una noción de Dios concebida por el yo y que sólo tiene sentido para el yo y desde el yo”.
En cuanto a qué significa Palabra en la expresión Palabra de Dios, entiendo que se refiere fundamentalmente a la expresión verbal, más allá de la lengua, del momento y de la historicidad de lo dicho. A lo largo de los siglos de vida del cristianismo la interpretación de cómo hay que entender la “Palabra” ha variado substancialmente: ¿Comunicación?, ¿Acción?, ¿Literalidad? ¿Sensu Spirit(u)ali?... Creo que todo debido a un referente infantil: el paradigma prepersonal.
La Biblia, es la postura de autenticidad, la hemos de ver desde un paradigma más maduro (racional o transpersonal). Personalmente me parece válida la propuesta de Lenaers: Un libro de testimonios. Y en un libro de testimonios las sentencias, frases, afirmaciones, eslóganes sólo adquieren sentido en la visión global. Tomados aisladamente no tiene valor significativo. En esta visión, entiendo, cabe totalmente la interpretación de la Biblia como un libro simbólico, como lo serían el Tao, los Vedas, Al Coram, pero asumiendo el significado profundo del símbolo: no algo opuesto a lo real, sino como lo profundamente real. Símbolo es aquello que hace superar la dualidad aparente de las cosas y nos hace vivir la no-dualidad. El símbolo más auténtico de todos es el Amor. Sus expresiones físicas: abrazo, beso, caricia, cercanía, entrega de bienes... nos pueden servir de ejemplo también. La Biblia no nos cuenta una historia, entre otras cosas porque sus autores no tenían ni idea de qué era “la historia” pero es el abrazo que nos une a otros hombres que también fueron conscientes del Misterio. O quizás no eran “otros” porque no hay otros en lo Profundo, en la Conciencia de Unidad.
Además, a la hora de entender las expresiones atribuidas a Jesús, se ha de tener en cuenta, lo que ya he apuntado, Jesús era judío y su cultura era judía y del siglo 0, aunque su conciencia estuviera en el nivel más alto posible -conciencia de unidad o de identidad-. Y sobre todo se ha de tener en cuenta que los escritores de los libros del Nuevo Testamento también eran judíos, que las comunidades cuya fe es la narrada en los libros pertenecían a una etapa de conciencia prepersonal. Esto es lo que recogen los libros. No pueden hacer otra cosa. No podían exceder su nivel. Como hoy tampoco podemos exceder nuestros propios niveles. ¿No sería absurdo hablar a aquellas comunidades de la necesidad de que mi ordenador sea más rápido? No entenderían nada. La informática no entra en su paradigma, como tampoco lo hace una visión no-dual de Dios, del Misterio, ni lo deja de hacer la oración de petición. La Edad Media vino a empobrecer el nivel de conciencia y el paradigma de referencia. Y nosotros aún somos deudores.
Son muchísimas las aportaciones y reflexiones que se podrían ir añadiendo a estas, pero la brevedad en un artículo es un bien. Pienso que posiblemente lo más importante está dicho. O quizás no.
José A. Carmona
jueves, 13 de octubre de 2011
viernes, 30 de septiembre de 2011
Algo de mis vivencias y reflexiones sobre el Misterio
Unas palabras pobrísimas, pero quizás convenientes, acerca de mis vivencias del (y reflexiones sobre el) Misterio que normalmente es llamado Dios
La palabra “Dios" ha perdido totalmente su significado después de siglos de uso erróneo. ¡Ojo! no estoy despreciando lo muchísimo bueno que en 2000 años de Historia, y en otros tantos o más anteriores a los de la era cristiana se ha aportado en materia religiosa. Y sobre todo las aportaciones y vivencias de los místicos que en la Humanidad hay y han habido. Personas que nunca han vislumbrado el reino de lo sagrado han utilizado muy mal esta palabra, la usan con mucha convicción como si supieran de qué están hablando. Otros argumentan en su contra como si conocieran lo que están negando. Este uso equivocado ha dado lugar a creencias absurdas, afirmaciones y engaños que son en realidad del ego, como cuando se dice: "dios está conmigo", “yo no creo en Dios” o cuando se utiliza, a partir de Nietzsche, la expresión: "dios ha muerto”. La palabra Dios (lo mismo que sucede con las palabras Alá, Yahvé o Jehová, etc.) se ha convertido en un concepto cerrado. En cuanto se pronuncia se forma una idea, una imagen mental de alguien o algo que está fuera de ti…
Por todo ello, pienso que una verdadera postura de fe en lo numinoso nos exige una reflexión profunda y muchas meditaciones sobre ¿ese?, ¿el? Ser, Totalidad, Trinidad, La Nada…
Yo fui educado desde mi más tierna infancia bajo el signo de una múltiple significación de la palabra Dios (así con mayúsculas), múltiple pero todas las significaciones convenían en un Ser exterior y todopoderoso, que además era Trino sin dejar de ser Uno (y en este Uno y Trino tenían buena parte los conceptos matemáticos, los conceptos de cantidad). Es de advertir que ese Uno parecía más bien ser una especie de Substancia en la que confluían las Tres Divinas Personas, un ¿SuperDios? O al menos así lo percibía yo en mi infantil mente hasta el punto de que, pienso, mi superego está estructurado sobre esta palabra. Yo por mi parte siento admiración respeto y cariño por la misma, como no podría ser menos. Pero…
Allá en los finales del siglo XIX (Así habló Zaratustra: 1883-1885) Friedrich Nietzsche, malinterpretando la palabra, opino, a causa de la creencia de las masas -creencia que permanece-, apuntaba algo sobre la muerte de Dios, tiempos en los que se vivía en la institución católica bajo el papado de León XIII. Aquel papa dedicó gran parte de sus esfuerzos a dar una doctrina social con la que contrarrestar a todo el movimiento marxista que surgía en Europa como consecuencia de las obras de Marx; a la vez, y como es lógico, intentó que la institución fuera realmente fiel a sí misma en sus estructuras, en su doctrina, en sus actitudes, en sus imposiciones etc... a los fieles católicos. El mundo estaba avanzando hacia niveles de conciencia de mayor madurez que la visión mítico-agraria, pero la iglesia seguía (y sigue) agarrada a esa mentalidad arcaica, neolítica sin comprender, y ni siquiera intentarlo, los nuevos movimientos de pensamientos y de actitudes de madurez, pese a todos los errores que acompañaban, y siguen acompañando, este despertar. La influencia del filósofo teutón ha sido impresionante en todos los ámbitos del pensamiento, algo similar a lo sucedido con Marx. Quizás todo ello favorecido por una actitud institucional de las religiones, sobre todo las occidentales cristianas, que se negaban a cualquier avance de la conciencia humana, porque pensaban y piensan en gran medida que la humanidad había (ha) llegado al punto más elevado de su desarrollo. Recordemos aquello de “la revelación se cerró con el último apóstol”. Lo cual imposibilita cualquier ascensión de la conciencia hacia niveles superiores (niveles racionales, psíquico, sutil, causal...), y supone que nuestro conocimiento y saber ha de quedar reducido a repetir lo que ya dijeron los sabios ( o los tenidos como tales) anteriores; esto en concreto ha sucedido para la institución católica con Tomás de Aquino durante muchos siglos, y actualmente en los sectores más conservadores, que ha sido la meta que no se podía traspasar, pues pasarlo era caer en la herejía, o ponerse en peligro próximo de caer en ella.
Y por el contrario la nueva humanidad, la que había nacido siglos antes con el renacimiento artístico y cultural, con el pensamiento racionalista incoado por R. Decartes, continuaba avanzando hacia planos nuevos de visión del Kosmos, por lo que la institución empezó a distanciarse de la humanidad. Esta sí evolucionaba, cuando la iglesia se agarraba neuróticamente al pasado (interpretado a su manera -toda interpretación lo es-) como única tabla de salvación, negándose sencillamente a la Vida y a la Fe, que no son sino la misma Realidad, que no son sino movimiento y riesgo. Al no querer el riesgo del error se cerraba todas las puertas a una Verdad cada vez más abierta, más divina, más crística. Epígonos de esta actitud de cerrazón de espíritu fueron sobre todo algunos papas, como Pío IX, Pío X, Pío XII, Juan Pablo II y lo es Ratzinger el actual Benedicto XVI, que cuando era cardenal, azotó y fustigó sin piedad cualquier pensamiento, nacido de una experiencia nueva y no venido de lo que “siempre se ha dicho”. Muchos teólogos y grandes pensadores de mente abierta tuvieron que sufrir en sus carnes el azote de ese falso Dios defendido por el poder institucional, cuando ellos se abrían, como Jesús, el Nazareno, a una experiencia personal y abierta de ese Ser que es nuestro YO más profundo, que es el Sustrato y Fundamento de cuanto es, que es nuestro Sustrato y Fundamento, y no un Otro. Vivían la experiencia de esa Trinidad: Fuente, Agua de Vida y Cohesión de Amor, que les llevaba a encontrase con el, y dentro del, Misterio como Jesús en la transfiguración.
De este modo las religiones institucionalizadas llegaron con su actitud hermética a provocar todo el movimiento que arrasó el occidente en los años 70, el (mal) llamado de la “muerte de Dios”. Sin duda, pienso yo, se trataba de la muerte del concepto cerrado que se tenía ( y en una inmensa mayoría se sigue teniendo) de Dios en Occidente, y sobre todo en las religiones cristianas oficiales. Se da por iniciador del mismo a John A. T: Robinson, obispo anglicano, con su libro “Honest to God” que tanto dio que escribir a finales de los años sesenta y durante los setenta. En aquellos tiempos yo era un seminarista-estudiante de lo más carca. Por supuesto no leí el libro entonces. Lo hice una vez convertido.
El mismo Robinson justifica (creo que muy acertadamente) su libro, y sus conclusiones con un gran prólogo del que entresaco: “Ya que el evangelio cristiano se halla en perpetuo conflicto con las imágenes de Dios erigidas en la mente de los hombres, incluso cristianos, cuando en cada generación se esfuerzan por acotar su sentido. Estas imágenes cumplen una finalidad esencial: la de precisar lo incognoscible, la de limitar lo inagotable, para que los hombres y mujeres corrientes puedan situar su espíritu a la vera de Dios y tengan algo en qué fijar su imaginación y sus plegarias. Pero en cuanto estas imágenes se convierten en un sustituto de Dios, en cuanto llegan a ser Dios hasta el punto de ser excluido o negado todo lo que no se halla incorporado a la imagen, entonces ha nacido una nueva idolatría y una vez más ha de ser sometida a juicio”.
Detrás de la palabra Dios hay una Realidad, que no puede ser definida, ni explicada por esta palabra ni por ninguna otra, que no puede ser contenida en ningún concepto. Pero nosotros necesitamos expresarnos y poder explicarnos algo, aunque no podamos entender. Por ello los autores van probando nuevas palabras como Ser o Misterio.
Ya el mismo Plotino, uno de los grandes místicos de la historia, que alcanzó niveles muy altos de conciencia, niveles muy altos de sabiduría, afirmaba que “sin una virtud auténtica, el Dios del cual se habla es un mero nombre (àneu dé aretês àlezinès Theòs lègomenos ònomá èstin. Enéadas 9,15) ”. Ese Ser, esa Realidad que está tras la palabra y tras el (falso) concepto: Dios, está más allá de toda capacidad del entendimiento para recogerlo y para expresarlo. Esa Realidad, ese Algo es ante todo objeto de una experiencia, pero experiencia suprema, experiencia que por otra parte sería algo imposible, si ese Ser estuviera totalmente fuera de nosotros y por tanto de nuestro alcance, si ese Ser fuera sencillamente un Otro. Es más la misma palabra Ser es inadecuada, sobre todo aprehendida como concepto, a Dios no se le puede hacer prisionero de nada, mucho menos del intelecto, que sólo lee en la superficie, que no percibe la profundidad. De todos modos es una palabra menos impropia que la de Dios, porque al menos no es un concepto cerrado (por muchos siglos de uso en una cultura), sino abierto. Ser es palabra abierta, en ella tanto cabe el Vacío oriental, como el Ente occidental, en ella cabe tanto cabe lo personal como lo transpersonal, lo aprenhendido como lo conocido, cabe el Misterio con su insondabilidad… En modo alguno estoy utilizando la palabra Ser en sentido ontológico, sino en todo caso en el sentido que Heidegger da a la palabra Lichtung (el vacío que hace posible al ser). Pero, tampoco esta palabra es idónea para expresar lo numinoso, lo mistérico, mas como nos vemos en la necesidad de expresar con palabras todo lo referente a la comunicación entre los humanos, alguna palabra hemos de usar. Más inadecuada aún si tenemos en cuenta que cuanto se refiera a Dios, al Misterio, al Ser, al Vacío será una expresión oximorónica, algo muy olvidado en nuestro lenguaje a causa de la superficialidad, de la linealidad de nuestros conocimientos científicos y racionales.
Pero esta experiencia de Dios o del Ser, del Misterio, de lo Numinoso exige como nos aventura Plotino una pureza interior, un ojo de la contemplación limpio, un previo silencio interior. Es la pureza del corazón la que nos abre las puertas para poder percibir, o simplemente barruntar el Misterio, a Dios. Él sólo se comunica en el silencio del corazón, sólo el Silencio puede percibir el Silencio del Ser (como sólo el microscopio ve las células, o como sólo una mente mínimamente preparada entiende el teorema de Pitágoras), en la experiencia de una meditación-contemplación sincera -en la que la mente desaparezca en quietud- y constante, en la entrega total y abierta de todo el ser humano: cuerpo, psique y espíritu. Tal es la experiencia humana mantenida a lo largo de toda la historia, experiencia que no es exclusiva de ninguna religión, ni exclusivamente religiosa. Es una experiencia del “Hombre”.
Es una experiencia que te lleva a percibir tu propia dimensión transcendente. El Misterio es Aquello que estando tan lejano, tan más allá, está en tu interior, es más no está en tu interior, sino que lo ES. Por eso San Agustín pudo escribir aquellas palabras “Intimior intimo meo”. Mas como el ser humano no puede sino interpretar todas sus experiencias, lo mismo hace con esta suprema, por ello cualquier experiencia espiritual queda interpretada por una determinada forma de religión, o no religión, por una determinada cultura. Y es la cultura la que es recibida en la colectividad, cultura que abarca tanto lo espiritual, como lo mental y lo sensible… toda cultura no es sino una interpretación del Kosmos, un visión determinada del Universo. Con esto no estoy afirmando que todas sean igualmente válidas, pero sí todas igualmente respetables, cosa que no se ha de confundir.
Pero lo verdaderamente extraordinario de esta interpretación cultural de la experiencia suprema es que la reflexión, el discurso cultural no versa sobre un concepto, como se ha apuntado anteriormente, sino sobre un símbolo, trátese del nombre de que se trate. Y un símbolo lo es sólo cuando simboliza, cuando reúne en un abrazo íntimo dos partes que son complementarias. No se trata de un discurso o reflexión sobre un concepto. Estamos muy resabiados en nuestra visión conceptual de todo cuanto es, y esto nos impide a veces abrirnos al poder simbólico de nosotros mismos. Es más nos confundimos y queremos reducir a conceptos lo que son símbolos, como en este caso el nombre dado al fenómeno de la experiencia suprema, y a la Realidad -en la que somos y de la que somos manifestación- que en ella barruntamos, que en verdad no es sino la experiencia de la Vida, la experiencia de identidad con la misma. Alá tiene el mismo poder simbólico para un musulmán, que Buda para un budista, que Cristo para un cristiano, o el Sin nombre para cualquiera, pertenezca o no a una forma de religión.
Por supuesto que ni Dios, ni Alá, ni Ser, ni Misterio, ninguna palabra puede definir lo indefinible, la vastedad inefable que está detrás de estas palabras. En todo caso lo único importante es saber si la palabra ayuda o dificulta la experiencia de Eso hacia lo que la palabra apunta. Si la palabra es un concepto mental abierto, o sea, si es meramente símbolo, o cerrado, si es simplemente un concepto. En este sentido yo me inclino por la palabra Misterio: aquella Realidad que siendo nuestra más profunda esencia, no puede ser objeto de nada, mucho menos de nuestra mente, sino que es la Vida, su Sentido. Creo que la expresión Misterio es más abierta, no señala nada y lo hace hacia Todo. Lo malo es que tenemos la mente acostumbrada a entender la palabra misterio como aquello que no puede ser explicado, para lo que no tenemos explicación, con lo que la reducimos de nuevo a un concepto, a una percepción intelectual. Cuando Misterio es Aquello en lo que hemos de sumergirnos totalmente porque es Vivir, es el Vacío en el que todo es y Todo es, es la Consciencia fundamento del que es y de lo que no es. Es lo que no sabemos, ni podremos saber (no meramente conocer) porque somos él. Misterio es Vida, Amor indefinible y a su vez es Nada. No sé qué es. Lo vivo.
Pese a todo hemos de hablar de la experiencia suprema, es el único modo de comunicarla a los demás hombres, la interpretación de la experiencia es algo a lo que nos impulsa nuestra mente racional, nuestra personalidad humana, y es algo bueno y necesario. Comunicamos nuestras experiencias principalmente por las palabras. Mas tengamos en cuenta que al hablar de la experiencia suprema la misma palabra Dios (y cualquier otra) es ya tendenciosa, puesto que la experiencia no cabe ni en la mente, ni en las palabras.
La experiencia de la humanidad, expresada por casi todas las tradiciones religiosas, ha llamado con muchos nombres a esta Realidad que nosotros llamamos Dios. Esta palabra procede del sánscrito (dyau) y tiene un significado que hace referencia a la luz, la luz que nos permite vivir. No es de extrañar que el sol se acepte universalmente como un símbolo de lo Divino .
Mi visión de lo Divino ha ido cambiando de forma clara a lo largo de mis años. No voy a escribir nada sobre mi forma de entender a Dios en el pasado, sino sobre lo que vibra dentro de mí actualmente en los momentos en los tomo algo de conciencia del Misterio que da sentido a mi vida, en el que soy.
Y esta es la primera vibración, la primera experiencia (interpretada) que percibo:
1- Dios, el Misterio no es alguna cosa, un Ente con una serie de atributos como omnipotencia, omnipresencia, infinitud… como ha sido el llamado Dios de los filósofos (Ens supremus), sino que es la cuestión radical de mi existencia. Yo me pregunto por el sentido de mi vida, por el destino de la tierra, del universo, por la necesidad o no necesidad de un fundamento... Se trata de la última pregunta de cuya respuesta depende el sentido de cuando es.
La segunda es
2-. Antes de poder hablar del Misterio he de tener un previo silencio interior. Cada forma de conocimiento, cada saber tiene sus propios principios epistemológicos, su propio método, por ejemplo: Son necesarios telescopios muy potentes para poder estudiar los astros, es necesaria la lógica matemática para estudiar los números... Es imprescindible saber escuchar la voz de la transcendencia en el interior para poder hablar de Dios. Para ello es necesario tener un corazón puro, se ha de callar la mente y los sentidos para que se pueda percibir con el ojo de la contemplación (el tercer ojo de los victorinos, Buenaventura... de los tibetanos) la densidad de la presencia del Misterio en nosotros mismos y en la realidad toda (cosmos con minúscula). Se ha de transcender lo que captan los sentidos y la inteligencia para entrever a Dios presente en todo, o sea, se ha de perforar la cáscara sensitiva e intelectual de la realidad para encontrar la semilla anidada dentro.
La tercera experiencia
3- Dios no es una cosa y por tanto la forma de hablar de Él es distinta a la forma de hablar de cualquier otra cosa. Dios no es una cosa, como se ha dicho anteriormente. No hay parámetros adecuados para hablar de esta Realidad que llamamos Dios o Misterio. El lenguaje sobre Él es inequiparable al resto de lenguajes humanos. No podemos hablar de Dios de forma científica, pero sí desde una experiencia íntima compartida con otros hombres.
El lenguaje sobre Él no es una especialidad elitista. Es nuestro propio ser el único mediador en esta experiencia en cierto modo inefable. Dios no está a favor de unos y en contra de otros como tantas veces se ha querido hacer ver en la historia, sino que está en todos y cada uno. Pretender situar a Dios de parte de algunos es simplemente una blasfemia.
La cuarta experiencia
4- Dios no es monopolio de ninguna tradición. Como tampoco es objeto de pensamiento. Cualquier intento de hacerlo prisionero de una ideología, como ha hecho la institución católica (“extra ecclesiam nulla salus”), por ejemplo, es una barbaridad y una idolatría. Es no hablar de un ídolo.
Esto no quiere decir que los cristianos no puedan hablar en nombre de Cristo, como los budistas de Buda…, pero no en nombre de Dios. Este nombre ha de ser un símbolo que elimine cualquier intento de absolutismo y totalitarismo, un símbolo que ilumine la contingencia de toda acción humana.
Por eso
La quinta experiencia
5- Dios no puede ser objeto de conocimiento ni de ningún tipo de creencia. La palabra Dios, o Misterio, es sencillamente un símbolo, no un concepto, ni un objeto. Ya lo he expuesto en este escrito.
El símbolo a diferencia del concepto es eminentemente relativo, o sea, que relaciona a dos elementos que “llamamos” -en nuestra mente dual- sujeto y objeto, y tan sólo es símbolo cuando realmente simboliza el objeto para el sujeto. Por tanto, es concreto, subjetivo y no universal, sólo es símbolo para quien lo percibe, para quien está dentro de la comunión sujeto-objeto, nunca para todos. Lo contrario a lo que es el concepto que sí es universal. Pero más que subjetivo el símbolo es subjetivo-objetivo, pues constitutivamente es una relación entre el sujeto y el objeto. Dios no es objeto de información, la palabra Dios no transmite información alguna, si lo hiciera querría decir que hemos creado un ídolo mental.
La sexta experiencia
6- La palabra Dios no es el único símbolo de lo Divino , es más ni tan sólo es necesaria. Puede ser para nosotros los cristianos occidentales muy importante, pero ello no nos da derecho a universalizar nuestra perspectiva ni en éste, ni en cualquier otro caso. Sería una extrapolación injustificada. ¡Hemos hecho, y seguimos haciendo, tantas en la historia! Cada cultura tiene sus símbolos propios y en todas se da esa experiencia suprema que luego es interpretada.
Las visiones de la relación Dios-Mundo
Lo que pretendo en este escrito es ir expresando la evolución de mi conciencia, o el desarrollo de la concreción de la conciencia que soy Yo. Y por lo mismo mi intención es expresar la visión cristiana del Misterio que me inunda. Este escrito, por tanto, está imbuido de valores, ideas y cultura cristianos.
Para acercarse a una posible experiencia cristiana de Dios, es necesario situar el lugar de Dios (Realidad) en la conciencia humana, también en la mía, la relación de Dios con el mundo, pues es en este mundo donde aparece el hecho cristiano.
La conciencia humana ha entendido, según aparece en la historia de los hombres, la relación de Dios con el mundo según tres esquemas principalmente:
La visión monista; la visión dualista; la visión no-dualista
La visión monista afirma que todo es Dios, y al ser todo Dios es inevitable tener experiencia de Dios porque tenemos experiencia de las cosas (Dios en esta visión). No hay más Dios que esta naturaleza. Es el panteísmo para el que no existe de hecho distinción entre criatura y creador.
La visión dualista afirma que Dios es el Otro, absolutamente Otro. Nosotros los hombres tenemos experiencia de Dios como del Otro, y la relación de Dios con el mundo es entendida como una relación de razón. En este sentido abunda el tomismo que ha sido doctrina de la teología de la institución católica durante siglos, y sigue siéndolo en gran medida.
La visión no-dualista afirma que la divinidad no está separada de la realidad mundana, mejor diría, del resto de la realidad, pero tampoco se identifica totalmente con ella. Dios no es ni Identidad (monismo), ni Alteridad (dualismo), es Trinidad (no entendida como número, sino como relación). Dios en sí mismo no es. Dios es relación a, es íntima relación interna con todo.
Intentar argumentar con la razón a favor o en contra de cualquiera de estas visiones es imposible. Intentar argumentar con la razón en este tema, sería divinizar la razón, con lo cual ya habría optado por una visión concreta. Es una cuestión necesariamente abierta. Somos humanos y tenemos que razonar y buscar la opción que más nos satisfaga, pero no podemos concluir nada definitivo.
Concepción cristiana de la divinidad
Creo que dicha concepción nos lleva a la visión no-dual, que es la más difundida entre las formas de espiritualidad de Asia.
Los dos grandes misterios de la concepción cristiana de la divinidad son la Encarnación y la Trinidad. En la encarnación Cristo no es solamente Dios, ni solamente hombre, tampoco es mitad Dios, mitad hombre, es Hombre-Dios y Dios-Hombre, algo que no encaja en una visión de un Dios totalmente otro, ni en un Dios que ya lo es todo, pues Cristo ya no sería un Misterio.
La Trinidad es un claro desafío tanto al monismo, como al dualismo. Si existe un solo Dios, la Trinidad es superflua, sería un simple modalismo de la Divinidad. Y si hay tres dioses, sería una aberración. Dios no es ni uno ni tres, Dios no se deja encasillar en los números, el Misterio está mucho más allá de ellos ónticamente. Dice San Agustín: “Qui incipit numerare, incipit errare”. Ni el número matemático de tres, ni los conceptos ontológicos de substancia y persona se pueden aplicar a Dios. El concepto de persona aplicado a la Trinidad es equívoco, ni unívoco, ni análogo, o sea, es una concesión al lenguaje, porque de alguna manera tenemos que expresarnos.
La diferencia entre las personas, repito que es un nombre como cualquier otro posible por ejemplo: aspiración, cuerpo, astro… es infinita. Decir que Dios es uno no es hablar del número, sino de que la razón humana no puede reducir la realidad a uno, dice Panikkar. En el monoteísmo se da una Realidad única, un solo Ser infinito que comprende toda la realidad, no sucede lo mismo en la visión trinitaria, aunque no se trate de que haya tres dioses. Esto es el no-dualismo. Negar constantemente la dualidad, negarnos a cerrar todo proceso en un solo Ser, y aceptar conscientemente el querer comprenderlo todo. El Misterio de la Realidad es apofático, insondable, tan sólo la experiencia mística se acerca a él y muy limitadament.
Hablar de las tres personas es hablar de relación, no de substancias: la Fuente (Origen, Padre) que engendra la Vida (El Verbo, el Cristo, la Vida) y el Amor (Espíritu) mutuo entre la Vida y el Padre. Se trata de un dinamismo eterno, sin tiempo, de una perichoresis (movimiento circular) en la que la creación entera participa, como afirma en toda su obra R. Panikkar.
Traigo a colación unas palabras suyas. “El descobriment del Déu tri cristià, que no és el Déu monoteista dels jueus… és el gran desafiament teològic del cristianisme en el tercer mil·lenni.” (El descubrimiento del Dios trino cristiano, que no es el Dios monoteísta de los judíos... es el gran desafío teológico del tercer milenio).
Quiero terminar con un texto del Pseudo Dionisio, tan apofático en su espiritualidad y en su teología, pues todo lo dicho es en sí mismo pura paja, como afirmó Tomás de Aquino de su obra teológica.
“Yendo a un nivel todavía más alto, afirmamos que (Dios) no es el alma, ni mente, ni objeto de conocimiento, tampoco tiene opinión, ni razón, ni intelecto; asimismo carece de razón, de pensamiento y no es enunciable ni cognoscible; tampoco es número, orden, grandeza, pequeñez, igualdad, desigualdad, similitud, ni disímil; no está quieto ni en movimiento, ni permanece inmóvil; tampoco goza de poder, ni es poder, ni luz; no vive, ni es vida, no es un ser, ni eterno, ni tiempo, ni su tacto es cognoscible; tampoco es conocimiento, ni verdad, ni dominio, ni sabiduría, ni uno, ni unicidad, ni divinidad, ni bondad; tampoco es espíritu tal como podemos entenderlo, ni filiación, ni paternidad, ni nada conocido por nosotros, ni por cualquier otra criatura… tampoco es oscuridad, ni luz, ni falsedad, ni verdad; tampoco existe ninguna afirmación ni negación completa que se pueda hacer acerca de Él.”
Este escrito juntamente con aquel otro en el que me profeso cristiano, y que titulo Identidad cristiana, son los dos textos fundamentales en los que hablo de mi propia identidad espiritual, de mi fe cristiana.
José A. Carmona
La palabra “Dios" ha perdido totalmente su significado después de siglos de uso erróneo. ¡Ojo! no estoy despreciando lo muchísimo bueno que en 2000 años de Historia, y en otros tantos o más anteriores a los de la era cristiana se ha aportado en materia religiosa. Y sobre todo las aportaciones y vivencias de los místicos que en la Humanidad hay y han habido. Personas que nunca han vislumbrado el reino de lo sagrado han utilizado muy mal esta palabra, la usan con mucha convicción como si supieran de qué están hablando. Otros argumentan en su contra como si conocieran lo que están negando. Este uso equivocado ha dado lugar a creencias absurdas, afirmaciones y engaños que son en realidad del ego, como cuando se dice: "dios está conmigo", “yo no creo en Dios” o cuando se utiliza, a partir de Nietzsche, la expresión: "dios ha muerto”. La palabra Dios (lo mismo que sucede con las palabras Alá, Yahvé o Jehová, etc.) se ha convertido en un concepto cerrado. En cuanto se pronuncia se forma una idea, una imagen mental de alguien o algo que está fuera de ti…
Por todo ello, pienso que una verdadera postura de fe en lo numinoso nos exige una reflexión profunda y muchas meditaciones sobre ¿ese?, ¿el? Ser, Totalidad, Trinidad, La Nada…
Yo fui educado desde mi más tierna infancia bajo el signo de una múltiple significación de la palabra Dios (así con mayúsculas), múltiple pero todas las significaciones convenían en un Ser exterior y todopoderoso, que además era Trino sin dejar de ser Uno (y en este Uno y Trino tenían buena parte los conceptos matemáticos, los conceptos de cantidad). Es de advertir que ese Uno parecía más bien ser una especie de Substancia en la que confluían las Tres Divinas Personas, un ¿SuperDios? O al menos así lo percibía yo en mi infantil mente hasta el punto de que, pienso, mi superego está estructurado sobre esta palabra. Yo por mi parte siento admiración respeto y cariño por la misma, como no podría ser menos. Pero…
Allá en los finales del siglo XIX (Así habló Zaratustra: 1883-1885) Friedrich Nietzsche, malinterpretando la palabra, opino, a causa de la creencia de las masas -creencia que permanece-, apuntaba algo sobre la muerte de Dios, tiempos en los que se vivía en la institución católica bajo el papado de León XIII. Aquel papa dedicó gran parte de sus esfuerzos a dar una doctrina social con la que contrarrestar a todo el movimiento marxista que surgía en Europa como consecuencia de las obras de Marx; a la vez, y como es lógico, intentó que la institución fuera realmente fiel a sí misma en sus estructuras, en su doctrina, en sus actitudes, en sus imposiciones etc... a los fieles católicos. El mundo estaba avanzando hacia niveles de conciencia de mayor madurez que la visión mítico-agraria, pero la iglesia seguía (y sigue) agarrada a esa mentalidad arcaica, neolítica sin comprender, y ni siquiera intentarlo, los nuevos movimientos de pensamientos y de actitudes de madurez, pese a todos los errores que acompañaban, y siguen acompañando, este despertar. La influencia del filósofo teutón ha sido impresionante en todos los ámbitos del pensamiento, algo similar a lo sucedido con Marx. Quizás todo ello favorecido por una actitud institucional de las religiones, sobre todo las occidentales cristianas, que se negaban a cualquier avance de la conciencia humana, porque pensaban y piensan en gran medida que la humanidad había (ha) llegado al punto más elevado de su desarrollo. Recordemos aquello de “la revelación se cerró con el último apóstol”. Lo cual imposibilita cualquier ascensión de la conciencia hacia niveles superiores (niveles racionales, psíquico, sutil, causal...), y supone que nuestro conocimiento y saber ha de quedar reducido a repetir lo que ya dijeron los sabios ( o los tenidos como tales) anteriores; esto en concreto ha sucedido para la institución católica con Tomás de Aquino durante muchos siglos, y actualmente en los sectores más conservadores, que ha sido la meta que no se podía traspasar, pues pasarlo era caer en la herejía, o ponerse en peligro próximo de caer en ella.
Y por el contrario la nueva humanidad, la que había nacido siglos antes con el renacimiento artístico y cultural, con el pensamiento racionalista incoado por R. Decartes, continuaba avanzando hacia planos nuevos de visión del Kosmos, por lo que la institución empezó a distanciarse de la humanidad. Esta sí evolucionaba, cuando la iglesia se agarraba neuróticamente al pasado (interpretado a su manera -toda interpretación lo es-) como única tabla de salvación, negándose sencillamente a la Vida y a la Fe, que no son sino la misma Realidad, que no son sino movimiento y riesgo. Al no querer el riesgo del error se cerraba todas las puertas a una Verdad cada vez más abierta, más divina, más crística. Epígonos de esta actitud de cerrazón de espíritu fueron sobre todo algunos papas, como Pío IX, Pío X, Pío XII, Juan Pablo II y lo es Ratzinger el actual Benedicto XVI, que cuando era cardenal, azotó y fustigó sin piedad cualquier pensamiento, nacido de una experiencia nueva y no venido de lo que “siempre se ha dicho”. Muchos teólogos y grandes pensadores de mente abierta tuvieron que sufrir en sus carnes el azote de ese falso Dios defendido por el poder institucional, cuando ellos se abrían, como Jesús, el Nazareno, a una experiencia personal y abierta de ese Ser que es nuestro YO más profundo, que es el Sustrato y Fundamento de cuanto es, que es nuestro Sustrato y Fundamento, y no un Otro. Vivían la experiencia de esa Trinidad: Fuente, Agua de Vida y Cohesión de Amor, que les llevaba a encontrase con el, y dentro del, Misterio como Jesús en la transfiguración.
De este modo las religiones institucionalizadas llegaron con su actitud hermética a provocar todo el movimiento que arrasó el occidente en los años 70, el (mal) llamado de la “muerte de Dios”. Sin duda, pienso yo, se trataba de la muerte del concepto cerrado que se tenía ( y en una inmensa mayoría se sigue teniendo) de Dios en Occidente, y sobre todo en las religiones cristianas oficiales. Se da por iniciador del mismo a John A. T: Robinson, obispo anglicano, con su libro “Honest to God” que tanto dio que escribir a finales de los años sesenta y durante los setenta. En aquellos tiempos yo era un seminarista-estudiante de lo más carca. Por supuesto no leí el libro entonces. Lo hice una vez convertido.
El mismo Robinson justifica (creo que muy acertadamente) su libro, y sus conclusiones con un gran prólogo del que entresaco: “Ya que el evangelio cristiano se halla en perpetuo conflicto con las imágenes de Dios erigidas en la mente de los hombres, incluso cristianos, cuando en cada generación se esfuerzan por acotar su sentido. Estas imágenes cumplen una finalidad esencial: la de precisar lo incognoscible, la de limitar lo inagotable, para que los hombres y mujeres corrientes puedan situar su espíritu a la vera de Dios y tengan algo en qué fijar su imaginación y sus plegarias. Pero en cuanto estas imágenes se convierten en un sustituto de Dios, en cuanto llegan a ser Dios hasta el punto de ser excluido o negado todo lo que no se halla incorporado a la imagen, entonces ha nacido una nueva idolatría y una vez más ha de ser sometida a juicio”.
Detrás de la palabra Dios hay una Realidad, que no puede ser definida, ni explicada por esta palabra ni por ninguna otra, que no puede ser contenida en ningún concepto. Pero nosotros necesitamos expresarnos y poder explicarnos algo, aunque no podamos entender. Por ello los autores van probando nuevas palabras como Ser o Misterio.
Ya el mismo Plotino, uno de los grandes místicos de la historia, que alcanzó niveles muy altos de conciencia, niveles muy altos de sabiduría, afirmaba que “sin una virtud auténtica, el Dios del cual se habla es un mero nombre (àneu dé aretês àlezinès Theòs lègomenos ònomá èstin. Enéadas 9,15) ”. Ese Ser, esa Realidad que está tras la palabra y tras el (falso) concepto: Dios, está más allá de toda capacidad del entendimiento para recogerlo y para expresarlo. Esa Realidad, ese Algo es ante todo objeto de una experiencia, pero experiencia suprema, experiencia que por otra parte sería algo imposible, si ese Ser estuviera totalmente fuera de nosotros y por tanto de nuestro alcance, si ese Ser fuera sencillamente un Otro. Es más la misma palabra Ser es inadecuada, sobre todo aprehendida como concepto, a Dios no se le puede hacer prisionero de nada, mucho menos del intelecto, que sólo lee en la superficie, que no percibe la profundidad. De todos modos es una palabra menos impropia que la de Dios, porque al menos no es un concepto cerrado (por muchos siglos de uso en una cultura), sino abierto. Ser es palabra abierta, en ella tanto cabe el Vacío oriental, como el Ente occidental, en ella cabe tanto cabe lo personal como lo transpersonal, lo aprenhendido como lo conocido, cabe el Misterio con su insondabilidad… En modo alguno estoy utilizando la palabra Ser en sentido ontológico, sino en todo caso en el sentido que Heidegger da a la palabra Lichtung (el vacío que hace posible al ser). Pero, tampoco esta palabra es idónea para expresar lo numinoso, lo mistérico, mas como nos vemos en la necesidad de expresar con palabras todo lo referente a la comunicación entre los humanos, alguna palabra hemos de usar. Más inadecuada aún si tenemos en cuenta que cuanto se refiera a Dios, al Misterio, al Ser, al Vacío será una expresión oximorónica, algo muy olvidado en nuestro lenguaje a causa de la superficialidad, de la linealidad de nuestros conocimientos científicos y racionales.
Pero esta experiencia de Dios o del Ser, del Misterio, de lo Numinoso exige como nos aventura Plotino una pureza interior, un ojo de la contemplación limpio, un previo silencio interior. Es la pureza del corazón la que nos abre las puertas para poder percibir, o simplemente barruntar el Misterio, a Dios. Él sólo se comunica en el silencio del corazón, sólo el Silencio puede percibir el Silencio del Ser (como sólo el microscopio ve las células, o como sólo una mente mínimamente preparada entiende el teorema de Pitágoras), en la experiencia de una meditación-contemplación sincera -en la que la mente desaparezca en quietud- y constante, en la entrega total y abierta de todo el ser humano: cuerpo, psique y espíritu. Tal es la experiencia humana mantenida a lo largo de toda la historia, experiencia que no es exclusiva de ninguna religión, ni exclusivamente religiosa. Es una experiencia del “Hombre”.
Es una experiencia que te lleva a percibir tu propia dimensión transcendente. El Misterio es Aquello que estando tan lejano, tan más allá, está en tu interior, es más no está en tu interior, sino que lo ES. Por eso San Agustín pudo escribir aquellas palabras “Intimior intimo meo”. Mas como el ser humano no puede sino interpretar todas sus experiencias, lo mismo hace con esta suprema, por ello cualquier experiencia espiritual queda interpretada por una determinada forma de religión, o no religión, por una determinada cultura. Y es la cultura la que es recibida en la colectividad, cultura que abarca tanto lo espiritual, como lo mental y lo sensible… toda cultura no es sino una interpretación del Kosmos, un visión determinada del Universo. Con esto no estoy afirmando que todas sean igualmente válidas, pero sí todas igualmente respetables, cosa que no se ha de confundir.
Pero lo verdaderamente extraordinario de esta interpretación cultural de la experiencia suprema es que la reflexión, el discurso cultural no versa sobre un concepto, como se ha apuntado anteriormente, sino sobre un símbolo, trátese del nombre de que se trate. Y un símbolo lo es sólo cuando simboliza, cuando reúne en un abrazo íntimo dos partes que son complementarias. No se trata de un discurso o reflexión sobre un concepto. Estamos muy resabiados en nuestra visión conceptual de todo cuanto es, y esto nos impide a veces abrirnos al poder simbólico de nosotros mismos. Es más nos confundimos y queremos reducir a conceptos lo que son símbolos, como en este caso el nombre dado al fenómeno de la experiencia suprema, y a la Realidad -en la que somos y de la que somos manifestación- que en ella barruntamos, que en verdad no es sino la experiencia de la Vida, la experiencia de identidad con la misma. Alá tiene el mismo poder simbólico para un musulmán, que Buda para un budista, que Cristo para un cristiano, o el Sin nombre para cualquiera, pertenezca o no a una forma de religión.
Por supuesto que ni Dios, ni Alá, ni Ser, ni Misterio, ninguna palabra puede definir lo indefinible, la vastedad inefable que está detrás de estas palabras. En todo caso lo único importante es saber si la palabra ayuda o dificulta la experiencia de Eso hacia lo que la palabra apunta. Si la palabra es un concepto mental abierto, o sea, si es meramente símbolo, o cerrado, si es simplemente un concepto. En este sentido yo me inclino por la palabra Misterio: aquella Realidad que siendo nuestra más profunda esencia, no puede ser objeto de nada, mucho menos de nuestra mente, sino que es la Vida, su Sentido. Creo que la expresión Misterio es más abierta, no señala nada y lo hace hacia Todo. Lo malo es que tenemos la mente acostumbrada a entender la palabra misterio como aquello que no puede ser explicado, para lo que no tenemos explicación, con lo que la reducimos de nuevo a un concepto, a una percepción intelectual. Cuando Misterio es Aquello en lo que hemos de sumergirnos totalmente porque es Vivir, es el Vacío en el que todo es y Todo es, es la Consciencia fundamento del que es y de lo que no es. Es lo que no sabemos, ni podremos saber (no meramente conocer) porque somos él. Misterio es Vida, Amor indefinible y a su vez es Nada. No sé qué es. Lo vivo.
Pese a todo hemos de hablar de la experiencia suprema, es el único modo de comunicarla a los demás hombres, la interpretación de la experiencia es algo a lo que nos impulsa nuestra mente racional, nuestra personalidad humana, y es algo bueno y necesario. Comunicamos nuestras experiencias principalmente por las palabras. Mas tengamos en cuenta que al hablar de la experiencia suprema la misma palabra Dios (y cualquier otra) es ya tendenciosa, puesto que la experiencia no cabe ni en la mente, ni en las palabras.
La experiencia de la humanidad, expresada por casi todas las tradiciones religiosas, ha llamado con muchos nombres a esta Realidad que nosotros llamamos Dios. Esta palabra procede del sánscrito (dyau) y tiene un significado que hace referencia a la luz, la luz que nos permite vivir. No es de extrañar que el sol se acepte universalmente como un símbolo de lo Divino .
Mi visión de lo Divino ha ido cambiando de forma clara a lo largo de mis años. No voy a escribir nada sobre mi forma de entender a Dios en el pasado, sino sobre lo que vibra dentro de mí actualmente en los momentos en los tomo algo de conciencia del Misterio que da sentido a mi vida, en el que soy.
Y esta es la primera vibración, la primera experiencia (interpretada) que percibo:
1- Dios, el Misterio no es alguna cosa, un Ente con una serie de atributos como omnipotencia, omnipresencia, infinitud… como ha sido el llamado Dios de los filósofos (Ens supremus), sino que es la cuestión radical de mi existencia. Yo me pregunto por el sentido de mi vida, por el destino de la tierra, del universo, por la necesidad o no necesidad de un fundamento... Se trata de la última pregunta de cuya respuesta depende el sentido de cuando es.
La segunda es
2-. Antes de poder hablar del Misterio he de tener un previo silencio interior. Cada forma de conocimiento, cada saber tiene sus propios principios epistemológicos, su propio método, por ejemplo: Son necesarios telescopios muy potentes para poder estudiar los astros, es necesaria la lógica matemática para estudiar los números... Es imprescindible saber escuchar la voz de la transcendencia en el interior para poder hablar de Dios. Para ello es necesario tener un corazón puro, se ha de callar la mente y los sentidos para que se pueda percibir con el ojo de la contemplación (el tercer ojo de los victorinos, Buenaventura... de los tibetanos) la densidad de la presencia del Misterio en nosotros mismos y en la realidad toda (cosmos con minúscula). Se ha de transcender lo que captan los sentidos y la inteligencia para entrever a Dios presente en todo, o sea, se ha de perforar la cáscara sensitiva e intelectual de la realidad para encontrar la semilla anidada dentro.
La tercera experiencia
3- Dios no es una cosa y por tanto la forma de hablar de Él es distinta a la forma de hablar de cualquier otra cosa. Dios no es una cosa, como se ha dicho anteriormente. No hay parámetros adecuados para hablar de esta Realidad que llamamos Dios o Misterio. El lenguaje sobre Él es inequiparable al resto de lenguajes humanos. No podemos hablar de Dios de forma científica, pero sí desde una experiencia íntima compartida con otros hombres.
El lenguaje sobre Él no es una especialidad elitista. Es nuestro propio ser el único mediador en esta experiencia en cierto modo inefable. Dios no está a favor de unos y en contra de otros como tantas veces se ha querido hacer ver en la historia, sino que está en todos y cada uno. Pretender situar a Dios de parte de algunos es simplemente una blasfemia.
La cuarta experiencia
4- Dios no es monopolio de ninguna tradición. Como tampoco es objeto de pensamiento. Cualquier intento de hacerlo prisionero de una ideología, como ha hecho la institución católica (“extra ecclesiam nulla salus”), por ejemplo, es una barbaridad y una idolatría. Es no hablar de un ídolo.
Esto no quiere decir que los cristianos no puedan hablar en nombre de Cristo, como los budistas de Buda…, pero no en nombre de Dios. Este nombre ha de ser un símbolo que elimine cualquier intento de absolutismo y totalitarismo, un símbolo que ilumine la contingencia de toda acción humana.
Por eso
La quinta experiencia
5- Dios no puede ser objeto de conocimiento ni de ningún tipo de creencia. La palabra Dios, o Misterio, es sencillamente un símbolo, no un concepto, ni un objeto. Ya lo he expuesto en este escrito.
El símbolo a diferencia del concepto es eminentemente relativo, o sea, que relaciona a dos elementos que “llamamos” -en nuestra mente dual- sujeto y objeto, y tan sólo es símbolo cuando realmente simboliza el objeto para el sujeto. Por tanto, es concreto, subjetivo y no universal, sólo es símbolo para quien lo percibe, para quien está dentro de la comunión sujeto-objeto, nunca para todos. Lo contrario a lo que es el concepto que sí es universal. Pero más que subjetivo el símbolo es subjetivo-objetivo, pues constitutivamente es una relación entre el sujeto y el objeto. Dios no es objeto de información, la palabra Dios no transmite información alguna, si lo hiciera querría decir que hemos creado un ídolo mental.
La sexta experiencia
6- La palabra Dios no es el único símbolo de lo Divino , es más ni tan sólo es necesaria. Puede ser para nosotros los cristianos occidentales muy importante, pero ello no nos da derecho a universalizar nuestra perspectiva ni en éste, ni en cualquier otro caso. Sería una extrapolación injustificada. ¡Hemos hecho, y seguimos haciendo, tantas en la historia! Cada cultura tiene sus símbolos propios y en todas se da esa experiencia suprema que luego es interpretada.
Las visiones de la relación Dios-Mundo
Lo que pretendo en este escrito es ir expresando la evolución de mi conciencia, o el desarrollo de la concreción de la conciencia que soy Yo. Y por lo mismo mi intención es expresar la visión cristiana del Misterio que me inunda. Este escrito, por tanto, está imbuido de valores, ideas y cultura cristianos.
Para acercarse a una posible experiencia cristiana de Dios, es necesario situar el lugar de Dios (Realidad) en la conciencia humana, también en la mía, la relación de Dios con el mundo, pues es en este mundo donde aparece el hecho cristiano.
La conciencia humana ha entendido, según aparece en la historia de los hombres, la relación de Dios con el mundo según tres esquemas principalmente:
La visión monista; la visión dualista; la visión no-dualista
La visión monista afirma que todo es Dios, y al ser todo Dios es inevitable tener experiencia de Dios porque tenemos experiencia de las cosas (Dios en esta visión). No hay más Dios que esta naturaleza. Es el panteísmo para el que no existe de hecho distinción entre criatura y creador.
La visión dualista afirma que Dios es el Otro, absolutamente Otro. Nosotros los hombres tenemos experiencia de Dios como del Otro, y la relación de Dios con el mundo es entendida como una relación de razón. En este sentido abunda el tomismo que ha sido doctrina de la teología de la institución católica durante siglos, y sigue siéndolo en gran medida.
La visión no-dualista afirma que la divinidad no está separada de la realidad mundana, mejor diría, del resto de la realidad, pero tampoco se identifica totalmente con ella. Dios no es ni Identidad (monismo), ni Alteridad (dualismo), es Trinidad (no entendida como número, sino como relación). Dios en sí mismo no es. Dios es relación a, es íntima relación interna con todo.
Intentar argumentar con la razón a favor o en contra de cualquiera de estas visiones es imposible. Intentar argumentar con la razón en este tema, sería divinizar la razón, con lo cual ya habría optado por una visión concreta. Es una cuestión necesariamente abierta. Somos humanos y tenemos que razonar y buscar la opción que más nos satisfaga, pero no podemos concluir nada definitivo.
Concepción cristiana de la divinidad
Creo que dicha concepción nos lleva a la visión no-dual, que es la más difundida entre las formas de espiritualidad de Asia.
Los dos grandes misterios de la concepción cristiana de la divinidad son la Encarnación y la Trinidad. En la encarnación Cristo no es solamente Dios, ni solamente hombre, tampoco es mitad Dios, mitad hombre, es Hombre-Dios y Dios-Hombre, algo que no encaja en una visión de un Dios totalmente otro, ni en un Dios que ya lo es todo, pues Cristo ya no sería un Misterio.
La Trinidad es un claro desafío tanto al monismo, como al dualismo. Si existe un solo Dios, la Trinidad es superflua, sería un simple modalismo de la Divinidad. Y si hay tres dioses, sería una aberración. Dios no es ni uno ni tres, Dios no se deja encasillar en los números, el Misterio está mucho más allá de ellos ónticamente. Dice San Agustín: “Qui incipit numerare, incipit errare”. Ni el número matemático de tres, ni los conceptos ontológicos de substancia y persona se pueden aplicar a Dios. El concepto de persona aplicado a la Trinidad es equívoco, ni unívoco, ni análogo, o sea, es una concesión al lenguaje, porque de alguna manera tenemos que expresarnos.
La diferencia entre las personas, repito que es un nombre como cualquier otro posible por ejemplo: aspiración, cuerpo, astro… es infinita. Decir que Dios es uno no es hablar del número, sino de que la razón humana no puede reducir la realidad a uno, dice Panikkar. En el monoteísmo se da una Realidad única, un solo Ser infinito que comprende toda la realidad, no sucede lo mismo en la visión trinitaria, aunque no se trate de que haya tres dioses. Esto es el no-dualismo. Negar constantemente la dualidad, negarnos a cerrar todo proceso en un solo Ser, y aceptar conscientemente el querer comprenderlo todo. El Misterio de la Realidad es apofático, insondable, tan sólo la experiencia mística se acerca a él y muy limitadament.
Hablar de las tres personas es hablar de relación, no de substancias: la Fuente (Origen, Padre) que engendra la Vida (El Verbo, el Cristo, la Vida) y el Amor (Espíritu) mutuo entre la Vida y el Padre. Se trata de un dinamismo eterno, sin tiempo, de una perichoresis (movimiento circular) en la que la creación entera participa, como afirma en toda su obra R. Panikkar.
Traigo a colación unas palabras suyas. “El descobriment del Déu tri cristià, que no és el Déu monoteista dels jueus… és el gran desafiament teològic del cristianisme en el tercer mil·lenni.” (El descubrimiento del Dios trino cristiano, que no es el Dios monoteísta de los judíos... es el gran desafío teológico del tercer milenio).
Quiero terminar con un texto del Pseudo Dionisio, tan apofático en su espiritualidad y en su teología, pues todo lo dicho es en sí mismo pura paja, como afirmó Tomás de Aquino de su obra teológica.
“Yendo a un nivel todavía más alto, afirmamos que (Dios) no es el alma, ni mente, ni objeto de conocimiento, tampoco tiene opinión, ni razón, ni intelecto; asimismo carece de razón, de pensamiento y no es enunciable ni cognoscible; tampoco es número, orden, grandeza, pequeñez, igualdad, desigualdad, similitud, ni disímil; no está quieto ni en movimiento, ni permanece inmóvil; tampoco goza de poder, ni es poder, ni luz; no vive, ni es vida, no es un ser, ni eterno, ni tiempo, ni su tacto es cognoscible; tampoco es conocimiento, ni verdad, ni dominio, ni sabiduría, ni uno, ni unicidad, ni divinidad, ni bondad; tampoco es espíritu tal como podemos entenderlo, ni filiación, ni paternidad, ni nada conocido por nosotros, ni por cualquier otra criatura… tampoco es oscuridad, ni luz, ni falsedad, ni verdad; tampoco existe ninguna afirmación ni negación completa que se pueda hacer acerca de Él.”
Este escrito juntamente con aquel otro en el que me profeso cristiano, y que titulo Identidad cristiana, son los dos textos fundamentales en los que hablo de mi propia identidad espiritual, de mi fe cristiana.
José A. Carmona
sábado, 24 de septiembre de 2011
¿NACIONALISMO?
¿NACIONALISMO?
Reflexiones de andar por casa
Recuerdo que hace años cuando Miguel Indurain triunfaba en Francia como ciclista se formó un revuelo en la prensa, se afirmaba en la misma que Indurain “renegaba” de ser español. A los pocos días el propio ciclista corrigió lo dicho en la prensa -¡el sensacionalismo de los mass media!- diciendo que él no renegaba de ser español, que lo que había dicho era “¿Qué más da ser español, francés, italiano...? ¡La nacionalidad no tiene importancia alguna! Es claro que existe un abismo entre lo que se afirmaba en los medios al dar la noticia y lo que aclaró posteriormente Indurain. Es indiferente ser de la nación que se sea, el nacimiento en un lugar determinado es fortuito. (Probablemente muchos “esotéricos” entiendan que no lo es. Y puede que no les falte razón).
El pasado día 11 se celebró en Cataluña la fiesta “nacional”. Los catalanes y las instituciones la llaman “nacional” porque entienden y propugnan que Cataluña es una nación. En ese día, mientras paseaba, me conecté por radio a la emisora del arzobispado de Barcelona porque emiten una música de alta calidad. Mas resultó que en esos momentos no daban música, sino un sermón de un “cura” que predicaba la necesidad del amor a Cataluña como patria, pero advirtiendo que este amor no podía ser óbice para el amor universal -¿a todas las naciones?-, porque el llamamiento cristiano es al amor universal. Amor que a juicio del que hablaba se había de realizar a través del, o en el amor a Cataluña.
Yo entiendo estos dos casos como ejemplo de dos actitudes humanas ante el hecho de la nacionalidad, sea ésta política o simplemente cultural.
Yo soy andaluz y como tal soy miembro de la nación-estado llamada España. Hace cuarenta años que vivo en Cataluña, a la que los catalanes llaman también nación, aunque no sea estado, y comulgo en mucho con "lo catalán" . Actualmente hay una gran efervescencia nacionalista, que en muchas personas es independentista. Las razones que aducen son de lo más variado, a mi parecer abundan las sentimentales que también han contado, y cuentan mucho, en la historia de la humanidad. Pero ante todo soy hombre -en mi caso varón-, y aún antes sencillamente soy, lo cual me hace miembro de la Humanidad y del Kosmos. Esta es la realidad histórica -y metahistórica- en la que vivo y sobre la que quiero opinar alguna cosa, aunque a nadie pueda importar lo que yo opine.
Soy un lector asiduo de J. Krishnamurti. Pienso que es uno de los grandes místicos del siglo XX. Pues bien, Krishnamurti allá por los años 50 del siglo pasado habló sobre el nacionalismo en una entrevista. En la misma dijo cosas como ésta: “el nacionalismo es un veneno” o “cuando termina el nacionalismo llega la inteligencia, esto es, la comprensión -no meramente intelectual, sino vital, la persona que abraza, que se abre y acepta- de lo que es”. Se trata de una opinión muy importante para muchos y para mí también, opinión que él razona en la entrevista, pero que yo quiero matizar.
Nación, país, estado, región, provincia, comarca, ciudad, pueblo..., cuerpo, psique, espíritu, familia, paisano... individuo, colectividad... espiritual, material... científico, filosófico, histórico, artístico... constantemente estamos marcando fronteras de todo tipo y nuestra cultura parece regodearse de forma especial en ellas. Tenemos en Occidente una mente analítica muy desarrollada. Esta mente analítica que reporta grandes beneficios a la hora de "medir" -la ciencia-, es un gran obstáculo a la hora de “comprender” -la mística-. ¡Hemos llegado a llamar “comprender” a la percepción meramente mental! Hemos borrado la “comprensión” de nuestro mundo vital, la hemos reducido a la mente. Esto ya empezó cuando con la mejor intención posible se identificó pensar con existir como paso inconsciente posterior al “cogito ergo sum”. ¡Y lo que más me duele es que vivimos en ello tan tranquilos! Sin pretender ir “ab ovo” veo en este desarrollo analítico una de las raíces, hay otras causas como la tecnología, el cientificismo..., del individualismo exacerbado y patológico en el que vivimos. Así empezamos a poner fronteras: Kosmos o Totalidad, Tierra, Humanidad, Europa, España (o Cataluña, o País Vasco), Cataluña (o Andalucía...), Barcelona (o Cádiz), Badalona (o Chiclana...) hasta llegar a la familia, al individuo, al cuerpo, a la sombra...
Las fronteras tiene mucho de bueno y necesario porque los hombres tenemos sentidos y éstos viven dentro de lo cercano, pero a su vez tiene mucho de malo si lo que hacemos con ellas es separar en lugar de integrar porque el hombre es espíritu, o sea, ser que “comprende”, que vive en comunión con la Totalidad, que es Totalidad. El hombre no es simplemente un individuo, como lo es una manzana o una piedra, sino que es persona. Y la persona es relación constitutiva, mucho más, aunque también, que un simple sujeto de derechos (y obligaciones), a lo que queda reducida en esta sociedad y aún, muchas veces, ni eso. Mucho más que lo opuesto a la sombra, mucho más que el ego, es sencillamente consciencia constitutiva de unidad. Y en esta consciencia no cabe la exclusión, no cabe la frontera por la sencilla razón de que no existe, no es. No es lo mismo ser individuo sujeto de derechos que ser persona: consciencia de unidad.
Sabemos que la palabra griega que traduce la de persona es hipóstasis, nombre con el que se conocía a la máscara que los actores teatrales se ponían para interpretar a los personajes en la Grecia clásica. Dicha máscara servía para que la voz llegara hasta los espectadores, pues aumentaba la resonancia del sonido, hacía las veces de un megáfono, de ahí que los latinos tradujeran la palabra griega por per-sona -per/sonare-e (hablar desde el interior, hablar desde dentro, re-sonar). Simbólicamente podemos utilizar el origen de dicha palabra para indicar que persona es aquel individuo que habla desde su interior, que habla desde el sí-mismo y en el sí-mismo recibe y se realiza. El ser abierto a..., el ser-relación. En este sentido podemos renunciar a la tan conocida comparación de hipóstasis- persona con hipóstasis-máscara.
Evidentemente en tanto en que la relación es elemento constitutivo de mi propio ser, las trabas a esta relación entorpecen mi propio ser, no me dejan ser persona. Y todo nacionalismo (el español, el francés, el británico, el catalán...) a lo largo de los últimos siglos de historia ha entorpecido y mucho la relación entre los individuos. Digo en los últimos siglos porque antes no existía el nacionalismo, sino el imperialismo, el tribalismo... aunque la actitud radical humana es la misma. Pero a la vez la nación es algo necesario para que el hombre (varón/mujer) viva en desarrollo, en evolución. El hombre no puede perderse en una vaguedad, en una Totalidad a la que su conciencia no ha llegado. De igual manera que el lenguaje es una de las grandes conquistas humanas, pero que ha de ser ejercida por medio de una lengua concreta, no de forma genérica -no se puede hablar el lenguaje, sino una lengua-, lo mismo sucede con la integración en la Totalidad, se ha de ejercer por un medio concreto, (de un trozo de tierra o de toda ella, de una historia concreta, limitada en el espacio y en el tiempo, no de la historia...) medio que no puede ser una frontera cerrada, sino una puerta abierta a... El ejemplo de una mansión con muchas puertas nos puede servir: para entrar en la mansión necesito acceder, hoy por hoy, a través de una puerta (en el futuro puede que se acceda de otra forma), pero si me quedo en la puerta no estoy en la mansión. La puerta en este ejemplo sería la nación o la lengua, según lo dicho. Si antepongo la lengua o la nación a la Totalidad no estoy en la conciencia de unidad (¿no soy persona? Al menos plenamente), pero si la puerta solamente es un medio de acceso, ésta ha dejado de ser límite y se ha convertido en apertura. Los nacionalismos sin conciencia de Plenitud no son más tribalismos con la cara lavada. Hay mucho tribalismo aún en la humanidad y porque lo llamamos cultura no queremos avanzar, no queremos ser personas. Creo que la palabra cultura es muchas veces mal utilizada. La hemos sacralizado.
¡Ojo! Lo que afirmo de los nacionalismos puede ser aplicado igualmente a la pertenencia a una institución sea religiosa o no, a un club de fútbol, a un partido político... a cualquier frontera colectiva que nos dé la fuerza para afianzarnos en nuestra individualidad, en vez de ser apoyo a la conciencia que elimine toda frontera o exclusión.
Sabemos que la concepción de la nación-estado surgió allá por los comienzos del siglo XVI, y hoy vemos todos los inconvenientes que está creando para que los estados se integren en una unidad mayor ¡Nadie quiere renunciar a la soberanía! A la vez que contemplamos que algunas naciones-culturales quieren convertirse en naciones-estado. Por descontado que una nación-cultural tiene un significado mucho más amplio que la nación-estado, es más difícil de concretar, es más subjetivo y variable, los vínculos que unen a los miembros son más intangibles, pero no menos inteligibles (lengua, costumbres, literatura, folclore...). Pero siempre son elementos del pasado o presente histórico, nunca de lo transhistórico (la consciencia de Unidad o de Plenitud), algo a lo que la inmensa mayoría de los hombres niegan no sólo la validez, sino incluso la existencia. Así se identifica a la nación (cultural o política...) con las fronteras y la exclusión -nosotros y los otros-, a la persona con el sujeto de derechos nacionales -ciudadano-, algo que está muy bien pero que es a todas luces una verdadera castración. La persona no sólo es sujeto de derechos, simplemente humana, un mero animal racional, sino también, y sobre todo, consciencia siempre abierta, capax Dei, siempre receptiva al Misterio, al Todo.
La nación, pues, si es obstáculo, sea éste cultural, político, religioso, jurídico, histórico... es como dice Krishnamurti -él estaba en la consciencia de unidad- un veneno, pero si es sencillamente una puerta que atravesamos y no nos quedamos en ella es hoy por hoy, entiendo, un elemento válido del desarrollo. Lo tremendo es que los hombres tenemos una tendencia terrible a quedarnos en la puerta y no atravesarla. ¡La difícil tarea de llegar a ser persona!¡Nos da tanta satisfacción identificarnos con algo más grande que nosotros como individuos! No tenemos más que mirar a nuestros egos para verlo.
El único camino, hablando en lenguaje dual _no tengo otro para escribir-, para atravesar la puerta es el Amor, pero el Amor que nace del Ser, no solamente el sentimiento que brota en nuestros egos, aquella Realidad que nos hace Uno, no unidad que es cantidad -conjunto de muchos-, que nos hace Uno sin-segundo . Ese Amor, que no es más que comprensión de lo que es, nos hace ver que toda frontera que divide (nacionalismos, cristianismo, hinduismo, ateísmo...) es pura creación humana (aunque por desgracia mate a mucha gente), que las fronteras son puntos de encuentro, formas relativamente reales de manifestar la Plenitud. Que las fronteras en la Realidad no existen. ¡No seamos bobos!
José Antonio Carmona
Reflexiones de andar por casa
Recuerdo que hace años cuando Miguel Indurain triunfaba en Francia como ciclista se formó un revuelo en la prensa, se afirmaba en la misma que Indurain “renegaba” de ser español. A los pocos días el propio ciclista corrigió lo dicho en la prensa -¡el sensacionalismo de los mass media!- diciendo que él no renegaba de ser español, que lo que había dicho era “¿Qué más da ser español, francés, italiano...? ¡La nacionalidad no tiene importancia alguna! Es claro que existe un abismo entre lo que se afirmaba en los medios al dar la noticia y lo que aclaró posteriormente Indurain. Es indiferente ser de la nación que se sea, el nacimiento en un lugar determinado es fortuito. (Probablemente muchos “esotéricos” entiendan que no lo es. Y puede que no les falte razón).
El pasado día 11 se celebró en Cataluña la fiesta “nacional”. Los catalanes y las instituciones la llaman “nacional” porque entienden y propugnan que Cataluña es una nación. En ese día, mientras paseaba, me conecté por radio a la emisora del arzobispado de Barcelona porque emiten una música de alta calidad. Mas resultó que en esos momentos no daban música, sino un sermón de un “cura” que predicaba la necesidad del amor a Cataluña como patria, pero advirtiendo que este amor no podía ser óbice para el amor universal -¿a todas las naciones?-, porque el llamamiento cristiano es al amor universal. Amor que a juicio del que hablaba se había de realizar a través del, o en el amor a Cataluña.
Yo entiendo estos dos casos como ejemplo de dos actitudes humanas ante el hecho de la nacionalidad, sea ésta política o simplemente cultural.
Yo soy andaluz y como tal soy miembro de la nación-estado llamada España. Hace cuarenta años que vivo en Cataluña, a la que los catalanes llaman también nación, aunque no sea estado, y comulgo en mucho con "lo catalán" . Actualmente hay una gran efervescencia nacionalista, que en muchas personas es independentista. Las razones que aducen son de lo más variado, a mi parecer abundan las sentimentales que también han contado, y cuentan mucho, en la historia de la humanidad. Pero ante todo soy hombre -en mi caso varón-, y aún antes sencillamente soy, lo cual me hace miembro de la Humanidad y del Kosmos. Esta es la realidad histórica -y metahistórica- en la que vivo y sobre la que quiero opinar alguna cosa, aunque a nadie pueda importar lo que yo opine.
Soy un lector asiduo de J. Krishnamurti. Pienso que es uno de los grandes místicos del siglo XX. Pues bien, Krishnamurti allá por los años 50 del siglo pasado habló sobre el nacionalismo en una entrevista. En la misma dijo cosas como ésta: “el nacionalismo es un veneno” o “cuando termina el nacionalismo llega la inteligencia, esto es, la comprensión -no meramente intelectual, sino vital, la persona que abraza, que se abre y acepta- de lo que es”. Se trata de una opinión muy importante para muchos y para mí también, opinión que él razona en la entrevista, pero que yo quiero matizar.
Nación, país, estado, región, provincia, comarca, ciudad, pueblo..., cuerpo, psique, espíritu, familia, paisano... individuo, colectividad... espiritual, material... científico, filosófico, histórico, artístico... constantemente estamos marcando fronteras de todo tipo y nuestra cultura parece regodearse de forma especial en ellas. Tenemos en Occidente una mente analítica muy desarrollada. Esta mente analítica que reporta grandes beneficios a la hora de "medir" -la ciencia-, es un gran obstáculo a la hora de “comprender” -la mística-. ¡Hemos llegado a llamar “comprender” a la percepción meramente mental! Hemos borrado la “comprensión” de nuestro mundo vital, la hemos reducido a la mente. Esto ya empezó cuando con la mejor intención posible se identificó pensar con existir como paso inconsciente posterior al “cogito ergo sum”. ¡Y lo que más me duele es que vivimos en ello tan tranquilos! Sin pretender ir “ab ovo” veo en este desarrollo analítico una de las raíces, hay otras causas como la tecnología, el cientificismo..., del individualismo exacerbado y patológico en el que vivimos. Así empezamos a poner fronteras: Kosmos o Totalidad, Tierra, Humanidad, Europa, España (o Cataluña, o País Vasco), Cataluña (o Andalucía...), Barcelona (o Cádiz), Badalona (o Chiclana...) hasta llegar a la familia, al individuo, al cuerpo, a la sombra...
Las fronteras tiene mucho de bueno y necesario porque los hombres tenemos sentidos y éstos viven dentro de lo cercano, pero a su vez tiene mucho de malo si lo que hacemos con ellas es separar en lugar de integrar porque el hombre es espíritu, o sea, ser que “comprende”, que vive en comunión con la Totalidad, que es Totalidad. El hombre no es simplemente un individuo, como lo es una manzana o una piedra, sino que es persona. Y la persona es relación constitutiva, mucho más, aunque también, que un simple sujeto de derechos (y obligaciones), a lo que queda reducida en esta sociedad y aún, muchas veces, ni eso. Mucho más que lo opuesto a la sombra, mucho más que el ego, es sencillamente consciencia constitutiva de unidad. Y en esta consciencia no cabe la exclusión, no cabe la frontera por la sencilla razón de que no existe, no es. No es lo mismo ser individuo sujeto de derechos que ser persona: consciencia de unidad.
Sabemos que la palabra griega que traduce la de persona es hipóstasis, nombre con el que se conocía a la máscara que los actores teatrales se ponían para interpretar a los personajes en la Grecia clásica. Dicha máscara servía para que la voz llegara hasta los espectadores, pues aumentaba la resonancia del sonido, hacía las veces de un megáfono, de ahí que los latinos tradujeran la palabra griega por per-sona -per/sonare-e (hablar desde el interior, hablar desde dentro, re-sonar). Simbólicamente podemos utilizar el origen de dicha palabra para indicar que persona es aquel individuo que habla desde su interior, que habla desde el sí-mismo y en el sí-mismo recibe y se realiza. El ser abierto a..., el ser-relación. En este sentido podemos renunciar a la tan conocida comparación de hipóstasis- persona con hipóstasis-máscara.
Evidentemente en tanto en que la relación es elemento constitutivo de mi propio ser, las trabas a esta relación entorpecen mi propio ser, no me dejan ser persona. Y todo nacionalismo (el español, el francés, el británico, el catalán...) a lo largo de los últimos siglos de historia ha entorpecido y mucho la relación entre los individuos. Digo en los últimos siglos porque antes no existía el nacionalismo, sino el imperialismo, el tribalismo... aunque la actitud radical humana es la misma. Pero a la vez la nación es algo necesario para que el hombre (varón/mujer) viva en desarrollo, en evolución. El hombre no puede perderse en una vaguedad, en una Totalidad a la que su conciencia no ha llegado. De igual manera que el lenguaje es una de las grandes conquistas humanas, pero que ha de ser ejercida por medio de una lengua concreta, no de forma genérica -no se puede hablar el lenguaje, sino una lengua-, lo mismo sucede con la integración en la Totalidad, se ha de ejercer por un medio concreto, (de un trozo de tierra o de toda ella, de una historia concreta, limitada en el espacio y en el tiempo, no de la historia...) medio que no puede ser una frontera cerrada, sino una puerta abierta a... El ejemplo de una mansión con muchas puertas nos puede servir: para entrar en la mansión necesito acceder, hoy por hoy, a través de una puerta (en el futuro puede que se acceda de otra forma), pero si me quedo en la puerta no estoy en la mansión. La puerta en este ejemplo sería la nación o la lengua, según lo dicho. Si antepongo la lengua o la nación a la Totalidad no estoy en la conciencia de unidad (¿no soy persona? Al menos plenamente), pero si la puerta solamente es un medio de acceso, ésta ha dejado de ser límite y se ha convertido en apertura. Los nacionalismos sin conciencia de Plenitud no son más tribalismos con la cara lavada. Hay mucho tribalismo aún en la humanidad y porque lo llamamos cultura no queremos avanzar, no queremos ser personas. Creo que la palabra cultura es muchas veces mal utilizada. La hemos sacralizado.
¡Ojo! Lo que afirmo de los nacionalismos puede ser aplicado igualmente a la pertenencia a una institución sea religiosa o no, a un club de fútbol, a un partido político... a cualquier frontera colectiva que nos dé la fuerza para afianzarnos en nuestra individualidad, en vez de ser apoyo a la conciencia que elimine toda frontera o exclusión.
Sabemos que la concepción de la nación-estado surgió allá por los comienzos del siglo XVI, y hoy vemos todos los inconvenientes que está creando para que los estados se integren en una unidad mayor ¡Nadie quiere renunciar a la soberanía! A la vez que contemplamos que algunas naciones-culturales quieren convertirse en naciones-estado. Por descontado que una nación-cultural tiene un significado mucho más amplio que la nación-estado, es más difícil de concretar, es más subjetivo y variable, los vínculos que unen a los miembros son más intangibles, pero no menos inteligibles (lengua, costumbres, literatura, folclore...). Pero siempre son elementos del pasado o presente histórico, nunca de lo transhistórico (la consciencia de Unidad o de Plenitud), algo a lo que la inmensa mayoría de los hombres niegan no sólo la validez, sino incluso la existencia. Así se identifica a la nación (cultural o política...) con las fronteras y la exclusión -nosotros y los otros-, a la persona con el sujeto de derechos nacionales -ciudadano-, algo que está muy bien pero que es a todas luces una verdadera castración. La persona no sólo es sujeto de derechos, simplemente humana, un mero animal racional, sino también, y sobre todo, consciencia siempre abierta, capax Dei, siempre receptiva al Misterio, al Todo.
La nación, pues, si es obstáculo, sea éste cultural, político, religioso, jurídico, histórico... es como dice Krishnamurti -él estaba en la consciencia de unidad- un veneno, pero si es sencillamente una puerta que atravesamos y no nos quedamos en ella es hoy por hoy, entiendo, un elemento válido del desarrollo. Lo tremendo es que los hombres tenemos una tendencia terrible a quedarnos en la puerta y no atravesarla. ¡La difícil tarea de llegar a ser persona!¡Nos da tanta satisfacción identificarnos con algo más grande que nosotros como individuos! No tenemos más que mirar a nuestros egos para verlo.
El único camino, hablando en lenguaje dual _no tengo otro para escribir-, para atravesar la puerta es el Amor, pero el Amor que nace del Ser, no solamente el sentimiento que brota en nuestros egos, aquella Realidad que nos hace Uno, no unidad que es cantidad -conjunto de muchos-, que nos hace Uno sin-segundo . Ese Amor, que no es más que comprensión de lo que es, nos hace ver que toda frontera que divide (nacionalismos, cristianismo, hinduismo, ateísmo...) es pura creación humana (aunque por desgracia mate a mucha gente), que las fronteras son puntos de encuentro, formas relativamente reales de manifestar la Plenitud. Que las fronteras en la Realidad no existen. ¡No seamos bobos!
José Antonio Carmona
miércoles, 31 de agosto de 2011
ACERCA DE LA FELICIDAD
¿ES POSIBLE SER FELIZ?
Todos buscamos la felicidad, todos los seres consciente o inconscientemente la buscamos. Esto lo sentimos en lo más profundo de nuestro corazón sin necesidad de cuestionarnos en qué pueda consistir la misma, ni siquiera si es posible conseguirla. Es el gran mito, tanto positivo como negativo, incuestionable. Para todo ser humano la felicidad es una actitud de paz, de gozo, de bienestar, de descanso en el bien que se desea, pero este bien deseado es tan variado como hombres hay. Hay quienes, la inmensa mayoría, ponen la felicidad en algo externo a sí mismos, a su propio Ser -desde el dinero hasta Dios (como el Otro, como objeto creado por la propia mente y cuya existencia consideramos cuestión de fe)-, algunos, muy pocos, los místicos la ponen en la quietud de su propia realidad interna, en la quietud de su Yo, en el no-desear, pues el deseo es la negación de la quietud en el sí mismo, en la “amada en el Amado transformada”. Según las culturas y los momentos los místicos utilizan distintos nombres para designar esa quietud total en sí mismos y en el Sí-mismo. Hay quienes la buscan en el tiempo y no la encuentran, otros la ¿esperan? para después de la muerte (como premio a sus buenas obras), volviendo a caer en la trampa del tiempo y confundiendo lo eterno con lo duradero sin fin -todo lo que dura es tiempo, no eternidad. Una idea un tanto absurda, que está introducida en la liturgia católica, habla de la sempiternidad, que no es tempiternidad sino siempre-eterno, como de aquello que tiene comienzo pero no tiene fin. Sería una especie de híbrido de tiempo y eternidad, mas lo que tiene comienzo no es, ni puede ser eterno, porque dura, porque ha comenzado-. Y algunos, los místicos, la viven transcendiendo la temporalidad, penetrándola, asumiéndola sin quedarse en ella, pero la viven ahora -en el nunc stans, no fluens-. Por lo tanto no más allá de esta vida en sentido cronológico, sino profundizando en la misma vida, escarbando no con la mente que es incapaz de salir del tiempo, es más, es la creadora del tiempo psicológico, como cualquier persona mínimamente culta sabe. Escarbando con el Amor, con la libertad del Espíritu, en el Vacío que es el Silencio del Espíritu, no la mera ausencia de Ser, escarbando en la quietud de la mente. -”Estando ya mi casa sosegada” … “Cesó todo, y dejeme”...(Juan de la Cruz)-. Y todo ello sin esfuerzo, sin tensiones que desharían la quietud, sino dejando la mente, el espíritu en calma, dejándose arrastrar por la corriente del Ser.
Leyendo “sosegadamente” el evangelio de Juan me han venido al corazón multitud de símbolos que hacen referencia a esta dimensión de la vida que podemos llamar vida feliz como: Jesús dice a Nicodemo (Jn 3,8...) que se ha de nacer de nuevo, Nicodemo no lo entiende porque interpreta en términos biológicos la expresión de Jesús, la iglesia católica lo ha interpretado como efecto de la gracia (don) y del sacramento, pero sin acabar de sacar todo el partido al “hombre nuevo” que es el que nace, el hombre que “ha venido y ha visto”. El hombre nuevo es Jesús taborizado y lo somos todos, pues somos su Cuerpo Místico, aunque no caigamos en la cuenta, y este hombre nuevo es sin duda un hombre feliz, como lo fue Jesús, un hombre lleno de paz, de profundidad, de sentirse Misterio y en el Misterio.
Pienso que este nacer de nuevo, que no es simplemente renacer, es don, como lo es todo -somos puro don, todo es gratuidad-, y pienso, para poder tener algo más de luz sobre este asunto que se ha de relacionar este nacer de nuevo con todas las expresiones que el cuarto evangelio utiliza para comunicarnos “el Reino”: la Felicidad. El agua viva de la Samaritana (Jn 4,4...). El perdón que acoge a la adúltera (Jn 8,2...). Los milagros, fundamentalmente curaciones, que son puros símbolos (passim) que comunican, enlazan a la gente con sus (de Jesús) palabras y con su vida. El pan de vida -la carne de Cristo-, su sangre, el vino, términos que los judíos vuelven a interpretar en sentido puramente biológico (están castrados al Espíritu) (¿No se dan reminiscencias de este sentido biológico -el pan es substancialmente el cuerpo...- en toda la liturgia eucarística de la iglesia católica? ¿Todos los textos de la celebración del Corpus, obra de Tomás de Aquino, no estaban motivados por una reacción cosista contra Berengario -”Preste fides suplementum sensuum defectui”? (Jn 6, 22...). La luz que no se oculta jamás (Jn 8,12...). El pastor que se da a su rebaño (Jn 10, 1...). El poder sobre la muerte que muestra al ¿resucitar? ¿revivir? a Lázaro (Jn 11, 43...) (él muere... y resucita: es exaltado, sigue vivo pero no en el tiempo, sigue presente entre los suyos no sólo en el recuerdo, se manifiesta como Misterio). La vid y los sarmientos (Jn 15,1...). La pena acaba en alegría … y esa alegría de sus discípulos no se la quitará nadie (Jn 16,22...). El mandamiento nuevo (13,33...). Todos estos símbolos son de alegría, de felicidad, de Vida...
Jesús en este evangelio no está predicando una forma de conducta, una doctrina, no nos está encomendando solamente que seamos correctos, está comunicándonos en sus obras y palabras la Vida que ya es él. Y esa Vida se expresa con estas metáforas y símbolos en el escrito joanneo. Esa Vida es la Felicidad que preconizan las bienaventuranzas.
Mas esto que dice Jesús pertenece a un orden al que no pertenecen los dirigentes religiosos de Israel (Jn 8,21...) (¿Acaso pertenece a este orden algún dirigente por el hecho de serlo, o pese al hecho de serlo?). Es el orden de la Vida, de la Plenitud, de la Realidad, del Misterio, de la Felicidad, de la Verdad-transformación que hace libres, no de la verdad conceptual -mal llamada verdad- del orden de la doctrina que hace esclavos... el Orden al que nos lleva la metánoia.
Son muchos los sinónimos con que denominamos esa actitud o sensación que deseamos permanente: Felicidad, dicha, ventura, venturanza, contento, satisfacción, bienestar, beatitud, gozo...plenitud, perfección... iluminación, salvación, Bien, Verdad, Ser. El mismo Aquinate la de explicaba como: “el descanso en el bien poseído” (quies in bono posesso). Toda esta multitud de nombres no hacen más que mostrar la imposibilidad de la mente para definir (delimitar) una Realidad que se le escapa totalmente y por ello mismo se la describe con tal variedad de sinónimos.
Sirva todo lo anterior como preludio para entrar en la consideración de esa experiencia, por otra parte inefable, a la que aspiramos ¿o lo somos y no caemos en la cuenta? los humanos.
LA FELICIDAD DUAL
Lo cierto es que a todas luces estamos viviendo en el tiempo y que la “felicidad se apoya en la infelicidad” como dice el Tao. Vivimos en el tiempo, prácticamente somos el resultado del tiempo y nuestro mundo es un mundo de polaridades. Nuestra memoria no es sino el resultado del pasado, la acumulación presente de muchos “ayeres”, y lo mismo es nuestro pensar. En este ser resultado del tiempo, de una o muchas cultura(s) determinada(s) ha incidido la postmetafísica: Somos el resultado de una cultura dada, una lengua dada, unos principios dados, a todo ello llaman los postmodernos “el mito de lo dado”, mito que asumimos sin cuestionárnoslo, en modo alguno quiere decir que cuanto hemos recibido los hombres de las generaciones anteriores sea todo nulo, falso, vacío. El nihilismo se ahoga en su propia negación. Pero, es totalmente cierto que somos frutos del tiempo, es una aprehensión directa de todo nuestro ser.
Mas hay que distinguir dos tipos de tiempo: el cronológico y el psicológico. El ayer como tiempo de reloj, que nada tiene que ver con el sujeto, y el ayer como recuerdo en la memoria. Negar la existencia del primero es un absurdo -yo hoy tengo setenta años según se computa en nuestra cultura, no uno, ni diez, ni cincuenta- Los días y noches se suceden, lo mismo las estaciones... Es el tiempo en el que es este mundo relativo, por lo tanto no es una ilusión en el sentido en que entendemos en Occidente la palabra “ilusión” (inexistente), pero sí que es sólo relativamente real que es lo que en Oriente se entiende por ilusión, su realidad es pura manifestación de lo Real. No olvidemos que la mera manifestación es también Ser, es más, es la ventana por la que nos asomamos al Misterio por muy provisional y evanescente que ésta sea. Y claramente la felicidad no es fruto del tiempo (principalmente del psicológico, pero tampoco del cronológico), no pertenece al ayer, ni al futuro, siempre es el ahora eterno, el ahora que no dura -fluens- sino el ahora que es -stans-. En la actitud atenta y pasiva del hombre, en aquella que va más allá del tiempo surge la “comprensión de lo que es” y la “compresión de lo que es” conlleva la transformación, el descanso en el sí mismo, la felicidad, nos dice Krishnamurti. Pero esto no puede suceder en el tiempo que necesariamente juzga y contrapone elementos. La felicidad que es atemporal no puede ser captada por el tiempo, ni por la mente que es temporal, como la música no puede ser captada por el olfato, aunque sí puede ser atisbada la felicidad en momentos por el espíritu del hombre. La felicidad que es “comprensión de lo que es” no pertenece al tiempo, pero es ahora, es el ahora permanente, que no pasa, que no dura, sino que es el es de lo no temporal o a-dual. Eso de tener que esperar a la muerte para salir de “este valle de lágrimas” no tiene nada de cristiano. “Quien se alegra en el tiempo, no se alegra todo el tiempo... Quien se alegra por encima del tiempo... se alegra todo el tiempo” Dice el Maestro Eckhart.
Recuerdo que de pequeño, en aquella España de charanga y pandereta, pero nuestra España, se nos enseñaba en el colegio el catecismo. Y en él se decía que el Cielo, la Beatitud (la Felicidad) “era el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno”. Así poco a poco en nuestras mentes se ha ido sembrado desde nuestra más tierna infancia, no podía ser de otro modo, una visión totalmente errónea de lo que es la felicidad: “El conjunto de todos los bienes”. Y esa expectativa de felicidad total-unipolar, de compendio sólo de las polaridades positivas, nos mantiene a todos en el engaño, en una ilusión mágica que nos consuela a veces pero cuyas consecuencias son trágicas, puesto que no es real. Un engaño que nos desanima porque pese a toda la publicidad en contra de la realidad y a favor del engaño, la misma realidad, que es tremendamente machacona, se encarga de que en cada momento vayamos recordando que en la historia existen los polos negativos, que junto a la alegría está la tristeza, junto al placer: el dolor, junto a la salud: la enfermedad, junto a la vida: la muerte... Y por lo tanto esa felicidad tan prometida, tan pregonada por todas partes, tan falsa... no existe. Pero el que no exista sólo dice que estamos equivocados al cifrar la felicidad en lo que dice la publicidad y el catecismo, -y otras fuentes culturales- que la felicidad no es la acumulación de todas las polaridades positivas, no que la felicidad no sea posible. No podemos basar la felicidad en una ausencia de Realidad, en una huida de ella, o de una parte importantísima de la misma, de la mitad concretamente.
Thoreau, el filósofo, poeta y pacifista norteamericano dice en su obra Walden -en la que relata sus años de experiencias de vida en el bosque- que si identificamos la felicidad exclusivamente con las experiencias fisiológicas, mentales y emocionales positivas… la felicidad permanente sólo será una quimera... La felicidad -en el tiempo- sustentada en los objetos, personas y situaciones es tan inestable como sus propios sustentos. Su contraparte polar es la infelicidad. Lo mismo decía muchos siglos antes Lao Tse, Buda, Jesús (edificad sobre bases sólidas y no sobre arena) y siguen diciendo los sabios (no identifiquemos sabios con eruditos, como se hace coloquialmente).
No se piense que con estas afirmaciones estoy queriendo negar que busquemos en esta vida todo lo de positivo que podamos. Sólo quiero decir que el gran error es buscarlo en exclusiva. Sólo quiero decir que asumamos la realidad dual con sus polaridades y así nos hagamos dueños de nuestra propia existencia, y de nuestra propia felicidad. Que ésta no sea perturbada por la inestabilidad de los polos: bueno-malo, salud-enfermedad, abundancia-penuria, éxito-fracaso...
LA FELICIDAD NO-DUAL
Con lo dicho hasta ahora, y sobre todo reflexionando sobre nuestras experiencias, nos damos cuenta de que estamos viviendo en un mundo de polaridades, y lo malo (malo porque en este mundo relativo el mal y el bien existen) es que hemos querido apoyarnos solamente en un polo, el positivo, para ser felices. Es un error, totalmente humano, explicable. Nadie va a buscar lo malo por lo malo, si lo busca es porque está en un error, en una ignorancia -sigo pensando que en el fondo del sí/mismo, no existen malos, sino ignorantes-. Me atrevo a mencionar en este aspecto mi escrito anterior sobre la palabra “perfecto” publicado en este blog.
Pues bien, todo lo anterior nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo estar en el mundo dual sin ser del mundo dual? ¿Cómo estar en este mundo de opuestos sin que nos arrastre en su vaivén? En una palabra ¿Cómo ser feliz en un mundo polar?
Mónica Cavallé en su libro La Sabiduría Recobrada hace un estudio serio en el que recoge los principios básicos que la filosofía perenne, nacida de las experiencias de los sabios-místicos, ha ido elaborando sobre este tema, se fundamenta principalmente en Lao Tse y Heráclito sin dejar de lado a otros grandes del espíritu como el Metre Eckhart y los advaitas actuales. En él afirma que la verdadera felicidad, aquella que no perece es la no-dual. Y hace una reflexión sobre la misma que me ha ayudado mucho en las mías.
Desde los tiempos más remotos de la Humanidad se han utilizado el triángulo y el péndulo para simbolizar el mundo dual y el no-dual en su relación. Creo que ambos ejemplos sirven para lo que pretenden, pero escojo aquí el del péndulo. Vemos que en el movimiento de un péndulo hay un vaivén constante del peso que cuelga de un hilo y que el punto que mantiene este hilo, pensemos una mano, no se mueve nunca. El vaivén del peso es totalmente dual, izquierda-derecha..., pero la mano que lo sostiene permanece, no tiene vaivén. Y no lo tiene porque está más allá de la línea de la oscilación. Es más, si esa mano no estuviera, no habría ni vaivén, ni péndulo. La mano no niega el ir y venir, lo positivo y lo negativo, sino que los integra a ambos en una permanencia, en una no oscilación que es origen del movimiento. Además se puede observar que los polos del peso -izquierda, derecha- están en la misma línea, esto lo expresa la filosofía hermética diciendo que ambos polos son de la misma esencia. ¿Qué es el frío? ¿Un esencia distinta a la del calor? ¿No es sino la misma esencia pero diferenciada en grado? Si el termómetro marca 30º hace calor, si marca -10º hace frío. Se trata de la misma esencia pero distinta en grados. ¿Qué es el mal sino ausencia de bien? ¿Qué es la cruz sino la otra cara de la misma moneda?
Vemos que ascendiendo por el hilo que mantiene el peso se llega a un punto común a ambos polos, el punto que los sostiene e integra: la mano. La Realidad última que hace posible la realidad polar del peso. Ni que decir tiene que esta Realidad última es Bien, es Belleza, es Verdad, es Felicidad... pero en un sentido muy distinto a la verdad, bien, belleza, felicidad... duales, porque estas (las escritas con minúsculas) tiene opuesto, un opuesto tan real como ellas mismas, la falsedad, la maldad... pero el Bien, la Verdad... la Felicidad que son la Realidad última no tienen opuesto. Son el Uno sin-segundo. Estas mismas palabras aplicadas a la realidad relativa, la dual y a la Realidad no-dual tienen un significado muy diferente. Quizás para los expertos en filosofía escolástica podríamos hablar como mucho de analogía de proporcionalidad (dos es a cuatro como que tres es a seis), cuando no de mera equivocidad. Creo de todas maneras que se trata de algo esencialmente distinto a lo que se dice en la escolástica. La felicidad en este aspecto no es una felicidad limitada por el sufrimiento, sino simplemente Felicidad que no puede ser definida porque “me quedé no sabiendo, toda ciencia transcendiendo”. Felicidad sin opuesto, no porque el dolor haya sido negado sino asumido y transcendido. No es que el bien se haya comido el mal, sino que ambos se integraron en el Ser. Quizás podríamos con todas las reservas posibles considerar como ejemplo el agua que no es ni hidrógeno, ni oxígeno, ni tiene sus propiedades, sino que es algo totalmente distinto, aunque los integra a ambos, pero no llevemos el ejemplo mas allá de esto. Estamos en otra dimensión como digo reiteradamente. Siempre es posible seguir el camino del hilo conductor que une el peso con la mano que lo sostiene. Y para hacerlo no hay que salir del mundo sino transcenderlo, atravesarlo. No hay que salir del péndulo, solamente no quedarse en el vaivén.
Para nosotros (quienes creemos en Jesucristo) tiene que ser un impulso constante a la aceptación la invitación que nos hace Jesús al decirnos: “quien quiera seguirme que tome su cruz” (Mt 16,24... Mc 8,35... Lc 9,23...). Es claro que estas frases de los evangelios, como prácticamente todas, han sido interpretadas de múltiples formas y maneras. Hay quienes con un sentido un tanto masoquista, entiendo, la ven como una invitación al sufrir en “este valle de lágrimas”, una invitación a quedarnos en el sufrimiento y sin el más mínimo planteamiento de que se haya de trancender. Recuerdo lo que me decía una monjita (hermana de la Cruz, por más señas) en mi época de juventud: “Sufrir y más sufrir por amor a él" – este “él” lo decía con mayúsculas- (Yo opino que amar sí, sufrir lo indispensable, el sufrimiento inútil es falta de Amor). El mismo Jesús, salvo en las horas de la pasión -por otra parte, pienso que multitud de otros seres humanos sufrieron y sufren mucho más-, no parece que padeciera mucho y desde luego no gratuitamente. Somos realmente masoquistas al considerar los momentos de la pasión de Jesús. Lo que Jesús nos dice, en opinión de grandes místicos, es que aceptemos nuestra realidad (dual), que no nos apoyemos en un lado exclusivo abandonando el otro, que aprendamos a amar nuestra propia existencia polar. Que así aceptemos tanto el placer como el dolor. Que en esta aceptación encontraremos el camino a la Felicidad sin opuesto. Lo mismo podríamos decir de Buda que nos enseña lo que él vivió: el dolor es intrínseco a la existencia y tan sólo atravesándolo podremos acabar con la ilusión que nos mantiene siempre insatisfechos, porque siempre queda algo que conseguir. Y de igual manera Lao Tse, el Kybalión, Heráclito, los estoicos... y todos los místicos habidos. El aceptar es vivir “con los ojos abiertos” a la realidad dual impermanente y a la No-dual que es su sostén siempre ahora, su único sostén. Algunos místicos, como Juliana de Norwich, experimentando ese mundo No-dual afirmaron que este mundo en el que vivimos es el mejor de los mundos posibles.
Nada, absolutamente nada puede empañar esta Felicidad arraigada en esa aceptación (Krishnamurti la llama comprensión) de lo “que es” cuando es percibido por una mente en Paz, arraigada en la percepción experimental de que es el Amor el que sostiene el péndulo, el que integra la oscilación, que es el Amor el que consume en su propio fuego toda manifestación de esta polaridad que vemos y vivimos. Si no lo aceptamos, la respuesta sólo puede ser el cinismo o el desaliento.
Solamente la felicidad que se sustenta en la toma de conciencia de la impermanencia de todo cuanto existe, puede ser permanente, dicen todos los grandes sabios.
Mónica Cavallé en el libro citado hace una breve comparación entre la felicidad no-dual (Felicidad) y la felicidad dual para ver las distintas características y poder fijar criterios sobre ellas. La resumo brevemente:
La felicidad dual está siempre amenazada por su opuesto: el dolor.
La Felicidad no-dual aceptando el dolor lo reconcilia dentro de sí con la alegría. Así desaparecen ambos y sólo queda la Felicidad, el Bien.
La felicidad dual es una felicidad planificada, erigida de antemano como una meta y por lo mismo imaginada, irreal. Siempre amenazada por el peligro del riesgo, de lo no planificado.
La Felicidad no-dual nunca se preocupa de sí misma, no se planifica. Posee a quien está comprometido con la Verdad, comprometido con su propia autenticidad, a quien vive con los ojos abiertos.
La felicidad dual depende siempre de que se cumplan ciertas condiciones externas y se traduce con frecuencia en manifestaciones eufóricas, tanto individuales como colectivas, de crispación. Las circunstancias se convierten en fines absolutos... (recordemos hechos que ocupan las pantallas de televisión: la euforia crispada de los que son “agraciados” con la lotería de Navidad, la de los los incondicionales de un equipo de fútbol, cuando éste marca un gol, las histerias de los seguidores de grupos de cantantes de moda...de políticos que ganan las elecciones...).
La Felicidad no-dual es incondicionada, pues nunca se buscó directamente. Es un plato que saboreado una vez, siempre se le reconoce. Quien la saborea recibe con los abrazos abiertos cualquier experiencia. Se entrega a la alegría sin retenerla, acepta el dolor sin acritud, sin sufrimiento psicológico y ve como en la misma aceptación este dolor va desapareciendo. No magnifica nada, no dramatiza nada. No se apega a nada, sabe (no simplemente conoce) que su ser profundo es la mano y no la oscilación. Es consciente de la armonía invisible que mantiene cuanto es.
Lo que se ha dicho hasta ahora, escrito y reflexionado por grandes expertos en espiritualidad puede sonar a una teoría muy bonita, pero nada práctica. ¡Pero resulta que ellos hablaban y hablan de sus experiencias! No de teorías. Quizás debería decir que hablan de auténticas teorías puesto que la theoria auténtica es aquella indisolublemente unida a la praxis. Theoría es sabiduría: conocimiento que trasnforma
LA COMPRENSIÓN O ACEPTACIÓN DE LO “QUE ES”
El camino para alcanzar la felicidad total no existe. Esto no quiere decir que no haya que mantener un método, unas técnicas, pero esas técnicas no nos dan la felicidad, esas técnicas las necesitamos para “ir desbrozando el camino”, quitando estorbos. Ya estoy cayendo en el lenguaje oximorónico, contradictorio. Acabo de decir que el camino no existe ¿cómo a renglón seguido puedo hablar de desbrozarlo? Son las dificultades inmensas con las que se encuentra el lenguaje lógico al tratar de explicar el Misterio translógico. No acaba de hacerlo, no puede, tan sólo lo indica, señala la dirección. La Felicidad es don, como lo es la Vida y porque es Vida. En definitiva nuestra vida terrena es un caminar consciente de que nunca hemos salido de la meta que buscamos, porque estamos en ella. Solamente necesitamos caer en la cuenta de que estamos en ella y para esto, para ayudarnos a caer en la cuenta, es necesario el método, las prácticas, la técnica...
La Felicidad es la aceptación -o comprensión- de lo “que es”.
Creo interesante anotar que comprensión es transformación. No es meramente conocer algo intelectualmente: “Comprendo el teorema de Pitágoras”. Sino conocer algo cuyo conocimiento te transforma, comprender es experiencia transformadora, verdadera sabiduría: “Cuando pasas de la juventud a la madurez conoces tu propio ser más en profundidad, y esa experiencia te hace ser distinto tanto para contigo, para tu interior, como para con los otros”. Comprensión es abrazo de fusión, después del mismo ya no se puede ser igual. Tu realidad ha cambiado.
Aceptar es salir de nuestro mundo particular en el que estamos enclaustrados, dormidos y abrirnos al mundo de los despiertos, de los que caminan con los ojos abiertos. Todos los humanos solemos querer, o queremos, que el mundo sea “como debe ser”, esto es, que se atenga a nuestros sistemas de valores, a nuestras emociones y creencias (o ausencia de ellas). Con abrir los ojos vemos esto en nuestro interior y por todas partes: No debería haber inundaciones que maten a la gente, fulano no tendría que comportarse como lo hace, el gobierno no debe legalizar el aborto, no tendría que haber guerras, dios (o Dios) tendría que ser más justo, no tendría que llover ahora, ojalá me tocara la lotería...el mundo no tendría que ser como es...
Vivimos dentro de este mundo personal de valores y no dialogamos en profundidad, las conversaciones suelen ser superficiales, no se busca un mundo común, solamente nos tocamos ocasionalmente cuando decimos que nos comunicamos. Este mundo personal, esta burbuja individual en la que estamos metidos la hemos ido fabricando a lo largo de nuestra vida, como muy bien saben los psicólogos. Hemos seleccionados nuestros juicios valorativos en función de la cultura recibida y en función de la reacción -positiva o negativa- que cada una de las cosas ha provocado en nosotros. No es el mismo mundo el que habita un católico sumiso a la jerarquía que un marxista o un postmodernista urbano, hablando nada más que de los occidentales actuales. No es el mismo mundo el que habita un campesino andaluz de las Alpujarras que un catedrático de Oxford. ¿Tendría sentido en el Neolítico la frase: "Voy a coger el metro"? Solemos vivir en mundos muy distintos que nunca son el mundo real, sino un mero reflejo de la propia esfera privada, de sus sistema de valores, creencias, ideas, deseos... Y lo más grave es que proyectamos sobre el mundo nuestra propia responsabilidad en lo que vemos. Es muy frecuente llamar injusto al mundo, cuando el mundo no es ni justo, ni injusto, sencillamente es, somos nosotros quienes valoramos y al hacerlo somos justos o injustos. Y como siempre que se mira algo desde una perspectiva preconcebida, todas nuestras percepciones confirman nuestra creencia, ahí está el dicho popular: “a quien tiene un martillo por cabeza todo se le vuelve clavo”. ¿Por qué es así? Porque no vemos la realidad, vemos nuestra proyección que interpretamos como realidad. ¡No digamos ya si a nuestra proyección la llamamos Fe en la palabra de Dios!
Aceptar es salir de este mundo del sueño individual y acceder al mundo común de la Realidad. Son “los pocos sabios que en el mundo han sido” quienes lo han hecho. ¿Cómo salir y así ser feliz?
1.- Siendo conscientes de que “sólo los estúpidos se creen muy despiertos” (Chuang Tzu, el gran maestro taoísta del siglo IV a. C.). Por lo tanto lo primero es ser muy conscientes de no sabemos quienes somos ni de lo que son las cosas. Sólo percibimos atisbos, pero normalmente estamos dormidos.
2.- Cayendo en la cuenta de que las cosas en sí mismas son. Ante todo y sobre todo más allá de nuestros sistemas de valores son. Este mundo es Misterio y nuestros juicios ni lo tocan. ¿Cuando hemos visto que el mundo se disculpe por lo que es?
3.- Sabiendo que nosotros no podemos ver el Misterio para poderlo juzgar. Para ello tendríamos que situarnos fuera de él, pero no podemos porque somos parte integrante de él. El Misterio es nuestra misma substancia y no podemos alejarnos de ella. Todo es parte indisoluble del Misterio, no podemos juzgar nada. No existe el montículo desde el que podamos tener la perspectiva necesaria, porque el montículo también forma parte del mismo Misterio. El estudio científico y psicológico del ser humano convierte a éste en un objeto, pero tanto el sujeto que estudia como el objeto estudiado son parte del Misterio.
Ahora bien, lo que califica al hombre dentro del Misterio es su autoconsciencia: y por lo mismo la forma plenamente humana de ser Realidad es ser conscientemente uno con ella, o sea, aceptar que el mundo sea como es.
En modo alguno esto supone que no haya cosas en el mundo que duelan (las injusticias que matan sobre todo a los niños!!! y tantas cosas...), sobre todo aquellas que dependen más directamente de la actitud de los hombres y de la ambición humana. Pero el sabio-místico transciende su propio juicio y sabe que la debilidad de su mente es incapaz de percibir el Misterio, por eso acepta y se reconcilia con la existencia en su polaridad relativa. Sabe que él no se puede erigir en centro de juicio de lo bueno y lo malo y no enjuicia. Y en esta misma aceptación, dicen los mísitcos que han pasado por la experiencia, se revela la Felicidad, un Bien sin opuesto que no te libera de las exigencias relativas de luchar para que todos los humanos sean felices, sino que te fundamenta en el gozoso Misterio por el que conoces que todo está bien, que más allá de esta injusticia relativa vive el mundo que es Paz. Así acepta lo que es, aunque le repugnen muchas cosas y no se conforme (adapte a) con ellas. Así verifica que la subjetividad de su mundo, de sus emociones y valores se desvanece, se evapora, se disuelve y aparecen otras emociones trans, emociones que están más allá de lo subjetivo y de lo objetivo, emociones que conectan con el Misterio. Sus sentimientos antes eran reactivos, reaccionaban ante las cosas, ahora son sólo activos, expresan su conexión con la Realidad. Así se sale del mundo individual onírico en el que vive la inmensa mayoría de la humanidad.
Una pregunta para los cristianos ¿Qué cambio revolucionario indujo Jesús? El de la conciencia individual: la metánoia. Él no hizo otra cosa sino amar a todos. Amar lo que es, sin excluir nada. ¡Qué difícil!
Al que vive de esta manera le podríamos preguntar ¿cómo puede ser tan optimista? ¿No es más bien un pobre iluso estando las cosas como están en nuestro mundo? El sabio-místico es muy consciente de cómo están las cosas en este mundo polar e impermanente en el que vivimos. Es consciente de que su amor ha de estar a favor de todos sin exclusión. Pero, a la vez es totalmente consciente también de que “más allá del nivel que alcanzan nuestros juicios y valoraciones, del bien y del mal relativos y duales, todo sencillamente es, es decir, es completo en sí mismo”(M. Cavallé). Es incapaz para el odio que es siempre dual. Vive del Amor no-dual -el que constituye el Ser- porque en él el odio no existe. Por eso es totalmente Feliz
El sabio puede estar triste o alegre, sufrir o gozar, pero siempre está en Paz, es Feliz.
José Antonio Carmona
Todos buscamos la felicidad, todos los seres consciente o inconscientemente la buscamos. Esto lo sentimos en lo más profundo de nuestro corazón sin necesidad de cuestionarnos en qué pueda consistir la misma, ni siquiera si es posible conseguirla. Es el gran mito, tanto positivo como negativo, incuestionable. Para todo ser humano la felicidad es una actitud de paz, de gozo, de bienestar, de descanso en el bien que se desea, pero este bien deseado es tan variado como hombres hay. Hay quienes, la inmensa mayoría, ponen la felicidad en algo externo a sí mismos, a su propio Ser -desde el dinero hasta Dios (como el Otro, como objeto creado por la propia mente y cuya existencia consideramos cuestión de fe)-, algunos, muy pocos, los místicos la ponen en la quietud de su propia realidad interna, en la quietud de su Yo, en el no-desear, pues el deseo es la negación de la quietud en el sí mismo, en la “amada en el Amado transformada”. Según las culturas y los momentos los místicos utilizan distintos nombres para designar esa quietud total en sí mismos y en el Sí-mismo. Hay quienes la buscan en el tiempo y no la encuentran, otros la ¿esperan? para después de la muerte (como premio a sus buenas obras), volviendo a caer en la trampa del tiempo y confundiendo lo eterno con lo duradero sin fin -todo lo que dura es tiempo, no eternidad. Una idea un tanto absurda, que está introducida en la liturgia católica, habla de la sempiternidad, que no es tempiternidad sino siempre-eterno, como de aquello que tiene comienzo pero no tiene fin. Sería una especie de híbrido de tiempo y eternidad, mas lo que tiene comienzo no es, ni puede ser eterno, porque dura, porque ha comenzado-. Y algunos, los místicos, la viven transcendiendo la temporalidad, penetrándola, asumiéndola sin quedarse en ella, pero la viven ahora -en el nunc stans, no fluens-. Por lo tanto no más allá de esta vida en sentido cronológico, sino profundizando en la misma vida, escarbando no con la mente que es incapaz de salir del tiempo, es más, es la creadora del tiempo psicológico, como cualquier persona mínimamente culta sabe. Escarbando con el Amor, con la libertad del Espíritu, en el Vacío que es el Silencio del Espíritu, no la mera ausencia de Ser, escarbando en la quietud de la mente. -”Estando ya mi casa sosegada” … “Cesó todo, y dejeme”...(Juan de la Cruz)-. Y todo ello sin esfuerzo, sin tensiones que desharían la quietud, sino dejando la mente, el espíritu en calma, dejándose arrastrar por la corriente del Ser.
Leyendo “sosegadamente” el evangelio de Juan me han venido al corazón multitud de símbolos que hacen referencia a esta dimensión de la vida que podemos llamar vida feliz como: Jesús dice a Nicodemo (Jn 3,8...) que se ha de nacer de nuevo, Nicodemo no lo entiende porque interpreta en términos biológicos la expresión de Jesús, la iglesia católica lo ha interpretado como efecto de la gracia (don) y del sacramento, pero sin acabar de sacar todo el partido al “hombre nuevo” que es el que nace, el hombre que “ha venido y ha visto”. El hombre nuevo es Jesús taborizado y lo somos todos, pues somos su Cuerpo Místico, aunque no caigamos en la cuenta, y este hombre nuevo es sin duda un hombre feliz, como lo fue Jesús, un hombre lleno de paz, de profundidad, de sentirse Misterio y en el Misterio.
Pienso que este nacer de nuevo, que no es simplemente renacer, es don, como lo es todo -somos puro don, todo es gratuidad-, y pienso, para poder tener algo más de luz sobre este asunto que se ha de relacionar este nacer de nuevo con todas las expresiones que el cuarto evangelio utiliza para comunicarnos “el Reino”: la Felicidad. El agua viva de la Samaritana (Jn 4,4...). El perdón que acoge a la adúltera (Jn 8,2...). Los milagros, fundamentalmente curaciones, que son puros símbolos (passim) que comunican, enlazan a la gente con sus (de Jesús) palabras y con su vida. El pan de vida -la carne de Cristo-, su sangre, el vino, términos que los judíos vuelven a interpretar en sentido puramente biológico (están castrados al Espíritu) (¿No se dan reminiscencias de este sentido biológico -el pan es substancialmente el cuerpo...- en toda la liturgia eucarística de la iglesia católica? ¿Todos los textos de la celebración del Corpus, obra de Tomás de Aquino, no estaban motivados por una reacción cosista contra Berengario -”Preste fides suplementum sensuum defectui”? (Jn 6, 22...). La luz que no se oculta jamás (Jn 8,12...). El pastor que se da a su rebaño (Jn 10, 1...). El poder sobre la muerte que muestra al ¿resucitar? ¿revivir? a Lázaro (Jn 11, 43...) (él muere... y resucita: es exaltado, sigue vivo pero no en el tiempo, sigue presente entre los suyos no sólo en el recuerdo, se manifiesta como Misterio). La vid y los sarmientos (Jn 15,1...). La pena acaba en alegría … y esa alegría de sus discípulos no se la quitará nadie (Jn 16,22...). El mandamiento nuevo (13,33...). Todos estos símbolos son de alegría, de felicidad, de Vida...
Jesús en este evangelio no está predicando una forma de conducta, una doctrina, no nos está encomendando solamente que seamos correctos, está comunicándonos en sus obras y palabras la Vida que ya es él. Y esa Vida se expresa con estas metáforas y símbolos en el escrito joanneo. Esa Vida es la Felicidad que preconizan las bienaventuranzas.
Mas esto que dice Jesús pertenece a un orden al que no pertenecen los dirigentes religiosos de Israel (Jn 8,21...) (¿Acaso pertenece a este orden algún dirigente por el hecho de serlo, o pese al hecho de serlo?). Es el orden de la Vida, de la Plenitud, de la Realidad, del Misterio, de la Felicidad, de la Verdad-transformación que hace libres, no de la verdad conceptual -mal llamada verdad- del orden de la doctrina que hace esclavos... el Orden al que nos lleva la metánoia.
Son muchos los sinónimos con que denominamos esa actitud o sensación que deseamos permanente: Felicidad, dicha, ventura, venturanza, contento, satisfacción, bienestar, beatitud, gozo...plenitud, perfección... iluminación, salvación, Bien, Verdad, Ser. El mismo Aquinate la de explicaba como: “el descanso en el bien poseído” (quies in bono posesso). Toda esta multitud de nombres no hacen más que mostrar la imposibilidad de la mente para definir (delimitar) una Realidad que se le escapa totalmente y por ello mismo se la describe con tal variedad de sinónimos.
Sirva todo lo anterior como preludio para entrar en la consideración de esa experiencia, por otra parte inefable, a la que aspiramos ¿o lo somos y no caemos en la cuenta? los humanos.
LA FELICIDAD DUAL
Lo cierto es que a todas luces estamos viviendo en el tiempo y que la “felicidad se apoya en la infelicidad” como dice el Tao. Vivimos en el tiempo, prácticamente somos el resultado del tiempo y nuestro mundo es un mundo de polaridades. Nuestra memoria no es sino el resultado del pasado, la acumulación presente de muchos “ayeres”, y lo mismo es nuestro pensar. En este ser resultado del tiempo, de una o muchas cultura(s) determinada(s) ha incidido la postmetafísica: Somos el resultado de una cultura dada, una lengua dada, unos principios dados, a todo ello llaman los postmodernos “el mito de lo dado”, mito que asumimos sin cuestionárnoslo, en modo alguno quiere decir que cuanto hemos recibido los hombres de las generaciones anteriores sea todo nulo, falso, vacío. El nihilismo se ahoga en su propia negación. Pero, es totalmente cierto que somos frutos del tiempo, es una aprehensión directa de todo nuestro ser.
Mas hay que distinguir dos tipos de tiempo: el cronológico y el psicológico. El ayer como tiempo de reloj, que nada tiene que ver con el sujeto, y el ayer como recuerdo en la memoria. Negar la existencia del primero es un absurdo -yo hoy tengo setenta años según se computa en nuestra cultura, no uno, ni diez, ni cincuenta- Los días y noches se suceden, lo mismo las estaciones... Es el tiempo en el que es este mundo relativo, por lo tanto no es una ilusión en el sentido en que entendemos en Occidente la palabra “ilusión” (inexistente), pero sí que es sólo relativamente real que es lo que en Oriente se entiende por ilusión, su realidad es pura manifestación de lo Real. No olvidemos que la mera manifestación es también Ser, es más, es la ventana por la que nos asomamos al Misterio por muy provisional y evanescente que ésta sea. Y claramente la felicidad no es fruto del tiempo (principalmente del psicológico, pero tampoco del cronológico), no pertenece al ayer, ni al futuro, siempre es el ahora eterno, el ahora que no dura -fluens- sino el ahora que es -stans-. En la actitud atenta y pasiva del hombre, en aquella que va más allá del tiempo surge la “comprensión de lo que es” y la “compresión de lo que es” conlleva la transformación, el descanso en el sí mismo, la felicidad, nos dice Krishnamurti. Pero esto no puede suceder en el tiempo que necesariamente juzga y contrapone elementos. La felicidad que es atemporal no puede ser captada por el tiempo, ni por la mente que es temporal, como la música no puede ser captada por el olfato, aunque sí puede ser atisbada la felicidad en momentos por el espíritu del hombre. La felicidad que es “comprensión de lo que es” no pertenece al tiempo, pero es ahora, es el ahora permanente, que no pasa, que no dura, sino que es el es de lo no temporal o a-dual. Eso de tener que esperar a la muerte para salir de “este valle de lágrimas” no tiene nada de cristiano. “Quien se alegra en el tiempo, no se alegra todo el tiempo... Quien se alegra por encima del tiempo... se alegra todo el tiempo” Dice el Maestro Eckhart.
Recuerdo que de pequeño, en aquella España de charanga y pandereta, pero nuestra España, se nos enseñaba en el colegio el catecismo. Y en él se decía que el Cielo, la Beatitud (la Felicidad) “era el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno”. Así poco a poco en nuestras mentes se ha ido sembrado desde nuestra más tierna infancia, no podía ser de otro modo, una visión totalmente errónea de lo que es la felicidad: “El conjunto de todos los bienes”. Y esa expectativa de felicidad total-unipolar, de compendio sólo de las polaridades positivas, nos mantiene a todos en el engaño, en una ilusión mágica que nos consuela a veces pero cuyas consecuencias son trágicas, puesto que no es real. Un engaño que nos desanima porque pese a toda la publicidad en contra de la realidad y a favor del engaño, la misma realidad, que es tremendamente machacona, se encarga de que en cada momento vayamos recordando que en la historia existen los polos negativos, que junto a la alegría está la tristeza, junto al placer: el dolor, junto a la salud: la enfermedad, junto a la vida: la muerte... Y por lo tanto esa felicidad tan prometida, tan pregonada por todas partes, tan falsa... no existe. Pero el que no exista sólo dice que estamos equivocados al cifrar la felicidad en lo que dice la publicidad y el catecismo, -y otras fuentes culturales- que la felicidad no es la acumulación de todas las polaridades positivas, no que la felicidad no sea posible. No podemos basar la felicidad en una ausencia de Realidad, en una huida de ella, o de una parte importantísima de la misma, de la mitad concretamente.
Thoreau, el filósofo, poeta y pacifista norteamericano dice en su obra Walden -en la que relata sus años de experiencias de vida en el bosque- que si identificamos la felicidad exclusivamente con las experiencias fisiológicas, mentales y emocionales positivas… la felicidad permanente sólo será una quimera... La felicidad -en el tiempo- sustentada en los objetos, personas y situaciones es tan inestable como sus propios sustentos. Su contraparte polar es la infelicidad. Lo mismo decía muchos siglos antes Lao Tse, Buda, Jesús (edificad sobre bases sólidas y no sobre arena) y siguen diciendo los sabios (no identifiquemos sabios con eruditos, como se hace coloquialmente).
No se piense que con estas afirmaciones estoy queriendo negar que busquemos en esta vida todo lo de positivo que podamos. Sólo quiero decir que el gran error es buscarlo en exclusiva. Sólo quiero decir que asumamos la realidad dual con sus polaridades y así nos hagamos dueños de nuestra propia existencia, y de nuestra propia felicidad. Que ésta no sea perturbada por la inestabilidad de los polos: bueno-malo, salud-enfermedad, abundancia-penuria, éxito-fracaso...
LA FELICIDAD NO-DUAL
Con lo dicho hasta ahora, y sobre todo reflexionando sobre nuestras experiencias, nos damos cuenta de que estamos viviendo en un mundo de polaridades, y lo malo (malo porque en este mundo relativo el mal y el bien existen) es que hemos querido apoyarnos solamente en un polo, el positivo, para ser felices. Es un error, totalmente humano, explicable. Nadie va a buscar lo malo por lo malo, si lo busca es porque está en un error, en una ignorancia -sigo pensando que en el fondo del sí/mismo, no existen malos, sino ignorantes-. Me atrevo a mencionar en este aspecto mi escrito anterior sobre la palabra “perfecto” publicado en este blog.
Pues bien, todo lo anterior nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo estar en el mundo dual sin ser del mundo dual? ¿Cómo estar en este mundo de opuestos sin que nos arrastre en su vaivén? En una palabra ¿Cómo ser feliz en un mundo polar?
Mónica Cavallé en su libro La Sabiduría Recobrada hace un estudio serio en el que recoge los principios básicos que la filosofía perenne, nacida de las experiencias de los sabios-místicos, ha ido elaborando sobre este tema, se fundamenta principalmente en Lao Tse y Heráclito sin dejar de lado a otros grandes del espíritu como el Metre Eckhart y los advaitas actuales. En él afirma que la verdadera felicidad, aquella que no perece es la no-dual. Y hace una reflexión sobre la misma que me ha ayudado mucho en las mías.
Desde los tiempos más remotos de la Humanidad se han utilizado el triángulo y el péndulo para simbolizar el mundo dual y el no-dual en su relación. Creo que ambos ejemplos sirven para lo que pretenden, pero escojo aquí el del péndulo. Vemos que en el movimiento de un péndulo hay un vaivén constante del peso que cuelga de un hilo y que el punto que mantiene este hilo, pensemos una mano, no se mueve nunca. El vaivén del peso es totalmente dual, izquierda-derecha..., pero la mano que lo sostiene permanece, no tiene vaivén. Y no lo tiene porque está más allá de la línea de la oscilación. Es más, si esa mano no estuviera, no habría ni vaivén, ni péndulo. La mano no niega el ir y venir, lo positivo y lo negativo, sino que los integra a ambos en una permanencia, en una no oscilación que es origen del movimiento. Además se puede observar que los polos del peso -izquierda, derecha- están en la misma línea, esto lo expresa la filosofía hermética diciendo que ambos polos son de la misma esencia. ¿Qué es el frío? ¿Un esencia distinta a la del calor? ¿No es sino la misma esencia pero diferenciada en grado? Si el termómetro marca 30º hace calor, si marca -10º hace frío. Se trata de la misma esencia pero distinta en grados. ¿Qué es el mal sino ausencia de bien? ¿Qué es la cruz sino la otra cara de la misma moneda?
Vemos que ascendiendo por el hilo que mantiene el peso se llega a un punto común a ambos polos, el punto que los sostiene e integra: la mano. La Realidad última que hace posible la realidad polar del peso. Ni que decir tiene que esta Realidad última es Bien, es Belleza, es Verdad, es Felicidad... pero en un sentido muy distinto a la verdad, bien, belleza, felicidad... duales, porque estas (las escritas con minúsculas) tiene opuesto, un opuesto tan real como ellas mismas, la falsedad, la maldad... pero el Bien, la Verdad... la Felicidad que son la Realidad última no tienen opuesto. Son el Uno sin-segundo. Estas mismas palabras aplicadas a la realidad relativa, la dual y a la Realidad no-dual tienen un significado muy diferente. Quizás para los expertos en filosofía escolástica podríamos hablar como mucho de analogía de proporcionalidad (dos es a cuatro como que tres es a seis), cuando no de mera equivocidad. Creo de todas maneras que se trata de algo esencialmente distinto a lo que se dice en la escolástica. La felicidad en este aspecto no es una felicidad limitada por el sufrimiento, sino simplemente Felicidad que no puede ser definida porque “me quedé no sabiendo, toda ciencia transcendiendo”. Felicidad sin opuesto, no porque el dolor haya sido negado sino asumido y transcendido. No es que el bien se haya comido el mal, sino que ambos se integraron en el Ser. Quizás podríamos con todas las reservas posibles considerar como ejemplo el agua que no es ni hidrógeno, ni oxígeno, ni tiene sus propiedades, sino que es algo totalmente distinto, aunque los integra a ambos, pero no llevemos el ejemplo mas allá de esto. Estamos en otra dimensión como digo reiteradamente. Siempre es posible seguir el camino del hilo conductor que une el peso con la mano que lo sostiene. Y para hacerlo no hay que salir del mundo sino transcenderlo, atravesarlo. No hay que salir del péndulo, solamente no quedarse en el vaivén.
Para nosotros (quienes creemos en Jesucristo) tiene que ser un impulso constante a la aceptación la invitación que nos hace Jesús al decirnos: “quien quiera seguirme que tome su cruz” (Mt 16,24... Mc 8,35... Lc 9,23...). Es claro que estas frases de los evangelios, como prácticamente todas, han sido interpretadas de múltiples formas y maneras. Hay quienes con un sentido un tanto masoquista, entiendo, la ven como una invitación al sufrir en “este valle de lágrimas”, una invitación a quedarnos en el sufrimiento y sin el más mínimo planteamiento de que se haya de trancender. Recuerdo lo que me decía una monjita (hermana de la Cruz, por más señas) en mi época de juventud: “Sufrir y más sufrir por amor a él" – este “él” lo decía con mayúsculas- (Yo opino que amar sí, sufrir lo indispensable, el sufrimiento inútil es falta de Amor). El mismo Jesús, salvo en las horas de la pasión -por otra parte, pienso que multitud de otros seres humanos sufrieron y sufren mucho más-, no parece que padeciera mucho y desde luego no gratuitamente. Somos realmente masoquistas al considerar los momentos de la pasión de Jesús. Lo que Jesús nos dice, en opinión de grandes místicos, es que aceptemos nuestra realidad (dual), que no nos apoyemos en un lado exclusivo abandonando el otro, que aprendamos a amar nuestra propia existencia polar. Que así aceptemos tanto el placer como el dolor. Que en esta aceptación encontraremos el camino a la Felicidad sin opuesto. Lo mismo podríamos decir de Buda que nos enseña lo que él vivió: el dolor es intrínseco a la existencia y tan sólo atravesándolo podremos acabar con la ilusión que nos mantiene siempre insatisfechos, porque siempre queda algo que conseguir. Y de igual manera Lao Tse, el Kybalión, Heráclito, los estoicos... y todos los místicos habidos. El aceptar es vivir “con los ojos abiertos” a la realidad dual impermanente y a la No-dual que es su sostén siempre ahora, su único sostén. Algunos místicos, como Juliana de Norwich, experimentando ese mundo No-dual afirmaron que este mundo en el que vivimos es el mejor de los mundos posibles.
Nada, absolutamente nada puede empañar esta Felicidad arraigada en esa aceptación (Krishnamurti la llama comprensión) de lo “que es” cuando es percibido por una mente en Paz, arraigada en la percepción experimental de que es el Amor el que sostiene el péndulo, el que integra la oscilación, que es el Amor el que consume en su propio fuego toda manifestación de esta polaridad que vemos y vivimos. Si no lo aceptamos, la respuesta sólo puede ser el cinismo o el desaliento.
Solamente la felicidad que se sustenta en la toma de conciencia de la impermanencia de todo cuanto existe, puede ser permanente, dicen todos los grandes sabios.
Mónica Cavallé en el libro citado hace una breve comparación entre la felicidad no-dual (Felicidad) y la felicidad dual para ver las distintas características y poder fijar criterios sobre ellas. La resumo brevemente:
La felicidad dual está siempre amenazada por su opuesto: el dolor.
La Felicidad no-dual aceptando el dolor lo reconcilia dentro de sí con la alegría. Así desaparecen ambos y sólo queda la Felicidad, el Bien.
La felicidad dual es una felicidad planificada, erigida de antemano como una meta y por lo mismo imaginada, irreal. Siempre amenazada por el peligro del riesgo, de lo no planificado.
La Felicidad no-dual nunca se preocupa de sí misma, no se planifica. Posee a quien está comprometido con la Verdad, comprometido con su propia autenticidad, a quien vive con los ojos abiertos.
La felicidad dual depende siempre de que se cumplan ciertas condiciones externas y se traduce con frecuencia en manifestaciones eufóricas, tanto individuales como colectivas, de crispación. Las circunstancias se convierten en fines absolutos... (recordemos hechos que ocupan las pantallas de televisión: la euforia crispada de los que son “agraciados” con la lotería de Navidad, la de los los incondicionales de un equipo de fútbol, cuando éste marca un gol, las histerias de los seguidores de grupos de cantantes de moda...de políticos que ganan las elecciones...).
La Felicidad no-dual es incondicionada, pues nunca se buscó directamente. Es un plato que saboreado una vez, siempre se le reconoce. Quien la saborea recibe con los abrazos abiertos cualquier experiencia. Se entrega a la alegría sin retenerla, acepta el dolor sin acritud, sin sufrimiento psicológico y ve como en la misma aceptación este dolor va desapareciendo. No magnifica nada, no dramatiza nada. No se apega a nada, sabe (no simplemente conoce) que su ser profundo es la mano y no la oscilación. Es consciente de la armonía invisible que mantiene cuanto es.
Lo que se ha dicho hasta ahora, escrito y reflexionado por grandes expertos en espiritualidad puede sonar a una teoría muy bonita, pero nada práctica. ¡Pero resulta que ellos hablaban y hablan de sus experiencias! No de teorías. Quizás debería decir que hablan de auténticas teorías puesto que la theoria auténtica es aquella indisolublemente unida a la praxis. Theoría es sabiduría: conocimiento que trasnforma
LA COMPRENSIÓN O ACEPTACIÓN DE LO “QUE ES”
El camino para alcanzar la felicidad total no existe. Esto no quiere decir que no haya que mantener un método, unas técnicas, pero esas técnicas no nos dan la felicidad, esas técnicas las necesitamos para “ir desbrozando el camino”, quitando estorbos. Ya estoy cayendo en el lenguaje oximorónico, contradictorio. Acabo de decir que el camino no existe ¿cómo a renglón seguido puedo hablar de desbrozarlo? Son las dificultades inmensas con las que se encuentra el lenguaje lógico al tratar de explicar el Misterio translógico. No acaba de hacerlo, no puede, tan sólo lo indica, señala la dirección. La Felicidad es don, como lo es la Vida y porque es Vida. En definitiva nuestra vida terrena es un caminar consciente de que nunca hemos salido de la meta que buscamos, porque estamos en ella. Solamente necesitamos caer en la cuenta de que estamos en ella y para esto, para ayudarnos a caer en la cuenta, es necesario el método, las prácticas, la técnica...
La Felicidad es la aceptación -o comprensión- de lo “que es”.
Creo interesante anotar que comprensión es transformación. No es meramente conocer algo intelectualmente: “Comprendo el teorema de Pitágoras”. Sino conocer algo cuyo conocimiento te transforma, comprender es experiencia transformadora, verdadera sabiduría: “Cuando pasas de la juventud a la madurez conoces tu propio ser más en profundidad, y esa experiencia te hace ser distinto tanto para contigo, para tu interior, como para con los otros”. Comprensión es abrazo de fusión, después del mismo ya no se puede ser igual. Tu realidad ha cambiado.
Aceptar es salir de nuestro mundo particular en el que estamos enclaustrados, dormidos y abrirnos al mundo de los despiertos, de los que caminan con los ojos abiertos. Todos los humanos solemos querer, o queremos, que el mundo sea “como debe ser”, esto es, que se atenga a nuestros sistemas de valores, a nuestras emociones y creencias (o ausencia de ellas). Con abrir los ojos vemos esto en nuestro interior y por todas partes: No debería haber inundaciones que maten a la gente, fulano no tendría que comportarse como lo hace, el gobierno no debe legalizar el aborto, no tendría que haber guerras, dios (o Dios) tendría que ser más justo, no tendría que llover ahora, ojalá me tocara la lotería...el mundo no tendría que ser como es...
Vivimos dentro de este mundo personal de valores y no dialogamos en profundidad, las conversaciones suelen ser superficiales, no se busca un mundo común, solamente nos tocamos ocasionalmente cuando decimos que nos comunicamos. Este mundo personal, esta burbuja individual en la que estamos metidos la hemos ido fabricando a lo largo de nuestra vida, como muy bien saben los psicólogos. Hemos seleccionados nuestros juicios valorativos en función de la cultura recibida y en función de la reacción -positiva o negativa- que cada una de las cosas ha provocado en nosotros. No es el mismo mundo el que habita un católico sumiso a la jerarquía que un marxista o un postmodernista urbano, hablando nada más que de los occidentales actuales. No es el mismo mundo el que habita un campesino andaluz de las Alpujarras que un catedrático de Oxford. ¿Tendría sentido en el Neolítico la frase: "Voy a coger el metro"? Solemos vivir en mundos muy distintos que nunca son el mundo real, sino un mero reflejo de la propia esfera privada, de sus sistema de valores, creencias, ideas, deseos... Y lo más grave es que proyectamos sobre el mundo nuestra propia responsabilidad en lo que vemos. Es muy frecuente llamar injusto al mundo, cuando el mundo no es ni justo, ni injusto, sencillamente es, somos nosotros quienes valoramos y al hacerlo somos justos o injustos. Y como siempre que se mira algo desde una perspectiva preconcebida, todas nuestras percepciones confirman nuestra creencia, ahí está el dicho popular: “a quien tiene un martillo por cabeza todo se le vuelve clavo”. ¿Por qué es así? Porque no vemos la realidad, vemos nuestra proyección que interpretamos como realidad. ¡No digamos ya si a nuestra proyección la llamamos Fe en la palabra de Dios!
Aceptar es salir de este mundo del sueño individual y acceder al mundo común de la Realidad. Son “los pocos sabios que en el mundo han sido” quienes lo han hecho. ¿Cómo salir y así ser feliz?
1.- Siendo conscientes de que “sólo los estúpidos se creen muy despiertos” (Chuang Tzu, el gran maestro taoísta del siglo IV a. C.). Por lo tanto lo primero es ser muy conscientes de no sabemos quienes somos ni de lo que son las cosas. Sólo percibimos atisbos, pero normalmente estamos dormidos.
2.- Cayendo en la cuenta de que las cosas en sí mismas son. Ante todo y sobre todo más allá de nuestros sistemas de valores son. Este mundo es Misterio y nuestros juicios ni lo tocan. ¿Cuando hemos visto que el mundo se disculpe por lo que es?
3.- Sabiendo que nosotros no podemos ver el Misterio para poderlo juzgar. Para ello tendríamos que situarnos fuera de él, pero no podemos porque somos parte integrante de él. El Misterio es nuestra misma substancia y no podemos alejarnos de ella. Todo es parte indisoluble del Misterio, no podemos juzgar nada. No existe el montículo desde el que podamos tener la perspectiva necesaria, porque el montículo también forma parte del mismo Misterio. El estudio científico y psicológico del ser humano convierte a éste en un objeto, pero tanto el sujeto que estudia como el objeto estudiado son parte del Misterio.
Ahora bien, lo que califica al hombre dentro del Misterio es su autoconsciencia: y por lo mismo la forma plenamente humana de ser Realidad es ser conscientemente uno con ella, o sea, aceptar que el mundo sea como es.
En modo alguno esto supone que no haya cosas en el mundo que duelan (las injusticias que matan sobre todo a los niños!!! y tantas cosas...), sobre todo aquellas que dependen más directamente de la actitud de los hombres y de la ambición humana. Pero el sabio-místico transciende su propio juicio y sabe que la debilidad de su mente es incapaz de percibir el Misterio, por eso acepta y se reconcilia con la existencia en su polaridad relativa. Sabe que él no se puede erigir en centro de juicio de lo bueno y lo malo y no enjuicia. Y en esta misma aceptación, dicen los mísitcos que han pasado por la experiencia, se revela la Felicidad, un Bien sin opuesto que no te libera de las exigencias relativas de luchar para que todos los humanos sean felices, sino que te fundamenta en el gozoso Misterio por el que conoces que todo está bien, que más allá de esta injusticia relativa vive el mundo que es Paz. Así acepta lo que es, aunque le repugnen muchas cosas y no se conforme (adapte a) con ellas. Así verifica que la subjetividad de su mundo, de sus emociones y valores se desvanece, se evapora, se disuelve y aparecen otras emociones trans, emociones que están más allá de lo subjetivo y de lo objetivo, emociones que conectan con el Misterio. Sus sentimientos antes eran reactivos, reaccionaban ante las cosas, ahora son sólo activos, expresan su conexión con la Realidad. Así se sale del mundo individual onírico en el que vive la inmensa mayoría de la humanidad.
Una pregunta para los cristianos ¿Qué cambio revolucionario indujo Jesús? El de la conciencia individual: la metánoia. Él no hizo otra cosa sino amar a todos. Amar lo que es, sin excluir nada. ¡Qué difícil!
Al que vive de esta manera le podríamos preguntar ¿cómo puede ser tan optimista? ¿No es más bien un pobre iluso estando las cosas como están en nuestro mundo? El sabio-místico es muy consciente de cómo están las cosas en este mundo polar e impermanente en el que vivimos. Es consciente de que su amor ha de estar a favor de todos sin exclusión. Pero, a la vez es totalmente consciente también de que “más allá del nivel que alcanzan nuestros juicios y valoraciones, del bien y del mal relativos y duales, todo sencillamente es, es decir, es completo en sí mismo”(M. Cavallé). Es incapaz para el odio que es siempre dual. Vive del Amor no-dual -el que constituye el Ser- porque en él el odio no existe. Por eso es totalmente Feliz
El sabio puede estar triste o alegre, sufrir o gozar, pero siempre está en Paz, es Feliz.
José Antonio Carmona
sábado, 6 de agosto de 2011
A PROPÓSITO DEL PENSAR
Pensar es evolucionar, avanzar en la comunión con Todo, es crear visión (auto)transformadora con el Misterio como norte
Walt Whitman, el ingente poeta y místico de EEUU, escribe en su Song of Myself -libro que me enamora- el siguiente párrafo: (lo escribo en la lengua original porque pienso que esta ha de ser respetada siempre que sea factible, sobre todo en el caso de la poesía)
Urge and urge and urge/ Always the procreand urge of the vorld/ Out of the dimness opposite equals avance... Always substance and increase, / Always a knif of identity... always distinction... always a breed of life/ To elaborate is no avail... Learned and unlearned feel that it is so.
(Impulso, impulso, impulso, / siempre el impulso procreador del mundo. / De la penumbra avanzan opuestos iguales... Siempre la substancia y el crecer / siempre la síntesis de una identidad... siempre la diferencia... siempre el engendrar la vida./ De nada sirve elaborar... los sabios y los ignorantes lo saben)
Es una bella forma de afirmar que es el impulso entre los opuestos lo que genera el mundo: Siempre la diferencia, siempre la síntesis. Siempre el desarrollo. Siempre el cambio para que todo continúe, tanto para el pensar como para todo ser. La vida brota del cambio. Cambio ordenado, no caótico. Se desarrolla un cuerpo humano, no un cáncer.
Recuerdo, cuento batallitas de mi pasado, que en año 1967 enseñé (o lo intenté ¿quién me enseñaba a mí?) Historia de la Filosofía en el Seminario de Cádiz. Una de las preguntas del examen final, que fue escrito, pedía un paralelismo entre el cristianismo y Nietzsche. Creo que no la respondió nadie. Yo tampoco era un experto en ello, algo sabía, sin embargo. Hoy, salvando diferencias enormes, me parecen Jesús y Nietzsche dos pilares fundamentales de la evolución humana, en concreto del Amor. Por cierto, todo lo que se ha afirmado del “superhombre” de Nietzsche que suplanta a Dios, es el producto de una mente aún infantil que crea fantasmas con los muebles de una habitación. El “superhombre” del que habla el filósofo del siglo diecinueve no es más que la transpersonalidad, que con sus defectos y maravillosos logros ha ayudado a los hombres en el desarrollo de la conciencia. Y Nietszche es el primero en plantear que la filosofía se ha de plantear el propio pensar, dice que la más porfiada enemiga del pensamiento es la razón. Y en este pensar el pensar están comprometidos los postmetafísicos. Una de las cosas conseguidas en este esfuerzo pensante ha sido la distinción entre permanencia estática y permanencia dinámica.
La historia de la filosofía que “nos enseñaron” en el seminario nos habló muy de pasada de un tal Heráclito, del que se nos decía: su filosofía consiste en "panta rei", todo cambia, y nada más. En cambio de Aristóteles nos hartaron de datos y conceptos que luego se aumentaron al llegar a estudiar la escolástica. Aristóteles al introducir el principio de no-contradicción como principio fundamental de la realidad destrozó la permanencia dinámica, la tensión entre los polos. La filosofía posterior, bajo su influencia, nos dirá que sólo puede permanecer lo estático, que lo dinámico no puede permanecer, simplemente pasar, pues toda, sobre todo a partir de la escolástica, está fundamentada en Aristóteles. Con lo cual se identifica permanencia y fijeza,como dice Mónica Cavallé (filósofa a la que me remito con frecuencia) y se rechaza totalmente que haya una permanencia gracias al cambio. Sin embargo, los cristianos tendríamos que tener presente que esta identificación entre permanencia y fijeza no casa bien con el cuarto evangelio, ni con el Misterio (todos los símbolos del cuarto evangelio son dinámicos: agua, luz, vida, resurrección, amor...). Nietzsche rompe esta dinámica aristotélica, lo mismo que hace Heidegger y los dos nos ponen en la línea de los presocráticos. Todo permanece porque todo cambia, se trata de la permanencia dinámica o invisible.
Y todo esto lo hemos de aplicar a la hora de pensar. Podemos optar por pensar lo mismo hoy que ayer y que el año pasado y en un futuro cualquiera que éste sea. Por descontado. Esta actitud da la impresión de seguridad, estoy asido a algo que no cambia (y si además la institución religiosa “oficial y verdadera”, que España es la institución católica, me dice que eso es así: “que Jesús nació de una virgen”, miel sobre hojuelas) pero esto no es pensar, es sencillamente repetir como lo hace un equipo de grabación, como lo hace este ordenador que no piensa solamente es hábil ¿Inteligencia artificial? ¡El colmo de la ignorancia del pensar!. El pensamiento no es repetición, es creación. Tampoco es arbitrariedad, capricho, en estos casos no es algo creativo. En este punto es curioso observar que a la idea la llamamos concepto y lo que se concibe biológicamente es algo nuevo, en la misma línea que los creadores -seres humanos, no monstruos-, pero siempre nuevo y siempre humano. No se repite el Ser (clonación), los opuestos masculino-femenino generan un tertium quid también humano, pero siempre otro, el hijo/a.
El pensar conlleva el riesgo del salto hacia adelante, no repite lo pasado, sería simple memoria -los ordenadores tienen muchísima-, sino que engendra una luz nueva que descubre en el Ser, engendra una transformación, si es verdadero pensar y no almacenar datos. Pero este pensar es igualmente permanencia, el bebé también es humano y es la misma persona que será de adulto, aunque modificada, pero permanencia que se hace a base de desarrollo, de dinamismo, de evolución. Es la permanencia dinámica o invisible, que experimentamos a cada paso, en nuestro cuerpo, en nuestro espíritu, en el mundo que nos rodea, en el paso de los años...
La permanencia estática o visible es la de los muertos, la dinámica o invisible es la de los vivos, la estática es la de una escayola, la dinámica la de las piernas que caminan. Sencillamente el mundo es polar y no se le puede aplicar el principio de no-contradicción, porque los dos polos de cada ser son la misma esencia. Lo contrario del amor no es el odio, sino el no-amor. Amor y odio son dos caras de una misma moneda, por eso es tan fácil pegar el salto de uno a otro sobre todo en la vida de pareja.
La permanencia invisible es la que hace posible la vida y el pensar. Afirmar que el pensamiento es permanencia estática, que pensaré siempre lo mismo es no saber qué es el pensamiento: Generar lo nuevo. "Ecce nova facio omnia" bíblico frente al "nihil innovetur nisi quod traditum est" de la jerarquía.
José Antonio Carmona
Walt Whitman, el ingente poeta y místico de EEUU, escribe en su Song of Myself -libro que me enamora- el siguiente párrafo: (lo escribo en la lengua original porque pienso que esta ha de ser respetada siempre que sea factible, sobre todo en el caso de la poesía)
Urge and urge and urge/ Always the procreand urge of the vorld/ Out of the dimness opposite equals avance... Always substance and increase, / Always a knif of identity... always distinction... always a breed of life/ To elaborate is no avail... Learned and unlearned feel that it is so.
(Impulso, impulso, impulso, / siempre el impulso procreador del mundo. / De la penumbra avanzan opuestos iguales... Siempre la substancia y el crecer / siempre la síntesis de una identidad... siempre la diferencia... siempre el engendrar la vida./ De nada sirve elaborar... los sabios y los ignorantes lo saben)
Es una bella forma de afirmar que es el impulso entre los opuestos lo que genera el mundo: Siempre la diferencia, siempre la síntesis. Siempre el desarrollo. Siempre el cambio para que todo continúe, tanto para el pensar como para todo ser. La vida brota del cambio. Cambio ordenado, no caótico. Se desarrolla un cuerpo humano, no un cáncer.
Recuerdo, cuento batallitas de mi pasado, que en año 1967 enseñé (o lo intenté ¿quién me enseñaba a mí?) Historia de la Filosofía en el Seminario de Cádiz. Una de las preguntas del examen final, que fue escrito, pedía un paralelismo entre el cristianismo y Nietzsche. Creo que no la respondió nadie. Yo tampoco era un experto en ello, algo sabía, sin embargo. Hoy, salvando diferencias enormes, me parecen Jesús y Nietzsche dos pilares fundamentales de la evolución humana, en concreto del Amor. Por cierto, todo lo que se ha afirmado del “superhombre” de Nietzsche que suplanta a Dios, es el producto de una mente aún infantil que crea fantasmas con los muebles de una habitación. El “superhombre” del que habla el filósofo del siglo diecinueve no es más que la transpersonalidad, que con sus defectos y maravillosos logros ha ayudado a los hombres en el desarrollo de la conciencia. Y Nietszche es el primero en plantear que la filosofía se ha de plantear el propio pensar, dice que la más porfiada enemiga del pensamiento es la razón. Y en este pensar el pensar están comprometidos los postmetafísicos. Una de las cosas conseguidas en este esfuerzo pensante ha sido la distinción entre permanencia estática y permanencia dinámica.
La historia de la filosofía que “nos enseñaron” en el seminario nos habló muy de pasada de un tal Heráclito, del que se nos decía: su filosofía consiste en "panta rei", todo cambia, y nada más. En cambio de Aristóteles nos hartaron de datos y conceptos que luego se aumentaron al llegar a estudiar la escolástica. Aristóteles al introducir el principio de no-contradicción como principio fundamental de la realidad destrozó la permanencia dinámica, la tensión entre los polos. La filosofía posterior, bajo su influencia, nos dirá que sólo puede permanecer lo estático, que lo dinámico no puede permanecer, simplemente pasar, pues toda, sobre todo a partir de la escolástica, está fundamentada en Aristóteles. Con lo cual se identifica permanencia y fijeza,como dice Mónica Cavallé (filósofa a la que me remito con frecuencia) y se rechaza totalmente que haya una permanencia gracias al cambio. Sin embargo, los cristianos tendríamos que tener presente que esta identificación entre permanencia y fijeza no casa bien con el cuarto evangelio, ni con el Misterio (todos los símbolos del cuarto evangelio son dinámicos: agua, luz, vida, resurrección, amor...). Nietzsche rompe esta dinámica aristotélica, lo mismo que hace Heidegger y los dos nos ponen en la línea de los presocráticos. Todo permanece porque todo cambia, se trata de la permanencia dinámica o invisible.
Y todo esto lo hemos de aplicar a la hora de pensar. Podemos optar por pensar lo mismo hoy que ayer y que el año pasado y en un futuro cualquiera que éste sea. Por descontado. Esta actitud da la impresión de seguridad, estoy asido a algo que no cambia (y si además la institución religiosa “oficial y verdadera”, que España es la institución católica, me dice que eso es así: “que Jesús nació de una virgen”, miel sobre hojuelas) pero esto no es pensar, es sencillamente repetir como lo hace un equipo de grabación, como lo hace este ordenador que no piensa solamente es hábil ¿Inteligencia artificial? ¡El colmo de la ignorancia del pensar!. El pensamiento no es repetición, es creación. Tampoco es arbitrariedad, capricho, en estos casos no es algo creativo. En este punto es curioso observar que a la idea la llamamos concepto y lo que se concibe biológicamente es algo nuevo, en la misma línea que los creadores -seres humanos, no monstruos-, pero siempre nuevo y siempre humano. No se repite el Ser (clonación), los opuestos masculino-femenino generan un tertium quid también humano, pero siempre otro, el hijo/a.
El pensar conlleva el riesgo del salto hacia adelante, no repite lo pasado, sería simple memoria -los ordenadores tienen muchísima-, sino que engendra una luz nueva que descubre en el Ser, engendra una transformación, si es verdadero pensar y no almacenar datos. Pero este pensar es igualmente permanencia, el bebé también es humano y es la misma persona que será de adulto, aunque modificada, pero permanencia que se hace a base de desarrollo, de dinamismo, de evolución. Es la permanencia dinámica o invisible, que experimentamos a cada paso, en nuestro cuerpo, en nuestro espíritu, en el mundo que nos rodea, en el paso de los años...
La permanencia estática o visible es la de los muertos, la dinámica o invisible es la de los vivos, la estática es la de una escayola, la dinámica la de las piernas que caminan. Sencillamente el mundo es polar y no se le puede aplicar el principio de no-contradicción, porque los dos polos de cada ser son la misma esencia. Lo contrario del amor no es el odio, sino el no-amor. Amor y odio son dos caras de una misma moneda, por eso es tan fácil pegar el salto de uno a otro sobre todo en la vida de pareja.
La permanencia invisible es la que hace posible la vida y el pensar. Afirmar que el pensamiento es permanencia estática, que pensaré siempre lo mismo es no saber qué es el pensamiento: Generar lo nuevo. "Ecce nova facio omnia" bíblico frente al "nihil innovetur nisi quod traditum est" de la jerarquía.
José Antonio Carmona
Suscribirse a:
Entradas (Atom)