miércoles, 31 de agosto de 2011

ACERCA DE LA FELICIDAD

¿ES POSIBLE SER FELIZ?

Todos buscamos la felicidad, todos los seres consciente o inconscientemente la buscamos. Esto lo sentimos en lo más profundo de nuestro corazón sin necesidad de cuestionarnos en qué pueda consistir la misma, ni siquiera si es posible conseguirla. Es el gran mito, tanto positivo como negativo, incuestionable. Para todo ser humano la felicidad es una actitud de paz, de gozo, de bienestar, de descanso en el bien que se desea, pero este bien deseado es tan variado como hombres hay. Hay quienes, la inmensa mayoría, ponen la felicidad en algo externo a sí mismos, a su propio Ser -desde el dinero hasta Dios (como el Otro, como objeto creado por la propia mente y cuya existencia consideramos cuestión de fe)-, algunos, muy pocos, los místicos la ponen en la quietud de su propia realidad interna, en la quietud de su Yo, en el no-desear, pues el deseo es la negación de la quietud en el sí mismo, en la “amada en el Amado transformada”. Según las culturas y los momentos los místicos utilizan distintos nombres para designar esa quietud total en sí mismos y en el Sí-mismo. Hay quienes la buscan en el tiempo y no la encuentran, otros la ¿esperan? para después de la muerte (como premio a sus buenas obras), volviendo a caer en la trampa del tiempo y confundiendo lo eterno con lo duradero sin fin -todo lo que dura es tiempo, no eternidad. Una idea un tanto absurda, que está introducida en la liturgia católica, habla de la sempiternidad, que no es tempiternidad sino siempre-eterno, como de aquello que tiene comienzo pero no tiene fin. Sería una especie de híbrido de tiempo y eternidad, mas lo que tiene comienzo no es, ni puede ser eterno, porque dura, porque ha comenzado-. Y algunos, los místicos, la viven transcendiendo la temporalidad, penetrándola, asumiéndola sin quedarse en ella, pero la viven ahora -en el nunc stans, no fluens-. Por lo tanto no más allá de esta vida en sentido cronológico, sino profundizando en la misma vida, escarbando no con la mente que es incapaz de salir del tiempo, es más, es la creadora del tiempo psicológico, como cualquier persona mínimamente culta sabe. Escarbando con el Amor, con la libertad del Espíritu, en el Vacío que es el Silencio del Espíritu, no la mera ausencia de Ser, escarbando en la quietud de la mente. -”Estando ya mi casa sosegada” … “Cesó todo, y dejeme”...(Juan de la Cruz)-. Y todo ello sin esfuerzo, sin tensiones que desharían la quietud, sino dejando la mente, el espíritu en calma, dejándose arrastrar por la corriente del Ser.

Leyendo “sosegadamente” el evangelio de Juan me han venido al corazón multitud de símbolos que hacen referencia a esta dimensión de la vida que podemos llamar vida feliz como: Jesús dice a Nicodemo (Jn 3,8...) que se ha de nacer de nuevo, Nicodemo no lo entiende porque interpreta en términos biológicos la expresión de Jesús, la iglesia católica lo ha interpretado como efecto de la gracia (don) y del sacramento, pero sin acabar de sacar todo el partido al “hombre nuevo” que es el que nace, el hombre que “ha venido y ha visto”. El hombre nuevo es Jesús taborizado y lo somos todos, pues somos su Cuerpo Místico, aunque no caigamos en la cuenta, y este hombre nuevo es sin duda un hombre feliz, como lo fue Jesús, un hombre lleno de paz, de profundidad, de sentirse Misterio y en el Misterio.

Pienso que este nacer de nuevo, que no es simplemente renacer, es don, como lo es todo -somos puro don, todo es gratuidad-, y pienso, para poder tener algo más de luz sobre este asunto que se ha de relacionar este nacer de nuevo con todas las expresiones que el cuarto evangelio utiliza para comunicarnos “el Reino”: la Felicidad. El agua viva de la Samaritana (Jn 4,4...). El perdón que acoge a la adúltera (Jn 8,2...). Los milagros, fundamentalmente curaciones, que son puros símbolos (passim) que comunican, enlazan a la gente con sus (de Jesús) palabras y con su vida. El pan de vida -la carne de Cristo-, su sangre, el vino, términos que los judíos vuelven a interpretar en sentido puramente biológico (están castrados al Espíritu) (¿No se dan reminiscencias de este sentido biológico -el pan es substancialmente el cuerpo...- en toda la liturgia eucarística de la iglesia católica? ¿Todos los textos de la celebración del Corpus, obra de Tomás de Aquino, no estaban motivados por una reacción cosista contra Berengario -”Preste fides suplementum sensuum defectui”? (Jn 6, 22...). La luz que no se oculta jamás (Jn 8,12...). El pastor que se da a su rebaño (Jn 10, 1...). El poder sobre la muerte que muestra al ¿resucitar? ¿revivir? a Lázaro (Jn 11, 43...) (él muere... y resucita: es exaltado, sigue vivo pero no en el tiempo, sigue presente entre los suyos no sólo en el recuerdo, se manifiesta como Misterio). La vid y los sarmientos (Jn 15,1...). La pena acaba en alegría … y esa alegría de sus discípulos no se la quitará nadie (Jn 16,22...). El mandamiento nuevo (13,33...). Todos estos símbolos son de alegría, de felicidad, de Vida...

Jesús en este evangelio no está predicando una forma de conducta, una doctrina, no nos está encomendando solamente que seamos correctos, está comunicándonos en sus obras y palabras la Vida que ya es él. Y esa Vida se expresa con estas metáforas y símbolos en el escrito joanneo. Esa Vida es la Felicidad que preconizan las bienaventuranzas.

Mas esto que dice Jesús pertenece a un orden al que no pertenecen los dirigentes religiosos de Israel (Jn 8,21...) (¿Acaso pertenece a este orden algún dirigente por el hecho de serlo, o pese al hecho de serlo?). Es el orden de la Vida, de la Plenitud, de la Realidad, del Misterio, de la Felicidad, de la Verdad-transformación que hace libres, no de la verdad conceptual -mal llamada verdad- del orden de la doctrina que hace esclavos... el Orden al que nos lleva la metánoia.

Son muchos los sinónimos con que denominamos esa actitud o sensación que deseamos permanente: Felicidad, dicha, ventura, venturanza, contento, satisfacción, bienestar, beatitud, gozo...plenitud, perfección... iluminación, salvación, Bien, Verdad, Ser. El mismo Aquinate la de explicaba como: “el descanso en el bien poseído” (quies in bono posesso). Toda esta multitud de nombres no hacen más que mostrar la imposibilidad de la mente para definir (delimitar) una Realidad que se le escapa totalmente y por ello mismo se la describe con tal variedad de sinónimos.

Sirva todo lo anterior como preludio para entrar en la consideración de esa experiencia, por otra parte inefable, a la que aspiramos ¿o lo somos y no caemos en la cuenta? los humanos.


LA FELICIDAD DUAL

Lo cierto es que a todas luces estamos viviendo en el tiempo y que la “felicidad se apoya en la infelicidad” como dice el Tao. Vivimos en el tiempo, prácticamente somos el resultado del tiempo y nuestro mundo es un mundo de polaridades. Nuestra memoria no es sino el resultado del pasado, la acumulación presente de muchos “ayeres”, y lo mismo es nuestro pensar. En este ser resultado del tiempo, de una o muchas cultura(s) determinada(s) ha incidido la postmetafísica: Somos el resultado de una cultura dada, una lengua dada, unos principios dados, a todo ello llaman los postmodernos “el mito de lo dado”, mito que asumimos sin cuestionárnoslo, en modo alguno quiere decir que cuanto hemos recibido los hombres de las generaciones anteriores sea todo nulo, falso, vacío. El nihilismo se ahoga en su propia negación. Pero, es totalmente cierto que somos frutos del tiempo, es una aprehensión directa de todo nuestro ser.

Mas hay que distinguir dos tipos de tiempo: el cronológico y el psicológico. El ayer como tiempo de reloj, que nada tiene que ver con el sujeto, y el ayer como recuerdo en la memoria. Negar la existencia del primero es un absurdo -yo hoy tengo setenta años según se computa en nuestra cultura, no uno, ni diez, ni cincuenta- Los días y noches se suceden, lo mismo las estaciones... Es el tiempo en el que es este mundo relativo, por lo tanto no es una ilusión en el sentido en que entendemos en Occidente la palabra “ilusión” (inexistente), pero sí que es sólo relativamente real que es lo que en Oriente se entiende por ilusión, su realidad es pura manifestación de lo Real. No olvidemos que la mera manifestación es también Ser, es más, es la ventana por la que nos asomamos al Misterio por muy provisional y evanescente que ésta sea. Y claramente la felicidad no es fruto del tiempo (principalmente del psicológico, pero tampoco del cronológico), no pertenece al ayer, ni al futuro, siempre es el ahora eterno, el ahora que no dura -fluens- sino el ahora que es -stans-. En la actitud atenta y pasiva del hombre, en aquella que va más allá del tiempo surge la “comprensión de lo que es” y la “compresión de lo que es” conlleva la transformación, el descanso en el sí mismo, la felicidad, nos dice Krishnamurti. Pero esto no puede suceder en el tiempo que necesariamente juzga y contrapone elementos. La felicidad que es atemporal no puede ser captada por el tiempo, ni por la mente que es temporal, como la música no puede ser captada por el olfato, aunque sí puede ser atisbada la felicidad en momentos por el espíritu del hombre. La felicidad que es “comprensión de lo que es” no pertenece al tiempo, pero es ahora, es el ahora permanente, que no pasa, que no dura, sino que es el es de lo no temporal o a-dual. Eso de tener que esperar a la muerte para salir de “este valle de lágrimas” no tiene nada de cristiano. “Quien se alegra en el tiempo, no se alegra todo el tiempo... Quien se alegra por encima del tiempo... se alegra todo el tiempo” Dice el Maestro Eckhart.

Recuerdo que de pequeño, en aquella España de charanga y pandereta, pero nuestra España, se nos enseñaba en el colegio el catecismo. Y en él se decía que el Cielo, la Beatitud (la Felicidad) “era el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno”. Así poco a poco en nuestras mentes se ha ido sembrado desde nuestra más tierna infancia, no podía ser de otro modo, una visión totalmente errónea de lo que es la felicidad: “El conjunto de todos los bienes”. Y esa expectativa de felicidad total-unipolar, de compendio sólo de las polaridades positivas, nos mantiene a todos en el engaño, en una ilusión mágica que nos consuela a veces pero cuyas consecuencias son trágicas, puesto que no es real. Un engaño que nos desanima porque pese a toda la publicidad en contra de la realidad y a favor del engaño, la misma realidad, que es tremendamente machacona, se encarga de que en cada momento vayamos recordando que en la historia existen los polos negativos, que junto a la alegría está la tristeza, junto al placer: el dolor, junto a la salud: la enfermedad, junto a la vida: la muerte... Y por lo tanto esa felicidad tan prometida, tan pregonada por todas partes, tan falsa... no existe. Pero el que no exista sólo dice que estamos equivocados al cifrar la felicidad en lo que dice la publicidad y el catecismo, -y otras fuentes culturales- que la felicidad no es la acumulación de todas las polaridades positivas, no que la felicidad no sea posible. No podemos basar la felicidad en una ausencia de Realidad, en una huida de ella, o de una parte importantísima de la misma, de la mitad concretamente.

Thoreau, el filósofo, poeta y pacifista norteamericano dice en su obra Walden -en la que relata sus años de experiencias de vida en el bosque- que si identificamos la felicidad exclusivamente con las experiencias fisiológicas, mentales y emocionales positivas… la felicidad permanente sólo será una quimera... La felicidad -en el tiempo- sustentada en los objetos, personas y situaciones es tan inestable como sus propios sustentos. Su contraparte polar es la infelicidad. Lo mismo decía muchos siglos antes Lao Tse, Buda, Jesús (edificad sobre bases sólidas y no sobre arena) y siguen diciendo los sabios (no identifiquemos sabios con eruditos, como se hace coloquialmente).

No se piense que con estas afirmaciones estoy queriendo negar que busquemos en esta vida todo lo de positivo que podamos. Sólo quiero decir que el gran error es buscarlo en exclusiva. Sólo quiero decir que asumamos la realidad dual con sus polaridades y así nos hagamos dueños de nuestra propia existencia, y de nuestra propia felicidad. Que ésta no sea perturbada por la inestabilidad de los polos: bueno-malo, salud-enfermedad, abundancia-penuria, éxito-fracaso...



LA FELICIDAD NO-DUAL

Con lo dicho hasta ahora, y sobre todo reflexionando sobre nuestras experiencias, nos damos cuenta de que estamos viviendo en un mundo de polaridades, y lo malo (malo porque en este mundo relativo el mal y el bien existen) es que hemos querido apoyarnos solamente en un polo, el positivo, para ser felices. Es un error, totalmente humano, explicable. Nadie va a buscar lo malo por lo malo, si lo busca es porque está en un error, en una ignorancia -sigo pensando que en el fondo del sí/mismo, no existen malos, sino ignorantes-. Me atrevo a mencionar en este aspecto mi escrito anterior sobre la palabra “perfecto” publicado en este blog.

Pues bien, todo lo anterior nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo estar en el mundo dual sin ser del mundo dual? ¿Cómo estar en este mundo de opuestos sin que nos arrastre en su vaivén? En una palabra ¿Cómo ser feliz en un mundo polar?

Mónica Cavallé en su libro La Sabiduría Recobrada hace un estudio serio en el que recoge los principios básicos que la filosofía perenne, nacida de las experiencias de los sabios-místicos, ha ido elaborando sobre este tema, se fundamenta principalmente en Lao Tse y Heráclito sin dejar de lado a otros grandes del espíritu como el Metre Eckhart y los advaitas actuales. En él afirma que la verdadera felicidad, aquella que no perece es la no-dual. Y hace una reflexión sobre la misma que me ha ayudado mucho en las mías.

Desde los tiempos más remotos de la Humanidad se han utilizado el triángulo y el péndulo para simbolizar el mundo dual y el no-dual en su relación. Creo que ambos ejemplos sirven para lo que pretenden, pero escojo aquí el del péndulo. Vemos que en el movimiento de un péndulo hay un vaivén constante del peso que cuelga de un hilo y que el punto que mantiene este hilo, pensemos una mano, no se mueve nunca. El vaivén del peso es totalmente dual, izquierda-derecha..., pero la mano que lo sostiene permanece, no tiene vaivén. Y no lo tiene porque está más allá de la línea de la oscilación. Es más, si esa mano no estuviera, no habría ni vaivén, ni péndulo. La mano no niega el ir y venir, lo positivo y lo negativo, sino que los integra a ambos en una permanencia, en una no oscilación que es origen del movimiento. Además se puede observar que los polos del peso -izquierda, derecha- están en la misma línea, esto lo expresa la filosofía hermética diciendo que ambos polos son de la misma esencia. ¿Qué es el frío? ¿Un esencia distinta a la del calor? ¿No es sino la misma esencia pero diferenciada en grado? Si el termómetro marca 30º hace calor, si marca -10º hace frío. Se trata de la misma esencia pero distinta en grados. ¿Qué es el mal sino ausencia de bien? ¿Qué es la cruz sino la otra cara de la misma moneda?

Vemos que ascendiendo por el hilo que mantiene el peso se llega a un punto común a ambos polos, el punto que los sostiene e integra: la mano. La Realidad última que hace posible la realidad polar del peso. Ni que decir tiene que esta Realidad última es Bien, es Belleza, es Verdad, es Felicidad... pero en un sentido muy distinto a la verdad, bien, belleza, felicidad... duales, porque estas (las escritas con minúsculas) tiene opuesto, un opuesto tan real como ellas mismas, la falsedad, la maldad... pero el Bien, la Verdad... la Felicidad que son la Realidad última no tienen opuesto. Son el Uno sin-segundo. Estas mismas palabras aplicadas a la realidad relativa, la dual y a la Realidad no-dual tienen un significado muy diferente. Quizás para los expertos en filosofía escolástica podríamos hablar como mucho de analogía de proporcionalidad (dos es a cuatro como que tres es a seis), cuando no de mera equivocidad. Creo de todas maneras que se trata de algo esencialmente distinto a lo que se dice en la escolástica. La felicidad en este aspecto no es una felicidad limitada por el sufrimiento, sino simplemente Felicidad que no puede ser definida porque “me quedé no sabiendo, toda ciencia transcendiendo”. Felicidad sin opuesto, no porque el dolor haya sido negado sino asumido y transcendido. No es que el bien se haya comido el mal, sino que ambos se integraron en el Ser. Quizás podríamos con todas las reservas posibles considerar como ejemplo el agua que no es ni hidrógeno, ni oxígeno, ni tiene sus propiedades, sino que es algo totalmente distinto, aunque los integra a ambos, pero no llevemos el ejemplo mas allá de esto. Estamos en otra dimensión como digo reiteradamente. Siempre es posible seguir el camino del hilo conductor que une el peso con la mano que lo sostiene. Y para hacerlo no hay que salir del mundo sino transcenderlo, atravesarlo. No hay que salir del péndulo, solamente no quedarse en el vaivén.

Para nosotros (quienes creemos en Jesucristo) tiene que ser un impulso constante a la aceptación la invitación que nos hace Jesús al decirnos: “quien quiera seguirme que tome su cruz” (Mt 16,24... Mc 8,35... Lc 9,23...). Es claro que estas frases de los evangelios, como prácticamente todas, han sido interpretadas de múltiples formas y maneras. Hay quienes con un sentido un tanto masoquista, entiendo, la ven como una invitación al sufrir en “este valle de lágrimas”, una invitación a quedarnos en el sufrimiento y sin el más mínimo planteamiento de que se haya de trancender. Recuerdo lo que me decía una monjita (hermana de la Cruz, por más señas) en mi época de juventud: “Sufrir y más sufrir por amor a él" – este “él” lo decía con mayúsculas- (Yo opino que amar sí, sufrir lo indispensable, el sufrimiento inútil es falta de Amor). El mismo Jesús, salvo en las horas de la pasión -por otra parte, pienso que multitud de otros seres humanos sufrieron y sufren mucho más-, no parece que padeciera mucho y desde luego no gratuitamente. Somos realmente masoquistas al considerar los momentos de la pasión de Jesús. Lo que Jesús nos dice, en opinión de grandes místicos, es que aceptemos nuestra realidad (dual), que no nos apoyemos en un lado exclusivo abandonando el otro, que aprendamos a amar nuestra propia existencia polar. Que así aceptemos tanto el placer como el dolor. Que en esta aceptación encontraremos el camino a la Felicidad sin opuesto. Lo mismo podríamos decir de Buda que nos enseña lo que él vivió: el dolor es intrínseco a la existencia y tan sólo atravesándolo podremos acabar con la ilusión que nos mantiene siempre insatisfechos, porque siempre queda algo que conseguir. Y de igual manera Lao Tse, el Kybalión, Heráclito, los estoicos... y todos los místicos habidos. El aceptar es vivir “con los ojos abiertos” a la realidad dual impermanente y a la No-dual que es su sostén siempre ahora, su único sostén. Algunos místicos, como Juliana de Norwich, experimentando ese mundo No-dual afirmaron que este mundo en el que vivimos es el mejor de los mundos posibles.

Nada, absolutamente nada puede empañar esta Felicidad arraigada en esa aceptación (Krishnamurti la llama comprensión) de lo “que es” cuando es percibido por una mente en Paz, arraigada en la percepción experimental de que es el Amor el que sostiene el péndulo, el que integra la oscilación, que es el Amor el que consume en su propio fuego toda manifestación de esta polaridad que vemos y vivimos. Si no lo aceptamos, la respuesta sólo puede ser el cinismo o el desaliento.

Solamente la felicidad que se sustenta en la toma de conciencia de la impermanencia de todo cuanto existe, puede ser permanente, dicen todos los grandes sabios.

Mónica Cavallé en el libro citado hace una breve comparación entre la felicidad no-dual (Felicidad) y la felicidad dual para ver las distintas características y poder fijar criterios sobre ellas. La resumo brevemente:

La felicidad dual está siempre amenazada por su opuesto: el dolor.
La Felicidad no-dual aceptando el dolor lo reconcilia dentro de sí con la alegría. Así desaparecen ambos y sólo queda la Felicidad, el Bien.

La felicidad dual es una felicidad planificada, erigida de antemano como una meta y por lo mismo imaginada, irreal. Siempre amenazada por el peligro del riesgo, de lo no planificado.

La Felicidad no-dual nunca se preocupa de sí misma, no se planifica. Posee a quien está comprometido con la Verdad, comprometido con su propia autenticidad, a quien vive con los ojos abiertos.

La felicidad dual depende siempre de que se cumplan ciertas condiciones externas y se traduce con frecuencia en manifestaciones eufóricas, tanto individuales como colectivas, de crispación. Las circunstancias se convierten en fines absolutos... (recordemos hechos que ocupan las pantallas de televisión: la euforia crispada de los que son “agraciados” con la lotería de Navidad, la de los los incondicionales de un equipo de fútbol, cuando éste marca un gol, las histerias de los seguidores de grupos de cantantes de moda...de políticos que ganan las elecciones...).
La Felicidad no-dual es incondicionada, pues nunca se buscó directamente. Es un plato que saboreado una vez, siempre se le reconoce. Quien la saborea recibe con los abrazos abiertos cualquier experiencia. Se entrega a la alegría sin retenerla, acepta el dolor sin acritud, sin sufrimiento psicológico y ve como en la misma aceptación este dolor va desapareciendo. No magnifica nada, no dramatiza nada. No se apega a nada, sabe (no simplemente conoce) que su ser profundo es la mano y no la oscilación. Es consciente de la armonía invisible que mantiene cuanto es.

Lo que se ha dicho hasta ahora, escrito y reflexionado por grandes expertos en espiritualidad puede sonar a una teoría muy bonita, pero nada práctica. ¡Pero resulta que ellos hablaban y hablan de sus experiencias! No de teorías. Quizás debería decir que hablan de auténticas teorías puesto que la theoria auténtica es aquella indisolublemente unida a la praxis. Theoría es sabiduría: conocimiento que trasnforma

LA COMPRENSIÓN O ACEPTACIÓN DE LO “QUE ES

El camino para alcanzar la felicidad total no existe. Esto no quiere decir que no haya que mantener un método, unas técnicas, pero esas técnicas no nos dan la felicidad, esas técnicas las necesitamos para “ir desbrozando el camino”, quitando estorbos. Ya estoy cayendo en el lenguaje oximorónico, contradictorio. Acabo de decir que el camino no existe ¿cómo a renglón seguido puedo hablar de desbrozarlo? Son las dificultades inmensas con las que se encuentra el lenguaje lógico al tratar de explicar el Misterio translógico. No acaba de hacerlo, no puede, tan sólo lo indica, señala la dirección. La Felicidad es don, como lo es la Vida y porque es Vida. En definitiva nuestra vida terrena es un caminar consciente de que nunca hemos salido de la meta que buscamos, porque estamos en ella. Solamente necesitamos caer en la cuenta de que estamos en ella y para esto, para ayudarnos a caer en la cuenta, es necesario el método, las prácticas, la técnica...

La Felicidad es la aceptación -o comprensión- de lo “que es”.

Creo interesante anotar que comprensión es transformación. No es meramente conocer algo intelectualmente: “Comprendo el teorema de Pitágoras”. Sino conocer algo cuyo conocimiento te transforma, comprender es experiencia transformadora, verdadera sabiduría: “Cuando pasas de la juventud a la madurez conoces tu propio ser más en profundidad, y esa experiencia te hace ser distinto tanto para contigo, para tu interior, como para con los otros”. Comprensión es abrazo de fusión, después del mismo ya no se puede ser igual. Tu realidad ha cambiado.

Aceptar es salir de nuestro mundo particular en el que estamos enclaustrados, dormidos y abrirnos al mundo de los despiertos, de los que caminan con los ojos abiertos. Todos los humanos solemos querer, o queremos, que el mundo sea “como debe ser”, esto es, que se atenga a nuestros sistemas de valores, a nuestras emociones y creencias (o ausencia de ellas). Con abrir los ojos vemos esto en nuestro interior y por todas partes: No debería haber inundaciones que maten a la gente, fulano no tendría que comportarse como lo hace, el gobierno no debe legalizar el aborto, no tendría que haber guerras, dios (o Dios) tendría que ser más justo, no tendría que llover ahora, ojalá me tocara la lotería...el mundo no tendría que ser como es...

Vivimos dentro de este mundo personal de valores y no dialogamos en profundidad, las conversaciones suelen ser superficiales, no se busca un mundo común, solamente nos tocamos ocasionalmente cuando decimos que nos comunicamos. Este mundo personal, esta burbuja individual en la que estamos metidos la hemos ido fabricando a lo largo de nuestra vida, como muy bien saben los psicólogos. Hemos seleccionados nuestros juicios valorativos en función de la cultura recibida y en función de la reacción -positiva o negativa- que cada una de las cosas ha provocado en nosotros. No es el mismo mundo el que habita un católico sumiso a la jerarquía que un marxista o un postmodernista urbano, hablando nada más que de los occidentales actuales. No es el mismo mundo el que habita un campesino andaluz de las Alpujarras que un catedrático de Oxford. ¿Tendría sentido en el Neolítico la frase: "Voy a coger el metro"? Solemos vivir en mundos muy distintos que nunca son el mundo real, sino un mero reflejo de la propia esfera privada, de sus sistema de valores, creencias, ideas, deseos... Y lo más grave es que proyectamos sobre el mundo nuestra propia responsabilidad en lo que vemos. Es muy frecuente llamar injusto al mundo, cuando el mundo no es ni justo, ni injusto, sencillamente es, somos nosotros quienes valoramos y al hacerlo somos justos o injustos. Y como siempre que se mira algo desde una perspectiva preconcebida, todas nuestras percepciones confirman nuestra creencia, ahí está el dicho popular: “a quien tiene un martillo por cabeza todo se le vuelve clavo”. ¿Por qué es así? Porque no vemos la realidad, vemos nuestra proyección que interpretamos como realidad. ¡No digamos ya si a nuestra proyección la llamamos Fe en la palabra de Dios!

Aceptar es salir de este mundo del sueño individual y acceder al mundo común de la Realidad. Son “los pocos sabios que en el mundo han sido” quienes lo han hecho. ¿Cómo salir y así ser feliz?

1.- Siendo conscientes de que “sólo los estúpidos se creen muy despiertos” (Chuang Tzu, el gran maestro taoísta del siglo IV a. C.). Por lo tanto lo primero es ser muy conscientes de no sabemos quienes somos ni de lo que son las cosas. Sólo percibimos atisbos, pero normalmente estamos dormidos.

2.- Cayendo en la cuenta de que las cosas en sí mismas son. Ante todo y sobre todo más allá de nuestros sistemas de valores son. Este mundo es Misterio y nuestros juicios ni lo tocan. ¿Cuando hemos visto que el mundo se disculpe por lo que es?

3.- Sabiendo que nosotros no podemos ver el Misterio para poderlo juzgar. Para ello tendríamos que situarnos fuera de él, pero no podemos porque somos parte integrante de él. El Misterio es nuestra misma substancia y no podemos alejarnos de ella. Todo es parte indisoluble del Misterio, no podemos juzgar nada. No existe el montículo desde el que podamos tener la perspectiva necesaria, porque el montículo también forma parte del mismo Misterio. El estudio científico y psicológico del ser humano convierte a éste en un objeto, pero tanto el sujeto que estudia como el objeto estudiado son parte del Misterio.

Ahora bien, lo que califica al hombre dentro del Misterio es su autoconsciencia: y por lo mismo la forma plenamente humana de ser Realidad es ser conscientemente uno con ella, o sea, aceptar que el mundo sea como es.

En modo alguno esto supone que no haya cosas en el mundo que duelan (las injusticias que matan sobre todo a los niños!!! y tantas cosas...), sobre todo aquellas que dependen más directamente de la actitud de los hombres y de la ambición humana. Pero el sabio-místico transciende su propio juicio y sabe que la debilidad de su mente es incapaz de percibir el Misterio, por eso acepta y se reconcilia con la existencia en su polaridad relativa. Sabe que él no se puede erigir en centro de juicio de lo bueno y lo malo y no enjuicia. Y en esta misma aceptación, dicen los mísitcos que han pasado por la experiencia, se revela la Felicidad, un Bien sin opuesto que no te libera de las exigencias relativas de luchar para que todos los humanos sean felices, sino que te fundamenta en el gozoso Misterio por el que conoces que todo está bien, que más allá de esta injusticia relativa vive el mundo que es Paz. Así acepta lo que es, aunque le repugnen muchas cosas y no se conforme (adapte a) con ellas. Así verifica que la subjetividad de su mundo, de sus emociones y valores se desvanece, se evapora, se disuelve y aparecen otras emociones trans, emociones que están más allá de lo subjetivo y de lo objetivo, emociones que conectan con el Misterio. Sus sentimientos antes eran reactivos, reaccionaban ante las cosas, ahora son sólo activos, expresan su conexión con la Realidad. Así se sale del mundo individual onírico en el que vive la inmensa mayoría de la humanidad.

Una pregunta para los cristianos ¿Qué cambio revolucionario indujo Jesús? El de la conciencia individual: la metánoia. Él no hizo otra cosa sino amar a todos. Amar lo que es, sin excluir nada. ¡Qué difícil!

Al que vive de esta manera le podríamos preguntar ¿cómo puede ser tan optimista? ¿No es más bien un pobre iluso estando las cosas como están en nuestro mundo? El sabio-místico es muy consciente de cómo están las cosas en este mundo polar e impermanente en el que vivimos. Es consciente de que su amor ha de estar a favor de todos sin exclusión. Pero, a la vez es totalmente consciente también de que “más allá del nivel que alcanzan nuestros juicios y valoraciones, del bien y del mal relativos y duales, todo sencillamente es, es decir, es completo en sí mismo”(M. Cavallé). Es incapaz para el odio que es siempre dual. Vive del Amor no-dual -el que constituye el Ser- porque en él el odio no existe. Por eso es totalmente Feliz

El sabio puede estar triste o alegre, sufrir o gozar, pero siempre está en Paz, es Feliz.


José Antonio Carmona

1 comentario:

Alfredo dijo...

Una vez más, y como siempre: Excelente! Gracias por sus artículos!