lunes, 25 de junio de 2012

Sobre el Jesús histórico

Nuevas reflexiones acerca de Jesús de Nazaret

Ya en el año 2007 publiqué en este blog unas reflexiones sobre Jesús de Nazaret. Las actuales quieren ser un pequeño complemento a aquellas, nunca una negación. Desde entonces yo he seguido caminando-progresando, creo, en mi visión del Universo; en estos años he seguido leyendo, reflexionando, pensando, comparando, meditando, en definitiva, ocupándome de esa visión y de mi integración en la Realidad. En el centro de la misma está una persona central en la historia de los dos últimos milenios en Occidente: Jesús de Nazaret, al que los cristianos confesamos como el Cristo, como el Misterio que no solamente se realiza en Jesús, cabeza del Cuerpo Místico, sino en todo el Cuerpo que es el Universo. Quede sentado ya de entrada que yo confieso, como reiteradamente he ido diciendo, que Jesús es el Cristo. Pero el Cristo no es solamente Jesús, es más que Jesús, también somos todos y es el Universo entero. Jesús es una persona histórica (individual y limitada), el Cristo es el Misterio de la Totalidad. Entiendo que hay una continuidad entre Jesús y el Cristo, o sea, que para mí –y para todo el que se confiese cristiano- en aquella persona histórica percibo unas experiencias que me abren a la dimensión de todo y del Todo, o si queremos con las palabras del propio Jesús, me ponen en los brazos del Abba, cuando les abro la puerta de mi propio ser manifiesto encontrándome conmigo mismo en lo más hondo, más allá de José Antonio. Lo experimento como Yo, mucho más que “intimior intimo meo” –pese a todo, en mis reflexiones posteriores a la experiencia me asalta constantemente la dualidad  Tú:yo-. Es esto una realidad cultural dentro de la cual me encuentro con mi identidad, aunque ésta vaya mucho más allá de esa cultura. Por descontado que esta realidad cultural tiene sus equivalentes homeomórficos en las todas las otras, pasadas o actuales, tanto para las actitudes llamadas religiosas, como para las llamadas no religiosas y para las agnósticas o ateas. También, entiendo, el Misterio, el Cristo puede ser experimentado, y sobre todo pensado, como un y como Él, o sea, en segunda o tercera persona, puesto que el Misterio lo abarca todo, mas nunca como ajeno a mí mismo, ni ajeno al Universo, nunca en dualidad.
 

¿Es esto un henoteísmo (el Misterio es el Dios más poderoso entre muchos otros)? Pienso que no, puesto que, consciente de que el Misterio no puede ser encasillado en nada, mi visión de Dios dejó de ser heterónoma hace tiempo: en todo caso mi expresión de fe por expresarme con los términos que utiliza Lenaers, va por el camino de la teonomía. Ni soy ateo, ni creo en un D(d)ios distinto a (y de) la Realidad. Ya lo he expresado suficientemente en este blog (p.e. el artículo: Yo soy eso). Dios, entiendo, es el Sustrato único de la multiplicidad y la Multiplicidad misma, o si queremos, mi experiencia, en algunos momentos, de el Cristo (Dios) es la de un Amor universal sin límites de ningún tipo, Amor que se plasma de múltiples formas (cristianismo, islamismo, budismo, hinduismo, ateísmo, ecologismo…) y transciende la mera razón personal, aunque no todas las formas sean igualmente válidas y mucho menos auténticas.  Cada cultura y cada momento ve dicho Sustrato a su manera. No se trata de una despersonalización de Dios, sino de una transpersonalización, a Dios no lo podemos encasillar ni siquiera en el concepto de persona (no nos estamos moviendo en los niveles de la racionalidad, sino más allá de ella). 

No nos podemos mover, hablando de Dios en tercera persona, en el ámbito de decir qué es Dios (utilizando un lenguaje asertivo, óntico), salvo que precisemos lo que la espiritualidad integral llama matriz OCON (omni cuadrante: omni nivel), y aun así nuestras afirmaciones serían muy limitadas, pero sí nos podemos mover en el ámbito de cómo es utilizando un lenguaje metafórico, simbólico y catafático, y de qué no es utilizando un lenguaje apofático; en concreto, podemos indicar hacia dónde pero no explicar el Misterio.
 

Tengamos en cuenta que la persona no es la meta a conseguir en la evolución de la conciencia, aunque lo sea hoy por hoy en la humanidad (hay muchos individuos, pero pocas  personas), sino el camino que ha de ser dejado atrás.
 

Por eso mismo la Fe, en un nivel de conciencia que haya superado el etnocentrismo, no puede ser excluyente y por lo mismo ha de escapar de cualquier dogmatismo, que siempre excluye a los que no piensan o sienten como los propios dogmáticos (anatema sit). Esto no puede ser confundido con que “todo vale”, “todo da igual”. Otra cosa muy distinta es la creencia que mora en las conciencias etnocéntricas y míticas. 

Y con respecto a Jesús de Nazaret los últimos dos milenios de historia están cargados de creencias míticas y etnocéntricas, en cuya raíz había, si la había, una fe muy endeble, o sea, muy falta y muy faltos los humanos, en su mayoría, de experiencias fundantes.
 

Y si no puedo entender, aunque pueda hablar en estos términos, un “Dios totalmente otro” que nos presta ayuda desde fuera del Universo, como se ha pregonado en muchas teologías como la Teología Dialéctica de Karl Barth, me es imposible aceptar como históricas muchas de las cosas que se afirman de Jesús, más aun sabiendo que los estudios históricos de los textos nos dicen todo lo contrario: todo lo dicho de la infancia de Jesús, buena parte de los relatos de la pasión (que se contradicen en muchos aspectos entre ellos) y que probablemente sean unos escritos hechos con la intención no de mostrar lo que sucedió, sino la de destacar aspectos míticos sobre Cristo a las comunidades (por ejemplo que en él se cumplían las profecías del AT), la resurrección por obra de Dios… son creaciones literarias. El salto a la Fe no es una cuestión de entender (intelligere), sino de experimentar esa dimensión que se escapa a los niveles de la inteligencia, y que aparece ante el ojo de la contemplación, de ahí la necesidad de una matriz OCON (¿hablaré de ella en otro escrito?), dimensión, como he dicho, manifestada de múltiples formas en las distintas culturas. Una dimensión, por otra parte, cotidiana: todos hablamos en muchas ocasiones del entusiasmo –ahora con la Eurocopa!!!-, de la inspiración. Eso, que queremos decir con esas palabras, es contemplar, esa dimensión contemplativa no es sino “entusiasmo” en su sentido más original: “enthousiasmós-entheázo” estar lleno de los dioses, o “in-spiratio – in-spiritu” estar lleno del espíritu, de Vida. El entusiasmo de los asistentes a un partido de fútbol, la inspiración que llega al poeta al redactar un texto, al científico al descubrir una novedad, la alegría de una madre al ver al hijo que hacía tiempo que no veía… Lo que nos pasa es que esa experiencia la hemos rebajado confundiendo lo que es cotidiano con lo que es vulgar muchas veces, o la hemos elevado, guiados por la “ortodoxia” a niveles superiores a nosotros (inspiración de los libros canónicos: Dios:el Otro guiando la mente del escriba). Cuando estás inspirado y te brotan las palabras y las ideas sin saber por qué, estás en una dimensión contemplativa.

Ya he dicho que en otro escrito me he referido a ciertos aspectos de Jesús de Nazaret, a los que podríamos llamar actitudes de Jesús, hoy quiero aproximarme a “quién fue de hecho para los que lo veían” en aquellos tiempos. ¿Qué es lo que una aproximación histórica nos podría asegurar sobre Jesús?
 

No voy a hacer dicha aproximación. Utilizaré lo hecho para destacar algunas líneas, pero antes, una simple anotación. Sabemos que los evangelios nacen dentro de unas comunidades que creen con matices muy diferentes, a veces mucho más que matices, que Jesús de Nazaret, crucificado por los judíos y resucitado por Dios (Hech 2,24), es el Mesías, el Señor, el Hijo de Dios que salva a los hombres. No cabe duda de que los hechos acaecidos al final de su vida influyeron decisivamente en la formación de los evangelios y en esta visión de fe. Pero el Cristo que aquí se manifiesta es el Cristo de la fe, mas ¿podemos decir que manifiestan igualmente al Jesús histórico? 

Desde finales del siglo XVIII se está estudiando la historicidad de lo que se narra en los mencionados evangelios, a lo largo de todo este tiempo han surgido muchas luces y no pocas tinieblas, se han desarrollado movimientos varios a veces contradictorios, pero algo más de luz podemos aportar. No estamos en el infantilismo del Medievo. Teniendo en cuenta las indagaciones de estos más de dos siglos ¿qué sabemos del Jesús de Nazaret histórico?
 


Es más que probable que a Jesús no se le pueda identificar con el movimiento religioso del cristianismo. Ya sabemos que el cristianismo se ha montado “con la excusa de Cristo” y que en modo alguno se puede afirmar con un verdadero fundamento histórico que Jesús lo fundó. Más bien se ha de decir que Jesús de Nazaret no tuvo nada que ver con lo que “vino después”. Por descontado que no podemos inventarnos lo que queramos decir acerca de él, sin embargo, mucho de esto es lo que ha venido sucediendo en los obscuros siglos que median entre él y nosotros. A cada momento de la historia, su luz.
 

Jesús, más que probablemente, nació y vivió en Galilea – sabemos sobradamente que todo el evangelio de la infancia, contado por Mateo y Lucas, no es sino una leyenda mitificadora sin más contenido histórico que la afirmación de que Jesús nació, que era hombre -. Esta región, toda Judea pero sobre todo Galilea, en aquellos tiempos del helenismo romano sufría una penuria económica seria. Apenas existían infraestructuras, su sistema de producción, solamente agrícola, era neolítico, no tenían relaciones comerciales,… y sus habitantes estaban sometidos al helenismo romano, por lo que su cultura, expresada sobre todo en la fe en Yahveh, estaba sometida al “enemigo”.  Los agricultores, los pescadores del lago Tiberíades, los mínimos artesanos que apenas existían… sobrevivían a duras penas sin ningún sistema planificado de producción. En este ambiente de subsistencia económica y de sometimiento cultural debió vivir Jesús. 

Es más que posible que sólo conociera lo que se enseñaba en las sinagogas el Sabbat: la Ley y los Profetas: en aquella Galilea no existían lo que hoy llamamos colegios, ni enseñanza reglada, ni libros –solamente rollos (papiros) en las sinagogas-. La enseñanza era oral. Prácticamente, diríamos hoy, era analfabeto.
 

Se han dicho multitud de cosas sobre los años ocultos de Jesús, pero en verdad no sabemos nada de ellos.  Es seguro fue educado en una cultura y religiosidad judía cercana a la de los fariseos (a los que posteriormente hemos dado muy mala fama), pues era la más extendida en Galilea. Lo que claramente se puede deducir de los evangelios es que tuvo una fe inquebrantable en Yahveh, Dios de Israel, al que llega a llamar ABBA, una familiaridad impensable en un judío ortodoxo, que tuvo unas esperanzas de tipo apocalíptico (reveladora) de que Dios intervendría en su propio tiempo (todo el discurso escatológico de los sinópticos rezuman esta visión, aunque sean una construcción post eventum. Mt 23 y sss . Mac 13… Lc 21…). Sin duda era un místico excepcional.
 

La experiencia de Jesús con sus conciudadanos fue muy similar a la que tenemos en nuestra sociedad: había como hoy una gran injusticia estructural, cada vez los ricos más ricos y lo pobres más pobres, un poder despótico del emperador romano, y un pactismo incondicional con ellos por parte de la jerarquía religiosa judía. Esta experiencia lo llevó a predicar un Reino de los Cielos opuesto al reino del César, a predicar unas actitudes totalmente contrarias a las de los jerarcas sagrados del pueblo, para conseguir que floreciera el Reino de los Cielos era totalmente necesario que la gente cambiara su manera de ver las cosas: se había de anteponer al ser humano por delante de todo, incluso de la Ley. En esto consistía la metánoia, la conversión. Y cada vez fue más consciente de que la fuerza del nuevo Reino estaba en que todo el pueblo tomara conciencia del mismo y se convirtiera. Jesús era judío y su horizonte estaba en los límites de Israel (Mt 15,21… y par), en esto algo muy parecido a la visión de los fariseos (perhusim: los apartados).  
 

Pasó un tiempo que no podemos precisar –hay distintas versiones- predicando ese cambio. Debió comenzar junto a Juan Bautista y poco a poco fue integrando en su predicación las cosas que iba aprendiendo: enseñanzas sencillas, parábolas, dichos. Su conocimiento de las Escrituras ya le vendría de su asistencia a la sinagoga y de la propia sociedad en la que vivió. Pero sobre todo hemos de tener en cuenta su enorme experiencia mística, de comunión con Yahveh, incluso de identidad con el Abba. Con el tiempo, incorporó a su predicación la necesidad del amor incondicional, incluso a los enemigos (la comunidad de Juan). Hizo “curaciones” (lo que en aquella época de supina ignorancia se interpretaba como tal. No eran infrecuentes los taumaturgos.) que sus incondicionales interpretaron como señales de que Dios estaba con él. Posiblemente al final de su vida, se opuso frontalmente al sistema de poder político y religioso (expulsión de los mercaderes del Templo, que era el lugar-momento de simbiosis “idolátrica” entre el comercio y lo sagrado, ¿nos suena alguna cosa?), esto no pudieron aceptarlo por más tiempo los poderosos establecidos, y con la ayuda de los romanos lo condenaron a muerte y lo crucificaron. Es más que probable que, como sucedía con todos los crucificados, que su cadáver fuera a parar a una fosa común o arrojado a la Gehena –el vertedero de Jerusalén-. La idea del sepulcro nuevo es una elaboración como todos los relatos de la pasión y de las apariciones post mortem. 

Aunque los relatos tal como nos lo presentan no sean  históricos en su mayor parte, no identifiquemos histórico con válido, ni mucho menos con real, no hemos de negar la validez de los mismos. Estamos muy inmersos en el mito de la historia. Las cosas importantes no son históricas, o sea, no caen dentro del tiempo.
 

Sus discípulos ante tanta ignominia reaccionaron, tomaron conciencia profunda e interpretaron los acontecimientos a la luz de las profecías del AT, así lo identificaron con el Mesías, crearon -se necesitaron varias decenas de años- los relatos que hoy conocemos como evangelios y creyeron (no simplemente se imaginaron) que Jesús fue enaltecido por Yahveh.
 

Esta perspectiva, interpretada de múltiples formas y maneras a lo largo de los siglos posteriores y gracias a dichas interpretaciones, ha hecho de Jesús (el gran místico) ese ente bastante raro: Dios encarnado con dos naturalezas y una sola persona: la segunda de la Trinidad… al que la iglesia le da culto y lo llama fundador.
 

No he de repetir todo lo que antecede en este escrito a esta imagen que, apoyado en los estudiosos del tema, he elaborado sobre el Jesús judío. Es muy importante para mí saber que Jesús no destacó en nada socialmente, tan solo en la mística y esto “no es considerado por la sociedad como valor”. Y asumir por mi propia experiencia, poca pero cotejada con las de otros y por lo mismo no caprichosa, y sobre todo por la de muchos místicos cristianos que es esa actitud de Jesús –el Amor hasta la muerte- la que nos hace divinos y da pleno sentido a nuestras vidas en el tiempo. Vida que no se puede identificar con dicho tiempo, aunque para nosotros aparezca en él salvo cuando tocamos lo eterno.  

José A. Carmona
Correo electrónico: carmonabrea@yahoo.es

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