viernes, 20 de abril de 2012

LA NOCION DE PERSONA




Nuestra cultura es muy antropocéntrica, y aun más: es personalista. El desarrollo de la creación (según la cultura abrahámica), o del universo (en una visión modernista) es eso: desarrollo, evolución, “creatio in fieri”. Nada dentro del tiempo está acabado, todo está en proceso. También la realidad y el concepto de persona. La conciencia empezó siendo material (Piaget) en su camino de vuelta al Origen, ha llegado ya a ser autoconciencia, y llegará a ser Conciencia pura. La autoconsciencia no es la meta sino un paso en el desarrollo.

En nuestra –he sido educado en el catolicismo- “doctrina católica”, interpretada por muchos como doctrina de la fe verdadera (¡Qué falta de respeto a la Verdad y a los no católicos!) incluso a Dios (¡?) lo hemos interpretado como persona. Así se quieren definir los dogmas católicos sobre la Trinidad y sobre la Unión Hipostática: la Trinidad consiste, según dicha doctrina, en tres personas y una sola naturaleza o substancia, la Unión Hipostática consiste en la coexistencia de dos naturalezas y una sola persona. El nivel más alto del Ser, se da por supuesto, es y será siempre la persona, más allá de la persona: nada. Incluso en pleno siglo XX nacieron movimientos filosóficos, muy respetables, sobre el personalismo, movimientos muy relacionados con el catolicismo (Mounier), aunque en éste crasamente integrista en los años cuarenta causara espanto.

Mas el pensamiento transpersonal había sido injertado decenas de años antes en Occidente. En Oriente esta visión de la persona no se da, la conciencia la entienden a-personal y trans-personal, el sujeto personal es ilusorio (con apariencia de realidad). El superhombre de Nietzsche apunta claramente hacia lo transpersonal y Heidegger habla claramente de que la esencia del ser humano no se encuentra dándole el carácter de persona. La postmodernidad y la psicología transpersonal han ido avanzando en esta superación de lo que es y se entiende por persona.

Entre nosotros “vende mucho lo personal”, se ha de personalizar todo y prácticamente siempre se identifica persona con individuo. Ya he hecho referencia a ello en artículos anteriores. Se ha vulgarizado la palabra y el concepto y por lo mismo se le ha vaciado de su contenido. Para muchas cosas se emplea la palabra personalizar, se “personaliza” un coche, una casa, una decoración, un cuadro, unos muebles…, todo esto y mucho más puede ¡ser personalizado! Y sin embargo… ¿no se trata de una mera individualización o de una mera funcionalidad? Estamos mucho más en la cultura del individuo que en la de la persona. Incluso lo colectivo no suele ser comunidad, suponiendo que en la comunidad pudiera realizarse la persona en plenitud.

La modernidad, desde el Renacimiento, ha destacado el humanismo, lo que ha supuesto una elevación del individuo frente a la masa informe del Medievo. Este individualismo moderno ha traído beneficios económicos, sociales, científicos, de derechos civiles… pero la evolución humana no puede quedarse ahí. De lo individual pasa a lo personal-transcendente y de ahí a lo transpersonal y así… hasta lo no-dual. Pensar que el individuo o la persona suponen el fin de la evolución cósmica es quedarse en el creacionismo, es creerse el ombligo del mundo.

La noción de persona que tenemos hoy tiene un origen cristiano. Boecio –beatificado para la diócesis de Pavía por León XIII- nos habla en su Opuscula Theologiae de la persona y la define como “Naturae rationalis individua substantia”, al tratar el tema de las naturalezas de Cristo y de su única persona. Esta noción moderna de persona fue muy utilizada en el Renacimiento, período considerado como el del descubrimiento del hombre frente al período medieval teocrático. Es digno de ser tenido en cuenta el doble aspecto de la definición: Naturae rationalis e individua substantia, en los que introduce dos elementos ya transcendidos en buena medida por los místicos y en la filosofía del siglo XX: Lo racional y la substancia individual. Introduciendo el concepto de substancia individual Boecio clausuraba la noción de persona, la cerraba en sí misma, la substancia no es apertura sino lo contrario, lo acabado, lo cerrado en sí mismo. No puede haber transcendencia a lo substancial por la propia definición de substancia, no se puede ir más allá, es el ser que sub stat. El accidente no lo transciende sólo lo adorna o empobrece. Para nosotros hoy el concepto de persona se apoya en la auto-consciencia (racional), en la auto-reflexión. Por lo mismo el “yo” -que es persona- es un yo encarcelado en su “auto”, un yo atrapado por aquello que es su personalidad. En cuanto a la segunda parte de la definición: naturaleza racional, se vuelve a clausurar lo personal en lo racional. Con la pretensión de distinguir la persona de lo puramente animal, se olvida quizás la apertura hacia lo “superior”, hacia una etapa posterior de la evolución que no se queda en la mera racionalidad. La persona es el Ser sin clausura abierto al Misterio, o siguiendo la intuición heideggeriana, pura apertura, misterio más allá del mismo ente.

Todo humanismo, y lo mismo se puede decir del personalismo, está cerrado en sí mismo. Se centra en sí y mira “lo otro”, mira “lo que no es humano”, “el resto”. Acentúa lo específicamente individual, el culto a la persona, la exaltación de lo individual creador –sea en arte, ciencias, pensamiento, mística, deporte…-. Pienso, como dice Mónica Cavallé, remitiéndome a pensadores anteriores que “la muerte del hombre” de la que habla el postmodernismo (Foucault) es también humanista, es un anti-humanismo y por lo mismo depende de lo que quiere destruir. Intenta derribar el mito del hombre, pero el hombre del humanismo no ha de ser derribado, sino transcendido, absorbido en la dimensión de la persona –eliminando el lastre de la clausura- e injertado en lo transpersonal. La persona es el individuo transcendido: no un mero número sino un símbolo.
Nosotros hemos heredado de Boecio la noción y la visión de lo que es la persona. Pero… con anterioridad al magister officiorum vivió el mundo griego.

En el teatro griego los actores para hacerse oír por los espectadores utilizaron megáfonos: unas máscaras, como sabemos, cuya concavidad servía para reforzar la voz. Como bien sabemos aquellas máscaras se llamaban prósopon que fue traducida al latín como persona. Originariamente la palabra –prósopon: persona- significaba máscara, de ahí el personaje, y más tarde el arquetipo. Posteriormente en el cristianismo se emplearon y aun se emplean asiduamente las palabras: ousía (substancia) e hipóstasis (naturaleza, subsistencia y ya en los Padres del siglo IV (Basilio, los Gregorios…): persona). Este origen de la palabra –prosopon- nos puede llevar a un concepto sobre la persona mucho más abierto.
En el teatro clásico griego lo que verdaderamente importaba no era el actor, la actriz, sino el personaje representado: más aún, el arquetipo que es mucho más que el personaje porque el arquetipo es universal y representativo –Edipo no es solamente aquel rey mítico de Tebas, sino un arquetipo humano de unos sentimientos, de unos valores y contravalores que existen en todo y cada uno de lo mortales, enraizados en una cultura ancestral y universal-. Y esto era lo significado por la máscara (prósopon) que hacía de mediadora entre el público y el actor o actriz, de modo que éstos ya no eran tales, sino lo representado por la máscara. La voz aumentada –resonando- y el arquetipo contenido en el personaje. El público y los actores. Lo universal (el público), lo individual (el actor) y el vínculo de unión (el prósopon, la máscara). Por medio de la máscara lo individual enlaza con lo universal y adquiere una dimensión nueva: es símbolo. Y símbolo es lo que une, es la expresión en lo concreto de un principio universal y por lo mismo superior. El hombre concreto puede no reconocer un símbolo, puede negar la presencia implícita de ese principio superior, pues para percibirlo es necesario estar en sintonía con lo simbolizado, como para ver al arco iris son necesarios cuatro factores: sujeto que percibe, gotas de agua, sol y la orientación física debida: que el sol, el perceptor y el centro del arco estén en línea, si no se da uno solo de estos factores no hay arco iris. Si no se está en la postura correcta, no hay arco iris. “Qui habeat aures audiendi, audiat” repite incansablemente el evangelio. Las dimensiones superiores están abiertas a todos los hombres, pero nada más el hombre que les abre la puerta las percibe. Sin un determinado nivel de conciencia, no ya moral sino ontológica, no nos abrimos. El hombre del Paleolítico no podía tener una solidaridad universal, ni un pensamiento abstracto, por ejemplo.

La persona es símbolo, es manifestación de algo más profundo que “lo que se ve”. Y en esto transciende ya al individuo, que no es sino un número matemático. El conjunto de personas es una sociedad organizada, el de individuos: un montón –como mucho ordenado- nunca sociedad. La idea de persona es una noción cualitativa (Mónica Cavallé) y sus valores la llevan mucho más allá del simple individuo. La persona es relación constitutiva he repetido varias veces en este blog, en tanto es en cuanto es relación, apertura. El ser personal está esencialmente abierto, necesariamente remite no necesariamente a otro, sino más allá de sí –de lo que percibimos, vemos y pensamos-, remite más allá de su ser concreto, de su individualidad, de su situación de vida, de su “papel en la historia” y de la historia misma. Remite a su profundidad, a un Yo que no es el ego –conjunto de elementos perecederos-, sino la Vida. “No hay nadie que viva una vida. Sólo hay vida” afirma Nisargadatta, gran místico hindú del siglo XX, en su libro: “Yo soy eso”. Remite a ese Yo que es en el Todo y es el Todo al que podemos llamar Dios, por usar una palabra antiquísima, si despojamos a esta palabra de toda la inflación que ha padecido en la historia.

Como símbolo, la persona no se puede identificar con el personaje que es el ser concreto, sino que lo desborda, aunque se manifieste en él. Por lo mismo la persona no se auto-vivencia en el personaje –en mi caso: José Antonio-, no queda clausurada en una auto-conciencia, sino que simboliza: proyecta hacia la profundidad que subyace en José Antonio, en todos y cada uno de los seres. Profundidad que no es sino el Todo, la Plenitud, el Misterio, Profundidad a la que los cristianos llamamos el Cristo.
Lo normal en esta vida terrena es que luchemos por ser nosotros mismos, por autoafirmarnos. Desde la psicología hasta los llamados “libros de autoayuda” nos impulsan constantemente para que tengamos una buena autoestima, un yo-ego fuerte, una personalidad que resista los ataques tanto de fuera como de dentro, una asertividad que no tolere intromisiones… y todo ello está bien, a mi juicio, pero para poder ir más allá. Sin un ego fuerte es muy difícil que podamos trascenderlo, nos quedaremos en este lado del río. Pero la finalidad es trascenderlo, no quedarse, la finalidad es ser lo que en realidad somos: persona, relación con lo Profundo, Vida y Misterio. El patetismo de una lucha para conseguir ser uno mismo frente a los otros, es patetismo del ego, del querer ser “alguien en la sociedad”, de destacar, de mostrarse. Así agotamos nuestro ser en lo que mostramos, perdemos toda apertura, dejamos de ser personas y nos hacemos puros objetos de nuestras propias miradas. ¡Esto es lo que abunda y superabunda! ¡Esto es lo que se suele aconsejar por los llamados, y reconocidos por la mayoría como tales, maestros en la materia!

En nuestros días hemos ahogado el concepto de persona, lo hemos despojado de su simbolismo innato, esencial, lo hemos reducido al de un ego ufano, triunfador, popular… vacío. Y siguiendo la línea vivida por los místicos se ha de tener en cuenta que ni la sociedad, ni siquiera la comunidad, ni el ego que triunfa –o fracasa- son lo más adecuado para que la persona descubra su referencia esencial de símbolo. Simone Weil, filósofa y gran mística cristiana –no católica-, muerta en 1943 nos dice:

“…El paso a lo impersonal (transpersonal) no ocurre nunca en el que se piensa a sí mismo como miembro de una colectividad…sólo es posible en soledad…” “Todo el esfuerzo de los místicos se orientó siempre a obtener que dejara de haber en sus almas ninguna parte que dijera “yo”” (La persona y lo sagrado).

S. Weil nos asegura que el paso hacia lo impersonal –transpersonal: más allá de la persona-individuo - es totalmente imposible desde el nivel de lo colectivo. Solamente se transciende la persona-individuo, el ego, el pequeño yo cuando se está frente a sí mismo en soledad. Me recuerda lo afirmado por S. Weil a la espiritualidad Vedanta, a las noches que Jesús pasaba solo “en oración” hablando con su Abba, al hombre noble de Eckhart, a los poemas de la subida al Monte Carmelo de Juan de la Cruz, a las Moradas de Teresa… En todos ellos la desaparición del yo, del que llamamos: pequeño yo o ego es una constante: “No hay nadie que viva” (Nisargadatta), “En soledad vivía / y en soledad ha puesto ya su nido / …” (Juan de la Cruz). Para que surja la persona en toda su dimensión, el verdadero Yo que nunca es sujeto, ha de morir el yo. Para que haya símbolo ha de desaparecer la cerrazón, es estancamiento del yo-tú.

La persona es apertura a lo profundo, es lo profundo simbolizado, no un mero sujeto de experiencias, pensamientos y sensaciones, un “Yo”, no un “yo”, podemos decir. Y en ese “Yo” está lo que se ha llamado y se llama sagrado, lo que va más allá del personalismo.


José Antonio Carmona

miércoles, 28 de marzo de 2012

ACERCA DE LO URGENTE Y DE LO IMPORTANTE

Cada momento que pasa podemos constatar que este mundo cada vez se está haciendo más y más chato. Ya sabemos, cada vez ve menos, no le alcanza la vista a ver más allá de su nariz, y para colmo, ésta es chata. ¿Qué es lo que importa a la gente? Posiblemente, en el fondo, ser felices, pero en la mayoría de los casos se identifica ser felices con pasarlo bien, o divertirse...y siempre con el ego como base. Claro que hoy estamos instalados en un profundo hoyo financiero, causado, pienso, por la injustísima estructura económica que nos hemos ido dando los hombres (no hay dualidad en lo humano, sólo polaridad. Y la palabra “hombre” los abarca a los dos polos -varón:mujer- por igual. Cuando digo moneda no tengo que especificar cara y cruz. Es muy triste el uso y abuso de la palabra hombre como sinónimo de varón), estructura en la que no todos somos igualmente responsables, pero todos participamos “por acción o por omisión” quizás. Este hoyo financiero hace que en los países ricos se coloque la felicidad en tener mucho dinero, y en tener multitud de otras cosas externas, en los países pobres en el poder sobrevivir “mañana al menos”. Primum vivere.

Parece que es casi imposible para el hombre normal, como nosotros, separar lo urgente de lo importante. Esto sucede por una falta de visión, porque vivimos dentro de una cultura chata, una cultura que está en proceso de evolución hacia unos nuevos niveles de conocimiento y de ser, y que por lo mismo padece una crisis similar a la financiera aludida. Y en este río revuelto los hombres nos volvemos locos, cada uno busca, si puede, su felicidad a su manera: agarrándose al pasado aunque éste sea un clavo ardiendo, huyendo hacia el pasarlo bien (drogas, alcohol, comidas, sexo, evasiones, fútbol, televisión…), oprimiendo a los otros. Y muy pocos, pero muy significativos, creando unidad, esparciendo amor.

No quiero parecer un viejo que protesta de las formas de vida actuales. Pero el ser viejo te da el sosiego suficiente para poder percibir la precipitación en dichas formas. Y en estos momentos estamos inmersos en solucionar todo lo urgente (lo que corre prisa): tenemos prisa para todo, nos urge hacer esto y aquello, tenemos prisa incluso para respirar, para comer-engullir. Un minuto vale una vida… y ¿qué calificamos de urgente? Nos hemos creado un mundo precipitado, cuando no todo es urgente. Y mucho menos lo urgente es importante.

El que en todo el mundo hubiera un solo refugiado carecería de importancia para la humanidad, el que hubiera miles de ellos empezaría a serle importante, el que sean tantos y tantos millones adquiere una importancia exorbitada. La cantidad evidentemente importa, pero también importa, y mucho, la calidad, o dicho de otra manera: el valor –sobre todo el “intrínseco”: el que tiene una cosa por ser lo que es, y el “sustrato”: el que tiene una cosa por ser manifestación del Espíritu-.

No todo tiene el mismo valor "intrínseco", no todo es igual de importante, por muy urgente que pueda ser ¿En qué consiste este valor intrínseco? En la profundidad que tenga esa cosa. En la cantidad de holones (totalidades-partes) que constituyen la base sobre la que se construye la misma, por ejemplo, un ser humano se construye sobre átomos, moléculas, tejidos, aparatos… y sobre sensaciones, percepciones, emociones, símbolos, conceptos… por lo tanto su valor intrínseco es superior al de una piedra que nos los tiene, salvo los átomos y las moléculas. No así en cuanto al valor sustrato, pues ambos igualmente son presencia o manifestación del Espíritu.

Es este valor intrínseco el que nos habla de lo importante, o de lo no tan importante. Según esto lo más importante han de ser “las cuestiones últimas”, puesto que tienen más profundidad que ninguna otra cosa. Y a la preocupación por las cuestiones últimas la llama Paul Tillich espiritualidad.

Mas no nos engañemos, la espiritualidad no puede ser un narcicismo, que nos aparte y aísle del resto de la humanidad, ni del mundo. Esto no sería espiritualidad sino la exaltación del ego. La espiritualidad pretende precisamente todo lo contrario; la desaparición total del ego, absorbido en el Uno-Todo que somos, propugna el transcender el pequeño yo, para poder despertar al Amor sin más, sin limitaciones, sin dualidad, sin desamor, puro Ser.

Que lo urgente no nos oculte lo importante: Amar sin límites, convertirnos en Don que cada momento se realiza regalándose. Y baste a cada día su afán.


José A. Carmona

domingo, 25 de marzo de 2012

REFLEXIONES SOBRE EL TAO (2)

Acerca de la serenidad


“Sólo somos felices en momentos”
. Esta afirmación se suele oír, afirmación que refrenda incluso gente concienciada, gente llena de experiencias vitales. Estamos totalmente convencidos de que somos (1) "unos sujetos (yoes)" que viven (2) "momentos felices" (sin concretar qué sea esto de la felicidad) pero que la mayoría de los momentos vividos no lo han sido, ni lo son. Y se trata de un convencimiento tan profundo – en ambos aspectos: en el del yo y en el de la felicidad- que ni se nos ocurre cuestionarlo. Es más ¿A quién sino a un loco se le ocurriría hacerlo?
Es muy posible que este doble convencimiento sea lo que nos lleva a no ser en verdad lo que somos y a no ser felices en todo momento, no solamente en algunos, puesto que mina de raíz cualquier cuestionamiento sobre el tema. “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber…” (Jn. 4,10).
“El sabio –nos dice el Tao en el v.7- debido a que no atiende a su ego se encuentra satisfecho”.

Sencillamente este errado concepto que tenemos de nuestro “yo” nos impulsa constantemente hacia la infelicidad. Ya en este blog he escrito sobre el asunto de nuestra identidad, de nuestra sensación de ser una identidad separada, sensación que nos lleva a un pozo sin fondo, porque es una sensación que es falsa: no somos una identidad separada del Todo. Hoy existe todo un mercado de libros sobre la “autoestima” (muchas personas bienintencionadas los devoran). En realidad lo que hacen estos libros es aumentar ese falso concepto de identidad personal, esa falsa visión del “yo” al que,siguiendo los pasos de Freud, solemos llamar “ego”. La autoestima es necesaria para tener un yo poderoso capaz de dialogar, y en su caso enfrentarse de forma “asertiva” –asertividad que se interpreta casi exclusivamente como saber decir “no”-, con los otros “yoes”, se afirma por todas partes. No sé qué beneficio psicológico está consiguiendo la humanidad con el consumo de estos libros, poco o ninguno, pues no parece que la humanidad sea más feliz. El beneficio que sin duda aportan dichos libros sobre la “autoestima” se suele expresar en dólares o euros para las editoriales y autores. Entiendo que lo que hacen es abundar más en la conciencia del ego, o sea, del yo superficial, dando por supuesto que es y que hay que quererlo. Y esta visión es tan universal que decir algo en contra es situarse bien fuera de lo normal (¿loco?).

Sin embargo, todos los grandes libros místicos (revelados para muchos, fundantes en todo caso) hablan en sentido contrario. Vivo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí, nos dice Pablo (Gal. 2,20) y ¡la ascesis católica posterior transforma estas palabras en la cohabitación del Espíritu en el corazón del creyente católico! Quien quiera venir en pos de mí tome su cruz y sígame, nos dice Jesucristo (Mt 16, 24 y par) y la ascesis católica, incapaz de ver más allá del Vía Crucis, nos dirá que se refiere al sufrimiento inherente al seguimiento, olvidándose totalmente de la parábola de la cepa y los sarmientos (Jn 15), olvidándose que entre la vid y los sarmientos no hay más que una sola vida, y no exclusivamente –ni principalmente- de sufrimientos. Olvidándose de que el Maestro quiere Misericordia y no sacrificio (Mt 9,13).

Mas no es mi intención mostrar lo que podamos entender que lo cristiano –Nuevo Testamento y místicos - dice sobre la falsa concepción del yo superficial o ego, sino mostrar la línea que muestra el Tao con respecto a ello.

Nosotros los occidentales tenemos enraizado hasta lo más hondo la conciencia que somos un “yo” que confundimos con el ego en la inmensa mayoría de los casos. Pienso que en el caso del yo superficial es así, se identifican. E igualmente tenemos el convencimiento total de que la clave para conseguir la felicidad está en tener una gran “autoestima” (quizás como un primer paso pueda servir). Según el Tao esta falsa concepción del yo y ese mito de un ego sano son la verdadera causa de la falta de felicidad de la gente. El ego, el pequeño yo, ese sujeto con el que me identifico (José, Juan, María, Montse...) no puede ser sano, por sí mismo ya es insano, es falso, no puede ser fundamento de nada, mucho menos de la felicidad, porque no es, no existe. Es una creación de una falsa conciencia. (Solamente nos sirve para relacionarnos en sociedad).
Toda gratificación de este ego falso es temporal y por lo mismo nunca se sacia. Si quieres ser feliz libérate de tu ego, de tu yo superficial, del mito del ego sano y satisfecho porque no hay ego satisfecho. El sabio, dice el Tao, se sirve a sí mismo en último lugar, y se encuentra atendido; observa a su cuerpo como accidental, y encuentra que resiste. Debido que no atiende a su Ego se encuentra satisfecho.

El equilibrio taoísta se fundamenta en el Centro del Ser. Obviamente este Centro tiene su manifestación en el cuerpo, que es nosotros (nunca una parte de nosotros, tal como tampoco lo es el espíritu, el cuerpo es nosotros, el animus es nosotros, el pneuma es nosotros...). Los occidentales actuales solemos colocar dicho Centro (de la persona) en el cerebro, como controlador (informático) de todo el cuerpo y sus funciones. Se ha colocado y se coloca también mucho en el corazón. Los taoístas lo hacen en el Hara, en el entorno del ombligo. Todo ello es indicativo de la pluralidad de culturas, mas todas coinciden: en todos nosotros se expresa y manifiesta el Centro del Ser. Ese Centro que nos da el equilibrio para poder montar en bicicleta, para poder patinar… o para mantenernos en equilibrio ante los múltiples cambios de la existencia. Está en todas partes y en ninguna, y hace que la templanza modere nuestro ser. Y por suerte, no lo podemos definir, sólo indicar. Que seamos serenos, plenamente serenos, sosegados, que estemos siempre en paz, eso es el resultado de estar en el Centro.

La serenidad, o sosiego, es un fruto escaso, nunca ha abundado en la historia. Se confunde con frecuencia en nuestros días con el “pasotismo” (palabra creada para significar la más absoluta indiferencia), y sin embargo, hay una enorme diferencia: el “pasota” es tan superficial, tan egoísta que no hay nada que le afecte, salvo lo que pueda atañer a su ego: el sabio sereno es tan profundo que nada relativo lo puede alterar. El primero es pre-racional, ni siquiera llega al nivel más elemental de conciencia razonable, el segundo es trans-racional, va más allá de la razón superándola. Tan solo se parecen ambos en que no son racionales. O son no-racionales. Muchos psicólogos los han confundido – comenzando por Freud, que no supera en sus análisis el segundo escalón de los niveles de conciencia- e identifican el uno con el otro por lo que llaman a muchos místicos paranoicos (no es mera opinión personal, ya Jung apuntaba esta confusión). La serenidad es fruto de un árbol que hunde sus raíces más allá del ego. Y entre los hombres de todas las épocas no ser egoísta o interesado nunca “se ha llevado”. Quizás en la nuestra menos que en ninguna otra, pero… siempre ha habido y hay locos que saben amar.

En el Tao, como en el cristianismo, en el budismo, estoicismo… desde hace milenios se ha reconocido que la serenidad emana, brota del olvido –no el mero no recordar, el mero no hacer memoria- del ego, de la superación del pequeño y superficial “yo” –no del “Yo”: identidad con el Todo-. Si nos orientamos hacia el Centro del Ser, o sea, hacia el “Yo”, el pequeño “yo” o ego desaparece, porque así no estamos pendientes de alimentar las falsas y obsesivas necesidades de ese ego. Lao Tse decía que la forma más elevada del propio instinto de conservación, que parece defender nuestro ego, es el olvido de uno mismo (v.28). Es interesante en este sentido ver como nuestro gran místico s. Juan de la Cruz nos aconseja en unas letrillas sobre la Suma de la perfección: Olvido de lo criado, /memoria del Creador, /atención a lo interior/y estarse amando al Amado. En cambio, si estamos, como es lo común, pendientes de nuestro ego, el yo deja de ser pequeño y se convierte en monstruo que todo lo devora, incluidas las buenas intenciones. Los buenos propósitos no son más que productos disimulados del mismo ego. ¡Ay, las falsas orientaciones de la ascética cristiana del siglo XIX! ¡Los propósitos de enmienda! Todos apoyados, en definitiva, en el propio ego y surgidos del mismo.
Olvidarse del ego es transcender el sí mismo y por lo tanto nunca tomarse nada como afrenta personal. Es claro que si somos serenos, estamos orientado hacia el Centro, no hacia el “yo” y por lo mismo el egoísmo no puede tener cabida. Y si el Centro no es el “yo”, ¿Qué es?

El Centro es el TÚ, mejor, el Todo en el que somos y vivimos, y que, mientras estamos en esta tierra, queda concretado por el espacio y el tiempo subjetivos en el Tú. Si los demás (sin cerrar jamás este “demás”: humanos, vida, universo, Misterio…), al igual que nuestro “Yo” esencial, son el centro al que nos dirigimos como personas en el tiempo, el egoísmo será un mero fantasma de humo. ¿Qué es si no el Amor? (Lc. 10, 30-37). Ese Amor que lo abarca todo, incluidos nosotros mismos. Plenitud.

Todos tenemos al alcance de la mano ejemplos en los que fijarnos y de los que aprender ¡Alcemos la vista!

José A. Carmona

jueves, 8 de marzo de 2012

REFLEXIONES SOBRE EL TAO

Doy comienzo aquí a unas breves reflexiones sobre el Tao. Ese libro, Tao Te Ching (King), es un pilar de la evolución de la historia de la conciencia humana, o lo que es lo mismo, pilar de la mística, como lo son los Evangelios, los Vedas, la escuela pitagórica, Plotino y sus Enéadas, Al Corán… Es un libro difícil de asimilar para la cultura occidental.

Es cierto que lo que Jaspers llamó época axial comprende a los grandes místicos muy anteriores en el tiempo a Jesús de Nazaret. Estoy hablando del siglo VI antes de Cristo. En aquella época aparecieron con años de diferencia y en tres civilizaciones distintas tres grandes místicos: Lao Tse(u) en China, Buddha en India, Pitágoras en Grecia. Cinco siglos más tarde aparecería en la historia Jesús, totalmente conectado, según grandes pensadores, con los de la época axial. Creo que a él no lo podemos incluir sin más en una línea puramente racionalista como las referencias que tenemos de Pitágoras en Occidente. Sin negar nada humano, Jesús marca el camino hacia la Plenitud de la que forma parte el ser humano (forma parte = participa en lo indivisible, en modo alguno es un trozo). Y esto no es solamente racional sino integral.

No pretendo escribir ahora nada sobre Jesús de Nazaret, sabemos que es la persona de la que más libros se han escrito en la historia de la humanidad, como tampoco voy a escribir sobre Buddha, Pitágoras o Lao-Tse. Quiero simplemente plasmar unas reflexiones-meditaciones sobre el Tao.

¿Qué quiere decir el nombre del escrito de Lao-Tse: Tao Te Ching? A esta pregunta, tan utilizada en nuestra cultura, nos responde el primer versículo del Tao: El Tao que puede conocerse no es el Tao. Queremos conocer, y este deseo constante en los hombres nos ha hecho crecer inmensamente a lo largo de la historia, pero la Realidad es incognoscible, el “Misterio escondido desde el inicio” es insondable para la mente. Por otra parte, es cierto que de alguna manera ya lo conocemos, mejor, que ya tenemos algún barrunto del mismo pues de lo absolutamente desconocido no podemos hacernos cuestión.

La palabra Tao viene a significar algo así como el Camino. La realidad del camino es algo extraño para nuestra mente dual. Pensamos que camino es el trayecto a recorrer para llegar a una meta, incluso lo medimos: metros, kilómetros, años luz… cerca, lejos… así es en este mundo manifiesto que por otra parte no es otro que el mismo mundo inmanifiesto en tanto que manifestado. No hay dos mundos. Pero cuando tratamos del camino interior, dicen los místicos que el propio camino es ya la meta, puesto que nunca hemos salido en verdad de la casa del Padre, puesto que el camino no es útil para otra cosa, no es un instrumento sino que tiene en sí mismo pleno sentido, en él medio y fin se identifican. Y no caben dudas de que el Tao nos habla de este camino interior, -no nos está hablando de la distancia entre Beijing y Cantón-.

Puesto que nuestra mente no puede comprender la no-dualidad, no puede comprender que el Camino y la Meta sean uno, ni puede comprender el Tao –el Misterio-. Eso es un saber no sabiendo. Este supremo saber del Tao es de tan alta excelencia/… /que no hay facultad ni ciencia/que lo puedan emprender/… /Pues este saber no sabiendo/es de tan alto poder/que los sabios arguyendo/jamás le pueden vencer/que no llega su saber/ a no entender entendiendo/toda ciencia transcendiendo… (Juan de la Cruz).
Encontramos equivalentes homeomórficos en los místicos de todas las culturas.

Tres ideas-valores fundamentales del taoísmo –y de toda espiritualidad, entiendo- son: la armonía (que comporta ritmo), la complementariedad, y el cambio.

Es de destacar que la triple dimensión, la tríada, lo trinitario es una constante como estructura de la realidad. El tres expresa la armonía fundamental: Trinidad (Padre, Hijo, Espíritu Santo), Tríada (Dios, Mundo, Kosmos), Trikala (pasado, presente, futuro), tierra-aire-cielo, sujeto-verbo-predicado, principio-medio-fin, nacimiento-edad-muerte, sólido-líquido-gaseoso, la paz que es armonía, libertad y justicia,

La armonía. Está en la base de todo, es un valor fundamental de la cultura china ancestral, también lo fue en la Grecia clásica – Tales, Solón, Anaxímenes, Anaximandro…-, hoy este valor apenas es tenido en cuenta. Es lo mismo que “equilibrio”, o sea que cada cosa, cada parte, cada ser ocupe su puesto en el todo, no que sean todos iguales, pero “ne quid nimis”, "ne quid futile". Por tanto la armonía nunca puede ser imposición, habría subyugación, sino relación, nunca puede ser victoria sino conjunción. La “coincidentia oppositorum” tiene que ir más lejos de la simple co-incidencia, tiene que ser la casa común donde todos se reúnen, celebran, conviven, no meramente coinciden.

Se trata de la armonía fundamental del Ser, armonía que no es fácil entender dentro de la cultura católica del pecado, al menos a partir de Trento. Dante Alighieri, gran místico a juicio de quienes conocen en profundidad su obra, escribe en el canto III de la Divina Comedia las siguientes palabras: “El divino poder se unió al crearme/con el sumo saber y el primo amor”. Estas palabras pertenecen al cartel escrito que, en su recorrido por el infierno, ve colocado a la puerta del mismo. La Trinidad –divino poder, sumo saber, primo amor- fue la creadora del infierno. La suma maldad –el infierno- es obra, surge de la suma bondad: La Trinidad. Esta es la armonía fundamental del Ser. No dice simplemente Dios creó el infierno, sino que afirma que el poder, la sabiduría y el amor sumos se unieron para que surgiera. Paradoja tremenda para nuestra mente. La armonía radical (la no-dualidad) es pura paradoja para nuestra razón. Evidentemente la armonía, o ritmo del Ser, no es lo que nosotros entendemos, sino que escapa a nuestra comprensión razonable. No podemos, pues, imponer nuestra visión de la armonía, del equilibrio. Es un don como lo es la vida. Sólo podemos favorecer su presencia.

La complementariedad. Todos conocemos el símbolo del ying y el yang que representa perfectamente esta idea de la complementariedad. Vemos que en él no hay dualidad, hay simplemente complementariedad, o sea, integridad y completitud. El ying y el yang no están opuestos sino abrazados, son dos polos o aspectos de una sola realidad. Es no-dualidad.

El Tao no tiene complemento pues los abarca todos, es la fuente de todos ellos. No es un Dios todopoderoso que nos ama y protege, como aceptamos en la visión abrahámica. En la visión china no existe este concepto de un Dios, mejor se podría decir que el Tao es algo así como la Senda que nos abre a todos los caminos.

Wu Wei: No Acción. Nosotros entendemos la vida a partir de la acción. Sólo podemos interpretar la Realidad a partir de la causalidad, de ahí que la acción aparezca como fundamental en nuestro ordenamiento cultural. La propuesta del Tao es la No Acción, complementar la acción con la no acción, mejor, dentro de la no acción (wei wu wei). Sería bueno tratar aparte este tema. Pero sepamos que el wei wu wei vendría a ser algo similar (prefiero decir homeomórfico, que no significa simplemente similar, sino que lo que produce efectos parecidos) a nadar a favor de corriente o lo espontáneo, ¡pero no lo identifiquemos! Se trata de la actitud (o no actitud) de complementarse con lo que es, no de resignarse porque no se pueda hacer otra cosa. Es un planteamiento más allá de la lógica.

Nosotros actuamos, pero ¿qué hay tras nuestros actos? Quizás en muchos casos no estemos actuando. Los postmodernistas nos han enseñado que son muchísimos los contextos en los que brotan nuestras ¿acciones? Éstas en su inmensa mayoría no son más que reacciones ¿libres? ¿auténticas?... la No Acción es el complemento indispensable. También en este aspecto el Tao puede allanar nuestra senda.

Cambio. Todo es impermanente menos el cambio, decía Buddha. El cambio está en la misma estructura del ser, por eso toda pretensión de fijar algo para siempre es ilusa, sin embargo asociamos la seguridad a la negación del cambio, a la permanencia. Pretensión vana y lo que es peor, totalmente equivocada.
Dios, decimos, es inmutable: el dios que nosotros nos hemos creado a nuestra imagen y semejanza, el dios en el que hemos colocado todo aquello que no tenemos en nosotros (sabiduría, omnipotencia, permanencia-eternidad, justicia…) es inmutable, pero ese dios es sólo un objeto creación de nuestra mente. El Dios que nos manifiesta Jesús es muy otro, el Dios que nos manifiestan los místicos es muy otro. No sabemos qué es. Oteamos cómo es. Experimentamos su presencia. Afirmar cualquier cosa sobre él es una temeridad. ¿No es quizás nosotros mismos, no en cuanto individuos, sino en cuanto personas, relación..., en lo más profundo?

El Tao moviliza nuestras fuerzas interiores y exteriores, moviliza lo que es para que el cambio sea positivo en nosotros, para que seamos idénticos y auténticos pero no inmutables. El Tao sigue siendo una senda para poder caminar en el cambio, tanga el cariz que tenga dicho cambio.

José A. Carmona

martes, 21 de febrero de 2012

EL MITO DE LO DADO

Hay muchos asuntos, que solemos llamar filosóficos, a tratar que resultan arduos, secos y aburridos para la mayoría, asuntos que, sin embargo, tienen una importancia radical para la visión de la Realidad sobre la que apoyamos, y que también son, nuestros actos. Sin unos principios rectores nuestra vida carecerá de dirección y sentido. Será incluso posible que sin una visión del mundo apropiada reaccionemos ante algunos impulsos, pero nunca será posible orientar la acción, entre otras cosas porque no tendremos acción, no tenderemos iniciativa, siempre iremos a remolque. A veces, a remolque de una visión neolítica.

Reiteradamente he afirmado en mis escritos la importancia de la modernidad y de la postmodernidad e incluso del bien que han hecho ambas interpretaciones del mundo, sin dejar de consignar, por ello, los males que nos han acarreado también a lo largo de la historia. Es una opinión sostenida por los pensadores de mayor nivel que ha habido recientemente y hay hoy en la humanidad (desde Nietzsche a Habermas pasando por Heidegger, Whitehead, Saussure, Dinámica Espiral, Gebser, M. Foucault, Derrida, Wilber, Panikkar…). De ellos lo he aprendido. Mi infancia, juventud y primera madurez las he vivido en una España de "charanga y pandereta, /cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María…" (También fui aficionado a los toros y devoto mariano), lo que me impidió poder ver más allá del “cerrado”. Por lo que mi fe (católica) sólo fue creencia y mi visión del mundo se limitó a la de la filosofía-teología escolástica del siglo XIX, -que afirmaba fundamentarse en la del Aquinate- sin tener el espíritu abierto que tenía Tomás de Aquino, sino la cerrazón que caracterizó la escolástica-apologética del mencionado siglo. He estado totalmente dentro del “mito de lo dado”.

Propugno en este escrito que hemos de cambiar, si queremos seguir vivos en la FE, pero muchos se pueden cuestionar: ¿Es tan importante ir desprendiéndose de cuanto hemos ido aprendiendo en nuestros años anteriores? Yo les respondo de dos formas: con otra pregunta y con un razonamiento.
La pregunta es: ¿Qué es lo que hemos aprendido? ¿Algo añadido a lo que ya se decía desde hacía siglos? O ¿simplemente hemos memorizado repeticiones y más repeticiones? ¿Hemos sido inteligencia (que es creadora) o memoria (que la tiene una simple calculadora)?
El razonamiento es: si la mariposa no abandona su estado de crisálida, nunca será mariposa. Para vivir su vida necesita ser larva a su tiempo y mariposa al suyo. La humanidad ha de seguir avanzando para seguir siendo ella misma, y ha de avanzar en todas la líneas de inteligencia (cognitiva, moral, estética, cinética…) ¡Qué bien que haya avanzado la medicina, la cirugía, los transportes, la electricidad, la tecnología…! De lo contrario podríamos estar viviendo aún en las cavernas. ¿Y solamente se ha de avanzar en lo físico, en lo tecnológico, en el conocimiento científico? ¿No en lo moral, en lo espiritual, en el pensamiento, en el conocimiento de la Realidad, en la maravilla de la contemplación…? Una de las cosas más básicas que enseña la teología "ortodoxa" es que la revelación positiva, válida para toda la humanidad, concluyó con la muerte del último apóstol, o sea, con la muerte de Juan, a finales del siglo I d.C., es una manera de atar en corto, y expresión de un “ombliguismo” atroz. Sin embargo, muchos teólogos “progresistas” han avanzado, haciendo las mil y una para escapar del dictamen dogmático, porque han argumentado que en cada momento histórico el Misterio ha de ser expresado de la manera adecuada a dicho momento. El Misterio no cambia (no se puede pensar en el nivel de conciencia en el que estamos que sea inmutable, sino que no es tiempo, aunque se manifieste en él) pero sí ha de cambiar el vestido con que ha de ser presentado en el tiempo. Es claramente manifiesto lo que le cuesta a la ortodoxia cambiar los vestidos de siglos pasados, incluso los que cubren el cuerpo, no digamos los de la mente (¡se les va el poder!). Quienes quieran asumir “estos principios” dogmáticos que se atengan a sus consecuencias: se momificarán. Tanto el cuerpo, como la psique y como el espíritu del hombre se han de renovar constantemente para seguir estando vivos. Y recordemos que Jesús no predicó ninguna doctrina, sino una actitud: la metánoia y el amor sin condiciones a todos. Dicho esto voy al tema.

Entiendo que desprenderse del “mito de lo dado” tiene una importancia radical para la espiritualidad. Durante muchos siglos –miles de años quizás- la humanidad ha estado viviendo y una gran mayoría vive aún, bajo la influencia de esta visión, la del “mito de lo dado”, de la Realidad y ello la ha condicionado substancialmente. Me estoy refiriendo a la metafísica (tanto ontología como epistemología) de la que el mundo del pensamiento vivió desde Aristóteles hasta Kant (con su Crítica de la razón) como mínimo, en el caso del catolicismo hasta hoy. El postmodernismo ha mostrado claramente que la ontología “tradicional” no es totalmente real, que no es totalmente objetiva, que los conceptos, que pensamos representan lo objetivo, no lo hacen, al menos en parte, porque la Realidad es modificada por la conciencia constantemente (la Realidad de la conciencia del nivel mágico, no es la misma que la del nivel racional, o sutil), que la Realidad no es solamente algo ahí afuera que está esperando impasible a que una mente la conozca y la reproduzca como si ésta fuera un espejo que la refleja (algo objetivo), sino que tiene mucho de intersubjetivo, de cultural (cultura es lo que las subjetividades hacen con el holón interior). La Realidad no es tanto una percepción en la que la mente simplemente recibe y refleja como una concepción en la que la mente tiene un papel de elaboración y de gestación, al menos parcialmente (de ahí que haga dar un giro a la epistemología). Por descontado que lo objetivo (aunque nunca debamos olvidar lo subjetivo y lo intersubjetivo) en nuestra visión sobre las cosas físicas, que son vistas por un perro, y pueden ser fotografiadas, es mucho más evidente que sobre los temas meta-físicos: No es el mismo -no que simplemente no lo vean igual- el Universo de un budista que el de un ateo o el de un católico ortodoxo. Cada uno –el budista, el ateo, el católico- tiene su propia perspectiva, y ve y crea una realidad diferente. Por eso, lo conveniente es hablar de perspectivas y no de conceptos. Los niveles del ser (Dios, alma, inmortalidad, tiempo, comunidad, elementos sociales…) que la metafísica asumió como verdaderamente objetivos, independientes de la mente que los piensa, no son tales, sino creaciones mentales que sí se fundamentan en ciertos rasgos intrínsecos, en algo que no es creación mental, pero que tal cual los entendemos en la metafísica no lo son. Asumirlos sin más, sin analizar sus aspectos intersubjetivos o culturales, sin considerar los contextos y las perspectivas es caer en “mito de lo dado”. Sin meternos en un análisis sobre los niveles del ser, tomaré como ejemplo el concepto Dios. ¿Tenía alguna imagen de Dios el hombre de hace 10.000 años? ¿Es objetiva la imagen de Dios que se expresa en el capítulo primero del Génesis? Los cristianos ¿Tenemos la misma imagen –objetiva- de Dios cuando lo confesamos como Padre que cuando decimos que Jesús es Dios? ¿Lo que pensaba Tomás de Aquino sobre Dios era objetivo? ¿Es lo mismo que lo que pensamos hoy? ¿El Dios en quien creemos es una realidad meramente objetiva, es así fuera de nuestra mente como en nuestra mente? No hay nada fuera de nuestra mente más quizás que esa experiencia, ese gesto intrínseco que se huele, ese barrunto místico al que cada uno viste (y quien viste vela, tapa) a su manera para poder comunicarlo. Y esa manera es la cultura, la intersubjetividad, el nivel de conciencia que la humanidad va teniendo a lo largo de la historia. Así unos vestirán ese gesto objetivo, esa experiencia, como teísmo afirmando la existencia de un Dios, otros como ateísmo negándola, unos como esponsales con el Amado, otros como inserción en la Nada…, otros “permaneciendo sin saber” (agnosticismo)…

El postmodernismo y el idealismo surgieron como reacción al empirismo sensorial que ha dominado y domina aún en buena parte el mundo académico, sólo que cada uno partió en un sentido distinto, el idealismo atribuyó toda realidad al Espíritu (supraindividual y transpersonal), el postmodernismo concluyendo que las nociones metafísicas, o lo que llamamos: el mundo dado no es una percepción sino una interpretación intersubjetiva, que está inoculada en nosotros a través de la cultura y que no hay fundamento objetivo sobre el que se apoye. El postmodernismo radical ha llegado a negar cualquier fundamento a los conceptos fuera de la mente y del capricho cultural, pero este radicalismo de algunos no puede ser motivo para negar los grandes avances, los del postmodernismo, en la crítica a la metafísica, que para cualquier pensador serio no puede volver a fundamentar ni la filosofía ni una espiritualidad actual.

Sus grandes consecuciones:

1. La Realidad no está predeterminada, sino que en buena medida es una construcción o una interpretación. Sobre todo la (Realidad) trans-física o metafísica, pero también en toda percepción sensible existe necesariamente una parte de creación mental (mis ojos no ven un árbol, sino unas formas, unos colores…, mis oídos un posible ruido o rumor, puedo tocar algo rugoso, seco, húmedo, oler a hierbas, pero mis sentidos no perciben el concepto que tengo de árbol, eso lo ha fabricado mi mente, no es fuera de la misma. La idea de árbol no la percibe un perro, el resto de lo dicho aquí, sí). Constantemente comparamos las cosas físicas, pero nuestros sentidos no ven la “comparación”, sólo la ve la mente. Por ejemplo, vemos dos objetos: dos libros y decimos que vemos que uno es más grueso que el otro, nuestros ojos no ven la diferencia entre los libros, solamente ven los libros, la diferencia, la comparación la hace nuestra mente que mide, calcula y concluye un juicio.

2. Todo significado depende del contexto y los contextos no tienen límites.

3. Cualquier perspectiva es válida para conocer, pero no todas son igualmente válidas. A la hora de conocer la verdad nos hemos de ajustar a unas prescripciones comunes para no caer en la pura arbitrariedad. Estas prescripciones son los criterios de fiabilidad de todo conocimiento auténtico -no sólo científico-, a saber: (1) llevar a cabo una instrucción, -observar, estudiar, investigar, mirar con el instrumento adecuado…- (2) recoger las distintas interpretaciones, -los datos que nos ha ofrecido la instrucción anterior- (3) validación o rechazo consensual –compartiendo con aquellos que ya han dado los pasos (1) y (2) esos datos, comprobando así la validez de los que aportamos-. Por lo dicho podremos entender que toda perspectiva es válida para conocer en general, pero no lo es para conocer una cosa determinada, es necesario un método apropiado para cada asunto. Y tan sólo las conclusiones validadas tendrán validez. Por ejemplo, analizar el sentido, el significado de la Biblia (o cualquier otro libro sagrado de la historia). Quien llegara después de los dos primeros pasos, a la conclusión de que es un libro de matemáticas, estaría en un error, una conclusión no es un capricho. Los distintos significados que se le han dado a la Biblia lo largo de estos milenios ha ido dependiendo del nivel de conciencia mental desarrollado: sentido lineal histórico, sentido simbólico, palabra literal de Dios, palabra de Dios más palabra humana en la historia, narración de acontecimientos fundamentales de un pueblo determinado, presentación de un Otro creador,… de un Hombre que dialoga…

Son muchísimos los aspectos sobre los que se puede debatir en este tema, necesariamente hay que dejar la inmensa mayoría en el tintero… si este escrito tratara de exponerlos todos se haría ilegible. No descarto la posibilidad de tratar más adelante algunos de los aspectos más interesantes de la postmodernidad.

El mito de lo dado

Kant sometió la metafísica imperante a una crítica seria. Conocemos que demostró que el tiempo y el espacio son “juicios” (por tanto no pertenecen a los sentidos) a priori de las percepciones. Tomamos ingenuamente como datos de los sentidos lo que no son más que construcciones mentales. Por ejemplo, como ya he dicho, afirmamos que vemos la diferencia entre dos rostros humanos A y B, sin embargo, no vemos más que unos colores, unas formas, unos ojos… pero la diferencia, la comparación entre ambos no la vemos, la entendemos. No la percibimos, la construimos, no es una sensación pura, sino una proyección que nuestra mente hace en las sensaciones. La mayor parte de lo que consideramos percepciones, son simples concepciones. De hecho en el mundo académico y en el de la ciencia la mayoría de las veces, cuando se pide una evidencia sensorial para que sea aceptada una verdad, lo que de hecho se pide son construcciones mentales. Es curioso, negamos en la ciencia –cientifismo- todo lo que está más allá de lo empírico sensitivo (“no he encontrado a Dios con mis microscopios”), recurriendo a lo no empírico (“Sólo lo empírico sensitivo es verdad” Afirmación ésta totalmente metaempírica).

Contra esta exigencia contradictoria del mundo científico se levantó, como he dicho, el postmodernismo y contra toda metafísica sin otra fundamentación que la construcción mental. A esta metafísica la llamó el “mito de lo dado”, otra forma de llamar a la fenomenología. También la podemos llamar lenguaje monológuico, o sea, aquel en el que no hay una intersubjetividad, en el que no hay cultura (creación en común de ideas, formas, costumbres, lengua, relación…), no hay diálogo entre los sujetos, en el que solamente hay introspección del sujeto en sí mismo… y consiste en

- Creer que el mundo nos viene dado como algo preestablecido y no ver que somos co-constructores de dicho mundo. Para los que puedan pensar que con esto los postmodernistas se están refiriendo a la “creatio in fieri”, hay que advertirles que en su mente (en la de quienes piensan así) ya están preestableciendo un mundo creado que el Creador continúa haciendo con lo que ya están cayendo en el mito de lo dado.

- Creer que la conciencia individual nos puede dar la verdad, olvidando la intersubjetividad, la cultura que está construyendo en buena parte esa verdad dentro de la misma conciencia individual. Podemos tener una consciencia mística de muy alto nivel, pero ella siempre será deudora de la cultura en que vive, y nunca podrá ver las cosas que dicha cultura le injertó. Mirando a nuestro interior (cosa muy buena por cierto) no podemos ver la intersubjetividad, lo que en nosotros es puramente cultural. Un chamán nunca pudo ver en su interior un simple taller de coches, ni un rascacielos, ni la fenomenología, estaba en otra cultura.

- No ver que la verdad, que encontramos dentro, está en buena parte construida por las redes intersubjetivas. Juan de Yepes (Juan de la Cruz) situado en el taoísmo no vería la relación Jesús-alma y mucho menos la vería como esponsales.

- Creer que el paradigma de la reflexión (volverse hacia adentro) es una metodología adecuada para conocer sin más, y sobre todo para el avance espiritual. No niego su validez para avanzar, para la vida espiritual, para conocer algunas cosas, pero no es suficiente. Se propugna mucho en ciertos campos de metodología espiritual, mas el lenguaje no dialóguico de la reflexión no llega a abarcar la Realidad, pues no somos espejo que la reflejamos sino co-creadores. El diálogo cultural es imprescindible. Sin lenguaje dialóguico estaremos encerrados en el mito de lo dado. El lenguaje de lo integral: de todo el ser y de todos los seres, es necesario.

El mundo bíblico del Antiguo Testamento estaba lleno de ángeles y mitos, eran reales, tan reales como su no existencia en nuestros días. No olvidemos que lo real en el lenguaje metafísico, también en el coloquial, es que el mundo está ahí fuera y que nuestros conceptos y sentidos lo que hacen es representarlo, pero que la postmetafísica postmodernista no radical nos ha mostrado que lo real es en parte objetivo y en parte construcción mental, cultural. Por lo tanto, la mente no refleja meramente lo que está ahí afuera sino que añade algo más, a veces casi todo, o todo. Mas sin duda, entonces, en los tiempos de Abraham…, y ahora había y hay algo más allá de la mente humana en lo que se apoyaba, y se apoya, ésta (quizás la experiencia del Misterio de la Vida) para co-crear ese mundo. Aquel de los mitos y ángeles fue su mundo. Hoy la mente viste, entiende abraza y co-crea el Misterio (Dios sin los hombres no existiría, y los hombres sin Dios tampoco, por ejemplo) con otros ropajes y co-construye un mundo sin esos mitos, sino con otras formas: lo racional, lo sutil, lo causal…

Los niveles de conciencia han de ser muy tenidos en cuenta, en repetidas ocasiones me he referido a ellos en este blog. Sin conocer nada de los mismos es difícil entender el mito de lo dado, no tengo más remedio que darlos por conocidos, salvo que me hiciera muy prolijo, y no lo quiero. De entrada es muy simple (y reduccionista) decir algo sobre este tema. No está al mismo nivel mental el hombre del neolítico, que el monje de Cluny, Nisargadatta, Heidegger, Buda o Jesús de Nazaret también estos últimos, como todo humano, totalmente deudores de su cultura. Y las mentes de cada nivel construyen a su altura el mundo transfísico y moral en el que viven. Aprendamos que no se trata de un mundo no existente (ex-sistere, sobresalir), sino un mundo co-creado por una mente que llega hasta donde llega.

¿Y qué hay de Dios (el Misterio) en este asunto? En la postmetafísica no existe el problema de la existencia de Dios, no puede tener este interrogante, el problema de la “existencia” de Dios es metafísico no postestructuralista, y por tanto no se plantea. Se plantean otros temas como la altura y la orientación de algo en el Kosmos. Pero dejando esto de lado, lo que sí hace la postmetafísica postmoderna es mirarlo todo desde distintas perspectivas. Podemos mirar al Misterio desde la perspectiva del yo, del y del él y dentro de estas tres perspectivas de Dios podemos decir cómo es –usando un lenguaje catafático o metafórico, cómo es sólo lo podemos decir por analogía, dice incluso la escolástica-, qué no es –utilizando uno apofático o negativo- y qué es –por medio de un lenguaje asertivo u óntico-. Nunca ha habido entre los críticos problemas al utilizar los dos tipos primeros de lenguaje, pero utilizar el tercero supone una metafísica previa. Afirmar que Dios es substancia, ser, eterno… es utilizar unos términos característicos de una metafísica. Pero, la postmetafísica postmoderna permite hacer afirmaciones de tipo espiritual sin que se tenga que acudir al mito de lo dado, a estos conceptos creaciones mentales que hoy no dicen nada a ninguna persona que piense dentro de la cultura actual, lo que sería igual a decir a las personas más inteligentes que se han liberado de un yugo mental.

Wilber, uno de los grandes maestros espirituales de nuestro tiempo y filósofo entre los más grandes de nuestros días tiene un párrafo sobre Dios (Misterio) en lenguaje postmoderno que para mí, en mi visión cristiana, es una maravilla (Espiritualidad integral). Termino transcribiendo su texto:

“Son muchas las consecuencias que acompañan a negarnos a llevar a cabo esta contemplación… (la contemplación postmoderna del Espíritu) puede acabar literalmente matándonos, o lo que es todavía peor, matarnos de manera figurada, matando el alma que lucha por renacer a la era integral actual, que se esfuerza en renacer a una mayor Libertad y Plenitud, que lucha por reconocer al Espíritu… Cuando deja de mentirse, usted sabe perfectamente lo que es en lo más profundo de sí mismo.
Usted es el gran No nacido, atemporal y eterno, en su perspectiva de primera persona como gran Yo-Yo, como el gran Yo, como el Testigo de esta página, de esta habitación, de este universo y de todo lo que hay en él, testimoniándolo todo con una ecuanimidad apasionada que le pone frente al Motor Inmóvil. Usted también es el gran No nacido, atemporal y eterno en su perspectiva de segunda persona como Gran Tú, como Gran Otro, ante el cual se postra respetuosamente en un acto infinito de entrega y sumisión extática completa que, a cambio, le entrega, a modo de bendición, perdón y entrega eterna, el Kosmos entero. Usted es también el gran No nacido, atemporal y eterno, en su perspectiva de tercera persona como la Gran Perfección, el Espíritu Santo, la gran Red de la Vida en toda su perfección infinita y su caos dinámico, sus púlsares palpitantes, las explosiones de las nebulosas, las estrellas, las galaxias, los planetas y los océanos, por los que corre la misma sangre al ritmo de los latidos del corazón de un Eros que busca y encuentra su propia totalidad superior, que la busca una vez más y vuelve a encontrarla, se lanza de nuevo a la búsqueda, sin dejar nunca de encontrarla, porque nunca ha dejado de saber que Usted siempre está aquí, ¿No es cierto?...
Y, en el mismo instante en que contempla, desde el gran Yo-YO, las Formas de su despliegue como la totalidad del Cosmos, en ese instante que es el eterno Ahora… advierte simultáneamente las formas del Espíritu en primera persona, en segunda persona y en tercera persona, es decir, el Gran Yo, el Gran Nosotros y el Gran Ello, manifestándose a la vez en el Ahora… que es este mismo instante…”




José A. Carmona

martes, 7 de febrero de 2012

CRISTIANDAD, CRISTIANISMO, CRISTIANÍA

Cristiandad, cristianismo, cristianía

Quizás, pensarán muchos, dentro de esta sociedad en la que buena parte de la humanidad ha hecho avances muy serios en la evolución de la conciencia pero en la que la mayoría está perdiendo el norte, algunos pudieran estar interesados en lo cristiano. Personalmente pienso que no solamente algunos sino que muchos lo están. Hay quienes aún pretenden volver a una cristiandad reformada, una cantidad ingente de bautizados buscan un cristianismo un tanto liberado del peso de la doctrina de siglos pasados pero cristianismo doctrinario, dogmático y otros muchos buscan honradamente una actitud espiritual y cristiana liberada del peso histórico-político de la cristiandad y de los espasmos doctrinales y dogmáticos caducos del cristianismo. Al referirme a lo cristiano no estoy hablando de lo institucional católico, sino de las raíces evangélicas de lo cristiano, del Misterio Crístico, aquello que subyace a todas las formas en las que se ha expresado y sigue expresando el seguimiento de Cristo: “Venid y lo veréis” (Jn 1,39).

Los términos cristiandad y cristianismo son de uso común en nuestra lengua, no así la palabra cristianía que es un vocablo introducido por algunos filósofos de amplia cultura religiosa, y por lo mismo también cristiana, para significar algo nuevo, una visión nueva. Mejor una actitud nueva de muchos y, por supuesto, de los místicos cristianos.

Es necesario precisar, antes de entrar en el desarrollo del tema, que lo expresado por las palabras y los conceptos- “persona” e “individuo” no es lo mismo, sino que difiere y de manera substancial. Individuo es el ser aislado, totalmente contable, mensurable, y es cualquier objeto o cosa: una manzana, una piedra, una ola… Persona es el ser en relación y por lo mismo nunca aislado, sino abierto al tú. La persona es esencialmente comunidad, pueblo, sociedad. Organismo, no estructura. El individuo en tanto es persona en cuanto está abierto al universo, a los demás, y se sostiene en su interioridad. Hemos de tener en cuenta que toda relación supone un organismo, no una estructura, en esta se yuxtaponen las partes, nunca se abren desde dentro, en el organismo las partes no se yuxtaponen simplemente sino se intercomunican, abren su interior. Son vivos. Un montón de manzanas nunca podrá ser una comunidad sino eso: un montón. Es muy curioso ver cómo en nuestra vida cotidiana identificamos individuo y persona con enorme facilidad. Hay muchos individuos, pero personas…no tantas.

En la Edad Media era impensable en nuestra Europa no ser cristiano, o lo que era lo mismo, no pertenecer a la cristiandad. Ser cristiano era ser miembro –súbdito de un reino cristiano- de la cristiandad. Esta manera de pensar no es del todo extraña entre personas de nuestros días, como ejemplo: hacer de nuevo de Europa una cristiandad: sueño del Juan Pablo II. Al margen de esta forma de entender la espiritualidad cristiana, pese a su débil explicación histórica, se ha de decir que también todas las estructuras formales mantenidas por el Vaticano pertenecen a, o tienen su origen en, el régimen de cristiandad: nuncios, poder del papa y los obispos, monarquía absoluta e infalible, la estructura del derecho canónico, los dicasterios con el Santo (¡¡!!) Oficio a la cabeza…
¿Qué se significa bajo el nombre de cristiandad? Entiendo que fue, y entre algunos sigue siendo, una forma de entender la espiritualidad cristiana que inundó Europa en toda la Edad Media y que aún permanece entre muchos (la evolución de la conciencia comporta esta estratificación de las formas, siempre superada por la nueva estratificación). En esta visión se identifica el Reino de los Cielos del que habla el evangelio con las naciones de la tierra. Se interpreta la expresión del evangelio de Lucas: el Reino está entre –inter no intra- vosotros –Lc 17,21- y por lo mismo exige unas actitudes políticas, colectivas. Todo reino en la tierra es expresión del Reino de Dios y por ello tiene una cabeza: el rey absoluto y unas obligaciones para todos los súbditos. Y todo sometido a Dios (nadie se podía plantear que el Dios pensado pudiera ser un ídolo mental) y a su vicario, el papa. Todo el que negara, por ejemplo, que la iglesia tenía potestad para juzgar a los “herejes” era excomulgado (¡cuántas justificaciones falsas o erróneas de la inquisición dichas y mantenidas!), lo mismo el que negara que la existencia de los estados pontificios fueran de derecho divino… y aún hasta los años setenta del siglo XX teníamos en España monedas con la esfinge de Franco en las que se leía: Caudillo de España por la gracia de Dios. En nuestra España, de charanga y pandereta, hay muchos católicos que pertenecen a la cristiandad. (Da mucha seguridad, pero quizás se pueda decir lo de “ciegos que limpiáis la copa sólo por fuera” (Mt 23,25....). Los “reinos cristianos” eran la reserva espiritual de la tierra. En ellos se concretaba la cristiandad. Así fueron posibles “las Cruzadas”. La cristiandad es la visión y concreción política de la teocracia medieval. ¿Una etapa en el proceso evolutivo de la conciencia cristiana? En todo caso es anacrónico mantenerla hoy.

Con la palabra cristianismo significamos una religión a la que el cristiano pertenece, una religión que mantiene, de alguna manera, aún en nuestros días la pretensión de ser la única verdadera, lo cual supone una actitud de desprecio para con todas las demás y con toda actitud no enmarcada en una forma oficial de religión. El cristianismo interpreta el “inter” de nuestra cita anterior (Lc 17,21) como “en medio de vosotros”, esto es, el Reino está en vosotros culturalmente, en el mundo de las ideas, el pensamiento, la comunicación… Ser cristiano en este sentido es pertenecer a esta religión, algo que no es lo mismo que ser miembro de la cristiandad. El cristianismo mantiene una ideología, una dogmática, una moral propias. Si alguno no creyere en tal o cual dogma, no practicare tal o cual precepto… sea excluido de la comunión eclesiástica –anathema sit-. Su conexión con la cristiandad es clara, pero se diferencia de ella: "sea excluido", no "ejecutado". El cristianismo es eclesiástico, no eclesial. Aparecen instituciones nuevas en esta línea, algunas muy cercanas geográficamente. No tiene en cuenta el principio crístico: el Misterio que todo lo abarca, el Cristo:Dios va más allá de cualquier ideología, de cualquier dogma, de cualquier pensamiento…

Hace ya mucho tiempo que comenzó a gestarse una nueva actitud que conlleva una nueva visión, una visión que se podría llamar eclesial y personal –no individual-, una actitud que han tenido todos los místicos cristianos, pese a que en su tiempo se mantuvieran siempre dentro de la “cristiandad” y del “cristianismo”, en su más íntima experiencia. Ellos no rompieron las estructuras legales posiblemente, pero no se dejaron hacer prisioneros por ellas. Pensemos en Juan de la Cruz, cuyas obras permanecieron siglos olvidadas, muerto en prisión, los miedos de Teresa de Ávila a rozar los límites impuestos por la inquisición, la prisión de Luis de León, la condena de Eckhart como hereje, las de Savonarola, Giordano Bruno, Lutero… y sobre todo la crucifixión del gran místico: Jesús de Nazaret, “quien siendo hombre pretendía ser hijo de Dios”(Jn 19,7). Jesús es muy crítico con el “orden religioso establecido”, incluso lo desobedece en muchos casos (Las espigas recogidas en sábado, las curación en el mismo día, su cercanía a los marginados y a los pecadores oficiales, a las mujeres…), pero nunca lo traiciona, nunca deserta del judaísmo. Es excluido por el poder religioso, pero él nunca se autoexcluye.

Esta actitud es llamada “cristianía”. En el texto de Lucas citado (17,21) la preposición latina inter es interpretada, siguiendo el significado originario griego (hentós), como “dentro de”. El Reino está en vuestro interior. Ya en el siglo XIX comenzó un movimiento pietista e individual que pretendía una superación tanto de las formas de la cristiandad como de las del cristianismo, sin llegar a la superación definitiva. No se salía de lo individual y privado y por lo mismo las formas colectivas anteriores pudieron asumirlo fácilmente. Ya a mediados del siglo pasado (el XX) fue perdiendo ese carácter individualista y pasando a ser una actitud personal, una relación con los demás cargada de un sentido crístico de la acción. La fe es vivida como experiencia transformadora de la persona, no como la pertenencia a un reino, ni como la aceptación de una doctrina dogmática.

Estoy hablando de un hecho, de un hecho que afecta a muchas personas, a millones. Unos ejemplos que explican lo dicho, o al menos lo iluminan: hay una serie de puntos de la doctrina oficial de la iglesia católica que son discutidos por gente muy cristiana, incluso católica, y no por ello dejan de ser cristianos, ni católicos, no por ello son menos cristianos: Es el caso del celibato impuesto al clero que más de cien mil sacerdotes no lo han (hemos) “cumplido” al formar pareja con nuestras esposas, y de ellos gran cantidad continúan en el ejercicio de su sacerdocio. Allá por los años sesenta era incuestionada la prohibición de la píldora anticonceptiva, hoy muchísimos cristianos no se cuestionan nada y la toman, y a la vez viven su fe de forma seria y serena. Abundan las cuestiones totalmente discutibles que para la institución no lo son: el aborto, la eutanasia, la familia, el capitalismo, el comunismo… Esto hubiera sido totalmente impensable dentro de unas estructuras de cristiandad, o de una doctrina brotada del cristianismo. Se está apuntando hacia una nueva actitud que es llamada “cristianía”

Son, sin dudas, tres formas de acercar a Cristo (la espiritualidad cristiana) a los hombres de cada época. No es que dé igual una que otra, como no es igual escribir con un punzón de hueso sobre una “tabula rasa” de cera que escribir con el sistema Word en un ordenador de última generación. La Fe -con mayúsculas-, no hablo de la simple creencia, necesita la corporalidad para manifestarse, le sucede lo mismo que al lenguaje que no puede ser utilizado como tal lenguaje sino es en una lengua concreta, yo no puedo hablar el lenguaje, sino el español, el inglés, el latín y en ellas realizo el lenguaje. Toda realidad tiene corporalidad, materialidad. El espiritualismo sin materia es tan absurdo como el materialismo sin espíritu. Hemos respirado desde la más tierna infancia que Dios es espíritu puro, sin contaminación alguna de materia, mas esta visión de Dios no se sostiene ante un simple cuestionamiento: si en Dios no hay materialidad (también), él no lo abarca todo, hay algo que no es él, no es la Totalidad, luego no es Dios. La materia, la corporalidad no es más que una forma del Ser, un polo del que no se puede privar al Ser, como a una moneda no se la puede privar de la cruz, no sería moneda, no sería nada. Otra cosa es que esa materialidad, esa corporalidad tenga que ser percibida por los sentidos humanos, tenga que poder ser mensurada por lo medios humanos. No seamos antropomórficos. El Misterio, el Cristo, lo Divino se escapa de la mente y a la vez lo es todo.

El acercamiento a la espiritualidad cristiana por medio del sistema “cristiandad” se dio en niveles muy burdos, en los que abundaba los abusos de poder… pero la conciencia-media de la masa estaba evolucionada solamente hasta ese nivel. No podían dar más de sí, por eso cuajó ese sistema. Con el Renacimiento comenzó a elevarse la conciencia-media un poco, así se transcedió el régimen de cristiandad y se fue imponiendo el “cristianismo” doctrinal y moral que se desliga del régimen de “cristiandad”. Apareció Trento y se incrementó el anathema sit y las persecuciones de “herejes”. A partir de mediados del XIX se ha ido elevando más aún, por suerte, el nivel de conciencia-media y han ido apareciendo manifestaciones de una espiritualidad cristiana que comenzaba a alejarse de la forma del “cristianismo”, espiritualidad individual al principio, más tarde personal, y de grupos pequeños y no tan pequeños (comunidades de base, institutos seculares –no todos claramente-) que buscan (y buscamos) una identidad cristiana desligada de las cargas del pasado, las histórico-políticas de la cristiandad y las doctrinales –dogmáticas y morales- del cristianismo. La “cristianía” no defiende la privatización de la identidad cristiana, aunque a veces pueden que no haya más remedio que hacerlo, sino que pretende volcar hacia afuera la riqueza de la propia experiencia interior. Intenta vivir el cambio tan substancial que está viviendo la humanidad, y con ella el mundo, desde lo más profundo de sus raíces cristiano-humanas. No busca imitar a Jesu-cristo, como afirma el cristianismo, sino vivir sus mismas experiencias, su experiencia de Amor que es única en todos, su perichoresis trinitaria en la que todos somos parte. Experiencia que es compartida, aunque con ropajes distintos por muchos millones hoy.

En la “cristiandad” la fe era y es (de facto) pertenecer a un reino católico. En el “cristianismo”: un asentimiento intelectual. En la “cristianía”: una experiencia del Cristo, del Misterio, personal, o sea, volcada hacia afuera, experiencia que es vivida por muchos, por aquellos cuya conciencia sigue caminando hacia adelante y asumen el riesgo que ello comporta. La experiencia de aquellos que se soltaron primero de la espada y luego de la mano protectoras (¿?) para caminar como adultos en la Fe.

La separación en la historia entre estas tres modalidades de entender lo cristiano es totalmente difusa, se entremezclan las tres aún en nuestros días. Hay muchos cristianos que viven hoy en la época mítica de sus conciencias, en el Neolítico. Cada modalidad con sus pros y contras ha ido prestando un servicio a la humanidad como medio para su acercamiento relativo al Misterio -relativo porque no hemos salido en verdad de la casa del Padre-, al Cristo, a su propia identificación con él. Identificación que ya es, pero no hemos caído aún en la cuenta de que ya es porque vivimos inmersos en el tiempo y en la dualidad. Jesús y los místicos sí cayeron en la cuenta, fueron muy conscientes.

Y todo sigue siendo una evolución, un desarrollo, un seguir dando pasos hacia adelante. La “cristianía” no es el final, como tampoco lo es la razón, ni la persona… Quedarnos anclados en las formas del ayer, o en las de hoy, es similar a quedarse ciego a causa de unas simples cataratas por negarse a utilizar los avances clínicos y quirúrgicos.

José A. Carmona

viernes, 20 de enero de 2012

PREPARAR UN HOGAR A LA SABIDURÍA

PREPARAR UN HOGAR A LA SABIDURÍA

Mi gran amigo y maestro, Raimon Panikkar y Alemany, que abandonó el tiempo el 26 de agosto del pasado año, nos dejó un legado impresionante en sus escritos, y nos enriqueció a los cercanos a él con su palabra y sus liturgias en las que participé muy activamente en muchas ocasiones.

Entre los libros con que nos regaló hay uno pequeño en tamaño, pero muy grande en profundidad. El texto original lo publicó en español, pero a la vez se hicieron ediciones en catalán, francés, alemán e inglés, creo que también en italiano. Lo recuerdo porque fue pequeño partícipe de estas tareas. Yo, como él y un buen grupo de amigos estábamos interesados en una propuesta, sencilla y profunda a la vez, sobre el tema de la Sabiduría ¡tan confundida en nuestra cultura! Y Raimon escribió un importante librito: Invitación a la Sabiduría.

Me propongo escribir una sencilla reflexión sobre la primera parte de lo dicho en el libro, siguiéndolo casi literalmente. Mis palabras, mis reflexiones serían muy pobres...

La intención con que fue escrito no fue la de definir o precisar lo que es Sabiduría, sino hacer una invitación a la misma. Lo primero hubiera servido de muy poco, en todo caso hubiera sido erudición, o quizás filosofía entendida como pura reflexión, la invitación a la Sabiduría, en cambio, es ya Sabiduría y solamente un sabio que la experimenta puede invitar a otra persona. De ahí el título del libro: Invitación a la Sabiduría. Invitación, esto es, hacer deseable aquello a lo que se invita.

La invitación a la Sabiduría es hoy tan urgente, como importante lo es la Sabiduría. Acudamos a la fiesta de la Sabiduría sin caretas, tal como somos, como estamos en nuestra casa, sin apuntarnos a unas doctrinas. La fe no es una doctrina, sino la asunción del riesgo de la vida.


EXTRACTO REFLEXIONADO SOBRE EL TEXTO

“Sapientia aedificavit sibi domum” Pr.9,1

Sabiduría


La Sabiduría es la experiencia máxima de la vida, aquella donde no se han separado el conocimiento y el amor, el alma y el cuerpo, lo divino y lo humano, el tiempo y le eternidad..., es la armonía vivida de todas las polaridades de la existencia. No es esto una definición, tenemos por educación de la filosofía griega la tendencia a definir, que no es sino delimitar, cortar, separar, sino una descripción del todo necesaria para que nos podamos entender. De lo contrario cada uno podría entender por Sabiduría una cosa distinta (conocimiento científico, reflexión, erudición... o el refranero). Si tenemos analizamos el significado de la palabra (sophía, sapiencia, veda-videre-visión, ...), podremos comprobar que lo dicho es lo mantenido a través de toda la filosofía perenne. S. Buenaventura hace derivar la palabra de sapor (sabor) y de sapere (saber), saber saboreando.


Gaudens gaubebo in Vita, quia in corde hominis iucundam sibi Sapientia mansionem paravit. (Intensamente me alegraré en la Vida -viviendo-, porque la Sabiduría se ha preparado en el corazón del hombre una mansión llena de alegría). Esta frase resume significativamente lo que dicen los libros sapienciales de la tradición judía: Proverbios, Sabiduría, Eclesiastés -Qohelet-, Eclesiástico -Ben Sirá-..., contenidos en la Biblia cristiana. Lo que dicen las Upanishad, el Tao, el Vedanta...

La Sabiduría es el arte de la vida, es experiencia vital. La modernidad y más aún nuestra vida moderna (que tiene muchas cosas buenas), seducida por el imperio de lo científico en sentido estricto, o sea, seducida por lo exclusivamente sensible, ha encerrado a la Sabiduría en un asilo. O peor, la destruye en la cultura de masas llamándola conocer, llamándola ciencia. Los “especialistas”, teólogos, sacerdotes, brahmanes, filósofos, doctores... han pretendido a lo largo de la historia apropiársela, arrebatarla a la gente del pueblo y han pretendido de ella hacer un conocimiento para “iniciados”, pese a que Sócrates, Buddha, Lao-tze, Jesús de Nazaret... y tantos místicos excepcionales habidos en la historia la han puesto a disposición de todos los hombres. (Me opongo con todas mis fuerzas, como he reiterado constantemente, al dualismo que supone decir hombre-mujer, en el “ser humano” no hay dualismo, sólo hay polaridad, y la palabra hombre – derivada de “humus”lo nacido de la tierra- lo significa todo sin caer en tal dualismo y afirmando a su vez la polaridad. Hombre no es sinónimo de varón). El sabio no es un iniciado, su autoridad tiene una fuente distinta: su experiencia de la vida. Nunca unos ritos iniciáticos.

La Sabiduría se presenta en aquella tríada misteriosa que constituye la plenitud de la vida humana de la que nos habla el budismo: la actitud fundamental, la verdadera visión y la acción correcta.

La Sabiduría nos hace felices, nos da la alegría, es la sede de la libertad. Hay sufrimiento en el mundo y nos afecta, nos duele, pero no estamos abrumados por el sufrimiento, por eso el bodhisattva no permanece en el Nirvana alcanzado, sino que vuelve a la tierra para ayudar a que todo y todos lo alcancen. No se puede explicar racionalmente de qué manera pueden convivir alegría y sufrimiento, pero en el verdadero sabio conviven. El Misterio, más allá de la razón (no más acá como es la esquizofrenia).

El mundo de la Sabiduría tiene su lugar en la mística, trasciende los sentidos y la razón, supera la inteligibilidad, por eso es la riqueza del pueblo sencillo, está en el transfondo de muchos refranes que son oximorónicos, en las entrañas de muchos relatos populares, de las parábolas... Muchos de los doctores y sabios de la Ley no entrarán en el Reino de los Cielos, pero sí lo harán las prostitutas, los pecadores, los incircuncisos, los samaritanos... (Mt 11, 25 y passim).

Está más en la palabra hablada que en la escrita. Nos hemos acostumbrados a leer u oír palabras, nos hemos desacostumbrado bastante a comer palabras y hemos olvidado del todo que las palabras se hagan carne de nuestra carne. La palabra es vida más que otra cosa.

Parece que el ideal de la Sabiduría es una constante humana, todos los hombres de todas las épocas han aspirado a ella. Quizás lo que sucede hoy con el olvido intencionado de la misma, con ese desprecio que la cultura dominante siente hacia ella, sea algo ocasional en la historia. Esta Sabiduría se encuentra desplazada de su centro. En nuestros días impera la tecnocracia y la cosmovisión científica. El estilo de vida actual nos complica la existencia. Nuestra gran preocupación es casi exclusivamente económica, en buena medida efecto de una modernidad mal entendida, muy castrada.

La Sabiduría exige la intuición, la habilidad, la inteligencia, pero las supera y llega a otro nivel de la realidad. La Sabiduría es a la vez technê y epistêmê, gusto y saber, afectiva, sensitiva y cognitiva, científica. Es hacer y saber, teoría y práctica... esto es: la relación mística -no prerracional, sino transracional-, filial, de comunión de Vida, con la fuente de todo ser. Heráclito dijo que sôphronein, pensar juiciosamente, era la virtud más grande y que sophía es decir la verdad y actuar en comunión con la naturaleza. Sólo es sabia la intuición de reconocer que todo guía a través de todo, algo que ya dice el Tao y el budismo.

La Sabiduría se identifica con una determinada experiencia de totalidad, que configura nuestra vida. No es el homo universalis del Renacimiento. Es el Testigo que sabe lo "que es".

Explicando un poco lo contrario de Sabiduría, la “no-Sabiduría”, quizás se pueda ilustrar mejor qué sea Sabiduría. Lo contrario no es la ignorancia, ni la torpeza, ni la nesciencia, sino la polymathia, el saber de todo. La verdadera Sabiduría no se puede encontrar allá donde el conocimiento necesita dividirse y repartirse a fin de saber algo sobre el mundo. Va contra la atomización del saber. (No pretendo atacar el conocimiento analítico, es una gran logro de la razón y su obra muy útil, pero no es la Sabiduría, que por su parte no es nada útil, no tiene finalidad alguna fuera de sí misma).

¡Y un método así se nos ha convertido en una necesidad tan seria que consideramos este camino analítico como natural para adquirir sabiduría (con minúscula)! Decimos investigación, pero, si nos quedamos solamente en eso, queremos decir ataque a la naturaleza. Se ha perdido la actitud integradora, porque la persona ha quedado reducida a la razón, la razón a entendimiento, y éste a la capacidad de clasificar y formular leyes sobre el comportamiento de las cosas. Y olvidamos la totalidad, la identidad, el atman, el Espíritu que en el hombre se manifiesta y es en todo. La Naturaleza es un Todo y la conciencia de esta Realidad una no nos ha de abandonar nunca.

La sencillez de la Sabiduría no es reduccionismo (simplificación artificial), sino el descubrimiento de que toco toda la realidad, sin olvidarme de mí mismo. La Sabiduría nos acerca a nosotros mismos, es armonía personal con la realidad -Tao-.

La Sabiduría es una actitud que surge de la experiencia y por lo mismo presupone tanto la intuición como la acción. La “Docta ignorancia”, el apofatismo dionisiano (unitur ei -Deo- sicut omnino ignoto), es una gran línea de Sabiduría a la que en momentos se adhiere el mismo Aquinate: Illud est ultimum cognitionis humanae de Deo quod sciat se Deum nescire in quantum cognoscit illud quod Deus est. Es una realización que se parece al no conocer=saber, pues sólo es conocido=sabido lo que se ama. La Sabiduría y la verdad van unidas, la verdad conduce a la Sabiduría, pero no lo hace ni ella sola ni automáticamente. Es el Amor, no el mero sentimiento, quien engendra la Sabiduría a partir de la Verdad.

Existe un anhelo humano de Sabiduría, una aspiración a la iluminación, la resurrección, la salvación, el satori... es una constante humana. No lo podemos ignorar, ni tirar por la borda, como se pretende en nuestros días a veces. Mas para llegar a ella hay que transcender el intelecto. “Tan sólo son sabios aquellos que son tan no sabedores que ni siquiera saben que no saben”, dice Raimon. La Sabiduría no es elitista, es el anhelo de todo ser: la Plenitud. Por todo lo dicho, hemos de caer en la cuenta de que la Sabiduría nos deja sin nada a que agarrarnos. Es pura gracia. Don. Gratuidad. No podemos merecerla, podemos recibirla en nuestra casa preparada en alegría.

Un hogar

Hogar. Ôikos no significa lo que casa hoy día. No se trata de construir una casa, una propiedad privada en la que cobijarme. El hombre hoy se encuentra desarraigado, porque la imagen científica del mundo ha perdido la dimensión humana. En este mundo científico el hombre no se encuentra en casa. Por ello no se entiende que la casa sea el espacio vital de “todos” los hombres, por ello hay tantos sin hogar. La codicia, la división, las fronteras...

La primera dimensión de hogar la tiene la tierra, un hogar para todos, incluso para los sin-techo. La Sabiduría es multiforme, nunca dogmática, monocolor... puede entrar en cualquier hogar que es un campamento con muchos espacios abiertos bajo el cielo. El hombre es el habitante de un mundo habitado y habitable. Es imposible vivir en el mundo como un hogar si los hombres son sólo átomos aislados en un universo cuantitativo. El hombre está ligado a las estrellas, a la Tierra, a los hombres. El primer hogar de la Sabiduría es la Madre Tierra.

La exigencia, casi inconsciente de nuestra cultura de abandonar la tierra (viajes espaciales...) no es propiamente una fuga mundi, sino una huida del hombre de sí mismo. ¿No estaremos haciendo una tierra inhabitable por el rechazo de la Sabiduría?

Hay que construir una casa y habitarla, para que sea hogar (el habitar es un politeuma, un convivir). Una casa abierta y accesible. La Sabiduría no es elitista, es para todos. No es esotérica, iniciática, sino Misterio auténtico para quienes quieran ver y oír (qui habeat aures audiendi, audiat). No es un castillo, ni una cueva, sino una casa donde podamos ser nosotros mismos, y tener una relación humana con las cosas. No hemos de ocultar ni defender esta Sabiduría. Ella se ofrece, es oferta.

La Sabiduría nos dicen a veces los textos tiene un doble hogar.

Por una parte, el corazón como símbolo de la totalidad de la persona humana.
El corazón es al mismo tiempo intelectual, espiritual y corporal, sigue el ritmo de la naturaleza y está en simbiosis con otros corazones.

Por otra, la tierra entera.

Las tradiciones china, india y cristiana hablan de una relación entre el corazón del mundo y el humano. En la tradición semítica el corazón (leb) guarda relación con el alma (ruaj). El sabio es estable, recto, neutral. La Sabiduría no es ninguna especialización. La Sabiduría sin hogar -sin el corazón: el hombre- no es nada, una mera abstracción. Habitar es su manera de ser. Es el huésped. Hay que acoger a la Sabiduría como una madre concibe al niño. Cada concepción necesita unas entrañas. Preparar un lugar para la Sabiduría equivale a enraizarse en el corazón de la realidad.

Preparar

Un hogar no se encuentra hecho, es cosa de la cultura. Un hogar vacío no es un hogar, es necesario habitarlo. Una Sabiduría puramente teórica, no es Sabiduría. Y no entra en un hogar deshabitado.

Preparar el hogar para la Sabiduría es algo muy parecido a un parto. No se puede buscar la Sabiduría, sólo prepararle un hogar. Toda búsqueda de la Sabiduría la mancharía. La búsqueda de la Sabiduría limitaría su libertad soberana.

O bien quiero ser señor de la Sabiduría y hacerla servir de sirvienta, o bien me dejo penetrar por ella, que me ilumine y habite. De ella es la iniciativa. La Sabiduría no es un objeto de la inteligencia, ni de la voluntad. Solamente puedo prepararle un hogar.

Preparar es esperar. Y esperar no es proyectarse hacia el futuro, sino abrirse al Misterio, a la dimensión invisible y de profundidad de la Realidad.

Preparar es estar a punto. Es la Sabiduría quien se prepara el hogar, no nosotros. Nuestra misión es fiarnos de la realidad, de la Sabiduría, tener un corazón puro. Para los iluminados los ríos vuelven a ser ríos, las montañas, montañas, las estrellas, estrellas, la comida, comida, el dormir, dormir, el contemplar, contemplar...

La Sabiduría es un don. Dejemos que ella sea. La tranquilidad quiere decir sencillamente ser, no estorbar al ser con violencia, pensamientos, actividades... se trata del temor reverente ante el ser, ante el ritmo del ser.

Preparar es esperar. Es estar disponible. La Sabiduría necesita libertad, no imposición. Su nombre es gracia, es don. La gracia no se puede repartir, pero se puede concebir gracias al amor.

Pero esto parece un círculo vicioso: si quiero construir un hogar para la Sabiduría, lo destruyo porque actúo, si no lo quiero construir, no surgirá... Se trata de transformar este círculo vicioso en círculo vital, o sea, experiencia. “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1,38) Preguntaron los futuros discípulos. “Venid a verlo” (Jn 1,39) , respondió Jesús. Experiencia y praxis. Así se rompe el círculo y la Sabiduría habita en el hombre.

Mas si no sabemos qué aspecto tiene la Sabiduría ¿cómo la podemos acoger? La hospitalidad sólo es tal cuando no diferencia. El huésped sea quien sea, es el mismo Cristo -el Misterio de Amor que es-. La hospitalidad auténtica es el espacio en el que la revelación es posible, dicen todas las tradiciones. Ciertamente hay un riesgo, de entrada no sabemos a quien acogemos. La Fe, la Vida son riesgo.

Preparar un hogar para la Sabiduría significa acoger en nuestro interior al extraño, al desconocido, al amenazador y hacerlo nacer, transformarlo. Hay que luchar, hay que realizar una acción teándrica, como Jacob. Luchar con el ángel, con el Tú y darlo a luz. El yo y el tú, una polaridad genuina en la que toda realidad se hace, no dos caracteres opuestos e independientes. Al abrazar al tú yo concibo, y me siento lleno de esa Sabiduría que he de parir. Así con la experiencia de la hospitalidad transformadora creo el círculo vital y rompo el círculo vicioso. Ahora bien no se puede dar a luz sólo por la fuerza de la voluntad, es necesario el amor.

La aspiración a la Sabiduría, que es espontánea: surge del ser, no así el deseo, siempre es humilde y está abierta. Siempre hay riesgo. Pero por la experiencia interna se nos da a conocer la verdadera Sabiduría y su nombre es: paz, libertad, alegría. “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16.20) “El sabio utiliza su ojo interior, su oído interior, para penetrar las cosas y no necesita el intelecto”

Preparar un hogar para la Sabiduría: Se trata de una actitud fundamental, que hoy es más necesaria que nunca. En sentido negativo quiere decir que no hemos de perder el tiempo con todas las cosas posibles, aunque sea importantes y agradables, cosas que no son Sabiduría, ni son portadoras de ninguna salvación, ni nos traen ninguna verdadera alegría. En sentido positivo se trata de la experiencia alegre de la vida en el Amor y en el Silencio.

Preparar un hogar a la Sabiduría.


José A. Carmona