Resurrección en la perspectiva teonómica, o sea, Vida eterna, o mejor, infinita.
Traslado aquí las palabras textuales con que Lenaers comienza, en su libro: Otro cristianismo es posible, el capítulo sobre le cambio de paradigma que produjo en el mundo la irrupción de la Modernidad, capítulo titulado de la heteronomía a la teonomía.
“Hasta el siglo XVI, en todas las culturas del pasado incluyendo
el occidente cristiano y aún hoy en la gran mayoría de los cristianos,
se tiene la idea de que este mundo nuestro depende absolutamente
de otro mundo, al que se lo piensa y representa de acuerdo al modelo nuestro. En la visión cristiana, esto significa que estaría gobernado
por un Señor divino, lleno de poder (en el politeísmo esto sería una
sociedad de señores), como era usual en la sociedad de antaño, con
una corte de cortesanos y servidores, lo que en el modo cristiano se
traduce por santos y ángeles. Este Señor Todopoderoso dicta leyes
y prescripciones, vela por que éstas se cumplan con exactitud, amenaza, castiga y ocasionalmente perdona. Espontáneamente se piensa que ese mundo está colocado «sobre» el nuestro, por eso se lo llama sobrenatural y también cielo, aunque en un sentido distinto al del firmamento. En ese mundo de arriba se sabe y conoce todo, hasta
lo más recóndito. Cualquier conocimiento humano es inferior en comparación con aquél. Felizmente, de vez en cuando ese mundo nos comunica lo que él considera que es indispensable saber, y no podríamos descubrirlo por nosotros mismos. La buena voluntad, al menos latente, de aquel mundo de arriba fundamenta, a la vez, la esperanza de que -mediante plegarias humildes y dones- lograremos
conseguir una parte de las innumerables cosas que necesitamos y no
podemos alcanzar con nuestras propias fuerzas”.
No podemos olvidar que la mayor parte de la humanidad, y más aún si cabe, del catolicismo sigue teniendo un paradigma heterónomo sobre todo en lo que respecta a la religión. Por supuesto que la estructura jerárquica piramidal, centrada en el Vaticano y con ramificaciones por todo el orbe es profundamente heterónoma. Sigue apoyada en dicho paradigma. Prácticamente toda la historia del cristianismo, comenzando por el libro del Génesis hasta nuestros días, en buena medida, el paradigma dominante de pensamiento y de acción cristiana ha sido el heterónomo, la humanidad ha estado cómoda en él.
Ciertamente ha habido excepciones en personas y en momentos. En este sentido estarían muchas de las frases de Juan en su evangelio y sus cartas. “Creedme, yo estoy con el Padre y el Padre está conmigo” (14,10) “Quien me ve a mí está viendo al Padre” (Jn 14,9) “Dios es amor” (1Jn,4,8) y en general todo el tono del cuarto evangelio y en particular del discurso de la última cena.
De todos modos toda la cosmovisión en la que se desarrolla el judaísmo y el cristianismo, incluida por supuesto la redacción de la Biblia, hasta la modernidad (más aún hasta nuestros días) ha sido totalmente heterónoma en la que existen dos mundos paralelos, y en la que se acepta que “dios” actúa en el natural de vez en cuando pero que su lugar apropiado es el mundo sobrenatural, con lo que se cae en el tremendo e inconsciente absurdo de excluir a “dios” de una parte.
Igualmente los místicos cristianos tuvieron atisbos y expresiones de esa realidad teonómica, desde la afirmación de Agustín de Hipona en que llama a Dios intimior intimo meo, pasando por las expresiones del M. Eckhart en su tratado Del hombre noble, hasta la visión teonómica que soporta toda la obra de Theilard.
Hay una gran corriente de pensamiento, más aún, una cosmovisión profunda y renovada en los occidentales que vivimos en el siglo XXI, que no puede entender la existencia de dos mundos paralelos, el natural y el sobrenatural, sino la existencia de un solo mundo que va evolucionando hacia su plenitud, o su destrucción (según el criterio). En una palabra, que nuestro mundo es realmente autónomo y está en evolución constante, que nuestro mundo no depende de unos seres que están allá en el cielo (no firmamento), sino que depende de sí mismo.
Para los que tenemos fe, que somos legión, esta autonomía se convierte en teonomía, en Fuerza originante que impulsa cuanto es en una dimensión de desarrollo o evolución hacia la Liberación, Salvación o Plenitud. A esta Fuerza originante que es Misterio, que es Vida, le hemos dados muchos nombres a lo largo de la historia de los hombres, quizás el más usado desde hace siglos y por lo mismo el más oxidado y tocado, sea el de Dios. Pensar que estoy hablando de una fuerza impersonal e informe sería a la vez erróneo y acertado, erróneo porque esa fuerza es Misterio al que llamo, de acuerdo con la Biblia, Amor (Dios es Amor nos dice Juan) y Vida (he venido para que tengan Vida) y la máxima expresión de Vida y Amor conocida en el tiempo es la persona, y acertado porque ciertamente no entiendo que pueda ser personal, ni impersonal, ni que pueda ser informe o no serlo, porque nada de lo que podemos pensar puede ser aplicado sin más al Misterio, que excede todo conocimiento.
Todo conocimiento es humano y como tal es relativo en función del principio que se aplique. En un mundo globalizado, cargado de aviones, satélites, telescopios... los ángeles están fuera de lugar, por ejemplo. No así en un mundo mítico. También los dogmas pertenecen a este mundo de los humanos, para el Misterio no hay dogmas, y, como todo conocimiento humano, son instrumentos que ayudan en determinadas épocas y lugares a expresar de alguna manera, con los medios existentes, aquello que es incomprensible, a acercar el Abismo a nuestras vidas terrenas. Por supuesto, todo esto es aplicable a toda teoría, sea heterónoma o teónoma, todo camina desde las profundidades del Misterio en evolución constante hacia el mismo Misterio, y cuando seamos ccconscientes del todo de nuestra unidad con Él, nos daremos cuenta de que nunca habíamos salido del Mismo. Nunca hemos abandonado la casa del Padre.
Esta manera de ver el mundo, la teonomía, no es nada fácil de asimilar, a todos se nos escapan constantemente expresiones heterónomas, pero es una exigencia primordial de la cosmovisión que se abrió para la humanidad con la llegada de la Modernidad, a la que se opuso la institución eclesiástica con todas sus fuerzas, identificando heteronomía con Fe cristiana, cosmovisión (la de la Modernidad) que es más exigente aún con la evolución del pensamiento, de la Postmodernidad y también de un mayor conocimiento de las experiencias místicas.
Por supuesto que ello pide a gritos una nueva expresión del Misterio, más cercana al hombre que vive en el siglo XXI, más comprometida con él, expresión que le ayude a abrirse camino hacia las profundidades de sí mismo y que no lo abandone a la intemperie de un cielo, que es simplemente firmamento. Entiendo, por tanto, que un lenguaje nuevo y una actitud nueva han de brotar del corazón de lo cristiano para que pueda ser entendido por muchos hoy y por la inmensa mayoría mañana.
Y lo cristiano se focaliza de un modo claro en el llamado Misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo, que son dos de los tres elementos que componían el kerigma primitivo, el tercero era el cambio de rumbo en la vida, la metanoia. ¿Mas con lo que ha avanzado el conocimiento humano hemos de seguir diciendo lo mismo que dijo el concilio de Nicea en el año 325 (... et passus est, et resurrexit tertia die)? No digo que el objeto de fe no sea el mismo pero con las vestiduras de un nuevo mito, un nuevo logos ¿ Se han de seguir usando, como se hace, palabras y conceptos como substancia, subsistencia, persona, hipostasis, resucitó al tercer día...? En la liturgia de la misa se repiten cada vez que se pronuncia el credo en nuestros días las mismas palabras dichas con la visión del Nicea, (padeció y fue sepultado y resucitó al tercer día, según la Escrituras...).
Son muchos los pensamientos que han quedado escayolados para siempre, y por qué no decirlo, es patética la cosmovisión que mantiene la institución y con ella muchos, muchísimos de los llamados cristianos, algunos que se pretenden ilustrados (no miembros de la Ilustración), ciertamente eruditos, la mayoría de buena fe, con respecto a temas tan fundamentales para la vivencia de la fe, como es la antropología y los problemas que de ello se derivan (tenemos clara prueba en estos días con la controversia creada con motivo del aborto) ¿Es la antropología bíblica la última palabra con respecto a lo que es la biología?. Aún seguimos negándonos a mirar por el telescopio de Galileo como hizo Simplicio, al que le bastaba saber que las Escrituras decían que era el sol el que se movía. Hemos depositado toda nuestra confianza en la heteronomía.
El dogma es una escayola que puede servir para un tiempo, sólo para un tiempo cuando hay una lesión, o de lo contrario en vez de ayudar a desarrollar músculos y huesos, los atrofia. Evidentemente el muro de la heteronomía es muy poderoso y no será fácil atravesarlo. ¡Por favor! Quien se encuentre cómodo con él que no se lo salte, que la única meta del ser humano es la felicidad. Pero que aquel que vislumbre la no utilidad del mismo y la esté viviendo en su día a día que se atreva a seguir caminando.
Pero vayamos al citado concilio de Nicea y a los siguientes que perfilaron una figura de Jesús, la cristológica. Dice el texto del concilio:
“Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de todas las cosas, de las visibles y las invisibles. Y en un solo Señor nuestro Jesucristo, Hijo de Dios, unigénito engendrado del Padre, o sea de la substancia del Padre (ex ousías tou Patrós)... engendrado, no creado, consubstancial al Padre (homooúsion tô Patri)... que por nuestra salvación descendió, se encarnó, se hizo hombre y padeció, y resucitó al tercer día, y subió a los cielos, vendrá a juzgar a vivos y muertos. Y en el Espíritu Santo.
A aquellos que dicen: “antes de nacer no existía” y “porque fue hecho de la nada o de otra subsistencia (hipostáseos) o esencia...” los anatematiza la iglesia católica.” (Traducción personal de los textos, griego y latino, del Enchiridion)
No podemos olvidar que a algunos judeocristianos les costaba aceptar a Jesús como Dios, y que por otra parte los docetas negaban la realidad de la naturaleza humana de Jesús. Es más hasta finales del siglo I no se contempla a Jesús como Dios. De hecho en los textos de las Escrituras Jesús nunca es igual al Padre, “pues el Padre es mayor que yo”, pone el evangelio de Juan en boca de Jesús. Para un judío Dios sólo es Yaveh. Y el mismo Jesús no para de poner distancia entre el Padre y él. Así, ante la tumba de Lázaro dice: “Gracias, Padre, por haberme escuchado...”
La fe en que Jesús es Dios procede de los conversos no judíos, sino griegos, en cuya cultura los dioses no aparecen como los creadores inaccesibles, como Yaveh, sino simplemente los inmortales, que mezclan sus vidas con las de los hombres y quedan a veces prendados de los encantos de las mujeres humanas. Esta influencia de los helenistas en las comunidades cristianas del finales del siglo I la explica muy bien Lenaers en su libro: “Otro cristianismo es posible”.
Y donde quedó por primera vez formulada la divinidad de Jesús fue en el concilio de Nicea (325). A este concilio, el primero llamado ecuménico, asistieron unos trescientos obispos y presbíteros orientales y sólo cinco representantes de occidente, entre ellos dos sacerdotes enviados por el obispo de Roma en su nombre.
La idea, no la experiencia, de que Jesús era Dios, ya se había ido extendiendo por las regiones cristianizadas, aunque no del todo, Arrio y muchos otros que le seguían defendían que ni Jesús, ni el Espíritu Santo eran eternos y que por tanto no eran verdadero Dios. Constantino, que aún no había sido bautizado, y que gobernaba el imperio en diarquía con Licinio, convocó en Nicea (hoy Isnik, Turquía), cerca de su residencia imperial, Nicomedia, un concilio que acabara con los enfrentamientos en materia de creencias entre sus súbditos, porque peligraba la unidad del imperio. En aquellos tiempos destacaban en el mundo cristiano cuatro sedes, dos de ellas eran las intelectuales, rivales entre sí, las otras dos eran seguidoras de las primeras: Antioquía a la que seguía Constantinopla y Alejandría a la que seguía Roma. Arrio era presbítero de Alejandría.
Constantino apremiaba a los obispos y presbíteros para que llegaran a un acuerdo sobre los temas que se discutían en la cristiandad (Trinidad, Divinidad de Jesucristo y del Espíritu). Al final el acuerdo se obtuvo y se expresó con las palabras y conceptos de la época (en griego y latín), con lo que se preservaba la unidad del imperio, y la unidad del imperio de la fe. (Es de notar que se usan indistintamente palabras como ousías e hipóstasis). Arrio fue condenado, y Constantino lo exilió. Pero poco después por motivos políticos fue rehabilitado, Atanasio, su rival, depuesto, y Constantino por los mismos motivos se arrianizó. En aquellos tiempos media cristiandad se hizo arriana. Incluso se llegó a convocar un nuevo concilio en Constantinopla, no reconocido como ecuménico por Roma, que corrigió al de Nicea.
Y todo por un problema de términos: entre substancia y subsistencia (ousías, homoousías e hipóstasis). En concilios posteriores se perfiló toda la doctrina que hoy conocemos. Pero ¿Dónde queda la fe? ¿Dónde la experiencia que Jesús tiene del Padre? ¿Qué tenía que ver todo esto con el amor y el perdón, con la compresión y la compasión, con la alegría y el sentido de la existencia? ¿Qué sabían los cristianos de estas discusiones y de estos términos?
Es más, ¿Es que hoy dieciséis siglos después hemos de seguir pensando con los mismos términos que Nicea? ¿Con las mismas categorías mentales? ¿Es que Dios puede ser expresado en unos términos, en unos conceptos? ¿Es que dichos conceptos han de ser válidos para siempre en todo tiempo y lugar? ¿Es que acaso esta formulación de Nicea, colocada en otro lugar y tiempo, sería la misma siempre? ¿Es que un chino, un hindú, un esquimal, un africano... han de pensar y sentir en términos y conceptos de la filosofía alejandrina o antioquena del siglo IV? ¿Es éste el mensaje de Jesús?
No pararíamos de hacer preguntas, de cuestionarnos muchas cosas...
Las actitudes dogmáticas me hacen recordar al soldado que en el cuartel hacía guardia delante de un banco desde hacía tiempo inmemorial. ¿Por qué? Porque hacía ya mucho, mucho tiempo habían pintado el banco y para evitar que alguien se sentara en él, estando recién pintado, pusieron a un saldado de guardia. Pero hacía muchos años que la pintura se había secado...
Y de todos modos todo el paradigma en el que está insertada toda la doctrina del concilio de Nicea y de todos los concilios es la heteronomía, la existencia, dada por supuesto, de dos mundos paralelos, el natural, en el que nos desenvolvemos y el sobrenatural, en el que “dios” y los ángeles campan por sus fueros, y desde el que “dios” interviene de vez en cuando en la historia o en la creación y obra milagros. Mas este paradigma ha dejado de servir, como hemos dicho, hace siglos para las conciencias más avanzadas en el mundo de la cognición, ha dejado de servir al hombre de hoy, salvo para los adeptos acríticos. Por ello es necesario un nuevo paradigma, el teonómico. Y no olvidemos que en oriente hace muchos siglos que la visión del mundo para muchas religiones, incluidas las llamadas ateas, es no-dual. No hay dos mundos, ni uno tampoco, sino que el Mundo Manifiesto y el gran Vacío o Abismo insondable o Mundo no-Manifiesto son no-dos.
Entre las cosas que afirma de Jesús el símbolo de Nicea se encuentran las siguientes: “... padeció, y resucitó al tercer día, y subió a los cielos, vendrá a juzgar a vivos y muertos.”
Estos cuatro acontecimientos: pasión, resurrección, ascensión y juicio final, están enlazados en la expresión del símbolo niceno. La pasión está suficientemente narrada en los evangelios, aunque haya puntos de discordancia entre ellos, y no es el tema que ahora vamos a tratar. El de la resurrección que está enlazado a los otros es el que ahora nos importa.
Textos bíblicos: el más antiguo de los textos evangélicos es el de Marcos que dedica todo el capítulo 16 al tema de las apariciones. Este capítulo es una interpolación que no existe en la mayoría de los manuscritos, mas es aceptada como canónica. Mateo le dedica el capítulo 28. Lucas el 24. Juan los capítulos 20 y 21, este último capítulo también es un añadido, quizás en alguna redacción posterior del evangelio, pero igualmente aceptado como canónico. Pablo en la primera carta a los corintios 15, 3b-8, texto que comienza con dos de los tres puntos del kerigma primitivo. Es de notar que ya añade al murió: “por nuestros pecados”, no dice simplemente murió como sería la forma más primigenia del kerigma, supone ya una reelaboración catequética.
Lo primero que hemos de decir es que en el mundo antiguo, con su paradigma heterónomo, no eran del todo extrañas las apariciones. Y lo mismo podemos decir del mundo actual, entre las personas que carencen por completo de visón tonómica y de otras muchas cosas, en el que las apariciones de formas diversas de “la Virgen” pululan, como sabemos.
Además los datos que nos dan los textos bíblicos tienen una buena falta de coherencia. Empecemos con Pablo. Enumera los destinatarios de las apariciones: Cefas, los doce (si ya no estaba Judas y aún no habían elegido a Matías -fue después de la Ascensión (Hech. 1,26)- no eran doce), más de quinientos hermanos, Santiago, todos los apóstoles y él.
Dejando aparte la interpretación de este texto que hacen algunos especialistas, como Vouga, hemos de notar que en ningún lugar de los evangelios constan las apariciones a los más de quinientos hermanos (posiblemente en Galilea) y a Santiago, cabeza de la iglesia de Jerusalén que no podía quedar desautorizado, si el resucitado no se le hubiera aparecido. Por otra parte, el término griego utilizado es (ofqh) ophthe que significa tanto se apareció, como se dejó ver, se mostró, lo cual deja la puerta abierta para que no se interprete en hecho como una aparición física, es más, por las características que tienen las apariciones que se narran más bien parece que no lo sean. El fenómeno, mejor, el misterio de la resurrección está fuera del tiempo y del espacio y por lo tanto de la verificabilidad por los sentidos. La percepción del Misterio o misterio de la resurrección no puede ser sensual, ni mental, sino contemplativa. Como dice Kasper el encuentro con el resucitado es experiencia de Dios.
Las apariciones del resucitado que narra Marcos en el capítulo añadido después de haber acabado su evangelio bruscamente (¿como una decepción?) son en parte un resumen de las apariciones de Juan y Lucas a la vez que una noticia sobre la misión de los apóstoles (¿Mateo?) y la glorificación de Jesús, basada ya en la tradición y en la elaboración catequética, como bien se ve en los últimos versículos (sintetiza resurrección, ascensión y glorificación, a la vez que llama “señor” a Jesús. Además habla de la misión de evangelizar y bautizar, lo cual supone muchos años de elaboración catequética. En los días posteriores a la muerte de Jesús no había nada de esto en los apóstoles, ni discípulos). Es curioso que no haya ni una alusión al Espíritu Santo.
Al día siguiente de la sepultura, o sea, el sábado, día de la Pascua, fueron los príncipes de los sacerdotes a ver a Pilatos y le dijeron...(28,62). Es interesante ver cómo estos sacerdotes judíos entran a hablar con Pilatos el mismo día de la Pascua sin miedo a contaminarse, cuando no entraron al pretorio el jueves, al llevar a Jesús, por temor a lo mismo. No es creíble que hubiera guardia ante el sepulcro, ni fábula judía sobre el robo del cuerpo de Jesús, que en buena medida se basa en esta visita hartamente improbable. ¿No sería todo una fábula cristiana para culpar a los judíos?
Las mujeres que van al sepulcro a “ungir el cadáver” (no habían creído en la profecía de la resurrección, hecha por Jesús mientra visía entre ellos), en Marcos son María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, en Mateo son María Magdalena y la otra María, en Lucas son ellas, en Juan sólo la Magdalena. No se ponen de acuerdo.
En Marcos un joven les dice a las mujeres: Jesús el Nazareno, el crucificado... Ha resucitado (es una interpolación dicen los expertos), no está aquí. Luego les dice que avisen a los discípulos y a Pedro (en aquellos momentos, en los días posteriores a la muerte de Jesús, Pedro no tenía ninguna prestancia, ¿Por qué a Pedro? No cuenta lo que pasó sino la elaboración de muchos años después) que él los precederá en Galilea. Pero la mujeres no dicen nada. ¿Cómo lo sabe Marcos, si ellas callaron?
Mateo escenifica, elabora más. Ya no es un joven el que está a la puerta del sepulcro, sino un ángel que bajó del cielo y apartó la piedra. Luego comunica a las mujeres el mismo mensaje que Marcos, pero expresado con más retórica y sin nombrar a Pedro, en la comunidad de Jerusalén es Santiago el cabeza. Ellas corren a dar la noticia. En el camino se les aparece Jesús. Les da el mismo mensaje pero habla de hermanos no de discípulos. El término hermano es para los eruditos en la materia de pura creación mateana. Jesús se despide de ellas con el mandato de la misión “id y anunciad”.
Por último Mateo habla de una aparición en Galilea, en un monte (símbolo siempre de lo divino), en la que Jesús les da la misión, les da la fórmula trinitaria del bautismo... y les promete su asistencia hasta el final de los tiempos. Ni que decir tiene que la fórmula trinitaria, la necesidad de creer y ser bautizado para salvarse... está hablando de una elaboración realizada durante mucho tiempo por la comunidad de los conversos del judaísmo, que el redactor del evangelio traslada aquí para darle una autoridad divina, que ya reconocen en Jesús al que adoran. En modo alguno tiene nada que ver con lo que pudo haber acontecido en los primeros días después de la muerte del crucificado.
Es de notar que muy similar a esta perícopa está la de Marcos 16,14-20. Pero no se sitúa en Galilea sino en Jerusalén, ni encima de un monte, ni muchos días después de la sepultura (¿resurrección?, no quiero hablar de resurrección relacionándola con el tiempo ni el espacio), sino el mismo domingo...
Lucas nos habla también de la presencia de las mujeres en el sepulcro el primer día de la semana. En los nombres no coincide con Mateo, ni con Marcos, quienes las reciben son dos hombres con vestidos resplandecientes. Ellos les recuerdan que Jesús ya les dijo que resucitaría, y las mujeres lo recordaron. En seguida marcharon a decirlo a los once (aquí ya no son doce) y no se callan.
Parece que Lucas quiere situar todas las apariciones en torno a Jerusalén. Habla de la aparición, ¿manifestación, visión? A los de Emaús (Cleofás -14,18- y ¿María la de Cleofás?) que marchaban decepcionados y no lo reconocen sino en la actitud de (com)partir el pan, ante esta visión se les pasa el desencanto que tenían y vuelven sobre sus pasos, esta aparición claramente no puede ser física, de lo contrario hubieran reconocido en seguida a Jesús. Cita una aparición a Pedro en ese mismo día en Jerusalén. El mismo domingo en el lugar donde los discípulos estaban reunidos en Jerusalén, no se habían ido a Galilea como pretende Mateo, se les aparece Jesús y les da su paz, les explica el sentido de la Escrituras y les manda permanecer en Jerusalén “hasta que sean revestidos de la fuerza de lo alto (24,49). Por último la Ascensión tiene lugar en Betania, no en Galilea. Prácticamente lo mismo se dice en el primer capítulo del libro de los Hechos.
En Juan es la Magdalena sola la que va al sepulcro, presenció la piedra movida y corrió a decirlo a Pedro (primacía de Pedro, algo muy posterior al hecho que se narra), corren Juan y Pedro, ven lo mismo los dos, Juan cree (en la resurrección) sin haber visto. La Magdalena sigue sin creer, confunde a Jesús con el hortelano. Jesús la llama por su nombre (la interpela) y cree. Él la envía a decir a los “hermanos” “subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20,1-18). La dependencia de Mateo en esta narración es clara. Ese mismo día al atardecer se presenta a los discípulos reunidos sin Tomas, les confiere el Espíritu Santo y les da el poder de perdonar. A los ocho días vuelve a hacerse presente, estando ya Tomás, que no acaba de creer, pero al ver cree.
Acaba el evangelio, pero posteriormente se le añadió el capítulo 21, un apéndice, considerado canónico. Se narra en él una tercera aparición de Jesús a siete discípulos en el lago de Tiberíades, come con ellos pan y pescado (¿una nueva interpretación de la eucaristía? Juan no narra en la cena la institución de la misma), se confía a Pedro la misión y se le anuncia su martirio (se ha de tener en cuenta que cuando se escribe este relato, ya Pedro lo había sufrido en Roma), y se acaba con la corrección del bulo ya extendido de que “el discípulo amado” no moriría.
El texto joánico presenta muchos interrogantes. La presencia de los discípulos en Tiberíades es posterior a la conclusión del evangelio, y sólo se anota en el apéndice, ¿por qué? Se vuelve a hablar de hermanos y de discípulos, ¿Qué hacían Tomás y Natanael pescando en Tiberíades, si no eran pescadores? ¿Por qué María Magdalena no puede tocar a Jesús, porque éste aún no ha subido al Padre? ¿Quedan residuos de la impureza legal judáica de las personas? El reconocimiento de Jesús por parte de la Magdalena y de los discípulos no es ni claro, ni inmediato... ¿Por qué se legitima en un apéndice muy posterior al evangelio la misión de Pedro?...
Y ¿Cómo armonizar históricamente las distintas narraciones de la resurrección del Nuevo Testamento que hemos comentado? Evidentemente porque ésta no es un hecho computable en el tiempo y el espacio, o sea, no es un hecho histórico. Es una experiencia de fe, sólo perceptible en la dimensión contemplativa. No son los ojos de la carne, ni de la mente, sino el tercer ojo, el espiritual el que puede percibir aquella profunda realidad que se sale del tiempo y del espacio: ¡El crucificado vive! Se trata de una experiencia profunda que está en la raíz de la Vida, en la insondable Vacuidad del Misterio, y por ello mismo no pueda ser expresada con palabras, ni con conceptos. Los evangelios, en líneas generales, no nos narran unos hechos históricos, sino unas experiencias de fe, son libros de testimonios, que ciertamente tienen algún fundamento histórico (la existencia de Jesús el Nazareno, su muerte, su predicación del Amor...). Y para contarnos esas experiencias que no son de otro mundo, sino de este mundo otro, los narradores utilizan lo que tienen a mano: palabras, expresiones y conceptos propios de su momento histórico (momento condicionado por el espacio y el tiempo), por eso hablan de resurrección, como hace el concilio de Nicea y todos los posteriores. Su paradigma es heterónomo. No saben hablar de otra manera.
Pero en el paradigma teónomo, el que nos pide la fe a quienes queremos tener en cuenta los siglos de avance del pensamiento, tanto en su línea científica como en la filosófica y la espiritual, la palabra resurrección y el concepto que quiere expresar no pueden ser entendidos de la misma manera que en el paradigma heterónomo. El Misterio, al se llega por la experiencia interior profunda e inmediata, sigue siendo el Misterio, el mismo Misterio, el ropaje con que lo vistamos ha de ser otro. Confundir el Misterio con su vestidura es grave error.
Evidentemente en la teonomía no se puede admitir que venga Dios a resucitar a Jesús de entre los muertos, puesto que Dios no está afuera, no tiene que venir, sino que está dentro, es la misma Realidad elevada a un nivel de profundidad, de Absoluto (como dice Novalis), y por esta misma razón la Realidad no puede cambiar. La Realidad es lo que ES y no es posible ninguna intervención desde afuera que la haga dirigirse hacia otro sentido. Esta la razón de preguntarnos qué tipo de experiencia tienen las mujeres, la Magdalena, los discípulos (incluido Pablo) cuando nos hablan de que Jesús ha resucitado. Y muchos de los teólogos, los que han actualizado su lenguaje: Schillebeeckx, Panikkar, Lenaers, Tamayo-Acosta..., nos dicen: “tienen” la experiencia de que Jesús estaba vivo, que ciertamente había muerto, pero que vivía.
¿Cómo podemos expresar con un lenguaje teonómico lo que se puede entender por resurrección, que es sin duda el pilar de la fe cristiana?
Hay una anécdota, que me ha contado Raimon Panikkar, en la que se dice que un monje intentaba explicar la resurrección a un maestro zen japonés. Al cabo de un rato, el monje le pregunta: ¿me entiende? Y el maestro zen le responde: Sí, pero muéstreme su resurrección y lo habré entendido del todo.
La resurrección cristiana no puede ser pospuesta para después de la muerte, tras la muerte no puede haber un después, pues la muerte es el final del tiempo y del espacio, es la eliminación de todo límite y el después es tiempo y es límite. Si esperamos a después de la muerte esta carne que tenemos, o somos, dejará de ser carne humana, será cadáver y la carne humana es carne viva. Y esta vida en modo alguno la podemos entender como una carretera que nos lleve hacia el cielo, hacia la resurrección, ¿que está más allá?
La Vida eterna no viene después del tiempo. La Vida eterna no tiene comienzo, no tiene duración, no tiene fin, está fuera de la economía del tiempo. Muy fácilmente confundimos Vida eterna con inmortalidad, o con duración sin fin, y ni una cosa ni otra es la Vida eterna, a ésta en todo caso la podríamos llamar Vida infinita, pues carece de todo límite, de todo tiempo y espacio, de toda duración, de todo comienzo y fin, como acabo de decir.
En griego existen dos palabras que nosotros traducimos por una sola, bios y zôê, que significan dos realidades distintas y nosotros las hemos confundido en una, traducimos ambas por vida, pero una. Sin embargo, Bios, es la vida biológica (que es la que entendemos siempre, así decimos biografías, biológico...) y la otra, zôê, significa vida profunda, una realidad que hemos eliminado de nuestro pensamiento y de nuestros diccionarios. Valga el ejemplo que, como todos, es muy imperfecto,: un témpano tiene dos partes, la que se ve que es la mínima, y la que no se ve que es inmensamente mayor, confundir al témpano con la parte que se ve sería un error mayúsculo, témpano es todo y sobre todo es, por así decirlo, la parte sumergida. Esto es lo que nos sucede con la vida, que se nos olvida la Vida, “la parte más interesante”, la profunda, que en este caso es eterna, que no es un trozo inteminable de la vida, sino sencillamante la Vida.
Jesús siempre promete este vida profunda, nunca el bios. Ahora bien esta vida profunda pertenece a otro orden, o un orden diferente que la del bios, la zôê es nuestra vida en tanto que desborda todo individualismo, no toda personalidad (la persona es relación, el individuo es aislamiento).
Esta Vida eterna, esta Vida en profundidad no está en un futuro, sino aquí y ahora. La eternidad es aquí y ahora. Es necesario que descubramos la Vida dentro de la vida, que no nos quedemos en la mera biología, la que percibimos con nuestros sentidos y nuestra mente, sino aquella que se experimenta con el ojo de la contemplación, aquella que hizo exclamar a Juan de la Cruz: “Yo no supe donde estaba / pero cuando allí me vi / grandes cosas entendí...”
Jesús dice a Nicodemo: “lo que ha nacido del Espíritu es espíritu”, no sentido, ni mente, aunque dentro del sentido y de la mente está el Espíritu, sin el ojo de la contemplación no podemos percibir esas profundidades que son la Realidad.
Si vivo la Vida eterna aquí y ahora, en el momento en que muera (lo que muere es mi bios, mi individualidad) esa Vida infinita seguirá siendo la misma, pero sin los límites de mi yo. Se han dado varios ejemplos para explicar un poco esto: la gota de agua, la ola del mar, el viento... Somos como corrientes de aire, como el viento; una corriente se distingue de todas las restantes, pero todas son Aire. Cuando se acabe la corriente, desaparecerá la individualidad (el viento de levante, de poniente...), pero seguirá presente el Aire. Así cuando muramos, si en nuestra dimensión nos vivimos Aire, nos vivimos Vida, o sea, Amor (que es la relación más profunda), cuando se acabe el bios, no sucederá más que eso, se acabará el bios, no la Vida. Si me descubro como Divino, o como Cristo (en términos cristianos) con la muerte lo que desaparece es todo lo que me hace sufrir, mis límites, mi tensión individual y permanece lo que es Realidad, el Amor, la Identidad Divina. Por eso Jesús vive después de muerto, vive con una dimensión de universalidad por el Amor que él es que no acaba nunca, pues trasciende el tiempo y el espacio. Desaparece con la muerte el Jesús histórico, o sea los límites de Jesús, vive el Jesús viviente, el Jesús Misterio, el Jesús Amor.
¿Que es, pues, vivir la resurrección hoy? Descubrirme como Vida, como Amor más allá de la capa biológica que me conecta con el espacio, el tiempo, el sufrimiento y los límites... En la famosa comparación, utilizada en el hinduismo, de la gota de agua, vivir la resurrección hoy es descubrirme como agua más que como gota, y el agua (la Vida) siempre es agua, nunca distinta de otra, si no es por los límites añadidos y siempre en relación con toda el agua de la que no es un aparte.
Esta visión de la resurrección vivida hoy ha de modificar en profundidad nuestro sentido de la esperanza, que no puede ser una proyección de futuro, sino un compromiso de profundidad ahora.
Por descontado que elaborar teorías nuevas para el vino viejo no es más que una satisfacción para el intelecto. Quedarse en ello es empobrecer de forma absurda el mismo Misterio, que nunca puede ser expresado, por eso, entender la resurrección de los muertos en el sentido de profundizar ahora en el Amor, en lo que realmente somos que es Relación comporta un nuevo paradigma de vida – Vida que nos lleva necesariamente a comunicar a nuestro alrededor, mientras estamos en el tiempo-espacio, el fuego, que es luz y amor, que elimine y abrase los límites y nos abra hacia lo profundo: la justicia, la paz, la alegría, la solidaridad, la paciencia, las causas de los más desfavorecidos por las injustas estructuras sociales... Si esto no sucede, es señal inequívoca de que no hemos resucitado en nuestro bios, de que nos hemos quedado en él.
José A. Carmona
martes, 5 de mayo de 2009
martes, 14 de abril de 2009
Texto de ESPIRITUALIDAD INTEGRAL
Un texto del libro: ESPIRITUALIDAD INTEGRAL
Propongo aquí un pequeño texto copiado literalmente del libro Espiritualidad integral de Ken Wilber.
He decidido hacerlo porque pienso que es de sumo interés para iluminar nuestras mentes y nuestros corazones tan acostumbrados a muchas ideas sobre el Espíritu, sobre el Misterio, totalmente anticuadas y fragmentarias. Tenemos en buena medida la visión del Misterio que nos vino dada de la Edad Media, visión elaborada por monjes célibes (muchos a la fuerza), apartados de la vida social y de los quehaceres de la mayoría, enclaustrados, esto es, presos, para que dentro del monasterio no entrara ni un ápice de la vida mundana, de la vida de los hombres y mujeres, es una visión fragmentaria que coloca al Misterio más en el templo que en un espectáculo en la calle, más en la vida retirada que en la vida social, más en la represión sexual que en la vida sexual y creativa... nuestra visión del Misterio lo aleja del mundo (“no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno”. Jn 17,15) y por lo mismo lo castra, lo fragmenta, lo hace prisionero de nuestra estrechez.
Texto de Espiritualidad integral.
“¿Dónde se ubica el Espíritu?
Veamos ahora un sencillo experimento. Imagínese los siguientes hombres o mujeres (si así lo prefiere) y dígame cuál de ellos cree que probablemente es el más espiritual.
1.Un hombre vestido con un traje de Armani
2.Un hombre conduciendo un Ferrari rojo
3.Un jugador de béisbol de la liga nacional
4.Un cómico
5.Un matemático
6.Un hombre levantando pesas
7.Un nadador olímpico
8.Un profesor de universidad
9.Un modelo
10.Un sustituto sexual (auxiliar del terapeuta que ejecuta los actos con el/a paciente que determine el terapeuta con el fin de curarle la disfunción)
¿Cuál cree usted que es el más espiritual y cuál el menos espiritual?
¿No le parecen curiosas las cosas que descartamos como no espirituales? ¿Por qué la mayor parte de esos hombres no nos parece muy espirituales o, dicho de otro modo, ¿Por qué nos resulta tan difícil verlos como personas espirituales? ¿No son acaso nuestros prejuicios los que determinan dónde suponemos que está el Espíritu y dónde no lo está? ¿No pone acaso todo ello de relieve lo anticuadas, fragmentarias y poco integrales que son nuestras ideas sobre el Espíritu? ¿Por qué suponemos que contar chistes no es espiritual? ¿Por qué tendemos a creer que las cosas hermosas -como un coche o un traje- no son espirituales?¿Por qué no puede ser espiritual la excelencia física? ¿Por qué desdeñamos al sexo como algo no espiritual? ¿Por qué... por qué... por qué...?
El nuestro es un mundo nuevo y, en consecuencia, requiere de una nueva espiritualidad, de un nuevo tiempo, de un hombre nuevo y una mujer nueva. Todas las categorías anteriormente mencionadas son profundamente espirituales y ponen de relieve las cosas que menos espirituales nos parecen.
¡Pero qué Dios más extraño es ese, un Dios muerto de cuello para abajo, un dios castrado y despojado de sentido del humor, un Dios carente de sensibilidad estética que se pasa el día orando e ignorando al mundo!
Ése es un dios muerto, un dios muerto a la vida, muerto al cuerpo, muerto a la naturaleza, muerto al sexo, muerto a la belleza y muerto a la excelencia. Pero lo cierto es que ése nunca fue el verdadero Dios, sino el mero resumen de las cosas que los hombres y las mujeres no supieron manejar, un extracto de los impulso fóbicos y reprimidos del ser humano que acabó convirtiéndose en el Gran Escape.
Pero ese Dios ya murió. El nuestro es un mundo nuevo y, en consecuencia, requiere una nueva espiritualidad, de un nuevo hombre y de una nueva mujer.
El Espíritu es integral y también lo es el ser humano.”
Nuestra formación religiosa y espiritual viene de una visión totalmente heterónoma, que ha sido la dominante en la historia de la humanidad, pero a partir de la Ilustración, con I. Kant a la cabeza, se fue imponiendo un visión autónoma, al principio de la moralidad (el principio categórico) y con el avance de la Modernidad y Postmodernidad esta visión autónoma del mundo se ha impuesto definitivamente en los círculos intelectuales y en la sociedad civil en los últimos decenios.
Los hombres no consideramos que haya dos mundos, el natural, el nuestro, y uno más allá el sobrenatural en el que viven Dios los ángeles y los santos. Hay un solo mundo, éste, el que tenemos, el que está en nuestras manos y al que poco a poco estamos destruyendo con nuestra ambición sin medida.
Los que tenemos Fe (no todos, por supuesto no los creyentes en lo que dice la institución católica, que sigue siendo profundamente heterónoma y otras cosas más...) entendemos que esta autonomía del mundo es una auténtica teonomía (no teocracia). El Misterio es el corazón del Kosmos, su núcleo con el que va expresando de una forma manifiesta y lúdica su propia Realidad, su Vacío fundamento de todo ser, pero sin agotarlo, de igual forma que un bailarín (este ejemplo lo expone muy bien Lenaers) va manifestándose en su baile sin acabar de agotarse en él, o una persona que habla se está expresando en sus palabras, pero no acaba en ellas.
Esta visión teonómica es la que subyace en el texto de Wilber que he transcrito, visión que nos abre unas perspectivas inmensas en los comienzos de este siglo XXI. El Kosmos (no cosmos palabra que supone una visión que no tendría dentro de sí esa dimensión del Misterio) está preñado y sufre con dolores de parto (como dice Pablo pese a ser heterónomo en su visión espiritual) hasta que dé a luz la Plenitud indivisible del Espíritu, el Amor universal.
Propongo aquí un pequeño texto copiado literalmente del libro Espiritualidad integral de Ken Wilber.
He decidido hacerlo porque pienso que es de sumo interés para iluminar nuestras mentes y nuestros corazones tan acostumbrados a muchas ideas sobre el Espíritu, sobre el Misterio, totalmente anticuadas y fragmentarias. Tenemos en buena medida la visión del Misterio que nos vino dada de la Edad Media, visión elaborada por monjes célibes (muchos a la fuerza), apartados de la vida social y de los quehaceres de la mayoría, enclaustrados, esto es, presos, para que dentro del monasterio no entrara ni un ápice de la vida mundana, de la vida de los hombres y mujeres, es una visión fragmentaria que coloca al Misterio más en el templo que en un espectáculo en la calle, más en la vida retirada que en la vida social, más en la represión sexual que en la vida sexual y creativa... nuestra visión del Misterio lo aleja del mundo (“no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno”. Jn 17,15) y por lo mismo lo castra, lo fragmenta, lo hace prisionero de nuestra estrechez.
Texto de Espiritualidad integral.
“¿Dónde se ubica el Espíritu?
Veamos ahora un sencillo experimento. Imagínese los siguientes hombres o mujeres (si así lo prefiere) y dígame cuál de ellos cree que probablemente es el más espiritual.
1.Un hombre vestido con un traje de Armani
2.Un hombre conduciendo un Ferrari rojo
3.Un jugador de béisbol de la liga nacional
4.Un cómico
5.Un matemático
6.Un hombre levantando pesas
7.Un nadador olímpico
8.Un profesor de universidad
9.Un modelo
10.Un sustituto sexual (auxiliar del terapeuta que ejecuta los actos con el/a paciente que determine el terapeuta con el fin de curarle la disfunción)
¿Cuál cree usted que es el más espiritual y cuál el menos espiritual?
¿No le parecen curiosas las cosas que descartamos como no espirituales? ¿Por qué la mayor parte de esos hombres no nos parece muy espirituales o, dicho de otro modo, ¿Por qué nos resulta tan difícil verlos como personas espirituales? ¿No son acaso nuestros prejuicios los que determinan dónde suponemos que está el Espíritu y dónde no lo está? ¿No pone acaso todo ello de relieve lo anticuadas, fragmentarias y poco integrales que son nuestras ideas sobre el Espíritu? ¿Por qué suponemos que contar chistes no es espiritual? ¿Por qué tendemos a creer que las cosas hermosas -como un coche o un traje- no son espirituales?¿Por qué no puede ser espiritual la excelencia física? ¿Por qué desdeñamos al sexo como algo no espiritual? ¿Por qué... por qué... por qué...?
El nuestro es un mundo nuevo y, en consecuencia, requiere de una nueva espiritualidad, de un nuevo tiempo, de un hombre nuevo y una mujer nueva. Todas las categorías anteriormente mencionadas son profundamente espirituales y ponen de relieve las cosas que menos espirituales nos parecen.
¡Pero qué Dios más extraño es ese, un Dios muerto de cuello para abajo, un dios castrado y despojado de sentido del humor, un Dios carente de sensibilidad estética que se pasa el día orando e ignorando al mundo!
Ése es un dios muerto, un dios muerto a la vida, muerto al cuerpo, muerto a la naturaleza, muerto al sexo, muerto a la belleza y muerto a la excelencia. Pero lo cierto es que ése nunca fue el verdadero Dios, sino el mero resumen de las cosas que los hombres y las mujeres no supieron manejar, un extracto de los impulso fóbicos y reprimidos del ser humano que acabó convirtiéndose en el Gran Escape.
Pero ese Dios ya murió. El nuestro es un mundo nuevo y, en consecuencia, requiere una nueva espiritualidad, de un nuevo hombre y de una nueva mujer.
El Espíritu es integral y también lo es el ser humano.”
Nuestra formación religiosa y espiritual viene de una visión totalmente heterónoma, que ha sido la dominante en la historia de la humanidad, pero a partir de la Ilustración, con I. Kant a la cabeza, se fue imponiendo un visión autónoma, al principio de la moralidad (el principio categórico) y con el avance de la Modernidad y Postmodernidad esta visión autónoma del mundo se ha impuesto definitivamente en los círculos intelectuales y en la sociedad civil en los últimos decenios.
Los hombres no consideramos que haya dos mundos, el natural, el nuestro, y uno más allá el sobrenatural en el que viven Dios los ángeles y los santos. Hay un solo mundo, éste, el que tenemos, el que está en nuestras manos y al que poco a poco estamos destruyendo con nuestra ambición sin medida.
Los que tenemos Fe (no todos, por supuesto no los creyentes en lo que dice la institución católica, que sigue siendo profundamente heterónoma y otras cosas más...) entendemos que esta autonomía del mundo es una auténtica teonomía (no teocracia). El Misterio es el corazón del Kosmos, su núcleo con el que va expresando de una forma manifiesta y lúdica su propia Realidad, su Vacío fundamento de todo ser, pero sin agotarlo, de igual forma que un bailarín (este ejemplo lo expone muy bien Lenaers) va manifestándose en su baile sin acabar de agotarse en él, o una persona que habla se está expresando en sus palabras, pero no acaba en ellas.
Esta visión teonómica es la que subyace en el texto de Wilber que he transcrito, visión que nos abre unas perspectivas inmensas en los comienzos de este siglo XXI. El Kosmos (no cosmos palabra que supone una visión que no tendría dentro de sí esa dimensión del Misterio) está preñado y sufre con dolores de parto (como dice Pablo pese a ser heterónomo en su visión espiritual) hasta que dé a luz la Plenitud indivisible del Espíritu, el Amor universal.
viernes, 3 de abril de 2009
El Maestro Eckhart
El Maestro Eckhart, el místico cristiano de la Nada, o del Dejamiento.
¡Oh, alma mía,
sal fuera, Dios entra!
Hunde todo mi ser
en la nada de Dios.
¡Húndete en el caudal sin fondo!
Si salgo de ti,
tú vienes a mí,
si yo me pierdo,
a ti te encuentro.
¡Oh Bien más allá del ser!
(Maestro Eckhart)
Y en este monte nada
Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada;
para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada;
para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada;
para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada;
...
(san Juan de la Cruz, hijo espiritual del M. Eckhart)
Ojeaba yo, hace más de veinte años, en una librería de Badalona, en cuyas estanterías brillaba por su ausencia cualquier libro que tuviera el más mínimo sentido espiritual (era una librería dedicada a los escritos del mundo chato, por convicción de su dueño), los títulos por si alguno de ellos me pudíera interesar, cuando de pronto tirado sobre una mesa, en la que se arrojaban los libros que no interesaban, me encontré con un título que me interesó mucho. Dicho título era: “K.G. DURCKHEIM, EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA” Su autor, para mí totalmente desconocido: Alphonse Goettmann. Sin dudarlo un momento lo compré. Este libro ha sido por muchos años “mi libro de cabecera” y me ha servido de inspiración para meditaciones, reflexiones y escritos. En él, en forma de diálogo con el autor del libro, Dürckheim desarrolla su visión espiritual-cristiana del cosmos y en él del hombre, explicando al principio del libro el proceso de su propia vida que siempre estuvo marcada por lo numinoso.
Y destaca la importancia que tuvo en su espiritualidad el encuentro con la obra del Maestro Eckhar, lo explica así:
“Esto era en los años 20, mi esposa, un matrimonio amigo y yo habíamos formado un grupo de meditación y ejercicios religiosos, el “Quatuor”. Un día con la lectura de un texto del Tao (Treinta radios alrededor de un cubo... lo que es sirve a la utilidad, lo que no es representa la esencia)...Mientras escuchaba me atravesó el relámpago...Todo existía y no existía. Este mundo y... otra Realidad...
A partir de entonces la actitud de conversión me atenazaba... No es sorprendente que, en este contexto, irrumpiera en mí, como un rayo, Maïtre Eckhart. No conseguía deshacerme de sus Tratados y sermones que yo percibí como un eco múltiple y variado de la música divina que acababa de escuchar. Yo reconozco en Eckhart a mi maestro, al Maestro... No podemos acercarnos a él si no eliminamos el conocimiento conceptual. ¡Hay una inspiración en todo lo que dice! Esa inmensa simplicidad con la que habla de Dios, los ejemplos que da,...los problemas que suscita... En él impera todo el ambiente de la realidad de que habla, esa realidad de lo esencial, lo Real en el silencio del más allá, audible solamente por los que tienen oídos para oír... Ya sabe que ha sido perseguido, condenado como hereje... Yo mismo podía haber sido víctima como él...
Con las experiencias de M. Eckhart me sitúo en otro plano totalmente diferente, (no en el plano de las categorías racionales) sobre una tierra totalmente sólida, una realidad inquebrantable, la fuente, la llamada más profunda que forma verdaderamente el interior del ser humano. Pero esto exige la pobreza de espíritu que invita a la renuncia total para permitir que Dios nazca en nuestro ser.”
A lo largo de toda la primera parte del libro hay una referencia constante al Maestro Eckhart.
Ello me impulsó a buscar y recoger en mi biblioteca particular todo lo referente a él, aunque traducido al castellano hay bien poca cosa.
Pretendo con este escrito poner al alcance de aquel que quiera, un breve apunte sobre la vida y la mística (suprema experiencia de la Vida total) de este maestro medieval. Creo, como muchos otros más autorizados que yo, que pese a los contenidos culturales en los que se ofrecen las experiencias, propios de su momento histórico, el contenido de las mismas siguen siendo luz válida para todo aquel que quiera vivir la experiencia suprema del Espíritu.
Biografía 1260-1328
Casi toda la información que tenemos sobre su vida procede de la bula “In agro dominico” de Juan XXII (precisamente no fue un modelo de vida cristiana la suya) de 27/2/1329, publicada después de la muerte de Eckhart y en la que se le condena como hereje. Se le acusa de mala interpretación de la doctrina católica y de la confusión que podría llevar al pueblo. Se afirma que fue seducido por el diablo, padre de la mentira.
A juicio de mentes muy lúcidas y no eclesiásticas, Eckhart fue juzgado, no por su doctrina académica, sino por la lectura que hacía de la vida y por la intención que puso en comunicar su sentido a todos, sobre todo a los del pueblo, utilizando incluso para ello la lengua vernácula (el alemán de aquellos siglos) en lugar de la lengua culta (el latín), que era obligatoria para todos los eclesiásticos.
Dice la mencionada bula: “Seducido, en efecto, por el padre de la mentira, que frecuentemente adopta la figura de un ángel de luz para difundir la oscuridad tenebrosa y odiosa de los sentidos, en lugar de la luz de la verdad... este hombre (Eckhart), conducido en el error contra la verdad esplendorosa de la fe, ha hecho crecer en el campo de la Iglesia espinas y cizaña... Ha enseñado numerosos artículos que oscurecen la verdadera fe en mucho corazones y ha mostrado su doctrina en su predicación ante el vulgo, que asímismo ha expuesto por escrito” (Traducción del latín)
Nació probablemente en la provincia de Tambach a comienzos de 1260. Muy joven entró en el convento de los dominicos de Erfurt, para pasar luego a Colonia donde recibió la primera formación teológica. No fue alumno de Alberto Magno, pero recibió sin duda la influencia de su doctrina a través de los círculos que se habían creado en torno a él.
Fue posterior a Tomás de Aquino quien murió en 1274.
En 1293 era Lector de la Sentencias en la Sorbona. En aquella fecha en París se condenaban tesis filosóficas de varios dominicos, entre ellos Tomás de Aquino y Alberto Magno. Así tuvo conocimiento directo de la persecución que la institución hacía de las ideas teológicas y sobre todo de las experiencias místicas, hecho al que hizo referencia al defenderse de las primeras acusaciones que le formularon estando aún en vida.
Lo nombraron prior del convento de Erfurt, donde escribió Pláticas formativas, un librito en forma de diálogo con los estudiantes; es su primera obra de importancia. Trata de un tipo de charlas, collationes monastiques, entre un director espiritual y los novicios del convento. Él dio mucha importancia siempre a la formación, basada en la experiencia de la vida conventual. En sus pláticas destaca siempre el ser y no el tener. Están escritas para la comprensión de la verdad que trasmite la palabra y basadas en el conocimiento directo que aporta la experiencia de Dios en la vida monástica.
Esta comprensión exige una especial disposición del espíritu, pues la comprensión-concepción ha de ser virginal y a la vez maternal, pues si no se es madre no se da a luz. Y en todo ello la idea del abandono como la más alta virtud encaminada a la pobreza espiritual. Para encontrar la conversión del espíritu el ser ha de ser separado, o sea, muerto a lo creado e irrumpir en la divinidad.
“Olvido de lo criado
memoria del Creador
atención a lo interior
y estarse amando al Amado.” (s. Juan de la Cruz)
Pero esta salida de sí no es una salida al exterior, explica, se trata de abandonarse, o sea, tomarse totalmente en serio, de conocerse, gnosi seautón. Utiliza, como no, un lenguaje paradójico. Oximorónico. Esta doctrina del abandono o dejamiento fue el núcleo de su enseñanza y de su experiencia mística, si el alma no está vacía no puede engendrar al Verbo. Este abandono es para permitirle la entrada en el alma. Todo esto lo expresa a partir de una experiencia que no se detiene en nada de los estados especiales de conocimiento (visiones, éxtasis, júbilo…). Estos escritos fueron dictados en alemán, algo que persiguieron sus emuli, los que le presiguieron por su doctrina. La lengua popular era también su lenguaje interior, su experiencia del abandono, del Silencio Total se expresaba luego en alemán.
En 1298 le encontramos como profesor (actu regens) en París en la cátedra para los no franceses. Ya era doctor en teología. Escribió las Cuestiones parisinas en latín, obra con la que trata de dar un aparato conceptual a sus experiencias místicas (pláticas formativas).
El conocimiento es el fundamento del ser. El conocimiento no es erudición, estar informado de muchas cosas, (como en un reduccionismo alarmante lo llamamos hoy) sino que es sabiduría amorosa. Sin verdadero amor (unión, identidad) no hay sabiduría. Por eso conocer a Dios es llegar a Dios mismo. El ser es la criatura, Dios es intelletus o puritas essendi.
Desde 1303-1311 es provincial de Sajonia y cuida de cincuenta conventos. Desarrolla mucha actividad oficial, pero sigue predicando. En 1311 vuelve de nuevo a la cátedra de París hasta 1313. Pone por escrito (en latín) su pensamiento, fundamento intelectual de su espiritualidad. Posiblemente no culmina su obra a la que llamó Opus tripartitum.
El proyecto eckhartiano tendía a mostrar la unidad del conocimiento más allá de la distinción entre la luz natural y sobrenatural. En la obra de Eckhart la filosofía no era la sirvienta de la teología, sino que también la razón estaba capacitada para comprender la revelación. La experiencia del ser (criatura) es el único camino que conduce a la divinidad, esta experiencia lleva al rechazo de los modos de ser creado, al abandono total.
El sentido de toda vida humana es que el Verbo nazca en su interior.En este período fue influenciado por la espiritualidad de Margarite Porete, beguina, que defendía el nihilismo moral de las almas anonadas. Dicha mística influyó en Eckhart para su nihilismo intelectual, no para el moral que Eckhart cru¡itica y rechaza.
El nihilismo intelectual afirma que sólo el alma vacía es verdaderamente libre, o sea, posee la libertad mística. Para Margarita el alma anonadada no necesita de las virtudes exteriores y puede comunicarse directamente con la divinidad, no necesita mediación.
En los años 1313-1322 aparece de nuevo como maestro de vida de conventos y de monjas. En estos años escribió dos tratados: Del hombre noble y Libro del consuelo divino. Con el libro Del hombre noble empieza las sospechas de herejías sobre él.
En este libro expone sus propias experiencias interiores: “En tanto que te identificas con Cristo sufriente, salido de sí, retornas al origen divino. El hombre noble (la verdadera naturaleza humana que comprende al hombre terrestre y celeste) es el tesoro oculto, la buena simiente, donde Dios ha vertido el Verbo divino. Si el hombre alberga en su interior la raíz divina, la humanidad, a través del anonadamiento de la muerte, nos conduce hacia Dios”.
En 1322 está de lector de la cátedra de Colonia, y en el mismo no cesa de predicar en alemán. El tema de sus predicaciones es la divinización del hombre a partir del nacimiento de Dios en el alma.
Su mística es experiencia, experiencia personal de su conciencia que según nos dice Ken Wilber, sin duda el mejor pensador del mundo sobre el mundo de la conciencia (y también místico actual), llegó a los más altos niveles a los que puede llegar la conciencia, nivel que él llama causal o el de la Conciencia sin forma.
Afirmaba Eckhart “la enseñanza de la doctrina de la fe (no es tal si no hay experiencia, si no es amorosa) está destinada a vivir la unidad indisoluble de la divinidad, pero dicha unidad es dinámica: no es sino la generación constante e ininterrumpida del Hijo de Dios en el alma separada. Este nacimiento tiene lugar en un templo, el alma, que ha de estar totalmente libre y vacío, vacío también de sí mismo. El lugar del nacimiento es el fondo del alma, que ha de ser maternal, pues si fuera siempre virgen no podría ser madre. Es el lugar donde se realiza más allá del tiempo, en la eternidad previa a la creación ese nacimiento. Aquí mi fondo es el fondo de Dios y a la inversa. A ese fondo del alma le da el nombre de chispa.
El abandono supone un rechazo a los modos del ser creado, en su condición espacio-temporal, y tiene la vista puesta en los modos trascendentales, en donde Dios sólo puede ser definido desde sí mismo: puritas essendi... El fundamento real de aquello que es se halla en el ser de Dios... por tanto las creaturas no son, pero son en la medida en que se hallan en su causa primera...
Predicaba la filiación divina del hombre noble en el exilio de sí mismo. Y lo experimentó en la persecución que padeció por parte de la Institución. Los emuli (¿envidiosos?) confeccionaron hasta tres listas de tesis de sus escritos que tenían peligro de herejía. Fue perseguido como hereje por el arzobispo de Colonia. En aquella época 1325, se quemaron muchos begardos en la hoguera, no se sometían a la ley eclesiástica.
Eckhart se defiendió ante los inquisidores y terminó apelando al papa el 13/2/1327. De los inquisidores, algunos se dieron cuenta de la maniobra que se estaba realizando contra el maestro, renunciaron a su misión y fueron depuestos de su cargo. Eckhart fue convocado por el papa a Aviñón, y allá, exiliado, murió a comienzos de 1328. Él que siempre había defendido el exilio de sí mismo para llegar a la Nada, murió exiliado.
El proceso contra él prosiguió y el 27/3/1329 se publicaba la bula In agro dominico, de Juan XXII. En la bula se destaca la falta de humildad de aquel que ha querido saber más de lo que era necesario y ha mostrado su doctrina en su predicación al vulgo.
El nivel causal es aquel en el que la conciencia llega al Sin Forma, al Sin Nombre transcendiendo al alma y a Dios (como Ser al que se tiende, que tiene nombre, como forma de lo divino) y se identifican en la Divinidad, de modo que “ya somos uno y el mismo” (Eckhart). Se queda con la experiencia pura, desnuda. Esta Divinidad en la que somos uno, es puro Espíritu sin forma, es la cumbre y la fuente de todo lo manifiesto. El estar más allá de toda forma no es un nivel más de la conciencia, un estadio más, sino el fundamento de todos los otros estadios, es como el papel en el que se sostienen las letras.
Es este nivel de identidad total el que alcanza el Maestro Eckhart y su experiencia la que transmite en sus últimos tratados, por ejemplo en el Del hombre noble en el que dice:
“Por eso dice N. Señor con razón que (Lc 19,12). Pues el hombre tiene que ser uno en sí mismo y tiene que intentarlo en sí mismo y en el uno y comprenderlo en el uno, es decir: contemplar a Dios sólo; y regresar, es decir, saber y conocer que se conoce y sabe de Dios.”
Es necesario saber que se conoce a Dios para ser bienaventurado, y se conoce a Dios conociendo al hombre interior, porque el hombre noble (o interior, o nuevo) es aquel que nació por una parte de lo más elevado y mejor que poseen las criaturas, y por otra, del fondo más entrañable de la naturaleza divina. Hombre noble es el que es uno con uno, uno de uno, uno en uno y en uno uno eternamente. “Y a través de esta comprensión (o penetración, o experiencia) he descubierto que Dios y yo somos uno y el mismo” Ya no hay una unidad entre dos (Dios y yo), sino la Identidad suprema en la Divinidad.”
Por eso Eckhart pide a Dios que lo libere de Dios (que es una forma aún de lo Divino, que es otro y no hay otro, como tampoco hay yo, sino Identidad) para encontrar la Identidad Suprema en la Divinidad, en la Pura Conciencia sin forma, que otros llaman la Nada con mayúsculas, que no es el vacío absoluto al que está acostumbrado nuestro pensamiento occidental, formulado sobre la filosofía del puro ser, sino la Condición de toda condición. Eckhart se afana en desapropiar al Ser (Dios) de toda determinación óntica.
Su espiritualidad está muy cercana a la visión budista del Vacío que es el fundamento de toda realidad. Su lenguaje está sometido constantemente a violencia, es metarreflexivo porque la experiencia mística no puede ser comunicada, sino sólo apuntada, en el mismo.
José A. Carmona
¡Oh, alma mía,
sal fuera, Dios entra!
Hunde todo mi ser
en la nada de Dios.
¡Húndete en el caudal sin fondo!
Si salgo de ti,
tú vienes a mí,
si yo me pierdo,
a ti te encuentro.
¡Oh Bien más allá del ser!
(Maestro Eckhart)
Y en este monte nada
Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada;
para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada;
para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada;
para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada;
...
(san Juan de la Cruz, hijo espiritual del M. Eckhart)
Ojeaba yo, hace más de veinte años, en una librería de Badalona, en cuyas estanterías brillaba por su ausencia cualquier libro que tuviera el más mínimo sentido espiritual (era una librería dedicada a los escritos del mundo chato, por convicción de su dueño), los títulos por si alguno de ellos me pudíera interesar, cuando de pronto tirado sobre una mesa, en la que se arrojaban los libros que no interesaban, me encontré con un título que me interesó mucho. Dicho título era: “K.G. DURCKHEIM, EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA” Su autor, para mí totalmente desconocido: Alphonse Goettmann. Sin dudarlo un momento lo compré. Este libro ha sido por muchos años “mi libro de cabecera” y me ha servido de inspiración para meditaciones, reflexiones y escritos. En él, en forma de diálogo con el autor del libro, Dürckheim desarrolla su visión espiritual-cristiana del cosmos y en él del hombre, explicando al principio del libro el proceso de su propia vida que siempre estuvo marcada por lo numinoso.
Y destaca la importancia que tuvo en su espiritualidad el encuentro con la obra del Maestro Eckhar, lo explica así:
“Esto era en los años 20, mi esposa, un matrimonio amigo y yo habíamos formado un grupo de meditación y ejercicios religiosos, el “Quatuor”. Un día con la lectura de un texto del Tao (Treinta radios alrededor de un cubo... lo que es sirve a la utilidad, lo que no es representa la esencia)...Mientras escuchaba me atravesó el relámpago...Todo existía y no existía. Este mundo y... otra Realidad...
A partir de entonces la actitud de conversión me atenazaba... No es sorprendente que, en este contexto, irrumpiera en mí, como un rayo, Maïtre Eckhart. No conseguía deshacerme de sus Tratados y sermones que yo percibí como un eco múltiple y variado de la música divina que acababa de escuchar. Yo reconozco en Eckhart a mi maestro, al Maestro... No podemos acercarnos a él si no eliminamos el conocimiento conceptual. ¡Hay una inspiración en todo lo que dice! Esa inmensa simplicidad con la que habla de Dios, los ejemplos que da,...los problemas que suscita... En él impera todo el ambiente de la realidad de que habla, esa realidad de lo esencial, lo Real en el silencio del más allá, audible solamente por los que tienen oídos para oír... Ya sabe que ha sido perseguido, condenado como hereje... Yo mismo podía haber sido víctima como él...
Con las experiencias de M. Eckhart me sitúo en otro plano totalmente diferente, (no en el plano de las categorías racionales) sobre una tierra totalmente sólida, una realidad inquebrantable, la fuente, la llamada más profunda que forma verdaderamente el interior del ser humano. Pero esto exige la pobreza de espíritu que invita a la renuncia total para permitir que Dios nazca en nuestro ser.”
A lo largo de toda la primera parte del libro hay una referencia constante al Maestro Eckhart.
Ello me impulsó a buscar y recoger en mi biblioteca particular todo lo referente a él, aunque traducido al castellano hay bien poca cosa.
Pretendo con este escrito poner al alcance de aquel que quiera, un breve apunte sobre la vida y la mística (suprema experiencia de la Vida total) de este maestro medieval. Creo, como muchos otros más autorizados que yo, que pese a los contenidos culturales en los que se ofrecen las experiencias, propios de su momento histórico, el contenido de las mismas siguen siendo luz válida para todo aquel que quiera vivir la experiencia suprema del Espíritu.
Biografía 1260-1328
Casi toda la información que tenemos sobre su vida procede de la bula “In agro dominico” de Juan XXII (precisamente no fue un modelo de vida cristiana la suya) de 27/2/1329, publicada después de la muerte de Eckhart y en la que se le condena como hereje. Se le acusa de mala interpretación de la doctrina católica y de la confusión que podría llevar al pueblo. Se afirma que fue seducido por el diablo, padre de la mentira.
A juicio de mentes muy lúcidas y no eclesiásticas, Eckhart fue juzgado, no por su doctrina académica, sino por la lectura que hacía de la vida y por la intención que puso en comunicar su sentido a todos, sobre todo a los del pueblo, utilizando incluso para ello la lengua vernácula (el alemán de aquellos siglos) en lugar de la lengua culta (el latín), que era obligatoria para todos los eclesiásticos.
Dice la mencionada bula: “Seducido, en efecto, por el padre de la mentira, que frecuentemente adopta la figura de un ángel de luz para difundir la oscuridad tenebrosa y odiosa de los sentidos, en lugar de la luz de la verdad... este hombre (Eckhart), conducido en el error contra la verdad esplendorosa de la fe, ha hecho crecer en el campo de la Iglesia espinas y cizaña... Ha enseñado numerosos artículos que oscurecen la verdadera fe en mucho corazones y ha mostrado su doctrina en su predicación ante el vulgo, que asímismo ha expuesto por escrito” (Traducción del latín)
Nació probablemente en la provincia de Tambach a comienzos de 1260. Muy joven entró en el convento de los dominicos de Erfurt, para pasar luego a Colonia donde recibió la primera formación teológica. No fue alumno de Alberto Magno, pero recibió sin duda la influencia de su doctrina a través de los círculos que se habían creado en torno a él.
Fue posterior a Tomás de Aquino quien murió en 1274.
En 1293 era Lector de la Sentencias en la Sorbona. En aquella fecha en París se condenaban tesis filosóficas de varios dominicos, entre ellos Tomás de Aquino y Alberto Magno. Así tuvo conocimiento directo de la persecución que la institución hacía de las ideas teológicas y sobre todo de las experiencias místicas, hecho al que hizo referencia al defenderse de las primeras acusaciones que le formularon estando aún en vida.
Lo nombraron prior del convento de Erfurt, donde escribió Pláticas formativas, un librito en forma de diálogo con los estudiantes; es su primera obra de importancia. Trata de un tipo de charlas, collationes monastiques, entre un director espiritual y los novicios del convento. Él dio mucha importancia siempre a la formación, basada en la experiencia de la vida conventual. En sus pláticas destaca siempre el ser y no el tener. Están escritas para la comprensión de la verdad que trasmite la palabra y basadas en el conocimiento directo que aporta la experiencia de Dios en la vida monástica.
Esta comprensión exige una especial disposición del espíritu, pues la comprensión-concepción ha de ser virginal y a la vez maternal, pues si no se es madre no se da a luz. Y en todo ello la idea del abandono como la más alta virtud encaminada a la pobreza espiritual. Para encontrar la conversión del espíritu el ser ha de ser separado, o sea, muerto a lo creado e irrumpir en la divinidad.
“Olvido de lo criado
memoria del Creador
atención a lo interior
y estarse amando al Amado.” (s. Juan de la Cruz)
Pero esta salida de sí no es una salida al exterior, explica, se trata de abandonarse, o sea, tomarse totalmente en serio, de conocerse, gnosi seautón. Utiliza, como no, un lenguaje paradójico. Oximorónico. Esta doctrina del abandono o dejamiento fue el núcleo de su enseñanza y de su experiencia mística, si el alma no está vacía no puede engendrar al Verbo. Este abandono es para permitirle la entrada en el alma. Todo esto lo expresa a partir de una experiencia que no se detiene en nada de los estados especiales de conocimiento (visiones, éxtasis, júbilo…). Estos escritos fueron dictados en alemán, algo que persiguieron sus emuli, los que le presiguieron por su doctrina. La lengua popular era también su lenguaje interior, su experiencia del abandono, del Silencio Total se expresaba luego en alemán.
En 1298 le encontramos como profesor (actu regens) en París en la cátedra para los no franceses. Ya era doctor en teología. Escribió las Cuestiones parisinas en latín, obra con la que trata de dar un aparato conceptual a sus experiencias místicas (pláticas formativas).
El conocimiento es el fundamento del ser. El conocimiento no es erudición, estar informado de muchas cosas, (como en un reduccionismo alarmante lo llamamos hoy) sino que es sabiduría amorosa. Sin verdadero amor (unión, identidad) no hay sabiduría. Por eso conocer a Dios es llegar a Dios mismo. El ser es la criatura, Dios es intelletus o puritas essendi.
Desde 1303-1311 es provincial de Sajonia y cuida de cincuenta conventos. Desarrolla mucha actividad oficial, pero sigue predicando. En 1311 vuelve de nuevo a la cátedra de París hasta 1313. Pone por escrito (en latín) su pensamiento, fundamento intelectual de su espiritualidad. Posiblemente no culmina su obra a la que llamó Opus tripartitum.
El proyecto eckhartiano tendía a mostrar la unidad del conocimiento más allá de la distinción entre la luz natural y sobrenatural. En la obra de Eckhart la filosofía no era la sirvienta de la teología, sino que también la razón estaba capacitada para comprender la revelación. La experiencia del ser (criatura) es el único camino que conduce a la divinidad, esta experiencia lleva al rechazo de los modos de ser creado, al abandono total.
El sentido de toda vida humana es que el Verbo nazca en su interior.En este período fue influenciado por la espiritualidad de Margarite Porete, beguina, que defendía el nihilismo moral de las almas anonadas. Dicha mística influyó en Eckhart para su nihilismo intelectual, no para el moral que Eckhart cru¡itica y rechaza.
El nihilismo intelectual afirma que sólo el alma vacía es verdaderamente libre, o sea, posee la libertad mística. Para Margarita el alma anonadada no necesita de las virtudes exteriores y puede comunicarse directamente con la divinidad, no necesita mediación.
En los años 1313-1322 aparece de nuevo como maestro de vida de conventos y de monjas. En estos años escribió dos tratados: Del hombre noble y Libro del consuelo divino. Con el libro Del hombre noble empieza las sospechas de herejías sobre él.
En este libro expone sus propias experiencias interiores: “En tanto que te identificas con Cristo sufriente, salido de sí, retornas al origen divino. El hombre noble (la verdadera naturaleza humana que comprende al hombre terrestre y celeste) es el tesoro oculto, la buena simiente, donde Dios ha vertido el Verbo divino. Si el hombre alberga en su interior la raíz divina, la humanidad, a través del anonadamiento de la muerte, nos conduce hacia Dios”.
En 1322 está de lector de la cátedra de Colonia, y en el mismo no cesa de predicar en alemán. El tema de sus predicaciones es la divinización del hombre a partir del nacimiento de Dios en el alma.
Su mística es experiencia, experiencia personal de su conciencia que según nos dice Ken Wilber, sin duda el mejor pensador del mundo sobre el mundo de la conciencia (y también místico actual), llegó a los más altos niveles a los que puede llegar la conciencia, nivel que él llama causal o el de la Conciencia sin forma.
Afirmaba Eckhart “la enseñanza de la doctrina de la fe (no es tal si no hay experiencia, si no es amorosa) está destinada a vivir la unidad indisoluble de la divinidad, pero dicha unidad es dinámica: no es sino la generación constante e ininterrumpida del Hijo de Dios en el alma separada. Este nacimiento tiene lugar en un templo, el alma, que ha de estar totalmente libre y vacío, vacío también de sí mismo. El lugar del nacimiento es el fondo del alma, que ha de ser maternal, pues si fuera siempre virgen no podría ser madre. Es el lugar donde se realiza más allá del tiempo, en la eternidad previa a la creación ese nacimiento. Aquí mi fondo es el fondo de Dios y a la inversa. A ese fondo del alma le da el nombre de chispa.
El abandono supone un rechazo a los modos del ser creado, en su condición espacio-temporal, y tiene la vista puesta en los modos trascendentales, en donde Dios sólo puede ser definido desde sí mismo: puritas essendi... El fundamento real de aquello que es se halla en el ser de Dios... por tanto las creaturas no son, pero son en la medida en que se hallan en su causa primera...
Predicaba la filiación divina del hombre noble en el exilio de sí mismo. Y lo experimentó en la persecución que padeció por parte de la Institución. Los emuli (¿envidiosos?) confeccionaron hasta tres listas de tesis de sus escritos que tenían peligro de herejía. Fue perseguido como hereje por el arzobispo de Colonia. En aquella época 1325, se quemaron muchos begardos en la hoguera, no se sometían a la ley eclesiástica.
Eckhart se defiendió ante los inquisidores y terminó apelando al papa el 13/2/1327. De los inquisidores, algunos se dieron cuenta de la maniobra que se estaba realizando contra el maestro, renunciaron a su misión y fueron depuestos de su cargo. Eckhart fue convocado por el papa a Aviñón, y allá, exiliado, murió a comienzos de 1328. Él que siempre había defendido el exilio de sí mismo para llegar a la Nada, murió exiliado.
El proceso contra él prosiguió y el 27/3/1329 se publicaba la bula In agro dominico, de Juan XXII. En la bula se destaca la falta de humildad de aquel que ha querido saber más de lo que era necesario y ha mostrado su doctrina en su predicación al vulgo.
El nivel causal es aquel en el que la conciencia llega al Sin Forma, al Sin Nombre transcendiendo al alma y a Dios (como Ser al que se tiende, que tiene nombre, como forma de lo divino) y se identifican en la Divinidad, de modo que “ya somos uno y el mismo” (Eckhart). Se queda con la experiencia pura, desnuda. Esta Divinidad en la que somos uno, es puro Espíritu sin forma, es la cumbre y la fuente de todo lo manifiesto. El estar más allá de toda forma no es un nivel más de la conciencia, un estadio más, sino el fundamento de todos los otros estadios, es como el papel en el que se sostienen las letras.
Es este nivel de identidad total el que alcanza el Maestro Eckhart y su experiencia la que transmite en sus últimos tratados, por ejemplo en el Del hombre noble en el que dice:
“Por eso dice N. Señor con razón que
Es necesario saber que se conoce a Dios para ser bienaventurado, y se conoce a Dios conociendo al hombre interior, porque el hombre noble (o interior, o nuevo) es aquel que nació por una parte de lo más elevado y mejor que poseen las criaturas, y por otra, del fondo más entrañable de la naturaleza divina. Hombre noble es el que es uno con uno, uno de uno, uno en uno y en uno uno eternamente. “Y a través de esta comprensión (o penetración, o experiencia) he descubierto que Dios y yo somos uno y el mismo” Ya no hay una unidad entre dos (Dios y yo), sino la Identidad suprema en la Divinidad.”
Por eso Eckhart pide a Dios que lo libere de Dios (que es una forma aún de lo Divino, que es otro y no hay otro, como tampoco hay yo, sino Identidad) para encontrar la Identidad Suprema en la Divinidad, en la Pura Conciencia sin forma, que otros llaman la Nada con mayúsculas, que no es el vacío absoluto al que está acostumbrado nuestro pensamiento occidental, formulado sobre la filosofía del puro ser, sino la Condición de toda condición. Eckhart se afana en desapropiar al Ser (Dios) de toda determinación óntica.
Su espiritualidad está muy cercana a la visión budista del Vacío que es el fundamento de toda realidad. Su lenguaje está sometido constantemente a violencia, es metarreflexivo porque la experiencia mística no puede ser comunicada, sino sólo apuntada, en el mismo.
José A. Carmona
Los tres ojos del conocimiento (Paradigma antropológico)
Nuevo paradigma antropológico
Thomas. S. Eliot, gran poeta angloestadounidense, que obtuvo el nobel de literatura en 1945, nos dice en uno de sus poemas de corte religioso:
“Dónde está la sabiduría que
hemos perdido con el conocimiento?
¿Y dónde está el conocimiento que
hemos perdido con la información?”
T.S. Eliot
En estos cuatro versos veo una antropología que habla de tres dimensiones en el hombre, en contra de la tan traída dualidad, o bipolaridad, (cuerpo y alma) con la que nos han aleccionado, educado e instruido durante siglos, desde la filosofía griega.
La sabiduría que nos habla de lo que en este desarrollo podemos llamar mística, o dimensión espiritual. El conocimiento que se refiere a la iluminación de la mente y que, siguiendo a Panikkar, podemos llamar noética, que es lo referente al alma. La información que nos habla del conocimiento sensible, lo estético (del griego aistheta = sensible) y que se refiere a la dimensión de los sentidos, lo referente al cuerpo.
Yo no conozco una elaboración sistemática de esta antropología de las tres dimensiones, trinitaria, pero sí que está muy desarrollada en el pensamiento de dos grandes pensadores de nuestros días, R. Panikkar y K. Wilber. A mí me ha parecido oportuno hacer una pequeña exposición de esta visión del hombre, que por otra parte no es exclusiva de ellos, sino que ya viene desde muchos siglos atrás, al menos desde el siglo XII con la escuela teológica de los canónigos de San Victor (Hugo y Ricardo) y posteriormente San Buenaventura, quienes nos hablan de los tres ojos del conocimiento (oculus carnis, cuyo objeto es lo sensible, o vestigium Dei que dice San Buenaventura, oculus mentis, cuyo objeto es el mundo de las ideas, las iluminaciones, la imago Dei de San Buenaventura, oculus fidei u ojo de la contemplación, cuyo objeto es la Esencia de Dios). Mas si nos acercamos a los místicos del Oriente, vemos que nos hablan del tercer ojo desde tiempos inmemoriales.
Lo que me ha impulsado a hacer esta reflexión, siempre siguiendo a esos dos grandes maestros a los que me he referido y me referiré en cada momento de este escrito, aunque no los vaya citando a cada momento, ha sido el impacto que un silencio social, que es ignorancia, me ha causado. Hace unos días hubo un eco muy pequeño en los medios de comunicación sobre el hecho de que se hiciera publicidad sobre el ateísmo en los transportes públicos de Barcelona, incluso llegó a haber una pequeña entrevista con las personas promotoras de la misma, pero de seguida todo ha pasado al cajón del más absoluto olvido. Algún grupo de confesión cristiana ha respondido en términos similares, haciendo publicidad de su teísmo, por cierto con un eslogan muy desafortunado, porque al fallar la ortografía de la frase, dice exactamente lo que no quiere decir, el eslogan dice así “Dios si existe, (en forma condicional) vive la vida en Cristo”, cuando lo que en verdad querrá decir será: “Dios sí existe, (pura afirmación) vive la vida en Cristo”. La dialéctica de estos grupos y el silencio social posterior me han provocado un profundo pesar interior, que me ha llevado a la reflexión que desarrollo ahora en este blog.
La visión bipolar del hombre ha invadido de tal manera nuestra cultura que ha llegado a inundar incluso la teología y algunos aspectos de la iluminación mística. Pero, es hora de ir percibiendo, más que meramente pensando, que el hombre es cuerpo, mente y espíritu (pneuma).
Es cuerpo, no meramente tiene. Esta interpretación de que tenemos un cuerpo responde a una inmersión a ciegas en la cultura de la bidimensionalidad (cuerpo y alma), influida por una espiritualidad escapista, propia de un catolicismo del siglo XVIII. El alma es inmortal y permanece, el cuerpo es mortal, no tiene importancia... nos han enseñado en los catecismos. El hombre es cuerpo, y si el cuerpo desaparece, lo hace también el hombre. Cualquier entidad no corpórea no es humana. Y el mundo que nos rodea, lo percibimos nosotros los hombres en función de lo que somos. Mucho nos puede hablar la acústica de que la música no es sino ondas que se transmiten por el aire y llegan a nuestros oídos, que nosotros como seres humanos no percibimos las ondas, sino la música, la armonía, el ritmo, la proporción, las escalas de los sonidos, los diversos tonos de los instrumentos... Y así con todas las experiencias sensibles (y no sensibles del hombre).
Pero, el hombre no sólo es cuerpo, sino que también es mente, psique (querer reducir la mente al cerebro, como hace el cientifismo, tan extendido, es un reduccionismo y un error categorial, según veremos), alma que percibe y experimenta en el más auténtico significado de esta palabra las dimensiones sutiles del Ser. De hecho nuestra tan cacareada ciencia, como empirismo puro, tiene muchísimo de mental, por ejemplo, las matemáticas que no son más que una elucubración (mental) sobre lo sensible (contamos unidades, medimos dimensiones o espacios). Así yendo a algo de lo más simple, la solución de cualquier teorema es un ejercicio mental, ejercicio que no pueden llevar a cabo los sentidos. Y la historia, la psicología y otras no son sino disciplinas que usan la mente y cuyos objetos no pueden ser estudiados nunca por los meros sentidos.
El hombre es cuerpo y es mente, como ya afirmaba Platón y muchísimos filósofos antes que él.
Mas no sólo esto, sino que el hombre es también espíritu, pneuma, apertura total hacia lo absoluto y es esta tercera dimensión la que es distintiva del hombre. En la visión bipartita del hombre se ha considerado la racionalidad como la característica distintiva del hombre por comparación a los animales, pero, quedarse en esto es mutilar al hombre, es condenarlo a ser un animal especial, mas, el hombre es conciencia que se hace consciente de sí misma, como nos enseña Theilard. El nivel y las enseñanzas de todos los místicos que ha habido en la historia de la Humanidad (desde los primitivos chamanes hasta las alturas de un Jesús de Nazaret, a quien resucitado se le adora como Cristo) así lo muestran. Y en buena medida será tema de reflexión en el presente escrito. El hombre es consciencia abierta sin límites, es amor que abraza lo Total, es espíritu también.
Así, pues, el hombre es tanto cuerpo, como psique o alma, como espíritu, amor o consciencia abierta. Y no es una sola dimensión sin las otras, sino las tres a la vez, sin separación entre ellas(salvo por la abstracción). Esta visión tripartita (trinitaria) de la antropología se va abriendo camino por las rutas culturales del mundo actual.
Hecha esta advertencia inicial, posiblemente estemos ya en condiciones de poder afirmar que esta triple dimensión que constituye al hombre es la base sobre la que descansa el triple conocimiento del hombre, el triple amor, pues el conocimiento que es tal, es a su vez indisolublemente amor, unión. Conocimiento es la iluminación que en el hombre, en su conciencia sensitiva, psicológica o espiritual produce la unión entre la realidad y la conciencia, esta unión es el amor y sin ella no puede haber auténtica iluminación, verdadero conocimiento. Estos amor y conocimiento llegan a su expresión más plena (por usar las palabras mentales, no tenemos otras) en el momento en que el espíritu se abre a la Esencia Divina y queda plenamente iluminado por el mundo de la transcendencia.
La definición clásica de la mística es: “Cognitio Dei experimentalis” Es el conocimiento que da la experiencia de Dios, y esta experiencia no es sino amor. Siendo Dios: Amor, la experiencia de Dios es la experiencia del Amor, que es la misma que nos da el conocimiento. Las adecuación entre el conocedor y el conocido, adecuación que llega hasta la identidad, de modo, que como muy bien saben los místicos, ya no hay conocedor y conocido , sino una sola realidad: la experiencia de la unión cognitiva.
Vayamos poco a poco.
Ya he dicho cuál ha sido el hecho que me ha provocado esta reflexión: La publicidad (creo que infantil por ambas partes) sobre la existencia, o no, de Dios. Y el pensar que la no existencia te da libertad para vivir la vida. Cuando una ligera y reposada lectura de los evangelios (o de cualquier otro libro que fundamente una religión) te dice bien a las claras: “que vivas la vida en libertad y plenitud” “que la plenitud y la libertad de la vida es AHORA”. Lean con la mente abierta los evangelios y luego opinen.
Pero, quiero llevar mi reflexión hacia el tercer ojo de los orientales o los tres ojos del conocimiento de los místicos cristianos, (los tres, no uno sin el otro).
Las afirmaciones a las que me he referido que hacen publicidad en contra o a favor de la existencia de “Dios” están basadas en un paradigma determinado, un paradigma que interpreta al hombre como animal racional, probablemente, o sea, como ser dual, bipartito. Paradigma, o modelo incuestionado, que está inoculando su interpretación desde los siglos remotos de la Grecia clásica.
Max Planck, premio nobel de física en 1918, afirma que los viejos paradigmas sólo mueren cuando lo hacen sus adeptos. Y si esta afirmación es muy acertada en lo referente a la física, no lo es menos cuando se refiere a otros tipos de conocimientos. El debate sobre la demostración racional de la existencia, o no, de un absoluto, es buena prueba de ello. Hay mucha gente aferrada al paradigma de la razón como única forma de conocimiento para todo aquello que se escape a los sentidos, al ojo de la carne. Abundar en las pruebas racionales, como hizo el mismo Tomás de Aquino, apoyado últimamente en Aristóteles (yo no oso criticar por mi cuenta a estos genios, sino que me apoyo en otros genios) para demostrar la existencia de Dios, es ser totalmente deudor de este paradigma racionalista, que imperó dictatorialmente en toda forma de cultura de la Edad Media. La fe, que era en la inmensa mayoría creencia, venía impuesta e indiscutida, y a ella se aplicaba la razón para todo. Se trataba de un sistema racionalista.
En nuestros días no se descubre, sino que se retoma un viejo paradigma abandonado, en el que el hombre se propone como un ser tripartito, con una triple dimensión real que hace que tanto en el conocimiento, como el amor, como el sentimiento... tenga un triple cauce. Y todo sin dejar de ser uno. Se trata de un paradigma transcendente o integral, que no excluye nada, sino que todo lo asume y superándolo lo trasciende.
Los tres ojos (carnis, mentis, fidei), que hemos citado de algunos autores místicos del medievo, se corresponden con los tres dominios del ser que destaca la filosofía perenne: el dominio ordinario (el de la vigilia), el sutil (propio de muchos místicos) y el causal (que se da en los más elevados como Buda, Jesús de Nazaret -al margen de, no negando, lo que diga la fe cristiana-...).
El ojo de la carne tiene su dominio en el reino del espacio, del tiempo de la materia. Se trata de un reino compartido por todos aquellos que poseen un ojo de la carne similar (mamíferos y animales superiores). Es el llamado ojo empírico. Hemos de advertir que la palabra empírico, empleada en este término, está muy reducida en su significación original. Empírico significa experiencial, pero aquí se limita a experiencia sensorial, no a cualquier otro tipo de experiencia.
El ojo de la mente, o de la razón, al que Buenaventura llama lumen interius, es el que se desenvuelve en el dominio de los conceptos, de la lógica, las matemáticas, el mundo de la ideas.
Como ya hemos venido repitiendo ni el conocimiento, ni la estructura antropológica del hombre se dan en tres dimensiones separadas en la realidad (no hay más separación que la de la abstracción). Por ello, el conocimiento mental no se da sin el carnal, sino que asumiendo a éste lo transforma y eleva, utilizando la imagen visual de un objeto para convertirla en concepto y poder así, como dice Piaget, el genial suizo, creador de la epistemología genética (la mente operacional formal), trabajar sobre los objetos sin tenerlos presentes. Por ejemplo, la mente puede trabajar con los árboles sin tenerlos presente, ni siquiera a uno, gracias al concepto que ha elaborado del árbol. El ojo de la mente recoge gran parte de su “información” del ojo de la carne, pero, no todo lo que elabora es sensible, como sucede en las llamadas ciencias humanas: lógica, psicología, historia, hermenéutica... y también en las matemáticas, la ciencia exacta.
Una cosa tan sencilla en matemáticas (geometría) como es la demostración del teorema de Pitágoras (o cualquier teorema) nunca puede ser fruto del ojo de la carne, de los sentidos. Pese a las demostraciones que algunos primatólogos nos hacen de las habilidades y conocimientos de los primates más avanzados, no pueden mostrarnos que elaboren ni un solo concepto, no digamos que ¡Escriban El Quijote!
Es un hecho incontestable “que nosotros no solo vemos con nuestros ojos, sino también con nuestra mente” ¿Cómo si no podríamos concluir la certeza de una idea?
El ojo de la razón supera el ojo de la carne, el ojo sensible, y no puede originarse (a la inversa él es el originante) en él por esa misma trascendencia. Pero hay un tercer ojo, del que tenemos pequeñas experiencias muchos humanos, algunos una gran experiencia (Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Eckhart, Buenaventura, Catalina de Siena, Fray Luis de León, Ramana Maharsi, Gandhi, Teresa de Calcuta, Buda, Mahoma... y no digamos Jesús de Nazaret -antes de su resurrección-). Experiencia que se ha ido acumulando en la historia de los hombres, empezando por los grandes chamanes y terminando por los místicos de nuestros días, y que se añade a nuestra pequeña experiencia personal, si es que hemos dedicado a la meditación y contemplación muchos años en nuestra vida, para mostrar la clara evidencia de que existe un tercer ojo, una tercera forma de conocimiento y amor. La del llamado oculus fidei por los victorinos, el lumen superius por Buenaventura, el tercer ojo por los orientales, el ojo de la contemplación o gnosis. Dicha gnosis transciende el reino de lo mental y por lo tanto el de los sentidos y su dominio es lo Inmutable, la Realidad, la Verdad, la Conciencia, el Absoluto... la Totalidad.
Aportar en estos momentos una cita del genio científico de Einstein puede que nos ayude a iluminar algo más nuestro ser, inmerso en una cultura, en un paradigma que niega la existencia de cualquier tipo de conocimiento que trascienda la razón.
“La mística es la emoción más hermosa que podemos experimentar. La mística es el fundamento mismo de todo arte y de toda ciencia verdadera. Quien desconoce esta emoción... está muerto. El conocimiento de lo que nos resulta impenetrable -lo que con nuestras torpes facultades sólo podemos comprender de un modo muy rutinario- realmente existe, se manifiesta como la más elevada de las sabidurías y la más resplandeciente de las bellezas y constituye el fundamento mismo de la auténtica religiosidad.” (citado por Wilber)
El ojo de la contemplación es transracional (no irracional) y la intuición transracional no tiene nada que ver con la investigación filosófica, ni con la intuición que procede “solo de la luz de la razón” como pretendía Descartes, sino que es un verdadero camino de conocimiento de la dimensión transracional del Kosmos.
La afirmación cartesiana es mutiladora para el conocimiento humano. Es evidente que la razón no puede desvelar ella sola las dimensiones sensibles (así nos habla de vibraciones en lugar de la música que nos embelesa) y contemplativas (no puede demostrar la existencia de lo que le excede, por ejemplo, Dios, ni tampoco negarla). Cuando la razón se atribuye a sí misma estas funciones está cometiendo un grave error categorial. Pero, eso sí, recibidos los datos de los ojos propios de la otras dos dimensiones, puede razonar sobre ellos.
Mas cuando la elaboración se haga sobre los datos de la contemplación, se ha de tener en cuenta que el lenguaje verbal, el único de la racionalidad, es totalmente inadecuado para expresar lo transverbal, que el lenguaje dual , el único de la racionalidad, es inapropiado para expresar lo no-dual... y que por ello todas las elaboraciones mentales sobre las experiencias transmentales o contemplativas han de utilizar un lenguaje oximorónico, o paradójico, en el que lo afirmativo y lo negativo pueden darse a la vez y en el mismo sentido sobre esa Realidad que transciende y por tanto transciende también la dualidad en la que nuestra razón está inmersa. Por esta causa los místicos nos están refiriendo siempre al apofatismo.
Errores categoriales los ha habido y en abundancia en la historia. El error categorial se da cuando un ojo, un instrumento de conocimiento se inmiscuye en una dimensión que no es su objeto y quiere dictaminar sobre ella. En la edad media el ojo de la razón, fue una época profundamente racionalista, quiso dictaminar sobre todo lo conocido y cognoscible. Partiendo de unas premisas, que eran creencias (no fe, salvo en los casos de muy contados sujetos), disertaban sobre todo lo real, sobre lo racional y sobre lo sensible. Así apoyándose en una visión que, juzgaban, era Revelación, determinaban que el mundo fue creado en seis días, cuando el ojo de la contemplación no nos dice más que el mundo de lo manifestado es una manifestación evolutiva del mundo No Manifestado, y esto lo expresa de forma poética. Los ejemplos en este sentido son innumerables. Se creó en esta época toda una doctrina teórica y una moral, utilizando sólo la razón, se creó una antropología, una psicología, una moral sexual, etc... de la misma manera que se determinaba por “fe” (pues lo “dice la Biblia”) que el Sol gira alrededor de la Tierra. Y lo terrible es que el ojo de la contemplación brillaba por su ausencia en la institución que había tomado el poder religioso, y con ello el poder decidir lo que era verdadero o falso tanto en el mundo sensible, como en el mental y el contemplativo.
Hasta que llegó el modernismo. Con Kant, hombre de profunda fe, se separó la fe de la razón, su doctrina queda claramente expuesta en el libro “Crítica de la Razón pura”. Con él se desligó el campo de la fe, el contemplativo, del de la mente o razón. Con Galileo y Kepler, pese a la tremenda persecución que tuvieron que sufrir. Aprendimos a separar lo sensible de los otros mundos. Nos enseñaron que el método de conocimiento con lo sensible es la medición y no la catalogación, como se pensaba desde Aristóteles. Y con todo ello la misma Biblia quedó reducida a su mundo, al mundo de lo contemplativo.
El problema del Modernismo es que se pasó en la línea de separación de las tres dimensiones y de afirmar la separación de lo transcendente, pasó a afirmar su inexistencia. Con ello vino a caer en el error categorial contrario al del medievo, aplicó el ojo sensible, y a lo más el de la razón, como único criterio de verdad, por lo que concluyó que cuanto no caía en el dominio de los sensible o razonable, no existía. De un plumazo borró toda la transcendencia, que tanto había aportado a la humanidad a lo largo de la historia.
Este es el error categorial del cientifismo, que nos invade aún en nuestros medios culturales (universidades, libros, conferencias, prensa, televisión...), aunque en buena medida va retrocediendo. Y es en este error categorial en el que se sitúan los autodenominados “ateos” (que han hecho es publicidad tan falta de visión). Por supuesto que Dios no es demostrable por la razón, pues pese a las famosas cinco vías de Santo Tomás y las miríadas que le han seguido en esto, Dios no es objeto que caiga dentro de la dimensión de la razón, sino de la contemplación, de la fe (que no puede ser confundida con la creencia, que también es fruto de la razón). Por esta razón la publicidad contraria cae en el mismo error, Dios no es objeto de creencia, sino de fe, de experiencia íntima, directa a la que se llega tras mucho tiempo de ejercitar el ojo de la contemplación. Por descontado que dicha experiencia ha de ser cotejada con la de muchos otros que siguiendo el mismo camino de adiestramiento del ojo de la contemplación hayan llegado a experiencias similares, de igual manera que los que hace ya muchos años (y hoy también) llegaron a la experiencia de ver las células por medio del microscopio tuvieron que cotejar sus datos con otros que habían hecho lo mismo. Los tres ojos han de ser adiestrados para que puedan ver en sus propias dimensiones. Si la mente no tiene ninguna formación matemática, nunca podrá entender el teorema de Pitágoras. Y no por ello es teorema es falso.
Con respecto a la diferencia entre creencia y fe, ya he escrito suficientemente en este blog, pero traigo a colación unas palabras que Daniel Meurois pone en boca de María Magdalena:
“He experimentado en mí misma los efectos del riesgo y del movimiento en cada paso que he decidido dar... porque soy un testigo vivo de lo que Él encarna. He puesto mis huellas dentro de las suyas y me he sentido libre por el mero hecho de no haber imitado su actitud, sino de haber descubierto su esencia...
Y ¡no es una cuestión de creencias!... la creencia es una fuerza ciega; suele reposar en la simple confianza ingenua, a aveces en lo arbitrario... crea fanáticos... Yo te hablo de fe porque la fe es una certeza, un conocimiento directo y fuera del tiempo de Aquello que es.
... Es como un soplo que ningún muro ni ninguna prisión podría contener, ni siquiera frenar. Os sitúa en el Espíritu del Maestro, en ese espacio que ninguna palabra podría describir... Ahí es donde se redescubre el sentido del Amor... Ahí es, finalmente, donde el “siempre” se confunde con el “ahora”.
Estas palabras, que según Meurois, pronunció en verdad la Magdalena, tienen todas las cualidades que orlan nuestro pensamiento discursivo, cuando habla de la experiencia contemplativa. Se trata de una experiencia que va más allá de la razón, pero a su vez, puede ser expresada muy imperfectamente con palabras, palabras que pueden facilitar unos indicadores, unos signos o señales que nos dicen por dónde hay que ir para llegar a la experiencia. Y no podemos extrañarnos de que esto sea así, pues las expresión verbal que está sobre lo sensible es incapaz de expresar el sabor de una tarta de chocolate, por ejemplo. Nos dirá sabe a chocolate, con lo que no nos ha dicho nada, si nosotros no hemos probado antes el chocolate. Lo único válido que puede hacer la palabra es darnos la receta (mostrar el camino a andar) para hacer la tarta, una vez hecha, la probamos y sabemos cuál es su sabor. Si usted quiere tener una experiencia de lo sutil, de lo divino, haga meditación (la del testigo, o vispasana, o cristiana...) durante quince o más años y poco a poco se irá acercando a dicha experiencia.
Decir, como hacen muchos empiristas seguidores de Freud, que esta experiencia no es más que una esquizofrenia, provocada por los años de entrenamiento y disciplina, es negar de entrada toda posibilidad de que haya otras dimensiones distintas a las sensibles en el Kosmos, cosa muy similar a la actitud de Simplicio que negaba las afirmaciones que hacía Galileo, aduciendo razones y nunca comprobando los hechos. Y por otra parte, es difícil aceptar que un número muy elevado de personas se haya sometido a unas prácticas tan exigentes, como el zen, la meditación gnóstica... durante tantos años para experimentar una simple esquizofrenia.
Aún hay más, los practicantes de los ejercicios del camino místico han mostrado siempre una sensatez total en las cosas ordinarias de la vida, ¿Se pondrían de acuerdo medio centenar de esquizofrénicos simplemente para ir al lavabo? Por favor, antes de hablar de esquizofrenia, hagan la prueba; no digan que el pastel de chocolate no sabe a nada a la vez que se niegan a probarlo.
Esta visión de los tres ojos del conocimiento nos lleva, a la vez que se deduce, a la conclusión de que en el hombre existe una triple dimensión, sin separación, una triple dimensión que forma un nudo que es el hombre (vuelvo a recordar que la palabra hombre incluye tanto a la mujer como al varón, no se refiere sólo al varón, eso es un reduccionismo en el que ha caído nuestra cultura machista), un nudo formado por tres cuerdas, si faltan las cuerdas (aunque sea uno) no hay nudo, si no hay nudo no hay hombre.
Pero, durante siglos la mística cristiana ha estado influenciada por la visión bipartita del hombre. Y la experiencia mística se reducía a aquella a la que nos abre el tercer ojo. Con esta visión hemos de recurrir a una cosmología dualista de lo natural y lo sobrenatural, en la que la experiencia mística representaría un nivel superior, un nivel superior, al que se llegaría sólo por la gracia. Las consecuencias de esta dicotomía son visibles en nuestro mundo llamado cristiano, y en el de todos que han participado de esta visión, como el Islam, la más terrible ha sido las guerras de religión. Para evitar esto se ha querido recluir la mística al orden de lo privado, inoperante para la vida pública. Social y política. “La religión no debe meterse en política”. El místico sería un especialista en el terreno de lo “sobrenatural”.
Mas la religión no es una especialización, ni una institución. La experiencia mística transciende el mito del individualismo, que nos carcome en estos tiempos. No hay nudo, no hay hombre con una sola cuerda, ni siquiera con dos, son necesarias y siempre las tres. Y el hombre no es solo individuo sino también sociedad (somos seres culturales, necesitamos y somos las instituciones, la sociedad, incluso para aprender a pensar somos sociales...), como la Trinidad: No hay una substancia que supere las tres personas (como parece insinuar el monoteísmo, aunque calle en el cristianismo), ni hay tres (in Trinitate qui incipit numerare, incipit errare) lo que sería un triteísmo, sino pura relación.
Quiero terminar este escrito con unas palabras muy iluminadoras de R. Panikkar:
“”Si por experiencia mística entendemos la experiencia completa (de los tres ojos) se superan las dicotomías... que suponen un dualismo cosmológico sin caer en un monismo idealista que niega toda diversidad real...
esta experiencia holística no es meramente racional, sin ser por ello irracional... el ámbito racional no cubre toda la realidad y la experiencia mística lo “ve”. Esto quiere decir que no podemos reducir al hombre a “animal racional”. Ésta es la función del tercer ojo:la intuición de una realidad no asimilable por la razón, pero no en contradicción con ella...”
Thomas. S. Eliot, gran poeta angloestadounidense, que obtuvo el nobel de literatura en 1945, nos dice en uno de sus poemas de corte religioso:
“Dónde está la sabiduría que
hemos perdido con el conocimiento?
¿Y dónde está el conocimiento que
hemos perdido con la información?”
T.S. Eliot
En estos cuatro versos veo una antropología que habla de tres dimensiones en el hombre, en contra de la tan traída dualidad, o bipolaridad, (cuerpo y alma) con la que nos han aleccionado, educado e instruido durante siglos, desde la filosofía griega.
La sabiduría que nos habla de lo que en este desarrollo podemos llamar mística, o dimensión espiritual. El conocimiento que se refiere a la iluminación de la mente y que, siguiendo a Panikkar, podemos llamar noética, que es lo referente al alma. La información que nos habla del conocimiento sensible, lo estético (del griego aistheta = sensible) y que se refiere a la dimensión de los sentidos, lo referente al cuerpo.
Yo no conozco una elaboración sistemática de esta antropología de las tres dimensiones, trinitaria, pero sí que está muy desarrollada en el pensamiento de dos grandes pensadores de nuestros días, R. Panikkar y K. Wilber. A mí me ha parecido oportuno hacer una pequeña exposición de esta visión del hombre, que por otra parte no es exclusiva de ellos, sino que ya viene desde muchos siglos atrás, al menos desde el siglo XII con la escuela teológica de los canónigos de San Victor (Hugo y Ricardo) y posteriormente San Buenaventura, quienes nos hablan de los tres ojos del conocimiento (oculus carnis, cuyo objeto es lo sensible, o vestigium Dei que dice San Buenaventura, oculus mentis, cuyo objeto es el mundo de las ideas, las iluminaciones, la imago Dei de San Buenaventura, oculus fidei u ojo de la contemplación, cuyo objeto es la Esencia de Dios). Mas si nos acercamos a los místicos del Oriente, vemos que nos hablan del tercer ojo desde tiempos inmemoriales.
Lo que me ha impulsado a hacer esta reflexión, siempre siguiendo a esos dos grandes maestros a los que me he referido y me referiré en cada momento de este escrito, aunque no los vaya citando a cada momento, ha sido el impacto que un silencio social, que es ignorancia, me ha causado. Hace unos días hubo un eco muy pequeño en los medios de comunicación sobre el hecho de que se hiciera publicidad sobre el ateísmo en los transportes públicos de Barcelona, incluso llegó a haber una pequeña entrevista con las personas promotoras de la misma, pero de seguida todo ha pasado al cajón del más absoluto olvido. Algún grupo de confesión cristiana ha respondido en términos similares, haciendo publicidad de su teísmo, por cierto con un eslogan muy desafortunado, porque al fallar la ortografía de la frase, dice exactamente lo que no quiere decir, el eslogan dice así “Dios si existe, (en forma condicional) vive la vida en Cristo”, cuando lo que en verdad querrá decir será: “Dios sí existe, (pura afirmación) vive la vida en Cristo”. La dialéctica de estos grupos y el silencio social posterior me han provocado un profundo pesar interior, que me ha llevado a la reflexión que desarrollo ahora en este blog.
La visión bipolar del hombre ha invadido de tal manera nuestra cultura que ha llegado a inundar incluso la teología y algunos aspectos de la iluminación mística. Pero, es hora de ir percibiendo, más que meramente pensando, que el hombre es cuerpo, mente y espíritu (pneuma).
Es cuerpo, no meramente tiene. Esta interpretación de que tenemos un cuerpo responde a una inmersión a ciegas en la cultura de la bidimensionalidad (cuerpo y alma), influida por una espiritualidad escapista, propia de un catolicismo del siglo XVIII. El alma es inmortal y permanece, el cuerpo es mortal, no tiene importancia... nos han enseñado en los catecismos. El hombre es cuerpo, y si el cuerpo desaparece, lo hace también el hombre. Cualquier entidad no corpórea no es humana. Y el mundo que nos rodea, lo percibimos nosotros los hombres en función de lo que somos. Mucho nos puede hablar la acústica de que la música no es sino ondas que se transmiten por el aire y llegan a nuestros oídos, que nosotros como seres humanos no percibimos las ondas, sino la música, la armonía, el ritmo, la proporción, las escalas de los sonidos, los diversos tonos de los instrumentos... Y así con todas las experiencias sensibles (y no sensibles del hombre).
Pero, el hombre no sólo es cuerpo, sino que también es mente, psique (querer reducir la mente al cerebro, como hace el cientifismo, tan extendido, es un reduccionismo y un error categorial, según veremos), alma que percibe y experimenta en el más auténtico significado de esta palabra las dimensiones sutiles del Ser. De hecho nuestra tan cacareada ciencia, como empirismo puro, tiene muchísimo de mental, por ejemplo, las matemáticas que no son más que una elucubración (mental) sobre lo sensible (contamos unidades, medimos dimensiones o espacios). Así yendo a algo de lo más simple, la solución de cualquier teorema es un ejercicio mental, ejercicio que no pueden llevar a cabo los sentidos. Y la historia, la psicología y otras no son sino disciplinas que usan la mente y cuyos objetos no pueden ser estudiados nunca por los meros sentidos.
El hombre es cuerpo y es mente, como ya afirmaba Platón y muchísimos filósofos antes que él.
Mas no sólo esto, sino que el hombre es también espíritu, pneuma, apertura total hacia lo absoluto y es esta tercera dimensión la que es distintiva del hombre. En la visión bipartita del hombre se ha considerado la racionalidad como la característica distintiva del hombre por comparación a los animales, pero, quedarse en esto es mutilar al hombre, es condenarlo a ser un animal especial, mas, el hombre es conciencia que se hace consciente de sí misma, como nos enseña Theilard. El nivel y las enseñanzas de todos los místicos que ha habido en la historia de la Humanidad (desde los primitivos chamanes hasta las alturas de un Jesús de Nazaret, a quien resucitado se le adora como Cristo) así lo muestran. Y en buena medida será tema de reflexión en el presente escrito. El hombre es consciencia abierta sin límites, es amor que abraza lo Total, es espíritu también.
Así, pues, el hombre es tanto cuerpo, como psique o alma, como espíritu, amor o consciencia abierta. Y no es una sola dimensión sin las otras, sino las tres a la vez, sin separación entre ellas(salvo por la abstracción). Esta visión tripartita (trinitaria) de la antropología se va abriendo camino por las rutas culturales del mundo actual.
Hecha esta advertencia inicial, posiblemente estemos ya en condiciones de poder afirmar que esta triple dimensión que constituye al hombre es la base sobre la que descansa el triple conocimiento del hombre, el triple amor, pues el conocimiento que es tal, es a su vez indisolublemente amor, unión. Conocimiento es la iluminación que en el hombre, en su conciencia sensitiva, psicológica o espiritual produce la unión entre la realidad y la conciencia, esta unión es el amor y sin ella no puede haber auténtica iluminación, verdadero conocimiento. Estos amor y conocimiento llegan a su expresión más plena (por usar las palabras mentales, no tenemos otras) en el momento en que el espíritu se abre a la Esencia Divina y queda plenamente iluminado por el mundo de la transcendencia.
La definición clásica de la mística es: “Cognitio Dei experimentalis” Es el conocimiento que da la experiencia de Dios, y esta experiencia no es sino amor. Siendo Dios: Amor, la experiencia de Dios es la experiencia del Amor, que es la misma que nos da el conocimiento. Las adecuación entre el conocedor y el conocido, adecuación que llega hasta la identidad, de modo, que como muy bien saben los místicos, ya no hay conocedor y conocido , sino una sola realidad: la experiencia de la unión cognitiva.
Vayamos poco a poco.
Ya he dicho cuál ha sido el hecho que me ha provocado esta reflexión: La publicidad (creo que infantil por ambas partes) sobre la existencia, o no, de Dios. Y el pensar que la no existencia te da libertad para vivir la vida. Cuando una ligera y reposada lectura de los evangelios (o de cualquier otro libro que fundamente una religión) te dice bien a las claras: “que vivas la vida en libertad y plenitud” “que la plenitud y la libertad de la vida es AHORA”. Lean con la mente abierta los evangelios y luego opinen.
Pero, quiero llevar mi reflexión hacia el tercer ojo de los orientales o los tres ojos del conocimiento de los místicos cristianos, (los tres, no uno sin el otro).
Las afirmaciones a las que me he referido que hacen publicidad en contra o a favor de la existencia de “Dios” están basadas en un paradigma determinado, un paradigma que interpreta al hombre como animal racional, probablemente, o sea, como ser dual, bipartito. Paradigma, o modelo incuestionado, que está inoculando su interpretación desde los siglos remotos de la Grecia clásica.
Max Planck, premio nobel de física en 1918, afirma que los viejos paradigmas sólo mueren cuando lo hacen sus adeptos. Y si esta afirmación es muy acertada en lo referente a la física, no lo es menos cuando se refiere a otros tipos de conocimientos. El debate sobre la demostración racional de la existencia, o no, de un absoluto, es buena prueba de ello. Hay mucha gente aferrada al paradigma de la razón como única forma de conocimiento para todo aquello que se escape a los sentidos, al ojo de la carne. Abundar en las pruebas racionales, como hizo el mismo Tomás de Aquino, apoyado últimamente en Aristóteles (yo no oso criticar por mi cuenta a estos genios, sino que me apoyo en otros genios) para demostrar la existencia de Dios, es ser totalmente deudor de este paradigma racionalista, que imperó dictatorialmente en toda forma de cultura de la Edad Media. La fe, que era en la inmensa mayoría creencia, venía impuesta e indiscutida, y a ella se aplicaba la razón para todo. Se trataba de un sistema racionalista.
En nuestros días no se descubre, sino que se retoma un viejo paradigma abandonado, en el que el hombre se propone como un ser tripartito, con una triple dimensión real que hace que tanto en el conocimiento, como el amor, como el sentimiento... tenga un triple cauce. Y todo sin dejar de ser uno. Se trata de un paradigma transcendente o integral, que no excluye nada, sino que todo lo asume y superándolo lo trasciende.
Los tres ojos (carnis, mentis, fidei), que hemos citado de algunos autores místicos del medievo, se corresponden con los tres dominios del ser que destaca la filosofía perenne: el dominio ordinario (el de la vigilia), el sutil (propio de muchos místicos) y el causal (que se da en los más elevados como Buda, Jesús de Nazaret -al margen de, no negando, lo que diga la fe cristiana-...).
El ojo de la carne tiene su dominio en el reino del espacio, del tiempo de la materia. Se trata de un reino compartido por todos aquellos que poseen un ojo de la carne similar (mamíferos y animales superiores). Es el llamado ojo empírico. Hemos de advertir que la palabra empírico, empleada en este término, está muy reducida en su significación original. Empírico significa experiencial, pero aquí se limita a experiencia sensorial, no a cualquier otro tipo de experiencia.
El ojo de la mente, o de la razón, al que Buenaventura llama lumen interius, es el que se desenvuelve en el dominio de los conceptos, de la lógica, las matemáticas, el mundo de la ideas.
Como ya hemos venido repitiendo ni el conocimiento, ni la estructura antropológica del hombre se dan en tres dimensiones separadas en la realidad (no hay más separación que la de la abstracción). Por ello, el conocimiento mental no se da sin el carnal, sino que asumiendo a éste lo transforma y eleva, utilizando la imagen visual de un objeto para convertirla en concepto y poder así, como dice Piaget, el genial suizo, creador de la epistemología genética (la mente operacional formal), trabajar sobre los objetos sin tenerlos presentes. Por ejemplo, la mente puede trabajar con los árboles sin tenerlos presente, ni siquiera a uno, gracias al concepto que ha elaborado del árbol. El ojo de la mente recoge gran parte de su “información” del ojo de la carne, pero, no todo lo que elabora es sensible, como sucede en las llamadas ciencias humanas: lógica, psicología, historia, hermenéutica... y también en las matemáticas, la ciencia exacta.
Una cosa tan sencilla en matemáticas (geometría) como es la demostración del teorema de Pitágoras (o cualquier teorema) nunca puede ser fruto del ojo de la carne, de los sentidos. Pese a las demostraciones que algunos primatólogos nos hacen de las habilidades y conocimientos de los primates más avanzados, no pueden mostrarnos que elaboren ni un solo concepto, no digamos que ¡Escriban El Quijote!
Es un hecho incontestable “que nosotros no solo vemos con nuestros ojos, sino también con nuestra mente” ¿Cómo si no podríamos concluir la certeza de una idea?
El ojo de la razón supera el ojo de la carne, el ojo sensible, y no puede originarse (a la inversa él es el originante) en él por esa misma trascendencia. Pero hay un tercer ojo, del que tenemos pequeñas experiencias muchos humanos, algunos una gran experiencia (Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Eckhart, Buenaventura, Catalina de Siena, Fray Luis de León, Ramana Maharsi, Gandhi, Teresa de Calcuta, Buda, Mahoma... y no digamos Jesús de Nazaret -antes de su resurrección-). Experiencia que se ha ido acumulando en la historia de los hombres, empezando por los grandes chamanes y terminando por los místicos de nuestros días, y que se añade a nuestra pequeña experiencia personal, si es que hemos dedicado a la meditación y contemplación muchos años en nuestra vida, para mostrar la clara evidencia de que existe un tercer ojo, una tercera forma de conocimiento y amor. La del llamado oculus fidei por los victorinos, el lumen superius por Buenaventura, el tercer ojo por los orientales, el ojo de la contemplación o gnosis. Dicha gnosis transciende el reino de lo mental y por lo tanto el de los sentidos y su dominio es lo Inmutable, la Realidad, la Verdad, la Conciencia, el Absoluto... la Totalidad.
Aportar en estos momentos una cita del genio científico de Einstein puede que nos ayude a iluminar algo más nuestro ser, inmerso en una cultura, en un paradigma que niega la existencia de cualquier tipo de conocimiento que trascienda la razón.
“La mística es la emoción más hermosa que podemos experimentar. La mística es el fundamento mismo de todo arte y de toda ciencia verdadera. Quien desconoce esta emoción... está muerto. El conocimiento de lo que nos resulta impenetrable -lo que con nuestras torpes facultades sólo podemos comprender de un modo muy rutinario- realmente existe, se manifiesta como la más elevada de las sabidurías y la más resplandeciente de las bellezas y constituye el fundamento mismo de la auténtica religiosidad.” (citado por Wilber)
El ojo de la contemplación es transracional (no irracional) y la intuición transracional no tiene nada que ver con la investigación filosófica, ni con la intuición que procede “solo de la luz de la razón” como pretendía Descartes, sino que es un verdadero camino de conocimiento de la dimensión transracional del Kosmos.
La afirmación cartesiana es mutiladora para el conocimiento humano. Es evidente que la razón no puede desvelar ella sola las dimensiones sensibles (así nos habla de vibraciones en lugar de la música que nos embelesa) y contemplativas (no puede demostrar la existencia de lo que le excede, por ejemplo, Dios, ni tampoco negarla). Cuando la razón se atribuye a sí misma estas funciones está cometiendo un grave error categorial. Pero, eso sí, recibidos los datos de los ojos propios de la otras dos dimensiones, puede razonar sobre ellos.
Mas cuando la elaboración se haga sobre los datos de la contemplación, se ha de tener en cuenta que el lenguaje verbal, el único de la racionalidad, es totalmente inadecuado para expresar lo transverbal, que el lenguaje dual , el único de la racionalidad, es inapropiado para expresar lo no-dual... y que por ello todas las elaboraciones mentales sobre las experiencias transmentales o contemplativas han de utilizar un lenguaje oximorónico, o paradójico, en el que lo afirmativo y lo negativo pueden darse a la vez y en el mismo sentido sobre esa Realidad que transciende y por tanto transciende también la dualidad en la que nuestra razón está inmersa. Por esta causa los místicos nos están refiriendo siempre al apofatismo.
Errores categoriales los ha habido y en abundancia en la historia. El error categorial se da cuando un ojo, un instrumento de conocimiento se inmiscuye en una dimensión que no es su objeto y quiere dictaminar sobre ella. En la edad media el ojo de la razón, fue una época profundamente racionalista, quiso dictaminar sobre todo lo conocido y cognoscible. Partiendo de unas premisas, que eran creencias (no fe, salvo en los casos de muy contados sujetos), disertaban sobre todo lo real, sobre lo racional y sobre lo sensible. Así apoyándose en una visión que, juzgaban, era Revelación, determinaban que el mundo fue creado en seis días, cuando el ojo de la contemplación no nos dice más que el mundo de lo manifestado es una manifestación evolutiva del mundo No Manifestado, y esto lo expresa de forma poética. Los ejemplos en este sentido son innumerables. Se creó en esta época toda una doctrina teórica y una moral, utilizando sólo la razón, se creó una antropología, una psicología, una moral sexual, etc... de la misma manera que se determinaba por “fe” (pues lo “dice la Biblia”) que el Sol gira alrededor de la Tierra. Y lo terrible es que el ojo de la contemplación brillaba por su ausencia en la institución que había tomado el poder religioso, y con ello el poder decidir lo que era verdadero o falso tanto en el mundo sensible, como en el mental y el contemplativo.
Hasta que llegó el modernismo. Con Kant, hombre de profunda fe, se separó la fe de la razón, su doctrina queda claramente expuesta en el libro “Crítica de la Razón pura”. Con él se desligó el campo de la fe, el contemplativo, del de la mente o razón. Con Galileo y Kepler, pese a la tremenda persecución que tuvieron que sufrir. Aprendimos a separar lo sensible de los otros mundos. Nos enseñaron que el método de conocimiento con lo sensible es la medición y no la catalogación, como se pensaba desde Aristóteles. Y con todo ello la misma Biblia quedó reducida a su mundo, al mundo de lo contemplativo.
El problema del Modernismo es que se pasó en la línea de separación de las tres dimensiones y de afirmar la separación de lo transcendente, pasó a afirmar su inexistencia. Con ello vino a caer en el error categorial contrario al del medievo, aplicó el ojo sensible, y a lo más el de la razón, como único criterio de verdad, por lo que concluyó que cuanto no caía en el dominio de los sensible o razonable, no existía. De un plumazo borró toda la transcendencia, que tanto había aportado a la humanidad a lo largo de la historia.
Este es el error categorial del cientifismo, que nos invade aún en nuestros medios culturales (universidades, libros, conferencias, prensa, televisión...), aunque en buena medida va retrocediendo. Y es en este error categorial en el que se sitúan los autodenominados “ateos” (que han hecho es publicidad tan falta de visión). Por supuesto que Dios no es demostrable por la razón, pues pese a las famosas cinco vías de Santo Tomás y las miríadas que le han seguido en esto, Dios no es objeto que caiga dentro de la dimensión de la razón, sino de la contemplación, de la fe (que no puede ser confundida con la creencia, que también es fruto de la razón). Por esta razón la publicidad contraria cae en el mismo error, Dios no es objeto de creencia, sino de fe, de experiencia íntima, directa a la que se llega tras mucho tiempo de ejercitar el ojo de la contemplación. Por descontado que dicha experiencia ha de ser cotejada con la de muchos otros que siguiendo el mismo camino de adiestramiento del ojo de la contemplación hayan llegado a experiencias similares, de igual manera que los que hace ya muchos años (y hoy también) llegaron a la experiencia de ver las células por medio del microscopio tuvieron que cotejar sus datos con otros que habían hecho lo mismo. Los tres ojos han de ser adiestrados para que puedan ver en sus propias dimensiones. Si la mente no tiene ninguna formación matemática, nunca podrá entender el teorema de Pitágoras. Y no por ello es teorema es falso.
Con respecto a la diferencia entre creencia y fe, ya he escrito suficientemente en este blog, pero traigo a colación unas palabras que Daniel Meurois pone en boca de María Magdalena:
“He experimentado en mí misma los efectos del riesgo y del movimiento en cada paso que he decidido dar... porque soy un testigo vivo de lo que Él encarna. He puesto mis huellas dentro de las suyas y me he sentido libre por el mero hecho de no haber imitado su actitud, sino de haber descubierto su esencia...
Y ¡no es una cuestión de creencias!... la creencia es una fuerza ciega; suele reposar en la simple confianza ingenua, a aveces en lo arbitrario... crea fanáticos... Yo te hablo de fe porque la fe es una certeza, un conocimiento directo y fuera del tiempo de Aquello que es.
... Es como un soplo que ningún muro ni ninguna prisión podría contener, ni siquiera frenar. Os sitúa en el Espíritu del Maestro, en ese espacio que ninguna palabra podría describir... Ahí es donde se redescubre el sentido del Amor... Ahí es, finalmente, donde el “siempre” se confunde con el “ahora”.
Estas palabras, que según Meurois, pronunció en verdad la Magdalena, tienen todas las cualidades que orlan nuestro pensamiento discursivo, cuando habla de la experiencia contemplativa. Se trata de una experiencia que va más allá de la razón, pero a su vez, puede ser expresada muy imperfectamente con palabras, palabras que pueden facilitar unos indicadores, unos signos o señales que nos dicen por dónde hay que ir para llegar a la experiencia. Y no podemos extrañarnos de que esto sea así, pues las expresión verbal que está sobre lo sensible es incapaz de expresar el sabor de una tarta de chocolate, por ejemplo. Nos dirá sabe a chocolate, con lo que no nos ha dicho nada, si nosotros no hemos probado antes el chocolate. Lo único válido que puede hacer la palabra es darnos la receta (mostrar el camino a andar) para hacer la tarta, una vez hecha, la probamos y sabemos cuál es su sabor. Si usted quiere tener una experiencia de lo sutil, de lo divino, haga meditación (la del testigo, o vispasana, o cristiana...) durante quince o más años y poco a poco se irá acercando a dicha experiencia.
Decir, como hacen muchos empiristas seguidores de Freud, que esta experiencia no es más que una esquizofrenia, provocada por los años de entrenamiento y disciplina, es negar de entrada toda posibilidad de que haya otras dimensiones distintas a las sensibles en el Kosmos, cosa muy similar a la actitud de Simplicio que negaba las afirmaciones que hacía Galileo, aduciendo razones y nunca comprobando los hechos. Y por otra parte, es difícil aceptar que un número muy elevado de personas se haya sometido a unas prácticas tan exigentes, como el zen, la meditación gnóstica... durante tantos años para experimentar una simple esquizofrenia.
Aún hay más, los practicantes de los ejercicios del camino místico han mostrado siempre una sensatez total en las cosas ordinarias de la vida, ¿Se pondrían de acuerdo medio centenar de esquizofrénicos simplemente para ir al lavabo? Por favor, antes de hablar de esquizofrenia, hagan la prueba; no digan que el pastel de chocolate no sabe a nada a la vez que se niegan a probarlo.
Esta visión de los tres ojos del conocimiento nos lleva, a la vez que se deduce, a la conclusión de que en el hombre existe una triple dimensión, sin separación, una triple dimensión que forma un nudo que es el hombre (vuelvo a recordar que la palabra hombre incluye tanto a la mujer como al varón, no se refiere sólo al varón, eso es un reduccionismo en el que ha caído nuestra cultura machista), un nudo formado por tres cuerdas, si faltan las cuerdas (aunque sea uno) no hay nudo, si no hay nudo no hay hombre.
Pero, durante siglos la mística cristiana ha estado influenciada por la visión bipartita del hombre. Y la experiencia mística se reducía a aquella a la que nos abre el tercer ojo. Con esta visión hemos de recurrir a una cosmología dualista de lo natural y lo sobrenatural, en la que la experiencia mística representaría un nivel superior, un nivel superior, al que se llegaría sólo por la gracia. Las consecuencias de esta dicotomía son visibles en nuestro mundo llamado cristiano, y en el de todos que han participado de esta visión, como el Islam, la más terrible ha sido las guerras de religión. Para evitar esto se ha querido recluir la mística al orden de lo privado, inoperante para la vida pública. Social y política. “La religión no debe meterse en política”. El místico sería un especialista en el terreno de lo “sobrenatural”.
Mas la religión no es una especialización, ni una institución. La experiencia mística transciende el mito del individualismo, que nos carcome en estos tiempos. No hay nudo, no hay hombre con una sola cuerda, ni siquiera con dos, son necesarias y siempre las tres. Y el hombre no es solo individuo sino también sociedad (somos seres culturales, necesitamos y somos las instituciones, la sociedad, incluso para aprender a pensar somos sociales...), como la Trinidad: No hay una substancia que supere las tres personas (como parece insinuar el monoteísmo, aunque calle en el cristianismo), ni hay tres (in Trinitate qui incipit numerare, incipit errare) lo que sería un triteísmo, sino pura relación.
Quiero terminar este escrito con unas palabras muy iluminadoras de R. Panikkar:
“”Si por experiencia mística entendemos la experiencia completa (de los tres ojos) se superan las dicotomías... que suponen un dualismo cosmológico sin caer en un monismo idealista que niega toda diversidad real...
esta experiencia holística no es meramente racional, sin ser por ello irracional... el ámbito racional no cubre toda la realidad y la experiencia mística lo “ve”. Esto quiere decir que no podemos reducir al hombre a “animal racional”. Ésta es la función del tercer ojo:la intuición de una realidad no asimilable por la razón, pero no en contradicción con ella...”
sábado, 27 de diciembre de 2008
Espiritualidad y compromiso social
Espiritualidad y compromiso social
Primero: Ideas generales
Ya en otro escrito de este blog me he planteado el problema del compromiso político en un artículo titulado: “El dualismo en la política”. Ahora, sin olvidarnos de que todo compromiso político es social y viceversa, quiero enfocar el compromiso social, no porque no sea político, sino porque puede ser político no-oficial. Compromiso que entiendo que está en las mismas raíces de la espiritualidad, aunque su apariencia, su realización pueda ser multiforme.
Es cierto que la experiencia mística, o espiritual, puede aparecer como algo muy egoísta, parece que los místicos han estado en la historia muy alejados del compromiso tanto político, como social. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad...
“Había una vez un maestro japonés que daba la vuelta a su monasterio de vez en cuando. Un día se encuentra con el cocinero que le dice:
- Maestro, yo soy comunista, por consiguiente pienso en los demás y, cuando cocino, pienso en nuestros monjes y les preparo buenos alimentos... -.
Otro día se arma de valor y le pregunta:
-Maestro, ¿En quién o en qué piensa todo el día?-
-¡Oh!, responde el maestro, sólo pienso en mí mismo...-
El cocinero se quedó asustado. ¿Qué quiere decir -todo el día estoy pensando en mí mismo-?”
Analizaremos esta anécdota, contada por Dürckheim, un poco más adelante, porque está cargada de sentido y a su vez de verdadero compromiso social. Pero antes, quiero recordar dos principios básicos en los que se basan todos los místicos, empezando por Jesús de Nazaret, que fue la epítome (resumen y compendio) de toda mística, hasta ser, creemos los cristianos (lo cual no es óbice para que en toda forma espiritual aparezca la Trinidad), idéntico y distinto a la vez al Padre (no son uno -el Hijo no es el Padre -, ni dos – no son dos dioses -, sino no-dos).
El lema que se planteaban las órdenes mendicantes en el Medievo era: “contemplare et contemplata aliis tradere”.
No podemos dejar sin mencionar los votos del bodhisatva (persona que ha alcanzado la iluminación, la liberación y que queda libre de la obligación de reencarnarse, según el budismo mahayana).
“Sin importar cuán innumerables son los seres vivos, voto por su salvación.
Sin importar cuán inextinguible es la corrupción, voto por su fin.
Sin importar cuán inconmensurables son las tragedias, voto por vencerlas.
Sin importar cuán incomparable es la iluminación, voto por alcanzarla.”
y que pese a ello, opta por reencarnarse de nuevo para a ayudar a “sus hermanos” (a sí mismos), los hombres a alcanzar el estado de plenitud, la salvación que decimos en el lenguaje cristiano. El bodhisatva no se queda en el cielo (que tiene merecido, diríamos rememorando un catecismo de nuestra ya muy lejana infancia), sino que vuelve a la tierra para seguir señalando a los demás el camino de retorno a la Casa del Padre, o sea, para enseñar, señalando, que no hemos salido de ella.
Y por supuesto, todo el mensaje de Jesús, resumido, quizás, en estas palabras del sermón que Juan relata en la última cena:
...”que sean todos unos, como tú, Padre, estás conmigo y yo contigo...”(El descubrimiento de la Unidad Esencial).
O la parábola del Buen Samaritano, que expresa la realidad del verdadero amor a los “enemigos”. En el mensaje del Nazareno no puede haber enemigos “amad a vuestros enemigos...”,porque la exigencia del amor es tal que se ha de amar al otro (sea quien sea) como a uno mismo (que es). Jesús vivió intensamente la unidad esencial de todo cuanto es y sobre todo la de los hombres.
La espiritualidad no es una actitud de cerrazón en sí mismo, en el ego, sino una apertura universal al Yo, no es un aislamiento que corte la comunicación con toda la realidad mundana y humana, sino comunión total y absoluta con el Ser, partiendo de la misma raíz, viviendo de una forma u otra (esencial, desde dar de comer hasta la enseñanza en el Silencio) el Misterio insondable de la Comunión de los Santos, para lo cual es necesaria en muchos momentos un profunda soledad, como canta Juan de la Cruz. Cualquier actitud egoísta, ombliguista rompe toda posibilidad de espiritualidad. El ego es destruido y así no aparece más que el YO_TÚ, TÚ-YO, en identidad, sin posible separación, que no es más que apariencia espacio-temporal.
Segundo: Espiritualidad cristiana y compromiso social
Es frecuente entre las personas de buena fe el que se planteen la siguiente pregunta: “¿No son egoístas las personas que meditan y toman el camino interior, que se pasan todo el día pensando en sí mismos?” Hay un gran malentendido en esto. El místico no se adentra en su yo existencial, sino en el Esencial, lo que busca es anclarse en el Ser (Dios, Cristo...), lo cual exige que se trabaje sobre su inconsciente, sobre sí mismo. No sobre los demás. Y la finalidad de ocuparse de sí mismo no es otra que la de abrirse a la Realidad Total, que es el fondo de nuestro ser y que no es sino Amor Universal. A partir de aquí el compromiso social no es más que consecuencia necesaria del descubrimiento del Ser en uno mismo, que es descubrimiento del Ser en todo cuanto es. El trabajo espiritual sobre sí mismo es lo contrario del ombliguismo.
Quizás el distinguir los distintos niveles del “yo”, pueda ayudarnos a ver esto con más claridad.
Se podría decir que el hombre evoluciona a través de tres clases de “yo”, nos dice Dürckheim,:
- el “pequeño yo”, que no va más allá del poder, la seguridad, el prestigio, el saber, el dinero...
el “yo existencial” que va mucho más allá, es el yo que quiere dedicarse a una causa, a una obra, a una comunidad, a una persona..., sabe superar muy bien el egocentrismo.
Y finalmente, el “yo esencial”, que es el núcleo con el que el hombre participa en la realidad sobrenatural del Espíritu divino universal. Es lo absoluto que hay en el hombre, la fuente de su libertad de persona, en la que expresa lo Divino en su forma individual y particular dentro del mundo espacio-temporal.
Toda esta experiencia mística no es sino la expresada en el Nuevo Testamento.
Pablo nos dice: “No soy yo, sino Cristo quien vive en mí” y esta experiencia de Cristo que vive en nosotros es como la de la “vid y los sarmientos”
Cristo está invitando al hombre a salir de los límites de su yo existencial y a zambullirse en su yo esencial, su verdadero y auténtico yo, que le llevará a encontrarse con el mismo Cristo, con el Padre, con el prójimo en su sentido más pleno y su extensión más total.
El pobre cocinero del convento no podía comprender la actitud del monje. No se trata de ombliguismo, sino de un camino de autenticidad sin reservas, el que recorre el místico o espiritual. No abandona al prójimo a su suerte, sino que lo asume en el Amor y lo integra en la recapitulación de todo el Kosmos en Cristo Jesús (expresado en la cultura propia del místico o espiritual). Y se comienza por dar de comer al que no tiene, o enseñar al que no sabe, o escuchar al que necesita ser oído...
Cristo es la Realidad en la que nos sentimos vivos y seguros, en la que descubrimos el Amor. Evidentemente, esto no quita nada a lo que cree el que “no tiene aún oídos para oír”. Sin el oído interior estamos limitados a creer en nuestro desarrollo espiritual (hay muchas personas dedicadas al prójimo en estas condiciones, y son de alabar. Por supuesto, entre estar viviendo en el yo existencial o en el pequeño yo, el abismo es inmenso), hasta el día en que se atraviesa ese límite y nos encontramos de pronto en otro plano, el de la transcendencia, en el que todo es Amor y sólo Amor, y la dedicación al prójimo es sólo eso: el Amor esencial (el yo esencial) realizado
En estos momentos de mi escrito no puedo olvidarme de la magnífica reflexión de Teresa de Calcuta:
Fruto del silencio es la oración.
Fruto de la oración es la fe.
Fruto de la fe es el amor.
Fruto del amor es el servicio.
Fruto del servicio es la paz.
El místico (sea quien sea) no sólo da de comer, de beber, enseña, acompaña, viste, escucha... sino que en todo ello va regalando la Paz, esa que Jesús vino a darnos. “Mi paz os dejo, mi paz os doy.” Va regalando en su actitud la Comunión con la esencia, pues no sólo de pan vive el hombre. Paz y Comunión que los grandes místicos axiales de la humanidad igualmente nos legaron.
La comunidad humana, y como parte de ella la comunidad cristiana y el creyente dentro de ella, no sólo celebran la vida que viven con múltiples formas ritos, fiestas y liturgias, sino que la aportan a la sociedad humana, a la historia. Tienen la misión de luchar por la transformación de la sociedad, por la superación de todo aquello que aliene al hombre a fin de que el Reino sea un hecho en la historia. En la doble dimensión de celebración y compromiso se realiza la comunidad cristiana y toda comunidad desde el comienzo. En realidad, pienso que la comunidad cristiana no es sino la misma comunidad humana que busca (una forma de hablar muy inexacta) sus raíces y las encuentra en el Misterio del Cristo, que siendo Jesús, no se agota en él.
Hablar de ética cristiana no puede ser más que hablar del compromiso creyente, de la lucha por la realización de los valores del Reino. Los otros valores éticos, los fundamentalmente humanos, expresados en el decálogo y en otras leyes primordiales de la misma conciencia del hombre, son presupuestos morales básicos y necesarios sobre los que hay que construir los valores del Reino. Quedarse en una moralidad del decálogo es necesario para la salvación, pero es no llegar a lo humano-cristiano. Mateo nos cuenta que el joven rico cumplía la ley, cosa que le bastaba para salvarse, Jesús reconoce la suficiencia de este cumplimiento ético-religioso para conseguir la salvación, "si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" 19,17, pero le propone:
"Si quieres ser un hombre logrado, vete a vender
lo que tienes y dalo a los pobres, que Dios será
tu riqueza, y anda, sígueme a mí." (Mt 19,21)
Para ser “hombre logrado (auténtico, pleno)” no basta con el mínimo ético-religioso, sino que se ha de realizar lo humano (individual y social; corporal, mental y espiritual) hasta sus últimas consecuencias, que es lo propio del seguimiento de Jesús, el Amor esencial. “Amaos unos a otros como yo os he amado” insiste Jesús en su despedida, esto es, sed uno entre vosotros como yo lo soy con todos.
Una breve reflexión sobre la espiritualidad o el espíritu contemplativo
La contemplación no pospone los valores de la vida para otra vida, sino que los vive ya en esta. Y en esto precisamente radica el espíritu contemplativo. Espiritual es el que vive una antropología integral, en la que el cuerpo no es inferior ni a la mente, ni al espíritu, sino que es la triple realidad corporal, mental o intelectual y espiritual o contemplativa la que constituye el hombre. Nunca una sin la otra. Por desgracia, el cristianismo en los siglos pasados pecó de proyección hacia otra vida tras la muerte, en ella el hombre no sería tal, no sería cuerpo. Y lo curioso es que el misterio radical del cristianismo es la resurrección, en la que el cuerpo sin dejan de ser tal cuerpo alcanza la plenitud de Vida. Resucitar no es posponer los valores de la vida para la ¿otra vida?, sino la transformación radical del todo el Hombre en el Amor, la transformación en Eternidad, lo que muchas veces ha sido llamado salvación (el alma que se salva), cuando realmente se habría debido llamar Salvación (la Eternidad vivida ya en el tiempo y en la triple dimensión del Hombre). Esto comporta en su misma esencia una actitud de entrega total e incondicionada al otro, a los otros y al Todo, sea cual sea la forma de manifestación en el tiempo de dicha entrega.
No traslada nada para el futuro temporal, la realidad que está ya entre nosotros. Por ello, lo realmente válido para el contemplativo o espiritual es el Presente, que es lo Eterno vivido en el tiempo. Vive la efusión de Vida ya ahora para todos y para todo, pues todo es puro presente, pura eternidad. Y precisamente porque vive ese Presente, es consciente de que los hombres somos el Hombre, de que toda la creación no es sino Kosmos, una sola Realidad a la que las distintas culturas y religiones han puesto muchos nombres y a la que los humanos nos hemos acercado desde muy diversas posturas, por muy variados caminos (desde el teísmo hasta el ateísmo, pasando por las muy diversas formas de religión, de ciencias, creencias o actitudes). Todo no es sino Conciencia manifestada en múltiples formas y variedades. El místico sabe que, como él mismo, todo es Conciencia o Espíritu manifestándose en el tiempo, que todo ha de ser servido, ha de ser amado.
No acepta el trabajo para ganar dinero. Puede parecer imposible que en esta sociedad, en la que el dinero es la razón última de la vida para muchísimas personas, no se trabaje para ganar dinero, pero, aquel que es consciente de quién es, no tiene otra preocupación que la de Ser, y la de que todos y todo sean, tanto en la material, como en lo intelectual, como en lo contemplativo. Buscad, nos dice Jesús, el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura. El espiritual encuentra su seguridad en el Amor, en el Servicio.
La dimensión mística se aboca a una antropología que no está basada en el triunfo personal, en el triunfo de un hombre sobre el otro, de modo que las víctimas sean necesarias, para el triunfo de algunos pocos, sino en la unidad radical de todo cuanto existe. Y por tanto, la dedicación especial para con aquellos (personas, animales, cosas) que han sido víctimas de esa terrible antropología basada en el triunfo (material, económico, militar, intelectual...) de un hombre sobre otro o sobre los animales o cosas. Es una antropología, esta la del triunfo, que hunde sus raíces en la visión de la selección natural de la evolución de las especies. (No niego en modo alguna las raíces científicas que tiene la evolución, ni la niego. Simplemente no estoy de acuerdo con la visión de la selección del más fuerte. Algo que niegan con mucha razón, a mi parecer, muchos evolucionistas). El místico sabe que el triunfo no es el premio al más fuerte, que deja en la cuneta a todos los demás, sino que es la meta a la que estamos llamados todos. Triunfo que se llama salvación, resurrección, iluminación, satori...
Y que aquí en el tiempo, o mejor, en la tempiternidad el servicio es el camino (por decirlo de alguna manera) que hace que el tiempo deje de ser para todos y sea Eternidad.
Algo que en cierto modo intenta comunicar el presente poema.
TEMPITERNO
(Palabra creada por R. Panikkar para expresar la eternidad vivida en el tiempo)
Enquistadas las conciencias,
deshilachada la red,
rotas muchas fibras de comunión con la Vida...,
vivimos desolados buscando puntos de apoyo.
Vivimos en la ignorancia, que rompe la sangre...
Enredados en el tiempo, perdemos la PAZ.
La Alegría, allende el tiempo, se multiplica,
y una permanece
en la red de comunión, que los espacios rompe.
Entre tanto, los hombres buscan,
buscan fuera y no encuentran,
buscan dentro y no oyen el Silencio,
buscan en la ciencia y no entienden,
se apoyan en creencias y no ven.
Y la Bondad, allende el tiempo, se multiplica,
y una permanece
en la red de comunión, que los espacios rompe.
Fuera del tiempo estando en el tiempo,
en un espacio que no es lugar,
la Verdad se hace cuerpo de carne que penetra el alma
anidando, eterna, en el corazón del Hombre,
de todo hombre, de todo ser.
Para que los hombres dejemos de buscar
y descansemos en la PAZ,
que es Alegría,
que es Bondad,
que es Verdad
que es Servicio
que es el Eterno Don que nos sostiene,
nos asume y nos transforma,
recreando nuestros orígenes.
Primero: Ideas generales
Ya en otro escrito de este blog me he planteado el problema del compromiso político en un artículo titulado: “El dualismo en la política”. Ahora, sin olvidarnos de que todo compromiso político es social y viceversa, quiero enfocar el compromiso social, no porque no sea político, sino porque puede ser político no-oficial. Compromiso que entiendo que está en las mismas raíces de la espiritualidad, aunque su apariencia, su realización pueda ser multiforme.
Es cierto que la experiencia mística, o espiritual, puede aparecer como algo muy egoísta, parece que los místicos han estado en la historia muy alejados del compromiso tanto político, como social. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad...
“Había una vez un maestro japonés que daba la vuelta a su monasterio de vez en cuando. Un día se encuentra con el cocinero que le dice:
- Maestro, yo soy comunista, por consiguiente pienso en los demás y, cuando cocino, pienso en nuestros monjes y les preparo buenos alimentos... -.
Otro día se arma de valor y le pregunta:
-Maestro, ¿En quién o en qué piensa todo el día?-
-¡Oh!, responde el maestro, sólo pienso en mí mismo...-
El cocinero se quedó asustado. ¿Qué quiere decir -todo el día estoy pensando en mí mismo-?”
Analizaremos esta anécdota, contada por Dürckheim, un poco más adelante, porque está cargada de sentido y a su vez de verdadero compromiso social. Pero antes, quiero recordar dos principios básicos en los que se basan todos los místicos, empezando por Jesús de Nazaret, que fue la epítome (resumen y compendio) de toda mística, hasta ser, creemos los cristianos (lo cual no es óbice para que en toda forma espiritual aparezca la Trinidad), idéntico y distinto a la vez al Padre (no son uno -el Hijo no es el Padre -, ni dos – no son dos dioses -, sino no-dos).
El lema que se planteaban las órdenes mendicantes en el Medievo era: “contemplare et contemplata aliis tradere”.
No podemos dejar sin mencionar los votos del bodhisatva (persona que ha alcanzado la iluminación, la liberación y que queda libre de la obligación de reencarnarse, según el budismo mahayana).
“Sin importar cuán innumerables son los seres vivos, voto por su salvación.
Sin importar cuán inextinguible es la corrupción, voto por su fin.
Sin importar cuán inconmensurables son las tragedias, voto por vencerlas.
Sin importar cuán incomparable es la iluminación, voto por alcanzarla.”
y que pese a ello, opta por reencarnarse de nuevo para a ayudar a “sus hermanos” (a sí mismos), los hombres a alcanzar el estado de plenitud, la salvación que decimos en el lenguaje cristiano. El bodhisatva no se queda en el cielo (que tiene merecido, diríamos rememorando un catecismo de nuestra ya muy lejana infancia), sino que vuelve a la tierra para seguir señalando a los demás el camino de retorno a la Casa del Padre, o sea, para enseñar, señalando, que no hemos salido de ella.
Y por supuesto, todo el mensaje de Jesús, resumido, quizás, en estas palabras del sermón que Juan relata en la última cena:
...”que sean todos unos, como tú, Padre, estás conmigo y yo contigo...”(El descubrimiento de la Unidad Esencial).
O la parábola del Buen Samaritano, que expresa la realidad del verdadero amor a los “enemigos”. En el mensaje del Nazareno no puede haber enemigos “amad a vuestros enemigos...”,porque la exigencia del amor es tal que se ha de amar al otro (sea quien sea) como a uno mismo (que es). Jesús vivió intensamente la unidad esencial de todo cuanto es y sobre todo la de los hombres.
La espiritualidad no es una actitud de cerrazón en sí mismo, en el ego, sino una apertura universal al Yo, no es un aislamiento que corte la comunicación con toda la realidad mundana y humana, sino comunión total y absoluta con el Ser, partiendo de la misma raíz, viviendo de una forma u otra (esencial, desde dar de comer hasta la enseñanza en el Silencio) el Misterio insondable de la Comunión de los Santos, para lo cual es necesaria en muchos momentos un profunda soledad, como canta Juan de la Cruz. Cualquier actitud egoísta, ombliguista rompe toda posibilidad de espiritualidad. El ego es destruido y así no aparece más que el YO_TÚ, TÚ-YO, en identidad, sin posible separación, que no es más que apariencia espacio-temporal.
Segundo: Espiritualidad cristiana y compromiso social
Es frecuente entre las personas de buena fe el que se planteen la siguiente pregunta: “¿No son egoístas las personas que meditan y toman el camino interior, que se pasan todo el día pensando en sí mismos?” Hay un gran malentendido en esto. El místico no se adentra en su yo existencial, sino en el Esencial, lo que busca es anclarse en el Ser (Dios, Cristo...), lo cual exige que se trabaje sobre su inconsciente, sobre sí mismo. No sobre los demás. Y la finalidad de ocuparse de sí mismo no es otra que la de abrirse a la Realidad Total, que es el fondo de nuestro ser y que no es sino Amor Universal. A partir de aquí el compromiso social no es más que consecuencia necesaria del descubrimiento del Ser en uno mismo, que es descubrimiento del Ser en todo cuanto es. El trabajo espiritual sobre sí mismo es lo contrario del ombliguismo.
Quizás el distinguir los distintos niveles del “yo”, pueda ayudarnos a ver esto con más claridad.
Se podría decir que el hombre evoluciona a través de tres clases de “yo”, nos dice Dürckheim,:
- el “pequeño yo”, que no va más allá del poder, la seguridad, el prestigio, el saber, el dinero...
el “yo existencial” que va mucho más allá, es el yo que quiere dedicarse a una causa, a una obra, a una comunidad, a una persona..., sabe superar muy bien el egocentrismo.
Y finalmente, el “yo esencial”, que es el núcleo con el que el hombre participa en la realidad sobrenatural del Espíritu divino universal. Es lo absoluto que hay en el hombre, la fuente de su libertad de persona, en la que expresa lo Divino en su forma individual y particular dentro del mundo espacio-temporal.
Toda esta experiencia mística no es sino la expresada en el Nuevo Testamento.
Pablo nos dice: “No soy yo, sino Cristo quien vive en mí” y esta experiencia de Cristo que vive en nosotros es como la de la “vid y los sarmientos”
Cristo está invitando al hombre a salir de los límites de su yo existencial y a zambullirse en su yo esencial, su verdadero y auténtico yo, que le llevará a encontrarse con el mismo Cristo, con el Padre, con el prójimo en su sentido más pleno y su extensión más total.
El pobre cocinero del convento no podía comprender la actitud del monje. No se trata de ombliguismo, sino de un camino de autenticidad sin reservas, el que recorre el místico o espiritual. No abandona al prójimo a su suerte, sino que lo asume en el Amor y lo integra en la recapitulación de todo el Kosmos en Cristo Jesús (expresado en la cultura propia del místico o espiritual). Y se comienza por dar de comer al que no tiene, o enseñar al que no sabe, o escuchar al que necesita ser oído...
Cristo es la Realidad en la que nos sentimos vivos y seguros, en la que descubrimos el Amor. Evidentemente, esto no quita nada a lo que cree el que “no tiene aún oídos para oír”. Sin el oído interior estamos limitados a creer en nuestro desarrollo espiritual (hay muchas personas dedicadas al prójimo en estas condiciones, y son de alabar. Por supuesto, entre estar viviendo en el yo existencial o en el pequeño yo, el abismo es inmenso), hasta el día en que se atraviesa ese límite y nos encontramos de pronto en otro plano, el de la transcendencia, en el que todo es Amor y sólo Amor, y la dedicación al prójimo es sólo eso: el Amor esencial (el yo esencial) realizado
En estos momentos de mi escrito no puedo olvidarme de la magnífica reflexión de Teresa de Calcuta:
Fruto del silencio es la oración.
Fruto de la oración es la fe.
Fruto de la fe es el amor.
Fruto del amor es el servicio.
Fruto del servicio es la paz.
El místico (sea quien sea) no sólo da de comer, de beber, enseña, acompaña, viste, escucha... sino que en todo ello va regalando la Paz, esa que Jesús vino a darnos. “Mi paz os dejo, mi paz os doy.” Va regalando en su actitud la Comunión con la esencia, pues no sólo de pan vive el hombre. Paz y Comunión que los grandes místicos axiales de la humanidad igualmente nos legaron.
La comunidad humana, y como parte de ella la comunidad cristiana y el creyente dentro de ella, no sólo celebran la vida que viven con múltiples formas ritos, fiestas y liturgias, sino que la aportan a la sociedad humana, a la historia. Tienen la misión de luchar por la transformación de la sociedad, por la superación de todo aquello que aliene al hombre a fin de que el Reino sea un hecho en la historia. En la doble dimensión de celebración y compromiso se realiza la comunidad cristiana y toda comunidad desde el comienzo. En realidad, pienso que la comunidad cristiana no es sino la misma comunidad humana que busca (una forma de hablar muy inexacta) sus raíces y las encuentra en el Misterio del Cristo, que siendo Jesús, no se agota en él.
Hablar de ética cristiana no puede ser más que hablar del compromiso creyente, de la lucha por la realización de los valores del Reino. Los otros valores éticos, los fundamentalmente humanos, expresados en el decálogo y en otras leyes primordiales de la misma conciencia del hombre, son presupuestos morales básicos y necesarios sobre los que hay que construir los valores del Reino. Quedarse en una moralidad del decálogo es necesario para la salvación, pero es no llegar a lo humano-cristiano. Mateo nos cuenta que el joven rico cumplía la ley, cosa que le bastaba para salvarse, Jesús reconoce la suficiencia de este cumplimiento ético-religioso para conseguir la salvación, "si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" 19,17, pero le propone:
"Si quieres ser un hombre logrado, vete a vender
lo que tienes y dalo a los pobres, que Dios será
tu riqueza, y anda, sígueme a mí." (Mt 19,21)
Para ser “hombre logrado (auténtico, pleno)” no basta con el mínimo ético-religioso, sino que se ha de realizar lo humano (individual y social; corporal, mental y espiritual) hasta sus últimas consecuencias, que es lo propio del seguimiento de Jesús, el Amor esencial. “Amaos unos a otros como yo os he amado” insiste Jesús en su despedida, esto es, sed uno entre vosotros como yo lo soy con todos.
Una breve reflexión sobre la espiritualidad o el espíritu contemplativo
La contemplación no pospone los valores de la vida para otra vida, sino que los vive ya en esta. Y en esto precisamente radica el espíritu contemplativo. Espiritual es el que vive una antropología integral, en la que el cuerpo no es inferior ni a la mente, ni al espíritu, sino que es la triple realidad corporal, mental o intelectual y espiritual o contemplativa la que constituye el hombre. Nunca una sin la otra. Por desgracia, el cristianismo en los siglos pasados pecó de proyección hacia otra vida tras la muerte, en ella el hombre no sería tal, no sería cuerpo. Y lo curioso es que el misterio radical del cristianismo es la resurrección, en la que el cuerpo sin dejan de ser tal cuerpo alcanza la plenitud de Vida. Resucitar no es posponer los valores de la vida para la ¿otra vida?, sino la transformación radical del todo el Hombre en el Amor, la transformación en Eternidad, lo que muchas veces ha sido llamado salvación (el alma que se salva), cuando realmente se habría debido llamar Salvación (la Eternidad vivida ya en el tiempo y en la triple dimensión del Hombre). Esto comporta en su misma esencia una actitud de entrega total e incondicionada al otro, a los otros y al Todo, sea cual sea la forma de manifestación en el tiempo de dicha entrega.
No traslada nada para el futuro temporal, la realidad que está ya entre nosotros. Por ello, lo realmente válido para el contemplativo o espiritual es el Presente, que es lo Eterno vivido en el tiempo. Vive la efusión de Vida ya ahora para todos y para todo, pues todo es puro presente, pura eternidad. Y precisamente porque vive ese Presente, es consciente de que los hombres somos el Hombre, de que toda la creación no es sino Kosmos, una sola Realidad a la que las distintas culturas y religiones han puesto muchos nombres y a la que los humanos nos hemos acercado desde muy diversas posturas, por muy variados caminos (desde el teísmo hasta el ateísmo, pasando por las muy diversas formas de religión, de ciencias, creencias o actitudes). Todo no es sino Conciencia manifestada en múltiples formas y variedades. El místico sabe que, como él mismo, todo es Conciencia o Espíritu manifestándose en el tiempo, que todo ha de ser servido, ha de ser amado.
No acepta el trabajo para ganar dinero. Puede parecer imposible que en esta sociedad, en la que el dinero es la razón última de la vida para muchísimas personas, no se trabaje para ganar dinero, pero, aquel que es consciente de quién es, no tiene otra preocupación que la de Ser, y la de que todos y todo sean, tanto en la material, como en lo intelectual, como en lo contemplativo. Buscad, nos dice Jesús, el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura. El espiritual encuentra su seguridad en el Amor, en el Servicio.
La dimensión mística se aboca a una antropología que no está basada en el triunfo personal, en el triunfo de un hombre sobre el otro, de modo que las víctimas sean necesarias, para el triunfo de algunos pocos, sino en la unidad radical de todo cuanto existe. Y por tanto, la dedicación especial para con aquellos (personas, animales, cosas) que han sido víctimas de esa terrible antropología basada en el triunfo (material, económico, militar, intelectual...) de un hombre sobre otro o sobre los animales o cosas. Es una antropología, esta la del triunfo, que hunde sus raíces en la visión de la selección natural de la evolución de las especies. (No niego en modo alguna las raíces científicas que tiene la evolución, ni la niego. Simplemente no estoy de acuerdo con la visión de la selección del más fuerte. Algo que niegan con mucha razón, a mi parecer, muchos evolucionistas). El místico sabe que el triunfo no es el premio al más fuerte, que deja en la cuneta a todos los demás, sino que es la meta a la que estamos llamados todos. Triunfo que se llama salvación, resurrección, iluminación, satori...
Y que aquí en el tiempo, o mejor, en la tempiternidad el servicio es el camino (por decirlo de alguna manera) que hace que el tiempo deje de ser para todos y sea Eternidad.
Algo que en cierto modo intenta comunicar el presente poema.
TEMPITERNO
(Palabra creada por R. Panikkar para expresar la eternidad vivida en el tiempo)
Enquistadas las conciencias,
deshilachada la red,
rotas muchas fibras de comunión con la Vida...,
vivimos desolados buscando puntos de apoyo.
Vivimos en la ignorancia, que rompe la sangre...
Enredados en el tiempo, perdemos la PAZ.
La Alegría, allende el tiempo, se multiplica,
y una permanece
en la red de comunión, que los espacios rompe.
Entre tanto, los hombres buscan,
buscan fuera y no encuentran,
buscan dentro y no oyen el Silencio,
buscan en la ciencia y no entienden,
se apoyan en creencias y no ven.
Y la Bondad, allende el tiempo, se multiplica,
y una permanece
en la red de comunión, que los espacios rompe.
Fuera del tiempo estando en el tiempo,
en un espacio que no es lugar,
la Verdad se hace cuerpo de carne que penetra el alma
anidando, eterna, en el corazón del Hombre,
de todo hombre, de todo ser.
Para que los hombres dejemos de buscar
y descansemos en la PAZ,
que es Alegría,
que es Bondad,
que es Verdad
que es Servicio
que es el Eterno Don que nos sostiene,
nos asume y nos transforma,
recreando nuestros orígenes.
martes, 9 de diciembre de 2008
Mística y lenguaje cristiano
Mística y lenguaje cristiano
Nota: mi cultura es cristiana, fui educado en colegios católicos, estudié en un seminario católico en mi juventud, mis títulos en filosofía y teología son de universidades católicas. Mis años de enseñanza discurrieron por diversos caminos, enseñé materias totalmente asépticas y otras filosóficas y teológicas (¡cuando yo aún pensaba que no eran lo mismo una que otra, y pensaba que una era la sirvienta de la otra!)de carácter religioso desde el punto de vista de una rebelión contra el catolicismo y una fidelidad al Nuevo Testamento. En los últimos años, ya jubilado de la enseñanza, me he dedicado a profundizar en el conocimiento de la mística no cristiana, de la budista, taoísta, sufista... y empiezo a vislumbrar la maravilla de su tremenda riqueza. Pero, lo que voy a exponer en este artículo estará lleno de una visión cristiana más que de ninguna otra.
MÍSTICA
Hubo un tiempo, en el que se consideró que la mística era una parte de los estudios de la teología cristiana, por no decir de la teología oficial de la iglesia católica, época en la que se integró también dentro del campo de la teología, la apologética y en la que se pretendió, para no ser menos, equiparar la teología con las ciencias empíricas materiales. Todo esto ha pasado al cúmulo de desaciertos cometidos a lo largo de más de veinte siglos de historia.
Ni la mística nace con el cristianismo, ni mucho menos con el catolicismo, ni es una parte de una teología parcial, que parte de una cosmovisión particular y que está enraizada en la cultura abrahámica.
Ha habido excelentes místicos en todas las cosmovisiones, en todas las culturas, en todas las sociedades y religiones (o no religiones) humanas. Por citar sólo algunos de los más conocidos; de la época axial: Lao Tzu, Buda, Sócrates, Platón, Anaxímenes, Parménides, Jesús de Nazaret (elevado a la identidad con lo Divino por los que nos confesamos cristianos), Pablo de Tarso, Juan, Plotino, Pitágoras... ;en la época actual; Teresa de Calcuta, Krishnamurti, Wilber, Aurobindo, Gandhi, Pere Casaldáliga...quizás también Raimon Panikkar, Mandela...; sin olvidar a Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Mester Eckhart, Rumi... Es interesante anotar cómo nuestra cultura patriarcal nos hace recordar muchos más varones que mujeres... Habría que añadir a los citados, Catalina de Siena, Isabel de la Trinidad, Juliana de Norwich, Teresa de Lisieux, Hildegarda,...y María la madre de Jesús.
Y ¿Qué tienen en común estas personas que los une más allá de sus propias cosmovisiones y sus propias convicciones íntimas? La experiencia integral de la Vida. De ahí que la mística no sea el privilegio de unos cuantos escogidos, sino la característica humana por excelencia. El hombre es por esencia un místico. El hombre es ante todo un espíritu encarnado, mucho antes que un animal racional, como se pretende desde Aristóteles. El hombre es cuerpo, anima y espíritu (pneuma), y en nuestra cultura occidental lo hemos castrado dejándolo sin espíritu. La diferencia específica del hombre no es la racionalidad, como nos han hecho ver durante siglos, sino la capacidad de lo Absoluto, es conciencia consciente de sí misma (Theilard) y como tal abierta a toda conciencia, a la Conciencia, abierta a Dios (con todo lo que pueda caber en esta palabra, que a su vez es inapropiada). La mística es una dimensión antropológica, como lo es la vida.
Por descontado que hay muchísimos autores que no opinan lo mismo que digo en este escrito, que la mística en modo alguno se puede entender como la experiencia integral de la vida, que la mística conlleva una absorción del hombre (ya sabemos que la palabra hombre abarca a todo el género humano) por lo Divino llegando a la unión total, según unos, o a la identidad, según otros.
Pero, ¿Acaso la Vida, no nuestra vida, menos aún, mi vida temporal y contingente, no es eso, lo Divino? “Yo he venido, dice Jesús, para que tengan Vida (eterna)” “Yo soy la Vid y vosotros los sarmientos”. La identidad con lo Divino se da por la comunión (no participación o emanación) en la Vida Eterna. Esta experiencia de la comunión de Vida con Dios es la que hace exclamar a Teresa: “Quien a Dios tiene nada le falta”.
Pues bien, hemos tratado de describir (con una inexactitud enorme, pues lo apofático no puede ser explicado, ni tampoco descrito, salvo en un lenguaje oximorónico en el que se afirma a la vez que se niega) la mística como “Una experiencia integral de la Vida”. Esta experiencia no es algo especial, que vaya aparte de lo normal, sino que es tan natural como el propio ser humano. La mística no es una especialización, sino una verdadera dimensión antropológica, como he dicho antes. La vida humana es una invariante del género humano, vida humana: zoê, no bíos. Por ello la mística es la meta de toda la especie. Todos estamos abocados a vivir nuestras vidas y a descubrir en ella la Vida de la que son manifestaciones particulares, y sin la cual son nada.
En el pasado siglo, el XX, brilló una mente extraordinaria (entre otras muchas, algunas menos conocidas), Sigmund Freud. Este gran pensador no vio en la mística más que un fenómeno psicológico de evasión, y asimiló, junto con otros psiquiatras contemporáneos, la mística a lo primitivo y ajeno a lo mundano. Grandes pensadores posteriores deshicieron por completo esta visión de Freud, reivindicando la verdadera función de la mística en la vida humana y en la evolución de la conciencia. Permítanme un pequeño excursus sobre el padre del psicoanálisis: él, como he dicho, fue una mente prodigiosa, pero se quedó en eso, en una mente. Eliminó totalmente de sí mismo el ojo contemplativo, el oculus fidei del que hablan ya los victorinos, San Buenaventura y que propugna el mismo Tomás de Aquino al afirmar: “Crede tu intelligas”, el tercer ojo del que hablan muchas tradiciones orientales, y que últimamente está siendo reivindicado por una enorme cantidad de grandes pensadores actuales, encabezados por Ken Wilber, quien ha escrito: “Los tres ojos del conocimiento”. A éste podríamos añadir otros muchos nombres, tales como: R. Panikkar, A.Huxley, E. Underhill, H. Berson, M. Eliade, M. Blondel, L.Lévy Bruhl y todos los pensadores actuales budistas e hinduistas desde Aurobindo hasta Krishnamurti. Como dice Wilber, que sigue en parte a Gebser, los estadios de la conciencia son muchos, comienzan por el sensorio-físico y terminan en el no-dual, y Freud se quedó en el segundo escalón de la evolución, en el estadio urobórico o todo lo más el tifónico, negándose a reconocer niveles superiores de conciencia como el sutil, el causal o no-dual (niveles místicos), a los que reducía a los estadios inferiores de la infancia. Y en occidente muchísimos trabajadores de la mente han seguido acríticamente los postulados freudianos como dogmas absolutos, también se autocastraron, negándose a abrir el tercer ojo. Se sustituyeron los dogmas de la iglesia católica por los marxistas y freudianos y ¡todos tan contentos! Sólo nos habíamos lavado la cara no habíamos cambiado el corazón, ni habíamos abierto nuestra dimensión interior, la superación de cualquier dogma es un paso adelante en la evolución de la conciencia, es acercarnos a un estadio superior. Mas, es de justicia reconocer el bien tan enorme que Freud hizo a la humanidad descubriendo el inconsciente, lo malo es que ese bien lo compensó con un mal enorme, negar que existieran estadios superiores de conciencia, negar que existiera el tercer ojo. Ya su discípulo Jung, otra gran mente y más abierta, se apartó radicalmente de él y para siempre.
Experiencia integral de la Vida.
La experiencia es previa a cualquier conceptualización, a cualquier interpretación, a cualquier intervención de la mente. La experiencia no es más que la aprensión directa e inmediata de la Realidad, o de la Vida (Realidad, Vida, Misterio, Divino en lo más profundo de su Ser son realmente sinónimos) y en la aprehensión inmediata y directa no hay intermediario que nos pueda inducir a error. Aquello que se ve en el microscopio, lo que se oye en el concierto, lo que saboreamos al catar... antes de cualquier interpretación no pueden ser errores, es meramente la comunión con la Totalidad, y lo mismo sucede con nuestra experiencia interior. Experimentamos la Vida, no nuestra vida, no mi vida ni biológica, ni humana, ni intelectual, ni sensitiva, sino la Vida de la cual mi vida no es sino una manifestación parcial y contingente, esparcida en el espacio y en el tiempo, que tiene duración y a través de ella experimento la Vida, que no está en el espacio ni en el tiempo, que no tiene duración, porque es eterna y ser eterna es no-durar, es no ser tiempo. ¡Qué error tan mayúsculo nos hacían confesar, cada vez que profesábamos el Credo, cuando decíamos: ...la vida perdurable...! la vida perdurable no es eterna, sino temporal, posteriormente se corrigió este inmenso disparate. Mas, es aquí en el tiempo cuando tenemos que perforar esa cáscara de temporalidad de nuestra vida y experimentar la almendra que está dentro, la Vida que no dura, sino que es. A esto R. Panikkar lo llama tempiternidad.
Esta experiencia, como toda verdadera experiencia es totalmente apofática. Entre los místicos cristianos destaco a dos por su gran apofatismo: El PseudoDionisio y el M. Eckhart (condenado como hereje por Juan XXII, ¡muy curioso! Uno de los papas más corruptos del Medievo condenando a uno de los más grandes místicos del cristianismo, si no el más grande. Me recuerda algo a lo que pasó con Jesús de Nazaret, el más grande místico de la Historia y para los cristianos: Dios, condenado como blasfemo por la legítimas autoridades religiosas de su pueblo). Es una experiencia inenarrable. Si no es imposible expresar con palabras la experiencia de un sabor sin recurrir a comparaciones, a semejanzas, a similitudes, a contrates, pero, siempre sin poder dar una nítida explicación de la experiencia misma... cómo vamos a poder explicar la experiencia de la Totalidad, del Misterio, experiencia que ni es sensible, ni intelectual, sino contemplativa. Y más en esta sociedad cuya cultura del racionalismo ha eliminado por decreto la existencia de la misma acción contemplativa, reduciéndola a evasiones hacia el mundo infantil, o a sentimiento oceánico. No se puede hacer otra cosa que lo que dicen los budistas, señalar a la luna con el dedo, o sea, utilizar palabras que puedan señalar a la misma experiencia, no para que el que quiere aprender se fije en las palabras (en nuestro dedo, pues no vería la luna) sino en la luna. O sea, que ponga en práctica aquello que se señala para poder experimentar por sí mismo esa Plenitud.
El gran maestro de nuestra mística, Juan de la Cruz, tiene un poema maravilloso, como todos sus poemas (todos los poetas son místicos, al menos cuando escriben verdadera poesía), sobre el apofatismo de la experiencia mística, no me resisto a no escribir algunas de sus estrofas.
Coplas hechas ante un éxtasis de harta contemplación
Entréme donde no supe,
Quedéme no sabiendo
Toda sciencia trascendiendo
Yo no supe dónde entraba,
Pero, cuando allí me vi,
Sin saber dónde me estaba,
Grandes cosas entendí;
No diré lo que sentí,
Que me quedé no sabiendo,
Toda ciencia transcendiendo
...
Estaba tan embebido,
Tan absorto y ajenado,
Que se quedó mi sentido
De todo sentir privado,
Y el espíritu dotado
De un entender no entendiendo,
Toda sciencia trascendiendo.
El que allí llega de vero,
De sí mismo desfallece;
Cuanto sabía primero,
Mucho baxo le paresce;
Y su sciencia tanto cresce,
Que se queda no sabiendo,
Toda sciencia trascendiendo.
Integral, experiencia integral de la Vida. Esta experiencia integral es la experiencia del Misterio, es la conciencia de que se está experimentado algo que va más allá del pensamiento y por tanto no se puede pensar. Es una experiencia del cuerpo, de la mente y del espíritu. Los tres perciben el Misterio, y no se trata de una triple percepción, sino de una percepción, que siendo una, no es una, ni dos, ni tres, sino Trinitaria, esto es, relacional. Una experiencia de la contingencia humana que toca todas las dimensiones antropológicas, de que somos sostenidos por... la Vida, de que la vida que tenemos no es nuestra y por tanto, también es experiencia de la misma muerte, no de su angustia, de su realidad de manifestación de la contingencia de nuestra vida. Confundir la muerte con la no-vida es algo totalmente normal en nuestro racionalismo (no para la razón) que se ha hecho necesariamente bidimensional, pero en la intuición mística que es tempiterna, que se realiza en el tiempo, pero entra en lo eterno, en la no-duración, en la no-dualidad, vemos que la muerte se opone a la vida, ciertamente, pero no es su contrario, no es no-vida, más bien es no-tiempo, por eso en la misma experiencia de la Vida se incluye de alguna manera la experiencia de la muerte, de la muerte del ego, de los apetitos... (la noche obscura de Juan de la Cruz), incluso del no-tiempo en el que queda prendido el místico.
Es la vivencia completa, tanto del cuerpo que se siente vivir, que siente placer y dolor...del alma con sus intuiciones, sus verdades y errores... y del espíritu que vibra con el amor y el rechazo. La experiencia integral es la armonía de estas tres, la conjunción armónica (ritmo y proporción) de esas tres en un solo ser, antes de cualquier conceptualización. Y como la condición humana nos acompaña siempre la experiencia de la Vida es a la vez corporal, anímica y espiritual. No son tres vivencias sino una sola experiencia que lo abarca todo, lo corporal, lo intelectual y lo espiritual.
Y es de la Vida, no de mi vida, ni de nuestras vidas, ni de mi temporalidad, ni mi pasado, ni mi futuro, sino de esa Vida que ES. Y ES antes de que yo, como sujeto separado, fuera, y ES cuando yo, como sujeto separado, deje de ser en el tiempo. Y solamente ES. No dura, no será, no nos espera al final de esta vida, porque ya Es en esta vida. No está en el tiempo, pero se manifiesta en él. Esa Vida que es Misterio, algo no sólo incomprensible para la mente y la inteligencia racional, porque la trasciende, sino algo en lo que, quizás sin saberlo, nos está sosteniendo, algo en la que vivimos y somos. “En Cristo, pues, vivimos, nos movemos y somos” nos dice Pablo. Es experiencia de esa Realidad, del Ser, de Cristo que nos inunda de tal modo que Agustín puede afirmar de este Misterio que es “intimior intimo meo” (es mi centro mucho más que mi propio centro personal). Esta experiencia de la Vida es experiencia del dador de la Vida, pues la vida que tenemos no es sino don y gracia del Dador de esa Vida, nos dice Justino en el siglo II
LENGUAJE CRISTIANO
Ya hemos apuntado anteriormente que esta experiencia todo y ser apofática y transracional tiene un lenguaje, un lenguaje oximorónico, en el que se afirma y niega a la vez, un lenguaje que da instrucciones, que simplemente señala, no explica. Un lenguaje que no habla, ni puede hablar de la misma experiencia mística Y todo lenguaje tiene un centro, está focalizado hacia un punto, ese centro en el hinduismo es lo divino; en el budismo, el hombre; en la secularidad, el mundo; en el cristianismo, Jesucristo.
El lenguaje místico parte esencialmente del silencio que responde a una pregunta, sea interior o exterior (como en el budismo), y de ese silencio nace una palabra que es fundamentalmente simbólica, o sea, que es y no es la cosa que se simboliza (antes se ha dicho que simplemente señala). Podríamos decir que es la vestimenta de la cosa, pero la vestimenta no es el cuerpo, no es la cosa. Ésta se reviste de palabra, porque de otra manera sería totalmente invisible. La palabra viene de un silencio, que es la experiencia, y crea un silencio (entre símbolo, simbolizante y simbolizado) en el que la cosa puede manifestarse, pero la vestidura, la palabra simbólica, aunque nos acercan a la experiencia, no es la experiencia. Ésta se ha de realizar en nosotros.
La mística usa el lenguaje como símbolo que apunta simbólicamente lo que sólo el iniciado capta, de ahí que los no iniciados racionalistas nieguen la existencia válida de tales experiencias, e incluso de forma siempre indirecta, pues se trata de lo inefable. “El místico sabe que lo único que no se puede decir es lo único que vale la pena balbucear para entrar y salir de la terra incógnita de la Realidad.” dice Panikkar.
El místico para expresar su propia experiencia ha de utilizar el lenguaje. Éste es una invariante primordial del hombre, y el lenguaje como perfectamente desarrolla la posmodernidad es contextual, está inmerso en una cultura. A toda experiencia humana hay un cultura que le sirve de marco, y esa cultura tiene un vehículo primordial para expresarse, la lengua. De ahí que dependiendo de la cultura la experiencia mística haya sido expresada con distintas lenguas. En el cristianismo se expresa con el lenguaje cristiano.
Mas, el lenguaje cristiano tiene la pretensión de exclusividad, en otras palabras, afirma que la mística cristiana es la verdadera, excluyendo al resto. Hay una sola mística verdadera: la cristiana. Esta pretensión de posesión exclusiva de lo verdadero muestra, como dicen los estudiosos del tema, la dependencia de la cultura de la que surge. Se identifica la diferencia específica (definición es la unión del género con la diferencia específica) de la mística cristiana con la esencia de la mística, con lo verdaderamente místico, identificación específica que pasa a ser verdad genérica, y como no puede haber dos verdades, tendríamos que mística cristiana = única mística, o verdadera mística. Este a priori de la visión cristiana no puede ser válido, puesto que no es reconocido como tal por las otras culturas. Sin embargo, no podemos olvidar que el cristianismo se autocomprende como “católico” (universal). Es el gran mito del cristianismo, pese que hasta un autor, nada sospechoso de heterodoxia, como Tomás de Aquino llegara a afirmar: “Omne verum a quocumque dicatur. A Spiritu Sancto est”. Y más aún, Jesús contestó con el silencio a la pregunta de Pilatos sobre la verdad (Jn.18,38).
Esta pretensión de universalidad se la empieza a plantear el mismo cristianismo de forma más crítica, pero se ve sustituido (el cristianismo como cultura) por la pretensión de universalidad de la cultura tecno-científica-occidental. ¿No se consideran valores universales (verdaderos mitos) el Desarrollo (tecnológico), la Democracia, la Ciencia? ¿Y como tales son también aceptados por diversos pueblos?No se malinterprete lo que se dice aquí. Esto valores son eso, valores, pero también tienen muchas cosas negativas y destructivas y no tiene por qué sustituir los de otras culturas.
Cada uno responderá de forma personal (más crítica, o menos crítica) a la pretensión de exclusividad de la mística cristiana, unos afirmativa, otros negativamente. Mi intención es plantear el problema existente aún.
El lenguaje de la mística cristiana podría recapitularse en una sola palabra, que es una persona, pero se plantea ahora como símbolo: Jesucristo. Ni sólo Jesús, ni tampoco sólo Cristo. Se trata de la experiencia de esta figura histórica y transhistórica, Dios y Hombre en unidad a-dual.
Mas, de Jesucristo podemos tomar también tres hechos básicos en su historia y transhistoria, que la mística toma no tanto como hechos sino como símbolos. La
Encarnación, la Cruz y la Resurrección. Ellos constituyen el verdadero lenguaje cristiano.
ENCARNACIÓN
Sobre este primer símbolo del lenguaje cristiano dice el polifacético R, Panikkar: “La fons et origo totius divinitatis, la fuente y origen de toda la realidad (como podría interpretarse la expresión de varios concilios toledanos), en el mismo acto de engendrar a su icono (que unos llaman logos y otros Hijo, a la par que con otros nombres en otras tradiciones) el cosmos, se manifiesta en la historia y se encarna en un hombre que la tradición llama el segundo Adán (el Hombre primordial que era antes de Abraham), cuya función es la obra divina (opus creacionis) en el tiempo y en el espacio para la culminación de la aventura de la realidad (opus restaurationis) -que algunos llaman redención y otros prefieren llamar divinización, glorificación, o con otros muchos nombres.”
Nosotros los occidentales, desde que nuestra cultura quedó bajo la influencia (benéfica en muchas cosas) de la Ilustración con el pensamiento discursivo y posteriores corrientes racionales y racionalistas, hemos perdido totalmente el lenguaje simbólico (que es lenguaje de la realidad, no meramente figurativo como se pretende) y las grandes posibilidades que ofrece para el mayor conocimiento de la realidad. Por desgracia, nos hemos limitado al discurso racionalista con pretensiones de exclusividad. Nuestro pensar analítico (que es muy bueno) individualizado que ha impuesto el pensar conceptual nos ha atrofiado el pensar simbólico. No así sucede en otras culturas como la budista, hindú, taoísta...
En este pensar simbólico el hombre ve la realidad total en ese logos encarnado en el seno de María. “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos...”, la comunión con el Hijo es comunión con la realidad. La Encarnación de Dios en el seno de María es “la revelación del misterio silente desde los tiempos eónicos” nos dice Pablo. Algo imposible de ver en el pensar conceptual.
La experiencia de Jesucristo en cada uno de nosotros nos hace imposible ser dualistas, como podemos constatar conociendo a los místicos, “Dios está en los pucheros”, pero, nuestra mente lo es, e incluso toda esa teología que en gran medida se difunde como doctrina cristiana por todas partes también lo es. Tan sólo la intuición contemplativa supera todo dualismo y todo monismo a la vez y se percata de que la realidad no es una, ni dos, sino no-dos. La contemplación de la Encarnación, no la mera reflexión sobre la misma (meditar no es reflexionar, sino dejarse llevar al centro de uno mismo, que no es sino el centro de la realidad, que es trinitaria: origen, originado, unión en el amor. Son no tres, ni dos, ni uno, sino relación. No uno, ni muchos, son no-dos).
La experiencia de la realidad de Jesucristo es la experiencia de que Dios es humano y el Hombre es divino, aunque en el tiempo el Hombre sea simul iustus et peccator, y haya de consumar su divinización por koinonía (comunión).
“Felipe, quien me ve a mí ve al Padre” (Jn.14,9) Hay comunicación total entre el Hijo y el Padre, el Padre no sería sin el Hijo y a la inversa. Y del mismo modo quien ve al Padre (lo Divino) ve al Hijo que es Hombre (lo humano).en el Hijo-Hombre vemos la Padre, y quien no puede ver lo Divino tampoco puede ver lo humano. Hay una perichorêsis, una relación total entre Padre, Hijo y Espíritu, entre Dios, Hombre, Mundo. Y así, en la consumación de los tiempos Cristo será Todo en todos. En la eternidad la perichorêsis es total. Osea, sólo es la perichoresis, la comunión.
CRUZ
La palabra Cruz es fundamental en el lenguaje cristiano, hablar de la Cruz es hablar de la experiencia del Bien y del Mal, de la alegría y de la tristeza... Y la experiencia de la Cruz es una experiencia de Muerte y de Resurrección. En una visión, mantenida en la iglesia católica durante muchos siglos, la Cruz ha sido vista no más como inmolación, pero esta visión no abarca toda la dimensión mistérica de la Cruz, puesto que es inmolación para la Resurrección, esto es: Cruz = Transformación o Evolución, que en el lenguaje teológico cristiano llamaríamos Salvación. La Cruz no es por sí misma, sería puro masoquismo, sino como camino para la Salvación, la Resurrección.
En la Cruz vivimos la doble dimensión de la realidad humana: la Muerte y la Vida. Y no olvidemos que Muerte es ante todo, como acabo de decir, Transformación, pues en el cristianismo es ininteligible una Muerte sin Resurrección, son las dos caras de la misma moneda, son una sola y única realidad mistérica. La Cruz nos hace vivir la crudeza humana en toda su crudeza (Muerte) y en toda su gloria (Resurrección).
En la Cruz vivo la experiencia del cuerpo, fuente de dolor, de la psique fuente del sufrimiento psicológico y la experiencia de la propia debilidad, de la contingencia, no dependo de mí mismo, no me sostengo a mí mismo, soy una manifestación de lo Infinito, mejor, soy es Espíritu pero sólo en cuanto manifestado en este cuerpo y esta mente, en este tiempo y espacio. Y en esta experiencia de finitud me doy cuenta de que no estoy solo, que tanto en la alegría, como en el dolor abro mis brazos a los demás, y sobre todo los abro al Espíritu.
Jesús en la cruz se sintió abandonado de Yhwh, “Dios mío, Dios mío, ¿por que me has abandonado?” (Mt 27,46) Su dios judío lo abandona, y entonces en el último momento Jesús también se desprende de él, y entrega su espíritu al Padre, al Dios de su tremenda experiencia mística personal, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46), ya no clama a Yhwh, sino al Padre, a la Fuente y Origen primordial que es el Padre. Y el velo del templo de la Antigua Alianza se rasgó. Muere Jesús y se descubre a sí mismo Jesucristo. No sólo los cristianos descubren a Jesucristo. El descubrimiento de la Exaltación es una invariante de toda transformación.
Por descontado que el lenguaje de la Cruz es un lenguaje de trastrueque de valores, que conlleva de forma radical la asunción de la condición humana a la vez contingente y capax Dei, pero la Cruz no como símbolo del dolor, ni de la derrota, sino como el lenguaje de la superación de las categorías con las que Occidente (la mal llamada Cultura Cristiana, Occidente tiene otras muchas influencias culturales y no sólo la cristiana, la musulmana, por ejemplo, que duró muchos siglos, la griega, la romana, y anteriores, la historia no tiene sus raíces sólo en los dos mil últimos años) enjuicia la condición humana.
RESURRECCIÓN
La muerte es también camino de resurrección, lo canta incluso la liturgia de la iglesia católica: “mortem muriendo destruxit” “et vitam resugerndo reparavit”. Tansformó la vida biológica en una vida más plenamente humana, en una palabra, divina. Hizo en la Creación-Resurrección esta manifestación de la Vida, como mera expresión de sí mismo, como forma de expansión de la comunidad Trinitaria. En la Creación-Resurrección toda vida, toda conciencia (incluso la materia) queda integrada en la relación radical trinitaria: Origen, Originado y Unión. Las vidas son Vida, las conciencias, Conciencia. La Trinidad lo es todo, lo abarca todo.
La liturgia también nos dice: “Surrexi et adhuc tecum”. No lo encontraré fuera, está en mi interior, lo dicen también la totalidad de los místicos. Su resurrección me lleva a mi resurrección, no son dos, ni una, sino no-dos, y en la liturgia reactualizamos el Misterio, no se trata de un mero recuerdo de la memoria, ni de una mera ceremonia, sino de una presencia allende el tiempo. Es necesario ese tercer ojo, el de la contemplación o de la fe, para descubrir su presencia transformada y transformadora. Este tercer ojo nos hace comprender que es posible la experiencia de la resurrección, aunque no de la muerte(entendida como el final del tiempo lineal). Tengo experiencias de la muerte de mis allegados, pero mientras yo viva no la tendré, en cambio la tengo de muchas formas de muerte y sobre todo puedo tener la del ego, hasta llegar a lo que dice Juan de la Cruz: “y en el monte nada, nada, nada...”. La experiencia de la resurrección no es la del bios, experiencia a la que nos aboca en buena medida nuestra cultura cientista, ni tampoco la de mi vida, toda ella fundada en mi personalidad apoyada en todos los recuerdos del pasado, en mis criterios, mis pensamientos, mi cosmovisión, mis principios... Se trata de la experiencia de la Vida, que no es mía, de aquella Vida que es desde el Principio, desde el Silencio original y fundante, esa Vida que palpita en toda realidad y en la que entro en comunión por convivir esta Vida (zoê no bios).
Esto exige haber muerto al ego y todo lo que comporta, exige morir a sí-mismo, pues este sí-mismo no es yo-mismo. Mi Yo-yo, dice Ramana Maharsi es lo que queda después de haber muerto al yo-mismo. Esta es la muerte que antecede (por decirlo de una manera) a la resurrección. Esta es la experiencia de la Vida, es la Vida eterna de la que nos habla siempre Jesucristo. No se trata de una vida para luego, ni una ilusión de inmortalidad, creada por nuestra psique, sino de la Vida eterna (sin duración) ahora, y ahora, y ahora... No es una vida más allá (después) del tiempo y fuera del espacio, se trata de la Vida que trasciende totalmente estas coordenadas a las que están sometidos nuestros sentidos mientras estemos en el bios, en el tiempo y en el espacio. Y esta Vida se vive en este tiempo y en este espacio, pero como digo, transcendiéndolos, esta Vida no fenece, no tiene principio, ni fin, no está en el tiempo.
La experiencia de esta Vida no nos hace perfectos. La lucha contra el ego continúa. Yo experimento la Vida divina, pero sigo siendo hombre con todos sus defectos y debilidades. La Vida de resucitado no es una segunda vida, un aditamento a la vida humana, es la vida que no sigue ni al cuerpo, ni al alma, sino al espíritu, al pneuma.
El (hombre) resucitado vive la novedad de la Vida en cada momento, no se aburre y hace “nuevas todas las cosas”. Es la experiencia de la Creación y de la Encarnación continua. La Vida eterna, la del (hombre) resucitado no puede ser definida, gracias a Dios, sólo experimentada, pero podríamos decir que es clavar el diente en la almendra de la Vida; el tiempo, el espacio, el bios, la muerte, la psique... no son más que la cáscara. La Vida es el núcleo, el fruto, sin tiempo, ni bios, ni espacio, ni muerte... En el núcleo, en el fruto no hay más que fruto, Vida, ni tiempo, ni muerte, ni espacio, ni bios, ni psique.
En la Resurrección sólo hay Vida, Dios, Trinidad, Ser. No hay tiempo, espacio, muerte, ego,....
Vivir la Resurrección y en ella la Creación, la Encarnación y la Cruz (continuas) es la Mística, y expresarla con este lenguaje es expresarla con un lenguaje cristiano.
José A. Carmona
Nota: mi cultura es cristiana, fui educado en colegios católicos, estudié en un seminario católico en mi juventud, mis títulos en filosofía y teología son de universidades católicas. Mis años de enseñanza discurrieron por diversos caminos, enseñé materias totalmente asépticas y otras filosóficas y teológicas (¡cuando yo aún pensaba que no eran lo mismo una que otra, y pensaba que una era la sirvienta de la otra!)de carácter religioso desde el punto de vista de una rebelión contra el catolicismo y una fidelidad al Nuevo Testamento. En los últimos años, ya jubilado de la enseñanza, me he dedicado a profundizar en el conocimiento de la mística no cristiana, de la budista, taoísta, sufista... y empiezo a vislumbrar la maravilla de su tremenda riqueza. Pero, lo que voy a exponer en este artículo estará lleno de una visión cristiana más que de ninguna otra.
MÍSTICA
Hubo un tiempo, en el que se consideró que la mística era una parte de los estudios de la teología cristiana, por no decir de la teología oficial de la iglesia católica, época en la que se integró también dentro del campo de la teología, la apologética y en la que se pretendió, para no ser menos, equiparar la teología con las ciencias empíricas materiales. Todo esto ha pasado al cúmulo de desaciertos cometidos a lo largo de más de veinte siglos de historia.
Ni la mística nace con el cristianismo, ni mucho menos con el catolicismo, ni es una parte de una teología parcial, que parte de una cosmovisión particular y que está enraizada en la cultura abrahámica.
Ha habido excelentes místicos en todas las cosmovisiones, en todas las culturas, en todas las sociedades y religiones (o no religiones) humanas. Por citar sólo algunos de los más conocidos; de la época axial: Lao Tzu, Buda, Sócrates, Platón, Anaxímenes, Parménides, Jesús de Nazaret (elevado a la identidad con lo Divino por los que nos confesamos cristianos), Pablo de Tarso, Juan, Plotino, Pitágoras... ;en la época actual; Teresa de Calcuta, Krishnamurti, Wilber, Aurobindo, Gandhi, Pere Casaldáliga...quizás también Raimon Panikkar, Mandela...; sin olvidar a Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Mester Eckhart, Rumi... Es interesante anotar cómo nuestra cultura patriarcal nos hace recordar muchos más varones que mujeres... Habría que añadir a los citados, Catalina de Siena, Isabel de la Trinidad, Juliana de Norwich, Teresa de Lisieux, Hildegarda,...y María la madre de Jesús.
Y ¿Qué tienen en común estas personas que los une más allá de sus propias cosmovisiones y sus propias convicciones íntimas? La experiencia integral de la Vida. De ahí que la mística no sea el privilegio de unos cuantos escogidos, sino la característica humana por excelencia. El hombre es por esencia un místico. El hombre es ante todo un espíritu encarnado, mucho antes que un animal racional, como se pretende desde Aristóteles. El hombre es cuerpo, anima y espíritu (pneuma), y en nuestra cultura occidental lo hemos castrado dejándolo sin espíritu. La diferencia específica del hombre no es la racionalidad, como nos han hecho ver durante siglos, sino la capacidad de lo Absoluto, es conciencia consciente de sí misma (Theilard) y como tal abierta a toda conciencia, a la Conciencia, abierta a Dios (con todo lo que pueda caber en esta palabra, que a su vez es inapropiada). La mística es una dimensión antropológica, como lo es la vida.
Por descontado que hay muchísimos autores que no opinan lo mismo que digo en este escrito, que la mística en modo alguno se puede entender como la experiencia integral de la vida, que la mística conlleva una absorción del hombre (ya sabemos que la palabra hombre abarca a todo el género humano) por lo Divino llegando a la unión total, según unos, o a la identidad, según otros.
Pero, ¿Acaso la Vida, no nuestra vida, menos aún, mi vida temporal y contingente, no es eso, lo Divino? “Yo he venido, dice Jesús, para que tengan Vida (eterna)” “Yo soy la Vid y vosotros los sarmientos”. La identidad con lo Divino se da por la comunión (no participación o emanación) en la Vida Eterna. Esta experiencia de la comunión de Vida con Dios es la que hace exclamar a Teresa: “Quien a Dios tiene nada le falta”.
Pues bien, hemos tratado de describir (con una inexactitud enorme, pues lo apofático no puede ser explicado, ni tampoco descrito, salvo en un lenguaje oximorónico en el que se afirma a la vez que se niega) la mística como “Una experiencia integral de la Vida”. Esta experiencia no es algo especial, que vaya aparte de lo normal, sino que es tan natural como el propio ser humano. La mística no es una especialización, sino una verdadera dimensión antropológica, como he dicho antes. La vida humana es una invariante del género humano, vida humana: zoê, no bíos. Por ello la mística es la meta de toda la especie. Todos estamos abocados a vivir nuestras vidas y a descubrir en ella la Vida de la que son manifestaciones particulares, y sin la cual son nada.
En el pasado siglo, el XX, brilló una mente extraordinaria (entre otras muchas, algunas menos conocidas), Sigmund Freud. Este gran pensador no vio en la mística más que un fenómeno psicológico de evasión, y asimiló, junto con otros psiquiatras contemporáneos, la mística a lo primitivo y ajeno a lo mundano. Grandes pensadores posteriores deshicieron por completo esta visión de Freud, reivindicando la verdadera función de la mística en la vida humana y en la evolución de la conciencia. Permítanme un pequeño excursus sobre el padre del psicoanálisis: él, como he dicho, fue una mente prodigiosa, pero se quedó en eso, en una mente. Eliminó totalmente de sí mismo el ojo contemplativo, el oculus fidei del que hablan ya los victorinos, San Buenaventura y que propugna el mismo Tomás de Aquino al afirmar: “Crede tu intelligas”, el tercer ojo del que hablan muchas tradiciones orientales, y que últimamente está siendo reivindicado por una enorme cantidad de grandes pensadores actuales, encabezados por Ken Wilber, quien ha escrito: “Los tres ojos del conocimiento”. A éste podríamos añadir otros muchos nombres, tales como: R. Panikkar, A.Huxley, E. Underhill, H. Berson, M. Eliade, M. Blondel, L.Lévy Bruhl y todos los pensadores actuales budistas e hinduistas desde Aurobindo hasta Krishnamurti. Como dice Wilber, que sigue en parte a Gebser, los estadios de la conciencia son muchos, comienzan por el sensorio-físico y terminan en el no-dual, y Freud se quedó en el segundo escalón de la evolución, en el estadio urobórico o todo lo más el tifónico, negándose a reconocer niveles superiores de conciencia como el sutil, el causal o no-dual (niveles místicos), a los que reducía a los estadios inferiores de la infancia. Y en occidente muchísimos trabajadores de la mente han seguido acríticamente los postulados freudianos como dogmas absolutos, también se autocastraron, negándose a abrir el tercer ojo. Se sustituyeron los dogmas de la iglesia católica por los marxistas y freudianos y ¡todos tan contentos! Sólo nos habíamos lavado la cara no habíamos cambiado el corazón, ni habíamos abierto nuestra dimensión interior, la superación de cualquier dogma es un paso adelante en la evolución de la conciencia, es acercarnos a un estadio superior. Mas, es de justicia reconocer el bien tan enorme que Freud hizo a la humanidad descubriendo el inconsciente, lo malo es que ese bien lo compensó con un mal enorme, negar que existieran estadios superiores de conciencia, negar que existiera el tercer ojo. Ya su discípulo Jung, otra gran mente y más abierta, se apartó radicalmente de él y para siempre.
Experiencia integral de la Vida.
La experiencia es previa a cualquier conceptualización, a cualquier interpretación, a cualquier intervención de la mente. La experiencia no es más que la aprensión directa e inmediata de la Realidad, o de la Vida (Realidad, Vida, Misterio, Divino en lo más profundo de su Ser son realmente sinónimos) y en la aprehensión inmediata y directa no hay intermediario que nos pueda inducir a error. Aquello que se ve en el microscopio, lo que se oye en el concierto, lo que saboreamos al catar... antes de cualquier interpretación no pueden ser errores, es meramente la comunión con la Totalidad, y lo mismo sucede con nuestra experiencia interior. Experimentamos la Vida, no nuestra vida, no mi vida ni biológica, ni humana, ni intelectual, ni sensitiva, sino la Vida de la cual mi vida no es sino una manifestación parcial y contingente, esparcida en el espacio y en el tiempo, que tiene duración y a través de ella experimento la Vida, que no está en el espacio ni en el tiempo, que no tiene duración, porque es eterna y ser eterna es no-durar, es no ser tiempo. ¡Qué error tan mayúsculo nos hacían confesar, cada vez que profesábamos el Credo, cuando decíamos: ...la vida perdurable...! la vida perdurable no es eterna, sino temporal, posteriormente se corrigió este inmenso disparate. Mas, es aquí en el tiempo cuando tenemos que perforar esa cáscara de temporalidad de nuestra vida y experimentar la almendra que está dentro, la Vida que no dura, sino que es. A esto R. Panikkar lo llama tempiternidad.
Esta experiencia, como toda verdadera experiencia es totalmente apofática. Entre los místicos cristianos destaco a dos por su gran apofatismo: El PseudoDionisio y el M. Eckhart (condenado como hereje por Juan XXII, ¡muy curioso! Uno de los papas más corruptos del Medievo condenando a uno de los más grandes místicos del cristianismo, si no el más grande. Me recuerda algo a lo que pasó con Jesús de Nazaret, el más grande místico de la Historia y para los cristianos: Dios, condenado como blasfemo por la legítimas autoridades religiosas de su pueblo). Es una experiencia inenarrable. Si no es imposible expresar con palabras la experiencia de un sabor sin recurrir a comparaciones, a semejanzas, a similitudes, a contrates, pero, siempre sin poder dar una nítida explicación de la experiencia misma... cómo vamos a poder explicar la experiencia de la Totalidad, del Misterio, experiencia que ni es sensible, ni intelectual, sino contemplativa. Y más en esta sociedad cuya cultura del racionalismo ha eliminado por decreto la existencia de la misma acción contemplativa, reduciéndola a evasiones hacia el mundo infantil, o a sentimiento oceánico. No se puede hacer otra cosa que lo que dicen los budistas, señalar a la luna con el dedo, o sea, utilizar palabras que puedan señalar a la misma experiencia, no para que el que quiere aprender se fije en las palabras (en nuestro dedo, pues no vería la luna) sino en la luna. O sea, que ponga en práctica aquello que se señala para poder experimentar por sí mismo esa Plenitud.
El gran maestro de nuestra mística, Juan de la Cruz, tiene un poema maravilloso, como todos sus poemas (todos los poetas son místicos, al menos cuando escriben verdadera poesía), sobre el apofatismo de la experiencia mística, no me resisto a no escribir algunas de sus estrofas.
Coplas hechas ante un éxtasis de harta contemplación
Entréme donde no supe,
Quedéme no sabiendo
Toda sciencia trascendiendo
Yo no supe dónde entraba,
Pero, cuando allí me vi,
Sin saber dónde me estaba,
Grandes cosas entendí;
No diré lo que sentí,
Que me quedé no sabiendo,
Toda ciencia transcendiendo
...
Estaba tan embebido,
Tan absorto y ajenado,
Que se quedó mi sentido
De todo sentir privado,
Y el espíritu dotado
De un entender no entendiendo,
Toda sciencia trascendiendo.
El que allí llega de vero,
De sí mismo desfallece;
Cuanto sabía primero,
Mucho baxo le paresce;
Y su sciencia tanto cresce,
Que se queda no sabiendo,
Toda sciencia trascendiendo.
Integral, experiencia integral de la Vida. Esta experiencia integral es la experiencia del Misterio, es la conciencia de que se está experimentado algo que va más allá del pensamiento y por tanto no se puede pensar. Es una experiencia del cuerpo, de la mente y del espíritu. Los tres perciben el Misterio, y no se trata de una triple percepción, sino de una percepción, que siendo una, no es una, ni dos, ni tres, sino Trinitaria, esto es, relacional. Una experiencia de la contingencia humana que toca todas las dimensiones antropológicas, de que somos sostenidos por... la Vida, de que la vida que tenemos no es nuestra y por tanto, también es experiencia de la misma muerte, no de su angustia, de su realidad de manifestación de la contingencia de nuestra vida. Confundir la muerte con la no-vida es algo totalmente normal en nuestro racionalismo (no para la razón) que se ha hecho necesariamente bidimensional, pero en la intuición mística que es tempiterna, que se realiza en el tiempo, pero entra en lo eterno, en la no-duración, en la no-dualidad, vemos que la muerte se opone a la vida, ciertamente, pero no es su contrario, no es no-vida, más bien es no-tiempo, por eso en la misma experiencia de la Vida se incluye de alguna manera la experiencia de la muerte, de la muerte del ego, de los apetitos... (la noche obscura de Juan de la Cruz), incluso del no-tiempo en el que queda prendido el místico.
Es la vivencia completa, tanto del cuerpo que se siente vivir, que siente placer y dolor...del alma con sus intuiciones, sus verdades y errores... y del espíritu que vibra con el amor y el rechazo. La experiencia integral es la armonía de estas tres, la conjunción armónica (ritmo y proporción) de esas tres en un solo ser, antes de cualquier conceptualización. Y como la condición humana nos acompaña siempre la experiencia de la Vida es a la vez corporal, anímica y espiritual. No son tres vivencias sino una sola experiencia que lo abarca todo, lo corporal, lo intelectual y lo espiritual.
Y es de la Vida, no de mi vida, ni de nuestras vidas, ni de mi temporalidad, ni mi pasado, ni mi futuro, sino de esa Vida que ES. Y ES antes de que yo, como sujeto separado, fuera, y ES cuando yo, como sujeto separado, deje de ser en el tiempo. Y solamente ES. No dura, no será, no nos espera al final de esta vida, porque ya Es en esta vida. No está en el tiempo, pero se manifiesta en él. Esa Vida que es Misterio, algo no sólo incomprensible para la mente y la inteligencia racional, porque la trasciende, sino algo en lo que, quizás sin saberlo, nos está sosteniendo, algo en la que vivimos y somos. “En Cristo, pues, vivimos, nos movemos y somos” nos dice Pablo. Es experiencia de esa Realidad, del Ser, de Cristo que nos inunda de tal modo que Agustín puede afirmar de este Misterio que es “intimior intimo meo” (es mi centro mucho más que mi propio centro personal). Esta experiencia de la Vida es experiencia del dador de la Vida, pues la vida que tenemos no es sino don y gracia del Dador de esa Vida, nos dice Justino en el siglo II
LENGUAJE CRISTIANO
Ya hemos apuntado anteriormente que esta experiencia todo y ser apofática y transracional tiene un lenguaje, un lenguaje oximorónico, en el que se afirma y niega a la vez, un lenguaje que da instrucciones, que simplemente señala, no explica. Un lenguaje que no habla, ni puede hablar de la misma experiencia mística Y todo lenguaje tiene un centro, está focalizado hacia un punto, ese centro en el hinduismo es lo divino; en el budismo, el hombre; en la secularidad, el mundo; en el cristianismo, Jesucristo.
El lenguaje místico parte esencialmente del silencio que responde a una pregunta, sea interior o exterior (como en el budismo), y de ese silencio nace una palabra que es fundamentalmente simbólica, o sea, que es y no es la cosa que se simboliza (antes se ha dicho que simplemente señala). Podríamos decir que es la vestimenta de la cosa, pero la vestimenta no es el cuerpo, no es la cosa. Ésta se reviste de palabra, porque de otra manera sería totalmente invisible. La palabra viene de un silencio, que es la experiencia, y crea un silencio (entre símbolo, simbolizante y simbolizado) en el que la cosa puede manifestarse, pero la vestidura, la palabra simbólica, aunque nos acercan a la experiencia, no es la experiencia. Ésta se ha de realizar en nosotros.
La mística usa el lenguaje como símbolo que apunta simbólicamente lo que sólo el iniciado capta, de ahí que los no iniciados racionalistas nieguen la existencia válida de tales experiencias, e incluso de forma siempre indirecta, pues se trata de lo inefable. “El místico sabe que lo único que no se puede decir es lo único que vale la pena balbucear para entrar y salir de la terra incógnita de la Realidad.” dice Panikkar.
El místico para expresar su propia experiencia ha de utilizar el lenguaje. Éste es una invariante primordial del hombre, y el lenguaje como perfectamente desarrolla la posmodernidad es contextual, está inmerso en una cultura. A toda experiencia humana hay un cultura que le sirve de marco, y esa cultura tiene un vehículo primordial para expresarse, la lengua. De ahí que dependiendo de la cultura la experiencia mística haya sido expresada con distintas lenguas. En el cristianismo se expresa con el lenguaje cristiano.
Mas, el lenguaje cristiano tiene la pretensión de exclusividad, en otras palabras, afirma que la mística cristiana es la verdadera, excluyendo al resto. Hay una sola mística verdadera: la cristiana. Esta pretensión de posesión exclusiva de lo verdadero muestra, como dicen los estudiosos del tema, la dependencia de la cultura de la que surge. Se identifica la diferencia específica (definición es la unión del género con la diferencia específica) de la mística cristiana con la esencia de la mística, con lo verdaderamente místico, identificación específica que pasa a ser verdad genérica, y como no puede haber dos verdades, tendríamos que mística cristiana = única mística, o verdadera mística. Este a priori de la visión cristiana no puede ser válido, puesto que no es reconocido como tal por las otras culturas. Sin embargo, no podemos olvidar que el cristianismo se autocomprende como “católico” (universal). Es el gran mito del cristianismo, pese que hasta un autor, nada sospechoso de heterodoxia, como Tomás de Aquino llegara a afirmar: “Omne verum a quocumque dicatur. A Spiritu Sancto est”. Y más aún, Jesús contestó con el silencio a la pregunta de Pilatos sobre la verdad (Jn.18,38).
Esta pretensión de universalidad se la empieza a plantear el mismo cristianismo de forma más crítica, pero se ve sustituido (el cristianismo como cultura) por la pretensión de universalidad de la cultura tecno-científica-occidental. ¿No se consideran valores universales (verdaderos mitos) el Desarrollo (tecnológico), la Democracia, la Ciencia? ¿Y como tales son también aceptados por diversos pueblos?No se malinterprete lo que se dice aquí. Esto valores son eso, valores, pero también tienen muchas cosas negativas y destructivas y no tiene por qué sustituir los de otras culturas.
Cada uno responderá de forma personal (más crítica, o menos crítica) a la pretensión de exclusividad de la mística cristiana, unos afirmativa, otros negativamente. Mi intención es plantear el problema existente aún.
El lenguaje de la mística cristiana podría recapitularse en una sola palabra, que es una persona, pero se plantea ahora como símbolo: Jesucristo. Ni sólo Jesús, ni tampoco sólo Cristo. Se trata de la experiencia de esta figura histórica y transhistórica, Dios y Hombre en unidad a-dual.
Mas, de Jesucristo podemos tomar también tres hechos básicos en su historia y transhistoria, que la mística toma no tanto como hechos sino como símbolos. La
Encarnación, la Cruz y la Resurrección. Ellos constituyen el verdadero lenguaje cristiano.
ENCARNACIÓN
Sobre este primer símbolo del lenguaje cristiano dice el polifacético R, Panikkar: “La fons et origo totius divinitatis, la fuente y origen de toda la realidad (como podría interpretarse la expresión de varios concilios toledanos), en el mismo acto de engendrar a su icono (que unos llaman logos y otros Hijo, a la par que con otros nombres en otras tradiciones)
Nosotros los occidentales, desde que nuestra cultura quedó bajo la influencia (benéfica en muchas cosas) de la Ilustración con el pensamiento discursivo y posteriores corrientes racionales y racionalistas, hemos perdido totalmente el lenguaje simbólico (que es lenguaje de la realidad, no meramente figurativo como se pretende) y las grandes posibilidades que ofrece para el mayor conocimiento de la realidad. Por desgracia, nos hemos limitado al discurso racionalista con pretensiones de exclusividad. Nuestro pensar analítico (que es muy bueno) individualizado que ha impuesto el pensar conceptual nos ha atrofiado el pensar simbólico. No así sucede en otras culturas como la budista, hindú, taoísta...
En este pensar simbólico el hombre ve la realidad total en ese logos encarnado en el seno de María. “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos...”, la comunión con el Hijo es comunión con la realidad. La Encarnación de Dios en el seno de María es “la revelación del misterio silente desde los tiempos eónicos” nos dice Pablo. Algo imposible de ver en el pensar conceptual.
La experiencia de Jesucristo en cada uno de nosotros nos hace imposible ser dualistas, como podemos constatar conociendo a los místicos, “Dios está en los pucheros”, pero, nuestra mente lo es, e incluso toda esa teología que en gran medida se difunde como doctrina cristiana por todas partes también lo es. Tan sólo la intuición contemplativa supera todo dualismo y todo monismo a la vez y se percata de que la realidad no es una, ni dos, sino no-dos. La contemplación de la Encarnación, no la mera reflexión sobre la misma (meditar no es reflexionar, sino dejarse llevar al centro de uno mismo, que no es sino el centro de la realidad, que es trinitaria: origen, originado, unión en el amor. Son no tres, ni dos, ni uno, sino relación. No uno, ni muchos, son no-dos).
La experiencia de la realidad de Jesucristo es la experiencia de que Dios es humano y el Hombre es divino, aunque en el tiempo el Hombre sea simul iustus et peccator, y haya de consumar su divinización por koinonía (comunión).
“Felipe, quien me ve a mí ve al Padre” (Jn.14,9) Hay comunicación total entre el Hijo y el Padre, el Padre no sería sin el Hijo y a la inversa. Y del mismo modo quien ve al Padre (lo Divino) ve al Hijo que es Hombre (lo humano).en el Hijo-Hombre vemos la Padre, y quien no puede ver lo Divino tampoco puede ver lo humano. Hay una perichorêsis, una relación total entre Padre, Hijo y Espíritu, entre Dios, Hombre, Mundo. Y así, en la consumación de los tiempos Cristo será Todo en todos. En la eternidad la perichorêsis es total. Osea, sólo es la perichoresis, la comunión.
CRUZ
La palabra Cruz es fundamental en el lenguaje cristiano, hablar de la Cruz es hablar de la experiencia del Bien y del Mal, de la alegría y de la tristeza... Y la experiencia de la Cruz es una experiencia de Muerte y de Resurrección. En una visión, mantenida en la iglesia católica durante muchos siglos, la Cruz ha sido vista no más como inmolación, pero esta visión no abarca toda la dimensión mistérica de la Cruz, puesto que es inmolación para la Resurrección, esto es: Cruz = Transformación o Evolución, que en el lenguaje teológico cristiano llamaríamos Salvación. La Cruz no es por sí misma, sería puro masoquismo, sino como camino para la Salvación, la Resurrección.
En la Cruz vivimos la doble dimensión de la realidad humana: la Muerte y la Vida. Y no olvidemos que Muerte es ante todo, como acabo de decir, Transformación, pues en el cristianismo es ininteligible una Muerte sin Resurrección, son las dos caras de la misma moneda, son una sola y única realidad mistérica. La Cruz nos hace vivir la crudeza humana en toda su crudeza (Muerte) y en toda su gloria (Resurrección).
En la Cruz vivo la experiencia del cuerpo, fuente de dolor, de la psique fuente del sufrimiento psicológico y la experiencia de la propia debilidad, de la contingencia, no dependo de mí mismo, no me sostengo a mí mismo, soy una manifestación de lo Infinito, mejor, soy es Espíritu pero sólo en cuanto manifestado en este cuerpo y esta mente, en este tiempo y espacio. Y en esta experiencia de finitud me doy cuenta de que no estoy solo, que tanto en la alegría, como en el dolor abro mis brazos a los demás, y sobre todo los abro al Espíritu.
Jesús en la cruz se sintió abandonado de Yhwh, “Dios mío, Dios mío, ¿por que me has abandonado?” (Mt 27,46) Su dios judío lo abandona, y entonces en el último momento Jesús también se desprende de él, y entrega su espíritu al Padre, al Dios de su tremenda experiencia mística personal, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46), ya no clama a Yhwh, sino al Padre, a la Fuente y Origen primordial que es el Padre. Y el velo del templo de la Antigua Alianza se rasgó. Muere Jesús y se descubre a sí mismo Jesucristo. No sólo los cristianos descubren a Jesucristo. El descubrimiento de la Exaltación es una invariante de toda transformación.
Por descontado que el lenguaje de la Cruz es un lenguaje de trastrueque de valores, que conlleva de forma radical la asunción de la condición humana a la vez contingente y capax Dei, pero la Cruz no como símbolo del dolor, ni de la derrota, sino como el lenguaje de la superación de las categorías con las que Occidente (la mal llamada Cultura Cristiana, Occidente tiene otras muchas influencias culturales y no sólo la cristiana, la musulmana, por ejemplo, que duró muchos siglos, la griega, la romana, y anteriores, la historia no tiene sus raíces sólo en los dos mil últimos años) enjuicia la condición humana.
RESURRECCIÓN
La muerte es también camino de resurrección, lo canta incluso la liturgia de la iglesia católica: “mortem muriendo destruxit” “et vitam resugerndo reparavit”. Tansformó la vida biológica en una vida más plenamente humana, en una palabra, divina. Hizo en la Creación-Resurrección esta manifestación de la Vida, como mera expresión de sí mismo, como forma de expansión de la comunidad Trinitaria. En la Creación-Resurrección toda vida, toda conciencia (incluso la materia) queda integrada en la relación radical trinitaria: Origen, Originado y Unión. Las vidas son Vida, las conciencias, Conciencia. La Trinidad lo es todo, lo abarca todo.
La liturgia también nos dice: “Surrexi et adhuc tecum”. No lo encontraré fuera, está en mi interior, lo dicen también la totalidad de los místicos. Su resurrección me lleva a mi resurrección, no son dos, ni una, sino no-dos, y en la liturgia reactualizamos el Misterio, no se trata de un mero recuerdo de la memoria, ni de una mera ceremonia, sino de una presencia allende el tiempo. Es necesario ese tercer ojo, el de la contemplación o de la fe, para descubrir su presencia transformada y transformadora. Este tercer ojo nos hace comprender que es posible la experiencia de la resurrección, aunque no de la muerte(entendida como el final del tiempo lineal). Tengo experiencias de la muerte de mis allegados, pero mientras yo viva no la tendré, en cambio la tengo de muchas formas de muerte y sobre todo puedo tener la del ego, hasta llegar a lo que dice Juan de la Cruz: “y en el monte nada, nada, nada...”. La experiencia de la resurrección no es la del bios, experiencia a la que nos aboca en buena medida nuestra cultura cientista, ni tampoco la de mi vida, toda ella fundada en mi personalidad apoyada en todos los recuerdos del pasado, en mis criterios, mis pensamientos, mi cosmovisión, mis principios... Se trata de la experiencia de la Vida, que no es mía, de aquella Vida que es desde el Principio, desde el Silencio original y fundante, esa Vida que palpita en toda realidad y en la que entro en comunión por convivir esta Vida (zoê no bios).
Esto exige haber muerto al ego y todo lo que comporta, exige morir a sí-mismo, pues este sí-mismo no es yo-mismo. Mi Yo-yo, dice Ramana Maharsi es lo que queda después de haber muerto al yo-mismo. Esta es la muerte que antecede (por decirlo de una manera) a la resurrección. Esta es la experiencia de la Vida, es la Vida eterna de la que nos habla siempre Jesucristo. No se trata de una vida para luego, ni una ilusión de inmortalidad, creada por nuestra psique, sino de la Vida eterna (sin duración) ahora, y ahora, y ahora... No es una vida más allá (después) del tiempo y fuera del espacio, se trata de la Vida que trasciende totalmente estas coordenadas a las que están sometidos nuestros sentidos mientras estemos en el bios, en el tiempo y en el espacio. Y esta Vida se vive en este tiempo y en este espacio, pero como digo, transcendiéndolos, esta Vida no fenece, no tiene principio, ni fin, no está en el tiempo.
La experiencia de esta Vida no nos hace perfectos. La lucha contra el ego continúa. Yo experimento la Vida divina, pero sigo siendo hombre con todos sus defectos y debilidades. La Vida de resucitado no es una segunda vida, un aditamento a la vida humana, es la vida que no sigue ni al cuerpo, ni al alma, sino al espíritu, al pneuma.
El (hombre) resucitado vive la novedad de la Vida en cada momento, no se aburre y hace “nuevas todas las cosas”. Es la experiencia de la Creación y de la Encarnación continua. La Vida eterna, la del (hombre) resucitado no puede ser definida, gracias a Dios, sólo experimentada, pero podríamos decir que es clavar el diente en la almendra de la Vida; el tiempo, el espacio, el bios, la muerte, la psique... no son más que la cáscara. La Vida es el núcleo, el fruto, sin tiempo, ni bios, ni espacio, ni muerte... En el núcleo, en el fruto no hay más que fruto, Vida, ni tiempo, ni muerte, ni espacio, ni bios, ni psique.
En la Resurrección sólo hay Vida, Dios, Trinidad, Ser. No hay tiempo, espacio, muerte, ego,....
Vivir la Resurrección y en ella la Creación, la Encarnación y la Cruz (continuas) es la Mística, y expresarla con este lenguaje es expresarla con un lenguaje cristiano.
José A. Carmona
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